viernes, 2 de octubre de 2009

ALFONSO CALDERÓN: DESDE EL BLANCO Y NEGRO ESCRIBIENDO A COLORES

Este año 2009, la cultura nacional ha pasado especialmente de luto: no llegarán a estar con nosotros en las celebraciones del Bicentenario el actor Jorge Guerra, el humorista Chicho Azúa, la actriz Yoya Martínez, el folklorista Lalo Parra, la folklorista Carmencita Ruiz, la actriz Helvecia Viera, el escritor Miguel Serrano, la escritora Matilde Ladrón de Guevara, el investigador Gerardo Claps, el cronista Sergio Ramón Fuentealba, el naturalista Juan Grau, el historiador Ascencio Ronda Gayoso, el músico Rhino González y el actor Emilio Gaete, entre algunos más.
Y otro de los que también partieron este año, con ellos, fue el cronista, novelista, poeta y antólogo Alfonso Calderón, peso-pesado en las artes escritas nacionales.

Calderón era un intelectual de aspecto adusto, serio, como varios representantes de la llamada generación del 50; sus gafas parecían un muro más que una ventana, en una primera vista. Sin embargo, esto era sólo una falsa impresión, pues se trataba en realidad de un hombre increíblemente ameno, entretenido, poseedor de una cultura vastísima, por lo que quienes le conocieron recalcan siempre lo lejos que estaba de ser un personaje aburrido o parco. Y esta fluidez se refleja en sus escritos: gratos, agradables, instructivos y eruditos; de esos libros que uno preferiría fuesen más extensos aún, ojala interminables.
Muchos comparan el valor de Calderón en la historia literaria con el de Joaquín Edwards Bello, que fuera de alguna manera su mentor. Aunque ambos cronistas provenían de mundos políticos muy distintos, casi como en la relación entre Francisco A. Encina y Leopoldo Castedo, Calderón tiene algo de Edwards en su orientación y en su testimonio del siglo XX, continuando en la segunda mitad de la centuria la misma obra que aquél hiciera durante la primera.
ORÍGENES Y PRIMERAS OBRAS
Alfonso Calderón Squadritto llegó al mundo el 21 de noviembre de 1930 en la ciudad de San Fernando. Hizo sus estudios en Los Ángeles y en Temuco, partiendo a Santiago para estudiar en el Internado Barros Arana, cuna de tantos otros intelectuales chilenos. Luego, estudió pedagogía en castellano y periodismo en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.
Desde niño, en su época de estudiante, se había hecho fanático de la lectura de "El Peneca" y algunos famosos cómics internacionales como "Mandrake" y "Dick Tracy". Era asiduo lector, además, de las crónicas de Edwards Bello en el diario "La Nación". Esta sería su principal influencia literaria, como veremos. Publicó su primer libro de poemas con sólo 18 años, titulado "Primer consejo a los arcángeles del viento", en 1949. A partir de 1952 comienza a ejercer en el periodismo para los diarios de la ciudad de La Serena "El Día", "El Serenense" y "La Serena".
Calderón era un tanto bohemio. En algunas de sus memorias recuerda visitas al famoso local de "Il Bosco" de la Alameda Bernardo O'Higgins, donde transcurría buena parte de su vida, al parecer. La poesía sería donde más golpearía con sus trabajos propios. Uno de los más celebrados es "El país jubiloso", publicado en 1958. En 1961, le tocó a "La Tempestad" y, al año siguiente, "Los cielos interiores".
Comenzó a incursionar en la antología en 1964, con su "Antología de la fábula" y, al año siguiente, "Antología de leyendas y tradiciones". Desde allí en adelante jamás se desprendió de este género, salvo por breves períodos. De hecho, a su inmenso trabajo de recopilación y selección de escritos antes publicados en diarios, revistas y otros soportes, le debemos la virtual "salvación" de las obras de grandes autores nacionales como Augusto D'Halmar, Teófilo Cid, Ricardo Latcham y Martín Cerda.
En 1965 se incorporó a la revista "Ercilla", haciendo comentarios de libros. Al año siguiente publicó "Grandes cuentos humorísticos".
Joaquín Edwards Bello, hacia 1930.
ALUMNO DE EDWARDS BELLO
El "Chico" Calderón era asesor de la Editorial Zig-Zag, y desde ahí intentó contactar al huraño y maduro Edwards Bello para convencerle de publicar una crónica. Pero la reacción del escritor le resultó frustrante, pues en lugar de entusiasmarse, le espetó con severidad: "Pierde su tiempo, con crónicas no se hacen libros".
A pesar de esto, Calderón siguió adelante en sus planes, por fortuna, llegando a hacer gran amistad con Edwards Bello y convirtiéndose en su principal alumno. Las primeras tres antologías del autor las publicó en 1966: "Recuerdos de un cuarto de siglo", "Nuevas crónicas" y "Hotel Hoddó".
En otro paralelismo con Edwards Bello, cuya obra también rescató a través de recopilaciones como "El Subterráneo de los Jesuitas" (posteriormente rebautizado "Mitópolis"), también comenzó a incursionar en el rubro memorialista. Al año siguiente, participa en el Encuentro de Escritores Latinoamericanos y publica también "El cuento chileno actual: 1950-1967". Ese mismo año se suicidó Edwards Bello, viendo la luz, de la mano de Calderón, su antología "Crónicas del centenario". Prosiguió en la tarea de recopilar el archivo del malogrado cronista. Hacia 1969 lanzó "Andando por Madrid" y "Memorial de Valparaíso".
En 1970, Calderón publicó su primera novela: "Toca esa rumba don Azpiazu". Para 1971, mismo año en que publica "Antología de la poesía chilena contemporánea", se incorpora al equipo de Editorial Quimantú, poco después, para la colección de libros de bolsillo sobre temas sociales "Nosotros los Chilenos". Uno de los libros más oportunos de recordar en nuestro actual contexto sobre esta serie, fue el número 43, de su autoría, titulado "Cuando Chile cumplió 100 años", de 1973. Allí dio rienda suelta a sus talentos como investigador y ensayista.
 
Sin embargo, como Quimantú había surgido como casa editora estatal y de difusión ideológica luego de la expropiación de la Editorial Zig-Zag, el alzamiento militar del 11 de septiembre de ese año sorprendió a Calderón comprometido con la Unidad Popular. Acababa de publicar su libro de poemas "Isla de los bienaventurados", uno de los que más se le celebran.
Pese a todo, Calderón ya tenía un buen grado de prestigio y reconocimiento público, que le permitió seguir publicando obras como su "Antología poética de Gabriela Mistral" en 1974. Incluso se permitió trabajar en revistas contrarias al régimen, como "Apsi" y "Hoy". En 1979 recibió el Premio Municipal de Santiago por su trabajo "Poemas para clavecín", publicado el año anterior, algo sorprendente en el clima de fuerte ionización política que había en el ambiente, pero que se explica por la objetividad con que exigía ser evaluado un trabajo de tanta calidad como el suyo.
SU CONSAGRACIÓN
En 1981, Calderón se ganó un puesto como miembro de la Academia Chilena de la Lengua. En 1984, publicó su "Memorial del viejo Santiago: imágenes costumbristas", un verdadero documento de culto entre los investigadores urbanos de la Capital de Chile. De sus memorias en París surge en 1988 "Una invisible comparsa", libro patrocinado por la Embajada de Francia, el Ministerio de Asuntos Extranjeros de ese país y el Instituto Chileno-Francés de Cultura de Santiago. Posteriormente, en 1993, asume como Subdirector de la Biblioteca Nacional y Director del Centro Barros Arana y de la revista "Mapocho" en la misma institución.
"Memorias de la Memoria" es una serie de siete volúmenes que comienza en 1990. En 1995, Calderón empieza a publicar sus diarios de vida en la serie que inicia con "La valija de Rimbaud", que abarca el período de su vida entre 1939-1952. Había comenzado a escribirlo el 25 de enero de 1939, al día siguiente del terremoto de Chillán y mientras vivía en Lautaro. En 1997, ve la luz "Una bujía a pleno sol".
En 1998 verá consagrada su vasta obra, al recibir el Premio Nacional de Literatura. Fue capaz de ganarle en la disputa a Volodia Teitelboim, Fernando Alegría, Guillermo Blanco y Enrique Lafourcade. El entonces Ministro de Educación José Pablo Arellano defendió esta decisión del jurado en base a "la lucidez, profundidad y variedad del ensayista, crítico, novelista, poeta y antólogo". Pero al recibir el premio, Calderón declaró con humildad:
"Sin Joaquín Edwards Bello, yo no existiría".
La serie autobiográfica de su diario, en tanto, continuó con "Cayó una estrella" (1952- 1963), "El vuelo de la mariposa Saturnina" (1964- 1981), "El olivo viejo que lloraba" (1981-1989), "El misionero involuntario" (1990-1993) y "En el bosque de Macbeth" (1993-1996). El año 2001, recibió el Premio Municipal de Poesía de Santa María de los Ángeles.
El año 2008, publicó un libro notable: "Venturas y desventuras de Eduardo Molina", con las semblanzas de un famoso periodista charlatán y cuentero, el Chico Molina, que había conocido más de 50 años antes pero cuya fama se había extendido en el tiempo casi como una leyenda entre los intelectuales chilenos. A la sazón, Calderón era académico de varias universidades y gozaba de una enorme fama en el ambiente intelectual chileno.
LA PARTIDA
La mañana del sábado 8 de agosto de 2009, Alfonso Calderón declaró a su esposa sentirse un poco mal, mientras se disponía a leer la prensa. Todo pasó con la velocidad del rayo: a las 9:25 falleció fulminado de un súbito infarto al miocardio, ante la desesperación de sus seres queridos. Uno de los más grandes de la literatura chilena, así, no pasó agosto; no estuvo para estas Fiestas Patrias y no llegó tampoco al famoso Bicentenario nacional, pese a merecer tanto estar presente en él. Tenía 78 años de edad.
Al parecer, Calderón no era creyente de otra cosa que el poder de la intelectualidad y la cultura: sus restos fueron velados en la Universidad Diego Portales (donde era decano de la Facultad de Comunicación y Letras) y luego cremados en una ceremonia también sin carácter religioso, tal cual alcanzó a solicitarlo en vida.
El día 14, en el diario "La Segunda", Jorge Edwards escribía lo siguiente:
"Ahora, después de la muerte repentina de Alfonso Calderón, compruebo que la memoria chilena, la del siglo XX y la de épocas anteriores, comienza a mostrar carencias bastante difíciles de llenar. La memoria, que en apariencia importa poco, de alguna manera lo es todo: lenguaje, historia, recuerdos compartidos que forman parte de una identidad colectiva. No hay nada peor que un pueblo amnésico, y en cierta medida, en nuestra desaprensión, en nuestra barbarie modernizada, tendemos a serlo: descuidados, olvidadizos, desprovistos de atención y de respeto. Otro de los boxeadores de Teillier recordados por Calderón se peinaba con raya al medio y se preciaba de que después de una pelea a doce rounds nadie fuera capaz de despeinarlo. Tres hermanas bonitas estaban locas por él, y hasta la madre, que había sido atractiva en sus buenos tiempos, las acompañaba a verlo porque esperaba que “le tocara algo”. Ya ven ustedes: las historias de boxeo, que apasionaban a Ernest Hemingway y a Julio Cortázar, están llenas de posibilidades en la literatura. Para escribir hay que leer mucho, pero más bien conviene huir de lo libresco".
"Alfonso Calderón sabía historias extraordinarias de los viejos políticos, de los antiguos poetas y escritores, de los cantantes y los héroes populares de antaño. Me he dedicado a leerlo en estos días y en estas noches, como homenaje personal y privado, y lo he pasado sumamente bien. Me he arrepentido, incluso, de no haberlo leído más cuando estaba vivo y de haber perdido así, debido a ese descuido nuestro tan nacional, la oportunidad única de comentar con él sus relatos. Pero así somos: creemos que hay tiempo para todo, y la verdad es que no hay tiempo para nada. Calderón cuenta historias notables de Eduardo Molina Ventura, el Chico Molina, poeta sin poemas, de Acario Cotapos, de Pablo Neruda y Vicente Huidobro, de muchos más. Se sirve de su experiencia directa, de sus conversaciones con los personajes y de lo que ha escuchado sobre ellos. Su prosa es un pozo de anécdotas, de nombres interesantes, de escenarios curiosos. No he dicho, a propósito, nombres célebres, porque no siempre se trata de eso. Este es un memorialismo que rescata a personajes olvidados, o que nunca fueron conocidos, y que los pone al mismo nivel de los famosos, con lo cual la escritura se acerca mucho a la ficción novelesca".
Parafraseando la frase de Calderón al recibir el Premio Nacional, el también alto galardonado escritor Armando Uribe, declaró de él en un medio:
"Si Joaquín Edwards Bello sigue vivo, se lo debemos a Alfonso Calderón".
El domingo 30 de agosto de 2009, se realizó en su memoria una ronda de declamaciones de poesía en el marco de la 11ª Feria del Libro de Ñuñoa. En la mesa de oradores, con Alfredo Lavergne al centro, estuvieron formando parte de este homenaje su hija la poetisa Teresa Calderón y su nieta Lila Díaz Calderón, ambas herederas también del talento y la vocación por las letras y los versos.
Ronda de poetas en la 11ª Feria del Libro de Ñuñoa. De izquierda a derecha, la tercera en la mesa es la poetisa hija del escritor, doña Teresa Calderón, y la quinta sentada es su nieta, Lila Díaz Calderón, también poetisa (e hija de Lila Calderón, mi profesora de narrativa en tiempos universitarios).

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buena biografía, completísima. Estoy analizando Ventura y desventura de Eduardo Molina para la Universidad.

Anónimo dijo...

Emocionante leer este trabajo. Un recuerdo vivo del maestro.

Gracias.

lichazul...elisa dijo...

muy buen aporte para el acervo cultural de quienes navegamos por la web

felicitaciones

Thérèse Bovary dijo...

Una pérdida que seguirá doliendo hasta que mi corazón deje de latir. Te amo, papá mío de mi corazón.

Unknown dijo...

Querido Alfonso, grato escuchar de Ud y recordar de paso gratas y amenas conversaciones que yo disfrutaba enormemente tanto en Santiago como en París el cual fui por fortuna su acompañante por algunos días. Había una que no olvidaré jamas. la de una larga Conversación suya con Raul Ruiz. Una suerte de duelo intelectual de dos grandes cabezas.

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