viernes, 4 de diciembre de 2009

EL INCENDIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS (1863): ANTECEDENTES, DESARROLLO Y CONSECUENCIAS DE LA PEOR TRAGEDIA DE NUESTRA HISTORIA (PARTE II)

Lámina histórica de la clásica revista infantil "El Peneca", de diciembre de 1909, mostrando uno de los momentos más dramáticos del Incendio de la Compañía de Jesús.
Coordenadas: 33°26'18.38"S 70°39'10.11"W
(Continuación de la entrada anterior)
ESTIMACIONES SOBRE EL NÚMERO DE MUERTOS
La iglesia quedó colmada de cadáveres carbonizados, de hombres, mujeres, niños y ancianos, muchos de los cuales fueron apilados como madera quemada junto al edificio del Congreso Nacional, a la vista de la horrorizada ciudadanía. El Presidente José Joaquín Pérez se presentó personalmente en el lugar, junto a otras autoridades.
Por unas dos semanas, se extendió la dura tarea de los agentes de policía de retirar, carretada tras carretada, los cuerpos contraídos en horribles posiciones y pintados con la oscuridad de la cripta. En las fotografías de época se observa que las autoridades colocaron unos paneles de madera intentando tapar la escalofriante escena y reducir lo impresionante de tan pavorosa postal de la iglesia destruida.
Todos tenían un amigo, un familiar, una criada, un vecino o un conocido muerto. Según el diario "La Patria" del día siguiente, "La tercera parte de las casas de la población mantiene sus puertas cerradas en señal de luto". Toda la sociedad estaba, entonces, consternada.
Los primeros cálculos eran de 500 a 800 muertos. Sin embargo, cuando comenzó a completarse el retiro de cuerpos, la cantidad aumentó a 1.500, 2.000 o más personas. El diario "El Bien Público" comentaba al respecto:
"Imposible es fijar ni aún aproximativamente el número de víctimas, quienes las calculan en 600 quienes en 800 y hasta hay quien las eleva hasta la cifra aterrante de 1.500. ¡Mil quinientas víctimas y caso todas respetables señoras y tiernas niñas y muertas tan horriblemente tiene a Santiago consternado y cubierto de luto!"
La edición del diario "La Patria" del día 9, por su parte, acusaba en su crónica:
"Ayer se creía que el número de víctimas no pasaba de quinientas; ¡hoy la claridad de la mañana ha manifestado toda la extensión del horrible estrago! Las bóvedas de la Compañía contienen en su recinto más de 800 cadáveres descubiertos, y todavía los escombros cubren gran número de esqueletos".
El mismo diario comenta que la mayoría de los cadáveres se apilaban "bajo la muralla espesa de los arcos", pues los infelices habían intentado refugiarse allí de los maderos, vigas y trozos ardientes del techo que caían sobre sus cabezas.
El diario "El Ferrocarril", del 10 de diciembre siguiente, comentaría sobre la cantidad de muertos que aparecían entre los escombros y residuos de la iglesia:
"La realidad ha traspasado con mucho el límite de lo presumible; hasta ayer tarde se habían extraído de la Compañía más de MIL CUATROCIENTOS cadáveres, que agregados a más de doscientos recogidos anteriormente, forman un total de MIL SEISCIENTAS víctimas. El número pasará de DOS MIL. ¡Desgracia horrenda que no creemos haya tenido precedente en país alguno del universo!"
Otra cantidad de fallecidos se produjo en los hospitales, pues sus heridas eran tales que no sobrevivieron, de modo que la cuenta puede ser mucho mayor que estas estimaciones finales. El diario "La Patria", por ejemplo, hacía notar lo siguiente:
"El mayor número de heridos ha muerto; los hospitales han permanecido ocupados tan sólo veinticuatro horas. Respecto de los enfermos asistidos por sus familias, se nos refiere a cada momento que alguien ha sucumbido al dolor".
Un ínfimo puñado de estos muertos, menos de diez, pudieron ser reconocidos por sus deudos y sepultados en tumbas familiares. Los demás fueron depositados en una fosa común que se habilitó adelante del Cementerio General de Santiago, en la  ex Avenida del Panteón, frente a la hoy llamada La Paz.
Mientras esto sucedía, las salas telegráficas de Valparaíso y otras ciudades al Sur se saturaron esperando noticias desde Santiago, cumpliendo una labor fundamental en la comunicación chilena. Pese a todos los esfuerzos, los telegramas se retrasaban cerca de 10 horas, excediendo las capacidades de la tecnología de la época. Los porteños hasta celebraron un carnaval en su ciudad durante las horas de la tragedia y el día siguiente, ignorantes de lo que sucedía en Santiago. Este retraso también contribuyó a la falta de datos exactos sobre la cantidad final de muertos que acumuló la tragedia, aunque Vicuña Mackenna reproduce una larga nómina de víctimas en su trabajo "El incendio del templo de la Compañía de Jesús".
Ruinas del templo siniestrado y carretas retirando a los cadáveres, según ilustración publicada en el "Fünfzehn Jahre in Süd-Amerika an den Ufern des Stillen Oceans von Paul Treutler", publicado en Leipzig (1882).
Carretas retirando los cuerpos calcinados. Fotografía publicada por C. Peña Otaegui en "Santiago de siglo en siglo" (1944). Se observan los paneles o biombos que se colocaron sobre las puertas después del desastre, para esconder en parte el horror de la escena.
REPROCHES Y ACUSACIONES
La primera reacción de la sociedad chilena, fue intentar explicarse lo sucedido. Si bien todo parece indicar que fue la inflamación del gas junto al altar y al presbiterio y no otra cosa lo que desencadenó la tragedia, la dificultad de la salida de los presentes constituyó la garantía de un desastre mayúsculo.
El diario "La Voz de Chile" comentaba al respecto:
"A nadie en particular podemos hacer responsable; pero si los templos, si las horas de función, si la concurrencia hubiesen estado, como debían estarlo, sometidos a racionales y necesarias prescripciones de policía, el incendio, que muchos temían, no habría tenido lugar; y ni no hubiese habido carencia total de recursos, de hombres diestros y de disposiciones para combatir las llamas y salvar a las personas, aún después de declarado el incendio, las desgracias que lamentamos no habrían sobrevenido: porque el atolondramiento y el pánico originados por el fuego, en los espectadores y principalmente en las infelices personas que estaban en el templo, no se habrían pronunciado y nuestra sociedad no habría tenido el indecible martirio de sentir y conocer que había medios para salvar a las dolientes víctimas..."
Se explicó, en un inicio, que una explosión en las líneas abastecedoras de gas de hidrógeno habría provocado el incendio, por lo que las miradas acusadoras se enfocaron sobre la este tipo de combustible. Esto obligó al ya mencionado Ingeniero de la empresa proveedora de hidrógeno, Eduardo Hanson, a hacer pública una carta donde explicaba que sus servicios abastecían sólo el lado del cuarto del Presbítero Ugarte y algunos sectores separados por gruesos muros del recinto donde se reunía el público, de modo que la explicación real del origen del fuego debía ser otra:
"...nace sin duda del hecho de haber comprado el señor Ugarte a la empresa del gas 1.200 globos pintados, que le sirvieron para formar lámparas y arañas provisionales a las que se dio luz no con gas hidrógeno, sino con velas o parafina".
"Abrigo la convicción de que si el señor Ugarte hubiese establecido el alumbrado de gas hidrógeno en la iglesia, conforme a los planos que le presenté en 1858, la horrible catástrofe del martes último, no sólo no se habría realizado, sino que hubiera sido de todo punto imposible el incendio de la iglesia".
También aparecieron algunos testimonios asegurando que, hasta pocos días antes del incendio, se habían producido peligrosas situaciones con relación a los fuegos de iluminación, que los fieles habían alcanzado a detectar y sofocar, de modo que era sólo cosa de tiempo para que se desatase la calamidad.
"El Ferrocarril", por su parte, dirigía su artillería contra el comportamiento de los sacerdotes allí presentes en la tragedia:
"Aunque estamos enteramente persuadidos de que los hábitos religiosos de profesión y el misticismo producen alguna frialdad para con las criaturas perecederas, no queremos dar oídos a semejantes relatos porque ello sería espantoso. No obstante es indudable que en la plazuela de la Compañía no estuvieron como debieron estarlo los numerosos presbíteros que hay en Santiago para salvar a esas pobres mujeres que se quemaban en la misma casa a que ellos contribuían tanto a llamarlas. Habríamos deseado ver a los sacerdotes en general dando muestras de esa caridad que es natural suponerles, y que ellos, no los legos, hubieran sido los primeros héroes de la triste jornada del 8. En esta parte hemos sufrido una completa decepción".
A pesar de ello, es digno consignar que en medio del incendio, el Presbítero Huberdault se acercó a las puertas en llamas y, viendo que todo estaba perdido para la mayoría de las mujeres atrapadas, dio allí la absolución a las víctimas, a riesgo de perder la vida entre los derrumbes y llamaradas que salían de la iglesia.
También se produjo una fuerte controversia epistolar entre el Prebendado Joaquín Larraín Gandarillas con el Ministro Domingo Santa María y especialmente con el Intendente Francisco Bascuñán Guerrero, luego de que se rumoreara sobre cartas sacadas del buzón de la Virgen del templo quemado y que estos habrían conocido. Producto de la odiosidad contra el clero y por obra de algunos oportunistas que vieron posibilidades de sacar partido a la calamidad, se decía que ellas demostraban que la iglesia era un foco de corrupción e inmoralidad adjudicándole tal opinión a Bascuñán Guerrero, por lo que Larraín Gandarillas hizo llegar una polémica carta a ambas autoridades, fechada el 16 de diciembre, exigiendo que, por respeto a los deudos, se revelara el contenido real de las cartas para apagar los focos de injuria.
Bascuñán Guerrero le envió de vuelta una extensa respuesta, el día 21, donde negaba muy molesto cualquier opinión semejante sobre las notas y arremetía con dureza contra la invocación al nombre de las víctimas para blindar a la iglesia de las supuestas injurias. Reconocía, no obstante, su "profunda indignación" sobre el contenido de ellas, pero sin revelarlo. El sacerdote envió a contramano una carta más, agradeciendo con gran reverencia la respuesta y dando por terminado el asunto.
A pesar de todas las acusaciones, el resultado del sumario ordenado no determinó responsables directos en la tragedia, al ser comunicado el 18 de julio del año siguiente. La investigación reafirmó la implicancia de las decoraciones y las luminarias de gas en la causa del siniestro e hizo notar "la imprudencia con que había aglomerado en el templo y especialmente en el altar mayor".
CUNDE LA IDEA DE UNA "MALDICIÓN" SOBRE LA IGLESIA
Fue inevitable, además, que cundiera el temor supersticioso y crédulo de las chusmas sobre los sucesos de la Iglesia de la Compañía, en vista del siniestro currículo de tragedias y desastres anteriores que ya traía el templo, porfiadamente mantenido y reconstruido todas las veces que la ira divina quiso echarlo por tierra. La propia voluntad de Dios había sido desafiada, recibiendo el castigo, ahora, cual Torre de Babel o Babilonia. El temor a una maldición, como veremos, fue fundamental para exigir el cierre de la iglesia.
En el mismo sentido, el hecho de que se realizaran los festejos de Inmaculada Concepción de la Virgen la noche del desastre y que la primera reliquia de la iglesia haya sido la cabeza de una de las "11 mil vírgenes mártires de Colonia", como vimos, pudo estimular el mito popular de que había algo como una maldición en esta desgracia, al ser mujeres jóvenes la mayoría de sus víctimas. También penaba el temor a los restos de personas que habían sido enterradas bajo el suelo del templo, en etapas anteriores de las construcciones sucesivamente destruidas.
El mismo reportaje de "El Mercurio" que citamos antes, pedía la demolición de la iglesia:
"...que sus murallas dos veces en el espacio de veinte años cubiertas del hollín de catástrofes que han llevado el luto a toda la nación, no estén recordando a cada familia una víctima, a cada transeúnte el horror de estos recuerdos".
"La Patria" escribía, por su parte:
"El penúltimo incendio de la Compañía se refiere aún por sus testigos. El último se conservará en la memoria, mientras exista la ciudad de Santiago. Este templo estaba señalado por el dedo de Dios, llevaba sobre su frente una maldición espantosa. Que se arrasen sus murallas carcomidas; que se purifique su suelo y no vuelva a levantarse en el mismo lugar otro templo. ¡No deben conservar los hombres un monumento maldecido de Dios!"
"El Ferrocarril", editorializaba con similar amargura:
"Se circulan voces que causan, con justicia, un marcado disgusto en la mayoría de la población. Hay quien afirma que la Compañía será reedificada, pues así lo quiere el metropolitano apoyado por dos de los ministros".
"¿Qué importaría el intentar semejante reedificación? Un reto al país que desde la primera hora ha dicho, en Santiago, en Valparaíso y donde quiera que la noticia ha llegado: ¡Que desaparezca la Compañía! ¡Qué no quede piedra sobre piedra de ese templo perseguido por la fatalidad!"
Los terrores persistieron por un tiempo en torno a la iglesia. Hubo quienes creían ver fantasmas y apariciones asombrosas en el sector, ya desierto y penoso. Los horrores de lo sucedido allí cedieron paso al miedo popular.
En lógica consecuencia, entonces, se convino en el definitivo cierre del templo, clamado por prácticamente la unanimidad social. Veremos que la orden de demolición no tardó en llegar.
Aspecto exterior de la iglesia después del siniestro. Fotografía publicada por C. Peña Otaegui en "Santiago de siglo en siglo" (1944).
REFLEXIONES SOBRE LA OBSTRUCCIÓN DE LAS PUERTAS
Sacando en limpio, parece ser que la desesperación de la muchedumbre y el volcamiento eufórico sobre las puertas fue, luego del fuego, la sentencia de muerte de los fieles. Los muchos testimonios permitieron comprender que el comportamiento de la masa de personas que estaban dentro del recinto, constituyó la razón principal de la desgracia, tanto o más que el propio incendio.
El diario "El Mercurio" comentó al otro día que, además de esta desesperación de los fieles y la trampa de las puertas, la obstrucción de la salida habría sido facilitada por los pomposos vestidos y "ampulosos trajes" utilizados por las mujeres que asistieron a la concurrida ceremonia.
La presión de la desesperada gente contra las puertas, que según se dice se cerraban hacia afuera y se abrían hacia el interior, no tardó en obstruirlas y bloquearlas por la cantidad de personas que intentaban salir por ellas al mismo tiempo, ante la desesperación de los que quedaron encerrados en aquel infierno. También fue fatal que las dos puertas a los lados de la principal, en el frontis, condujeran a salas-capillas conectadas sólo por pequeños accesos al resto del conjunto, de modo que esto colaboró con el hacinamiento y la inmovilización de las víctimas.
La puerta lateral que daba a la calle Bandera estaba entreabierta al iniciarse el incendio, pero como las aterradas personas se arrojaron con fuerza sobre ellas, las dejaron obstruidas casi al instante. Según Vicuña Mackenna, esta puerta fue "sin disputa la que ofrecía un espectáculo más desgarrador". Recuerda que un ciudadano extranjero, norteamericano o inglés, en un momento se arrojó por esta puerta hacia el interior de la iglesia en llamas, intentando rescatar a una mujer sobre sus brazos, pero el fuego lo rodeó antes de alcanzar a salir otra vez, desapareciendo en el infierno. "Había sucumbido víctima de sus nobles sentimientos", diría el escritor.
Intentando abrirse paso hacia las pocas posibilidades de salida, los infelices fieles se agolparon unos contra otros, levantando montones de cuerpos quejumbrosos contra puertas y muros. La escena era dantesca. Según el diario "Ferrocarril", del día siguiente:
"Había mujeres resistiendo el peso de diez o doce, otras tendidas encima, a lo largo, a lo atravesado, en todas direcciones. Era materialmente imposible desprender una persona de esa masa compacta y horripilante. Los más desgarradores lamentos se oían del interior de la iglesia".
En lo posterior y a largo plazo, el Incendio de la Iglesia de la Compañía quizás hizo un aporte a la legislación chilena, al introducirse el concepto de que las puertas de los lugares públicos deben ser seguras, comprendidas como vías de escape y abrirse hacia el exterior, a diferencia de las trampas mortales que, según algunos, existían en el templo siniestrado. Esta sería la razón por la que los edificios públicos nacionales necesariamente cumplen con tal característica.
EL FACTOR DE LA DESESPERACIÓN DE LAS VÍCTIMAS
Respecto de la injerencia que habría tenido la desesperación de las masas al momento del desastre, existen muchas reflexiones y observaciones aleccionadoras.
El investigador Benjamín González Carrera, del Instituto de Investigaciones Históricas General José Miguel Carera, por ejemplo, nos ha comentado de sus recuerdos y conocimientos personales sobre este caso. Nos relató que vivía en Melipilla, su ciudad, una anciana conocida suya y que era hija de una mujer que, siendo niña, había estado en el Incendio de la Compañía y habría salido ilesa, según el testimonio oral que conservó la familia, teniendo tiempo inclusive para devolverse desde una salida al patio por detrás del altar, por la sacristía, para recoger sus sandalias que habían quedado tiradas en el interior de la iglesia en llamas.
Esta posibilidad está confirmada en el plano de la iglesia que elaboró don Manuel M. Sánchez para el Museo Histórico de Santiago, donde se observan dos accesos laterales opuestos al de calle Bandera y que daban hacia el patio.
Según lo que recordaba González Carrera de una entrevista con su fuente, la sobreviviente vio cómo estaban tan desesperadamente acumulados todos sobre las puertas de acceso, que no participaron de la pequeña posibilidad que ella tuvo para salir por otro lado.
Nos preguntamos si este caso tendrá alguna relación con el de una anónima niña descrita por Vicuña Mackenna, que se habría refugiado bajo el asiento de un confesionario, corriendo en un momento hasta las puertas y saliendo con apenas algunas quemaduras en el pelo y los pies.
El escritor también documenta otros casos de salvación similar: una robusta sirvienta de don Antonio Hurtado que, tras correr afanosamente de un lado a otro, logró encontrar escape por el lado de la Sacristía, casi al final de la tragedia, pero prácticamente ilesa; y la joven criada de la casa del General Campino, que consiguió el mismo escape. También una mujer veinteañera logró salir por la sacristía, con el mérito adicional de haber sobrevivido al derrame e inflamación de una lámpara sobre su pelo y espalda.
Cabe añadir que, en la búsqueda de culpables, como vimos, obviamente cundió el cuestionamiento y el reproche, tanto a las autoridades de la Iglesia por la exagerada cantidad de candelas y lo peligroso de las instalaciones. Pero también a los fieles, que se agolparon de manera irresponsable y numéricamente abusiva en un edificio que no estaba preparado para albergar tal sobrepaso de personas.
El citado texto del diario "El Mercurio" incluso puso en cuestionamiento la realización de más "culto nocturno", exigiendo ponerle fin a las "manías devotas a que se deja arrastrar nuestra sociedad femenina".
LA CREACIÓN DEL CUERPO DE BOMBEROS DE SANTIAGO
Uno de los primeros escarmientos que tomó para sí la ciudad, fue la necesidad de crear un cuerpo operativo dedicado especialmente a la extinción del fuego en esta clase de siniestros.
Durante la tragedia, el viento había arrojado una gran cantidad de chispas hacia los tejados de la casa de don José Rafael Echavarría, donde funcionaban los talleres y tiendas del diario "El Mercurio". Granizadas de brasas ardientes cayeron sobre el edificio al desplomarse la torre de la iglesia, ya debilitada por el fuego. Los policías y agentes de la artillería intentaron usar sus bombas para extinguir el peligro de extensión del incendio, pero sus equipos apenas sirvieron y resultaron casi inútiles, debiendo ser los propios moradores de la casa los que lograron contener el fuego, mojando los tejados.
Entre estas primeras reacciones ante lo sucedido, está una carta a la Intendencia de Santiago, suscrita el 11 de diciembre siguiente por los regidores Antonio Vidal, Miguel Dávila, Lorenzo Sazié, Tomás A. Martínez, Pedro V. Urzúa, Cirilo Vigil, Santiago Lindsay y Ambrosio Rodríguez. Decía este documento:
"Los que suscriben, haciendo uso de la facultad que nos confiere la ley sobre organización y atribuciones de las municipalidades, suplicamos a US. que, atendida la urgencia que hay de tomar algunas providencias que en parte tiendan a evitar la repetición de desgracias como la acontecida el 8 del actual, se sirva convocar a la municipalidad a sesión extraordinaria para mañana a la hora de costumbre o la que US. tenga por conveniente, atendiendo el estado de su salud".
Así, se citó a reunión a la Municipalidad de Santiago para el día siguiente, a las 12 del día.
En vista de los problemas que se presentaron al tratar de extinguir el fuego, se hizo evidente, entonces, que Santiago necesitaba una Compañía de Bomberos propia, similar al cuerpo que ya funcionaba en la ciudad de Valparaíso. Hasta entonces, el combate del fuego estaba encargado a una unidad policial llamada Batallón de Zapadores Bomberos, pero era evidente que la situación del incendio había superado ampliamente sus capacidades.
El mismo día 11 de diciembre, entonces, con los restos de la iglesia aún humeantes, el acomodado y visionario vecino de Santiago, don José Luis Claro y Cruz, decidió echar manos al asunto e hizo publicar el siguiente llamado público en "La Voz de Chile", apareciendo al día siguiente en "El Ferrocarril":
"Al público: Se cita a los jóvenes que desean llevar a cabo la idea del establecimiento de una Compañía de Bomberos para el 14 del presente a la una de la tarde, al escritorio del que suscribe".
Este suceso y la masiva llegada de valientes voluntarios, fue el punto de partida para la creación de la primera compañía del noble Cuerpo de Bomberos de Santiago de Chile, una institución que, por siglos ya, ha llenado de orgullo a la sociedad chilena y ha permitido compensar con la astucia y la voluntad perdurable la tragedia de esas miles de víctimas calcinadas entre los muros de la Iglesia de la Compañía, haciendo de ellas personas que no murieron en vano, después de todo.
La reunión para la creación de Cuerpo de Bomberos se realizó en dependencias del Casino de la Filarmónica, iniciándose con ella la inscripción y la recolección de fondos de uno de los episodios más importantes de la historia de nuestra ciudad, y del que prometemos hacer merecido caudal en futuras entradas.
Ruinas de la iglesia, después del infierno...
LA ORDEN DE DEMOLICIÓN DEL TEMPLO
En la misma jornada del día 12, en tanto, los vecinos de Santiago había logrado reunir una tremenda cantidad de firmas solicitando la demolición de las ruinas de la iglesia, por carta presentada al Gobierno. La idea no podría ser resistida considerando, además, que las paredes del lado de Bandera amenazaban con desplomarse hacia el interior. No había más excusas, entonces, para postergar lo inevitable.
Las fotografías de la época son claro testimonio de que los peligros de la Iglesia de la Compañía aún continuaban, después del incendio. Estas impresionantes imágenes, actualmente, son exhibidas en el Museo del Carmen del Templo Votivo de Maipú, constituyendo un material de inmenso valor histórico.
Ello, sumado al clamor popular exigiendo la destrucción de tan siniestro recuerdo en la ciudad de Santiago, no permitió espacio a idea alguna sobre la posible reconstrucción de un templo que, a ojos de la ciudadanía, representaba la casa de la muerte y un símbolo maldito.
Aún se sentía el olor del humo y de los tizones mojados, entonces, cuando se propuso la creación de un jardín y de un monumento sustituyendo las ruinas. Y el día 14 de diciembre siguiente, el Gobierno ordenó por decreto la definitiva destrucción de las murallas que aún quedaban en pie:
"Destrucción de las Ruinas de la Compañía. Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, dic, 14 de 1863.
Núm. 1383: En vista de lo expuesto en la nota que antecede, he acordado y decreto:
Art. 1º Procédase a la demolición de las murallas del incendiado templo de la Compañía.
Art. 2º Concédase un término de diez días para la extracción de los cadáveres que están en dicho templo."
Como hemos dicho, la valiosa pieza del reloj del templo fue rescatada y llevada hasta la Iglesia de Santa Ana, donde actualmente se encuentra pese a que muchos santiaguinos desconocen este dato. Allí encontró la paz y relajo que su casa original nunca pudo garantizarle. La campana principal también fue rescatada y trasladada después a la Ermita del Cerro Santa Lucía. Una campana menor que salió de entre las cenizas y que habría pasado a manos particulares, hoy se encontraría en el Museo San José del Carmen de El Huique, según la información de la que disponemos aunque sin poder confirmarla, mientras que otras de la torre mayor fueron rematadas y llevadas hasta Inglaterra. Algún día abundaremos sobre estas piezas.
Coincidentemente, en los días siguientes a la orden de demolición, las Juntas de Socorro se organizaron para proporcionar ayuda económica a los huérfanos y familiares de las víctimas.
Imágenes fotográficas con el aspecto del templo después del incendio, de la colección del Museo del Carmen del Templo Votivo de Maipú.
ECOS DIPLOMÁTICOS DE LA TRAGEDIA
El dolor de la catástrofe tuvo efectos, inclusive, sobre los agitados cuadros de las relaciones exteriores de la época, como consecuencia colateral de la gravedad de los sucesos y de la inclinación natural de las sociedades a la solidaridad y la gratitud.
Como dijimos, el heroísmo de los empresarios y representantes norteamericanos durante el rescate de los sobrevivientes, tuvo una consecuencia social interesante en la sociedad chilena, desconfiada casi por inclinación natural de la Unión y considerando que en esos días había un inusitado fervor latinoamericanista en el país opuesto a la simpatía por Washington, propiciado por personajes como Vicuña Mackenna y Lastarria. Misma fiebre que empujara a la delirante aventura belicista contra España en favor del Perú, dos años después. El sentimiento antiyanqui también se había visto beneficiado por el resquemor que provocaron los azotes filibusteros de William Walker y otros.
Pero las pasiones encontraron un instante de mesura tras aquella jornada de fuego y muerte. La admiración por la ayuda dada a las víctimas por los norteamericanos, tanto en el momento del incendio como en las Juntas de Socorro de los días posteriores, cambió radicalmente la impresión de la sociedad chilena sobre los mismos.
El Ministro Nelson presentó, el 11 siguiente, sus sentidas condolencias a nombre de su patria y también participó, junto a Meiggs, Rand y otros, en una generosa colecta en favor de los huérfanos que provocó la tragedia.
Las relaciones con Argentina también volvieron a la relativa paz, en medio de estos hechos, apartando de momento las asperezas del debate que por entonces sostenían Santiago y Buenos Aires por la posesión de los territorios de la Patagonia Oriental y Magallanes. Ya antes se había distendido parte de esta tensión también a raíz de un hecho doloroso, cuando fue la Argentina quien debió conocer el horror con el terremoto del 20 de marzo de 1861, que dejó prácticamente en el suelo toda la provincia de Cuyo.
Así, el Consulado General de la Argentina hizo llegar una sentida carta de condolencias a La Moneda, el 14 de diciembre después del incendio, formalizando el pésame con la firma del Cónsul Gregorio Beéche. La sensible nota fue respondida por el Ministro Tocornal, tres días más tarde. En Mendoza también se organizaron colectas, por nota del 21 de diciembre siguiente, para asistir a los desvalidos y dignificar las ceremonias funerarias que se harían en Nuestra Señora de Loreto homenajeando a las víctimas de Santiago.
En tanto, el día 16 de diciembre y con la atención internacional puesta en Chile, se rindieron los honores correspondientes a las víctimas, en la Catedral Metropolitana. Correspondió a don Mariano Casanova pronunciar las oraciones fúnebres. El desfile de luto culminó frente al Palacio de la Moneda.
La fatídica esquina de Bandera con Compañía, donde se emplazaba antes el templo siniestrado. Hoy, convertida en jardines del ex Congreso Nacional.
MONUMENTOS A LAS VÍCTIMAS
El primero en hacer un aporte para comenzar una colecta pública con el objetivo de habilitar una plaza y un monumento en el lugar de la tragedia, fue don Francisco Ignacio Ossa, quien aportó 1.000 pesos y llevó su solicitud ante el Gobierno, asistido por otros colaboradores convencidos de la misma idea. Propuso la construcción de un homenaje permanente a través de la siguiente proclamación pública, del 10 de diciembre de 1863, sólo dos días después de la tragedia:
"¡Elevemos un monumento de eterna recordación a las desgraciadas víctimas! ¡Un monumento que despierte las simpatías de las edades venideras, cuyos votos se unirán a los nuestros en una cadena sin fin!"
"Solicitemos del gobierno el terreno que ocupaba la iglesia y destruyamos sus muros. Libres de escombros se formará un jardín, en cuyo centro se elevará un monumento de mármol blanco con inscripciones que recuerden el fatal suceso que justamente lloramos, colocando al derredor de todo el espacio del templo una sólida verja de hierro que impida a los indiferentes profanar con su planta este lugar por tantos motivos venerado. Una comisión de personas inteligentes llevará adelante nuestro pensamiento que suplicamos a todos aceptar como el único expiatorio, y que representa dignamente el profundo dolor que nos agobia".
"Me asocio y me suscribo con ps. 1.000".
La iniciativa de Ossa y del Gobierno Supremo no tardó en encontrar eco, adhiriendo a ella Ángel Custodio Gallo y Manuel Recabarren, entre otras figuras de la época. Se eligió con celeridad una comisión y en la noche del día 11, se reunieron en la casa de don Ignacio Javier Ossa para discutir sobre el proyecto de un monumento. Para el entendimiento con el Gobierno y el Congreso, se designó otra comisión especial, liderada por don Antonio Varas y Manuel Rengifo.
La obra artística quedó encargada al escultor francés Albert-Ernest Carrier-Belleuse, quien fuera profesor de Rodin y autor, además, del Monumento Ecuestre del General Bernardo O'Higgins. La fundición de la obra en bronce sería ejecutada por la famosa casa parisina Val D'Osne.
El 15 de diciembre se formalizaron ante la Intendencia las comisiones que se encargarían de la recolección de los aportes para la construcción del monumento. Éstas estaban asignadas a las siguientes áreas geográficas de la ciudad:
  • Barrios del sector Norte.
  • Barrio Yungay.
  • Centro de la ciudad, desde calle Bandera hacia el Oriente.
  • Centro de la ciudad, desde calle Bandera al Canal Negrete (hoy avenida y plaza Brasil).
  • Sur de la ciudad, desde calle vieja de San Diego hacia el Oriente.
  • Sur de la ciudad, desde calle vieja de San Diego hacia el Poniente.
  • Sur de la ciudad, desde Canal de San Miguel hasta el Zanjón de la Aguada.
Pese a todos los esfuerzos y apuros, el Monumento a las Víctimas del Incendio de la Compañía de Jesús pudo ser erigido recién en 1873, diez años después de la tragedia. Hemos hablado de él en otra entrada.
Se ha creído en varias fuentes que la obra fue levantada frente a la ex placilla de la iglesia donde hoy está el Palacio de los Tribunales de Justicia, pero no es así: estaba al frente del Congreso Nacional, que por entonces recién se construía, hacia calle Bandera, donde hoy se encuentran los jardines del ex Congreso Nacional de Santiago.
Este monumento original fue trasladado al cementerio y luego hasta la fosa donde se depositaron los restos de las miles de víctimas, en el acceso principal del Cementerio General, frente a lo que hoy es Avenida La Paz y la entrada principal del camposanto. Su virgen sufriente de brazos extendidos y sus ángeles fueron colocados sobre una nueva estructura monumental con aspecto de pilar románico.
El monumento, en su actual ubicación, constituye la figura central del bello y antiguo conjunto arquitectónico de este sector de la Plaza La Paz, con la mujer clamando piedad hacia el infinito, mientras, desde la base, los cuatro ángeles mantienen expresiones de desgarrador dolor, lamentando por el resto de los siglos la tragedia que enlutó a un país entero y que se registra entre los peores siniestros de la historia de la humanidad si lo comparamos con la muy inferior cantidad de vidas que arrebató el Incendio de Londres o el de Chicago, dos de las más grandes tragedias del mundo.
Un conjunto escultórico inspirado en la línea dejada por Carrier-Belleuse pero de orientación religiosa, quedó instalado en la plaza del ex Congreso sobre las bases del monumento anterior, para honrar la memoria de las víctimas.
La imagen de María Inmaculada que hoy se ve allí, al igual que el conjunto escultórico anterior, se alza exactamente en el punto donde estaba antes el Altar Mayor del templo, precisamente por donde comenzó la tragedia de fuego y muerte de 1863.
Monumento a las víctimas del Incendio de la Compañía, en su actual ubicación, frente a las puertas del Cementerio General, al final de Avenida La Paz. Las bases y la columna fueron construidas especialmente para montarlo allí con el traslado.
 
Monumento a las víctimas del Incendio que actualmente se encuentra en el ex Congreso Nacional de Santiago. Conserva las bases, la columna y la plataforma central del conjunto originalmente montado allí, y cuyas estatuas hoy están en la Plaza de Avenida La Paz.

5 comentarios:

Patricio Diaz Gonzalez dijo...

Interesante articulo,muy buenas fotos....la madre de mi tatarabuela que se llamaba Mercedes Aranda fallecio quemada en ese incendio, y su hija mi tatarabuela Carlota Gonzalez Aranda, fue rescatada por el lazo del huaso... felicitaciones ¡¡¡

alpinu dijo...

Patricio Díaz González: Lo que usted menciona es tan o más interesante que el artículo porque es historia familiar.
Los textos que mencionan a las víctimas mencionan a las siguientes Aranda:
1. Carlota Aranda (25 años), soltera, sirviente.
2. Dolores Aranda (40 años), soltera, y una criada N N.
3. Emilia Aranda y Julia Aranda y dos sirvientes N N.
4. Una madre Aranda y dos hijas, calle de Carrión.

Muchas de las víctimas quedaron como N N para siempre, como usted puede ver.
Posiblemente lo que usted escribe tiene relación con las últimas mencionadas.
Como estoy interesado en las víctimas, por lo menos yo, agradezco su comentario. Saludos.

Criss dijo...

No había visto su comentario, don Patricio. Voy a tratar de conseguir algunos datos sobre los sobrevivientes (la lista de víctimas ya está publicada, por Vicuña Mackenna) y veremos si, en una de esas, podemos completar este interesante dato que nos aporta. Apenas tenga información al respecto la compartiré con Ud.

Ebles Mancer dijo...

Perdon la demora, pero recien años después volví a revisar esta entrada. Los datos que yo aporté nos han llegado por relación familiar. De hecho nunca he encontrado la defunción de Mercedes Aranda, pero si encontré el segundo matrimonio del marido de Mercedes y padre de Carlota, y es del año 1868. Cualquier duda, consulta no duden en hacerlo

Ebles Mancer dijo...

Sería muy bueno poder contar con más detalles de sobrevivientes. TE cuento que mi tatarabuela Carlota vivió hasta 1932 y mi abuelo escuchó la historia de la misma boca de Carlota.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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