jueves, 19 de noviembre de 2009

LA CIUDAD Y LOS PERROS, PARTE DOS (CUERPO): EL LADO MÁS "PERRUNO" DE NUESTRA HISTORIA NACIONAL

El famoso cuadro de los "Perros jugando pócker" es en realidad una pintura de principios del siglo XX y su autor fue Cassius Marcellus Coolidge. Muchas veces, la proximidad entre hombres y perros nos ha llevado a hacer tenues las líneas que dividen nuestros roles y nuestros respectivos lugares en la escala evolutiva.
En un posteo anterior, hemos hablado del contrato místico y esotérico que rige la sociedad entre el Apóstol Santiago y la figura simbólica y heráldica del perro, del can. Santiago de Chile, así llamado en alusión al Santo Patrono de España, no ha escapado a este embrujo, y eso se ve diariamente en nuestras propias calles.
Llamado Canis lupus familiaris por los científicos, el perro está totalmente domesticado en nuestra sociedad. Sólo reportes de algunas jaurías de perros salvajes en el Norte Grande o en zonas cordilleranas centrales ha quebrado este equilibrio. Y la convivencia entre chilenos y perros ha sido más o menos grata para nosotros, hasta la irrupción de razas consideradas peligrosas, lo que, mezclado con la tenencia irresponsable de sus dueños (los realmente peligrosos) ha provocado sucesos lamentables que hemos conocido por los noticiarios.
Aún así, si en el resto del mundo los perros son los mejores amigos de los hombres, en nuestra capital son la mejor compañía de los santiaguinos: en el parque, la plaza, la chingana o la quinta. Donde quiera que uno vaya, siempre habrá un perrito huacho moviendo la cola.
Nos asombra su inteligencia encantadora, no eclipsada por la permanencia de sus instintos del ancestro lobo del que proceden. No en vano, alguien dijo una vez que sería más probable que los hombres descendamos del perro antes que del mono. Nos molesta, además, la injusticia de su corta vida de menos de 15 años, no merecida por un animal tan superior.
Hombres y perros llevamos más de 30 mil años de convivencia doméstica, según han revelado los paleontólogos. Indaguemos un poco, entonces, en la parte de esta larga historia que nos corresponde como chilenos.
PERROS NATIVOS CHILENOS
Entre los antiguos nativos del territorio de Chile, los perros ya tenían ciertas connotaciones mágicas o místicas, antes de la llegada del cristianismo español. Los brujos podían adoptar formas de perros por sus artes mágicas, por ejemplo, y algunos de estos animales servían como vigilantes o centinelas de los hechiceros.
El perro chileno por tradición es el quiltro, expresión de origen mapudungun que se utiliza para señalar a los canes "rascas", que no tienen una raza definida. El término es un tanto peyorativo, pero se ha exportado a Argentina, Bolivia y Perú, aunque en este último país prefieren llamarlos perros chuscos. Veremos más abajo que el chileno popular, en general, tiene mucho de quiltro y se identifica o empatiza de alguna manera con él. Incluso se tituló así a nuestra primera película de artes marciales, aludiendo al origen mestizo y modesto del protagonista.
A la llegada de los españoles, los indígenas chilenos de la zona central tenían dos clases del perros: el que llamaban quiltro, como hemos dicho, y el tregua. El primero es el perro araucano lanudo y de pequeño tamaño que aún puede ser reconocible en algunas zonas rurales o barrios modestos, a pesar de las innumerables mezclas y mestizajes que ha experimentado en estos siglos. El segundo es un perro más grande pero con apariencia de zorro culpeo (pseudalopex culpaeus), tratándose probablemente de una domesticación y cruzamiento con este carnívoro, como sucedió en la zona austral, donde existieron los llamados "perros yaganes" o "fueguinos", surgidos en realidad de culpeos domesticados.
Quien reconoce estas particularidades de los perros chilenos es el ilustre Abate Juan Ignacio Molina, que en su "Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile", escribe en 1776:
"En cuanto a los perros, no es mi ánimo establecer que todas las razas actualmente conocidas en el Reino de Chile se encontrasen allí antes que entrasen los españoles; pues únicamente sospecho que antes de aquella época existiese allí el Borbón pequeño llamado Kiltro, y el Tregua o perro común, de los cuales se han descubierto en todas las tierras hasta el Cabo de Hornos. Es verdad que estos perros ladran como los originarios de Europa; mas no por esto deben ser reputados por extranjeros, mediante a la opinión de ser mudos los perros americanos, únicamente provino del abuso que cometieron los primeros conquistadores aplicando, según su antojo, y sin verdadero discernimiento de los nombres de las cosas del mundo antiguo a los nuevos objetos que les presentaban alguna leve apariencia de semejanza y conformidad con los que habían dejado en Europa".
Sin embargo, la relación de los indígenas no siempre fue tan amistosa y benéfica. En su "Folklore Araucano", Tomás Guevara anota en 1911:
"El perro figura en sus refranes como un superlativo de desprecio. En sus disputas, cuando se ha agotado hasta el fondo el vocabulario de injurias, se lanza un dicho menospreciativo en que aparece este animal comparado a las personas"
Lamentablemente, hemos heredado este impulso odioso de ofender la dignidad canina, algo que también usaban los españoles, para doble desgracia.
Parece ser que la decadencia de muchas de las tribus, desplazadas de sus territorios geográficos y mentales, les llevó a perder paulatinamente esa relación ancestral de convivencia con sus antiguos perros. Tradiciones heredades de las creencias indígenas señalan también a los perros negros como sospechosos de ser brujos malvados escondidos en formas animales, especialmente si se los observa rondando las casas de noche y en actitudes sospechosas. El "Libro de las Mitologías, historias, leyendas y creencias mágicas de la tradición oral", de Renato Cárdenas Álvarez, hace notar que el ver un perro comiendo papas crudas es un anticipo de períodos de hambre y miseria.
Jarrón zoomórfico precolombino en las exposiciones del Museo Nacional de Historia Natural. Para nuestro gusto, podría tatarse de la estilización de un canino.
Familia de indígenas araucanos retratados en la famosa ilustración del naturalista francés Claudio Gay. El famélico perrito es parte de la formación familiar mapuche.
Faenas en el campo chileno, según Gay. Presencia de un perro de pastoreo.
PERROS COLONIALES
En su "Historia general de los hechos castellanos" de 1601, el cronista Antonio de Herrera dice que "un castellano iba seguro con un perro, como si llevara cien hombres". No es de extrañar, entonces, que los perros europeos hayan llegado a los territorios de las Indias Occidentales con los primeros desembarcos de los conquistadores por estas tierras. De hecho, el capitán Pedro Mariño de Lobera en su "Crónica del Reino de Chile", escribe hacia el año 1575 que muchos de los colonos que habían viajado con Pedro de Valdivia debieron vestirse con cueros no curtidos de perros, cuando sus ropajes se gastaron tanto que no fueron de más utilidad hasta que llegaron mercancías desde el Perú.
Y al escribano Luis de Cartagena los perros callejeros de la recién fundada colonia le devoraron los escasos cueros de oveja usados para escribir las actas del Cabildo, que logró conservar tras el asalto e incendio de Santiago el 11 de septiembre de 1541 por los ejércitos de Michimalongo.
Al referirse también al siglo XVI, Carlos Peña Otaegui dice que muchos perros vagaban a la sazón en la Plaza de Armas, junto a los rebaños, para luego ir a ser retirados por sus dueños al caer la noche. Esto significa que los perritos vagos que habitan la plaza son una verdadera tradición a estas alturas y que, como sucede con las palomas, resultaría un capricho imposible intentar cambiar de un momento a otro, como queriendo torcerle un tramo a la historia.
Existirá ya entonces, una característica para definir a los perros que observan en Chile los cronistas. Diego de Rosales, en su "Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano", escribe hacia 1665:
"Los perros de Chile participan del clima la valentía y braveza de los indios, y así los llevan al Perú por de mucha estima y salen muy valientes y feroces. Perdigueros hay muchos, y galgos muy diestros en la caza, particularmente de guanacos y avestruces, que con maña les saben hurtar la vuelta, y entre los puelches es una paga para comprar una mujer un perro de estos cazadores o perdigueros, porque las perdices de esta tierra no vuelan por lo alto, como las de Europa, sino que de la tierra se levantan y dan un vuelo y van a caer a la tierra, y luego al segundo vuelo vuelven a caer y no pueden volar mas y las cogen los perros, que las van siguiendo como van volando, y en cayendo las cogen y sacan por el olor, aunque más se escondan entre las matas".
La convivencia simbiótica con los perros nos ha dejado ciertas costumbres propias en esta sociedad humano-canina de Chile. Benjamín Vicuña Mackenna observa en su "Historia de Valparaíso" que los extranjeros se sorprenden por la cantidad de carne y de restos que se le daban a los perros durante los despostes de carneros y chivatos sacrificados para consumo.
Sin embargo, esta relación es frágil: el mismo autor reporta que una de las primeras persecuciones cruentas de perros vagos sucedió en Valparaíso hacia 1776, cuando se ordenó el exterminio de todos los canes que vivían en las playas y especialmente las hembras, valiéndose de garrotes.
Perro de Chile cazando un ñandú, en dibujo de Alonso de Ovalle (1646).
En el camino de Valparaíso a Santiago, retratado también por Gay, no faltaban los perros que acompañaban a los viajeros.
PERROS REPUBLICANOS
Por su parte, Charles Darwin escribe en su famoso "Viaje de un naturalista alrededor del mundo", de 1835, de una matanza que testimonia en Copiapó:
"Se acababa de ordenar que todos los perros vagabundos fuesen muertos, y vi un gran número de cadáveres de ellos en el camino. Muchos perros habían sido atacados de hidrofobia y no pocas personas habían sido mordidas y sucumbieron a tan horrible enfermedad. No es la primera vez que la hidrofobia se declara en este valle, y es muy sorprendente que una enfermedad tan extraña y tan terrible aparezca a intervalo en un mismo lugar aislado."
Según la información que recibe Darwin, la hidrofobia había llegado a América del Sur hacia 1803. Sin embargo y como hemos visto, las cruzadas contra los canes en Chile son anteriores.
En los campos sucede otra cosa. De los escritos de Claudio Gay en su "Historia física y política de Chile", de 1866, se desprende que la relación contractual hombre-perro sigue firme en terrenos agrícolas, tanto para las labores de ganadería como para los rodeos. Los clasifica de la siguiente manera:
  • Para él, los perros de pastor son los más importantes de los que existen en el país, aunque tienden a la vagancia.
  • Menos aventureros serían los perros ovejeros, ideales para cuidar rebaños.
  • Los perros leoneros, en cambio, "son de mediana talla, su hocico es algo puntiagudo y su pelo bastante largo, liso y generalmente blancuzco", que cuidaban al ganado de los ataques de pumas o leones americanos.
  • Los perros zorreros son para hacerle frente a los zorros y mamíferos carnívoros pequeños en general.
  • Los perros de casta son de razas finas que se crían principalmente para acompañamiento o paseo.
Gay comenta de otras matanzas a palos contra los perros en Santiago, especialmente a manos de los aguateros. Y aunque dice que las condiciones de vida de los canes suelen ser lastimeras, también nos confirma que los huasos nunca dañarían a sus caninos, ni siquiera cuando se hayan reproducido en exceso
En "Una peregrinación a través de las calles de Santiago", Vicuña Mackenna comenta que con la apertura de nuevas calles en el sector de Merced, hacia 1830, el tramo de la actual calle Miraflores que se aproxima al río Mapocho (antes de quedar unido a la ex Calle de las Recogidas, hoy Miraflores en toda su extensión) y que por entonces era sólo un área abierta de unas dos cuadras, tenía tantos perros vagos que la gente comenzó a conocerlo como la Calle de los Perros, "y ¡Jesucristo! que el apodo era harto merecido", según anota. Curiosamente, aún existen muchos perros vagos en este sector de la ciudad, seguramente residentes del Parque Forestal y de Mapocho.
También escribe allí Vicuña Mackenna que durante su niñez había aún "mataperros", encargados de darle muerte a los canes con lazos y garrotes, aunque este horrendo empleo ya no existía en su tiempo.
La Plaza de Armas de Santiago ha estado habitada por perros vagos desde la fundación de la ciudad. Éste, siguiendo esa tradición, duerme tranquilamente sobre la controvertida estatua indígena de la plaza.
El Cementerio General de Recoleta también ha sido un recinto habitado desde antaño por perros, como el de la fotografía, inspirando algunas historias y leyendas un tanto siniestras sobre la razón de su presencia en este sitio.
Un pequeño perrito, muy débil y enfermo, tiritando en el bandejón central de la Alameda, a la altura de San Martín, aproximadamente.
Otro conocido callejero de Santiago Centro, Alameda con Santa Rosa.
"Carlita", mi perra con pinta de hombre-lobo: una extraña quiltra recogida en las calles de la comuna de La Florida, en 1992, y que me duró viva por casi catorce años más, hasta que alguien cometió la torpeza de dejar una puerta abierta de cara a una transitada avenida... "Carlita" estaba vieja y casi ciega, no vio el microbus que le dio muerte. Fue la favorita de entre todas las muchas mascotas que he tenido.
EL ROTO CHILENO Y EL QUILTRO
Pese a que la sociedad chilena ha sido traicionera desde antaño en su relación con los perros, como hemos visto, el roto chileno promedio ama a los canes, heredando quizás este sentimiento desde los campos que les vieron nacer, muchas veces.
Don Miguel Serrano decía que el perro, el quiltro particularmente, nos representa como raza chilena, como mestizos de una mezcla única y extraña. El roto y el perro son iguales: simpáticos, audaces, juguetones e ingeniosos. El uno y el otro "sirven para todo": guardián, soldado, campesino, cazador, minero, gásfiter, mensajero o electricista. Mientras las razas finas son especializadas, orientadas a una función principal, el quiltro y el roto son multiusos, diestros en todo lo que representa un desafío. Ambos son, por lo demás, sobrevivientes; seres acostumbrados a sobrellevar vidas duras y llenas de carencias.
En su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", Vicuña Mackenna cuenta que durante el gobierno de Agustín de Jáuregui en la Capitanía General a partir de 1773, se tomaron serias medidas contra los criminales y delincuentes, dada la altísima taza de homicidios que se registraban. Jáuregui hizo instalar una horca en la Plaza de Armas y ordenó azotar a todos los que fueran sorprendidos portando cuchillos. Muchos de los cadáveres que aparecían en las calles eran llevados hasta el ayuntamiento mientras fueran identificados. Sin embargo, también era tal la cantidad de perros vagos en la ciudad que la autoridad debió emitir un bando del 7 de junio del año siguiente, prohibiendo esta acumulación provisoria de cadáveres "porque se los comían los perros". A su vez, los canes eran "la única policía de Santiago", según anota Vicuña Mackenna.
Amor y odio de la primitiva sociedad santiaguina con sus perros, entonces.
El pacto entre rotos y perros se selló en tiempos republicanos, sin embargo: en plena Guerra del Pacífico, a juicio de mi amigo el investigador histórico Marcelo Villalba, experto en estas materias. Recuerda grandes hazañas entre la alianza de soldados chilenos y perros que se iban incorporando como mascotas de los batallones durante el avance por los desiertos en las Campañas de Tarapacá, Lima y la Sierra. Arturo Benavides, en sus famosas memorias "Seis años de vacaciones", habla de uno de estos perros adoptados por los soldados, llamado "Lautaro". Los canes pudieron hacer parte del trabajo sucio después de los combates, cuando el campo de batalla quedaba regado de muertos y de agónicos sin remedio. Y uno de ellos, que a veces aparece apodado Cuico por la tropa (quizás por el sentido con que se señalaba entonces a los bolivianos con este mote), habría muerto con los 77 chilenos, las mujeres y los niños de la trágica epopeya de La Concepción, en la serranía peruana en 1882.
Comprendiendo quizás este amor entre los elementos más modestos de la sociedad chilena y nuestros perros, el Presidente Salvador Allende decidió cerrar la Perrera de Santiago hacia 1971, un lugar de muerte donde muchos canes fueron eliminados a lo largo de su historia. En aquellos años era común que los camiones de la perrera fueran recibidos a pedradas y otros ataques por pobladores de los barrios pobres, precisamente allí donde vivían los rotos, indignados por las tropelías que las autoridades cometían contra los canes en nombre de la salud pública.
Actualmente, la publicidad de una conocida distribuidora de gas ha popularizado al personaje del perro Spike en sus comerciales de televisión, precisamente explotando la relación de identidad común entre las clases populares chilenas y sus queridos quiltros. Un hito particularmente importante tuvo lugar hace poco, cuando se propuso al Fox Terrier chileno, popularizado entre los hogares de los rotos de principios del siglo XX, como la primera raza canina chilena. El próximo posteo que hagamos sobre esta serie, será dedicado a este can.
"Negro" o "Cholo", un corpulento pero dócil perro callejero de calle Merced y del sector de Parque Forestal, en barrio Bellas Artes.
Una escena típica de nuestras calles santiaguinas: patitas de perros que pasaron por el cemento fresco, en este caso frente a la ex Escuela Normal de la Universidad de Santiago, en la Alameda Bernardo O'Higgins.
Perro de la Plaza de Armas, durmiendo plácidamente en una banca.
Perrito descansando en una vitrina de la Alameda, por el sector de la Estación Central. Se nota claramente que se trata de un can con cierto estatus por encima del quiltro corriente.
LA CIUDAD Y LOS PERROS, HOY
Es así como rotos y perros han convivido en esta simbiosis, que nos ha heredado una ciudad donde los perros andan libres en la calle, ante el asombro y a veces temor de los turistas.
Han saboteado juguetonamente actos públicos y hasta recepciones de autoridades internacionales. Aparecen en nuestros estadios deportivos infiltrándose en pleno partido y es el único ser viviente al que los violentos hinchas de las barras bravas le darían autorización tácita para interrumpir un partido de fútbol. Hasta en el Mundial de 1962 se nos metió uno a la cancha. Recuerdo cuando un joven pasapelotas cometió el error de patear a un perro vago metido en medio de un clásico futbolístico en el Estadio Nacional, hace varios años y en una de mis últimas visitas a esta clase de encuentros. Una masa enardecida de miles de barristas lo hicieron escapar del recinto bajo una lluvia de botellas, piedras y cuanta cosa fuera útil para partirle la cabeza.
No falta el tonto grave que las ha emprendido contra estos animales, escudándose en el grave problema social que representan para promover su exterminio como única solución factible. Se alude siempre a cuestiones sanitarias, cuando la verdadera razón es meramente estética: nuestro cinismo chileno, de no admitir la vergüenza que nos da que extranjeros o visitas vean perros igual de feos y atorrantes que nosotros en las calles.
En la USACH fueron asesinados más de 90 perros en dos crueles matanzas por envenenamiento, en 1999 y 2002. Cuando doña Michelle Bachelet asumió la presidencia en La Moneda, además, el Gobierno del señor Ricardo Lagos decidió ponerle fin a su período haciendo que el Servicio de Salud del Medio Ambiente ordenara el exterminio de todos los perros vagos que vivían en torno a la Plaza de la Constitución, para que no "empañaran" el cambio de mando. Sólo uno de los regalones pudieron ser salvados de esta carnicería: Rucio, luego de ser escondido de sus verdugos por personal de Carabineros de la Guardia de Palacio, que les daban comida y agua a estos perritos. Por ahí nos confesaron que en realidad habrían sido dos, los canes rescatados pero los periodistas se enteraron sólo del caso del Rucio.
Hasta los que presumían de proteger a los perros, han fallado rotundamente en Santiago: el grotesco escándalo que acabó cerrando a la Sociedad Protectora de Animales y sus instalaciones de calle Libertad, durante el año 2008, ha de ser uno de los más vergonzosos episodios de nuestra historia como sociedad y particularmente en nuestra relación con los mismos animales que hemos elegido como mascotas.
El argumento de los enemigos de los perros es tan burdo como ignorante: los canes vagos serían un problema de salubridad y un peligro, pues pueden morder a los transeúntes. Desconocen, por supuesto, que prácticamente la totalidad de las mordidas reportadas son producidas por perros de casa, que son dejados libres por sus irresponsables dueños; cerca del 80% de los ataques, según un estudio de la Universidad de Chile.

Además, el complejo de inferioridad nacional que se está convirtiendo paulatinamente en parte de nuestra idiosincrasia, ha llevado a muchos de estos personajes tenedores irresponsables de mascotas, especialmente en los estratos sociales más bajos y culturalmente paupérrimos, a adquirir caros perros de razas peligrosas y agresivas sin las precauciones necesarias, con cuyo temible aspecto logran hacerle sombra a sus propias frustraciones. Canes que, mal mantenidos y no conservados dentro de casas, suelen protagonizar graves ataques e incluso casos de amputaciones y muertes.
Nada que ver con los perritos vagos que, en el peor de los casos, serían responsables de la materia prima para cagarnos los zapatos en un mal paso. Salvo por el infeliz caso de mi primo Seba, que tuvo la desgracia única y récord de pisar mierda siete veces en un día, esto pasará en el peor de los casos una vez al año -o menos- a cada ser humano con suerte promedio. Mi primo, por cierto, terminó aquella noche llorando, borracho y alegando sentado en una plaza que una especie de maldición pesaba contra él, mientras otro le sacaba los restos de excremento de perro con un palito, metiéndolo entre los dibujos de la suela de sus zapatillas.
Afortunadamente, no todos han entendido de esta manera el problema de los perros abandonados, existiendo grupos de activistas que promueven la esterilización como medida de solución. Es notable, además, la reciente iniciativa del Alcalde de Ñuñoa Pedro Sabat, al implementar por su propia iniciativa un canil municipal donde retener en condiciones dignas a los perros en esta situación para evitar así su exterminio.
Hasta aquí esta entrada, entonces. Quedamos debiendo una tercera, dedicada enteramente al Fox Terrier chileno, nuestro querido "quilterrier", la misma raza a la que pertenecía Washington, de la tira cómica de "Condorito".
Un conocido "huachito" de Paseo Bulnes.
Los rotos chilenos, los trabajadores, siempre se lo han llevado bien con los perros. He aquí dos (¿o tres?) de ellos en una gasolinera del sector de Barrio Exposición, de Estación Central. Todo buen chileno es un quiltro.
Casucha de un perrito callejero regalón de la calle Ricardo Cumming esquina Huérfanos, en el Barrio Brasil. Lamentablemente, el alojado había salido de paseo cuando pasé a visitarle y tomarle una foto.
Otro perrito callejero que encontró casa, en este caso en el Barrio Matadero, cerca de Plaza Gacitúa llegando a Carmen. Nótese que su casucha fue numerada por los vecinos.
Los perritos más simpáticos y dóciles de Santiago Centro quizás se encuentran en la propia Plaza de Armas. Éste está echado en la entrada al acceso del Metro, para el lado de calle 21 de Mayo.
Dos perros del sector del Palacio de la Moneda. Funcionarios de Carabineros, de la Guardia de Palacio, generosamente les proporcionan agua y alimento. Hay otros animales en el sector de Plaza de la Constitución, pero parece que este par son los más queridos.
Simpático perro vago de Avenida Portugal.
Campañas contra el exterminio de perros callejeros, en calle Nataniel.
Las mascotas perdidas son una de las situaciones más tristes para una familia. Estos carteles solicitando información sobre perritos extraviados son, lamentablemente, cada vez más comunes en nuestra ciudad.

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