lunes, 30 de noviembre de 2009

UNA MACABRA BROMA DE DON MANUEL ANTONIO MATTA... ¡DESPUÉS DE MUERTO!

Han sido varias las figuras de nuestra historia imputadas con el escalofriante cargo de seguir llenando episodios de la vida chilena después de muertos, con sus fantasmas y sus ánimas penando por pasillos, edificios públicos o viejas bibliotecas. La Quintrala, Manuel Rodríguez, Andrés Bello, Diego Portales y varios otros han reaparecido en las páginas de los terrores de la ciudad de Santiago.
Existe un caso notable entre ellos. Uno que creíamos sólo una leyenda popular hasta que lo vimos reconocido por el excelente trabajo titulado "Historia i tradiciones del Cementerio Jeneral de Santiago", de Justo Abel Rosales, publicado en 1890.
En el libro hay un registro casuístico de supuestas apariciones y espectros acosando a los visitantes del camposanto, incluyendo algunas historias que, hasta el día de hoy, forman parte del legendario en el territorio de esta isla de muertos enclavada en el ex barrio de La Chimba. El que nos distrae de ellos destaca, sin embargo, por involucrar al destacado político chileno Manuel Antonio Matta, que lideró los movimientos reformistas de mediados del siglo XIX y sentó las bases fundacionales del radicalismo en Chile. Una de las arterias más importantes de nuestra ciudad lleva hoy su nombre, en el barrio Matadero.
Los últimos días de don Manuel Antonio Matta, ya cercano al capítulo de su muerte, fueron agitados e incómodos. Su vida entera fue una fricción constante entre las arenas de la política, pero con su adhesión secreta a las fuerzas conspiradoras de 1891, el Gobierno del Presidente Balmaceda lo hizo apresar, viéndose obligado a ir a la Argentina, hasta donde llegó llevado por su propio captor, el balmacedista Tristán Stephen, quien marchó por sobre la cordillera al ver perdida ya la causa de los presidencialistas. Allá, Matta fue dejado en libertad mientras se informaba de los infaustos sucesos de Santiago.
Don Manuel Antonio Matta, dibujado por Luis F. Rojas.
Volvió a Chile casi con el nuevo gobierno tomando el mando, con la intención de ocupar en escaño en Senado. Empero, se le ofreció el Ministerio de Relaciones Exteriores, Culto y Colonización de Chile, asumiendo el cargo el 12 de diciembre de 1891. Sin embargo, renunció al poco tiempo después, el 31 de diciembre, al ver su escasa paciencia y su frágil buen juicio totalmente sobrepasados con el escandaloso incidente del "Baltimore", una gravísima controversia iniciada luego de una pelea de marinos ebrios en el bar del puerto, que acabó con dos estadounidenses muertos y por los cuales la Unión de Estados Americanos, apoyada secretamente por la diplomacia de Buenos Aires, reaccionó amenazando con una guerra contra Chile.
Tras haber tenido que dejar el cargo ministerial en tan grave contexto, Matta fue elegido Senador por Tarapacá, integrándose a la Comisión Conservadora entre abril y mayo. Sin embargo, estaba escrito que fallecería súbitamente, en el ejercicio de su puesto legislativo.
El día 22 de junio de 1892, mismo en que había leído un discurso sobre las libertades individuales en el Congreso, pese a estar delicado de salud, se reunió durante la noche con su amigo Juan Agustín Palazuelos para cenar. Hacía frío, por lo que había prometido volver en un coche a su casa. A las 22:00, salió con Palazuelos hacia calle Dieciocho. Éste iba a la residencia de don Diego Barros Arana, pero encaminó a Matta para que tomara su coche rumbo a casa. Lo dejó arriba del vehículo del servicio público, con la instrucción de llevar a don Manuel Antonio hasta la dirección de Merced 23, residencia del ilustre radical. El cochero, en un momento, le pidió a Matta repetirle la dirección. Éste bajó el vidrio y le respondió que iba en el sentido correcto y que faltaba poco, más arriba.
Vista del Cementerio General hacia la primera mitad del siglo XIX.
Sin embargo, al llegar al número 29 de la calle y no recibir señales del pasajero, el cochero bajó a mirarle y notó que algo había sucedido, pues lucía desvanecido. Partió con él a toda prisa hasta la cercana comisaría de la calle Merced con Tres Montes (hoy José Miguel de la Barra) y allí los oficiales advirtieron que el pasajero había fallecido. Fue reconocido por algunos vecinos. Tenía 66 años.
Sus restos fueron llevados hasta el Cementerio General de Santiago, por el patio 15 y muy cerca del acceso monumental de Avenida La Paz, donde todos sus camaradas despidieron con el último adiós al político, abogado y escritor. Quedó sepultado en un mausoleo familiar.
Los enemigos del radicalismo al fin habían creído estar libres ya de la rebeldía y de la conflictiva pasión de los caudillos reformistas, cuando vino a tener lugar un suceso les erizaría los pelos como ni en los tiempos de iracunda vocación pública de Matta los habían tenido.
Tenemos cierta confusión: según los archivos históricos del Cementerio General, es esta artística cripta de don Apolinardo Soto y familia, la referencia de donde se encuentran los restos de don Manuel Antonio Matta. Para peor, Matta tampoco figura en el banco de datos digital del Cementerio. El mausoleo que se atribuye como suyo en este mismo antiguo patio se encuentra en mal estado, por lo que publicaremos a futuro fotografías del mismo.
Comenzaron a reportarse apariciones de un cráneo en la necrópolis, que se desplazaba terroríficamente por el recinto para luego desaparecer entre las tumbas. Quienes intentaron seguirla, descubrieron que la calavera se metía dentro de la cripta don Manuel Antonio Matta... ¡Había vuelto desde la tumba a acosar las almas perturbadas!
El cráneo salía a diario, ante el asombro de los presentes, todas las tardes.
Cundió el horror y el asombro. Como era de esperar, comenzó a comentarse que la osamenta de Matta salía a visitar a sus demás camaradas políticos, también enterrados por el cementerio, para luego, ya avanzada la noche, volver al que -se suponía- iba a ser su lugar de descanso eterno.
Rápidamente, la historia pasó a hacerse conocida en toda la ciudad de Santiago y la curiosidad cundió al mismo paso del morbo colectivo.
Rosales cuenta que, en vista de la expectación pública, un grupo de santiaguinos solicitó hacer una vigilia acompañados del Capellán del Cementerio General para tratar de resolver el misterio de la bromista calavera errante. Así lo hicieron y se reunieron todos en las horas en que ésta comenzaba su periódico desfile por las galerías y mausoleos del lugar.
Sucedió, entonces, que ante la expectación de los presentes, la calavera salió de su cripta complaciendo la espera y comenzó a caminar ante el pánico de quienes la vieron. Efectivamente, ¡era un cráneo y se movía alegremente por el suelo!, empujado por fuerzas aterradoras de otro mundo.
Vista general del Patio 15, donde habrían tenido lugar los siniestros hechos de la calavera errante de don Manuel Antonio Matta.
Uno de los hombres allí destacados, venciendo el terror instintivo que provocaría semejante escena, se acercó e intentó darle captura al escurridizo cráneo.
Fue entonces cuando se reveló el misterio: debajo de su siniestra sonrisa, un travieso ratón había encontrado refugio, usando el cráneo para sus propias entretenciones y jugarretas. El cráneo andaba, entonces, por obra y gracia del astuto roedor.
Puede que la historia de la cabeza andante de don Manuel Antonio Matta no sea lo que esperarían quienes vibran con las historias de espectros y fenómenos inexplicables de Santiago pero, sin duda, ha de inscribirse en el registro de grandes travesuras que las ratas de la capital nos procuran en todos estos siglos de convivencia dentro de la misma ciudad.
Afortunadamente para la paz de Santiago, los roedores no han vuelto a profanar el eterno descanso de Matta en el Cementerio General.

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