lunes, 17 de agosto de 2009

MI ABUELO Y EL UMBRAL DEL INVIERNO

René Naudón con quien escribe, poco antes de su fallecimiento en 1997. 
La pérdida de un abuelo es una pérdida injusta, pese a ser la más comprensible en un grupo familiar. Por alguna malvada razón, sucede justo cuando los lazos con el nieto se fortalecen; cuando se sella la alianza entre un veterano de la vida y quien aún se abre paso en ella. Llega con la crueldad de una cuenta regresiva que alguien olvidó seguir. Indiferente al dolor, nos pasa el recibo de todas aquellas cosas que no debimos decir o hacer, por prudencia. O, lo que es peor, de las que debíamos decir o hacer a tiempo y no fuimos capaces, por vergüenza o postergación cobarde.
Un día de verano de 1992, consumida por una larga y penosa agonía, mi abuela materna cumplió con el trazado de la vida y se fue. Así, simplemente: la muerte más larga y sufrida es sólo una pequeña brisa en la borrasca del tiempo. La aparente intensidad del existir se revela tan frágil como un lirio de cristal rodando entre rocas.
Pero me equivoqué al creer que su partida iba a ser mi último gran dolor de juventud. Había olvidado que, siguiendo la inmisericorde lógica de la biología, el próximo en partir debía ser mi abuelo, mi querido viejo.
Mi Tata provenía de una modesta familia de origen chileno-francés. Tenía una carnicería y la atendía cerca de la Gran Avenida. En ella me pasaba días completos, acompañándole y haciendo las veces de cajero. Ya había hecho amistadas por este barrio y las cosas que ocurrían dentro del local me parecían más entretenidas que la monotonía de la casa. De vez en cuando, hasta me permitían empuñar allí alguno de los gruesos cuchillos del mostrador y despostar parte de los grandes trozos de animales.
El viejo siempre llegaba a casa con un poco de carne molida o un bistec bajo el brazo. El olor de la cocción subía hasta mi propia pieza, señalándome su arribo de cada noche. Era un hombre bueno, generoso hasta la ingenuidad. Fue embaucado varias veces, incluso por tipos que presumían ser sus amigos. Pero nunca escarmentó: era incapaz de ver la maldad ajena.
Tenía una inteligencia fresca, sin embargo, increíblemente espontánea, pícara y burlona, con esa chispa tan chilena para improvisar un humor que afloraba incluso en situaciones delicadas, en las lindes de lo oportuno pero desubicado. Lamentablemente, sus estudios en el Liceo Manuel Barros Borgoño (que también fuera el mío, décadas después) se vieron truncados por la falta de recursos, debiendo retirarse prematuramente. Pese a todo, algunos de sus ex compañeros le siguieron visitando siempre. Su ingenio habría sido aprovechado mejor de haber podido concluir sus estudios, quizás, pero el destino no lo quiso. Cuando alguno de mis dos hermanos solicitaba ayuda a mi madre en cálculos matemáticos, el viejo gritaba los resultados antes de que cualquiera los solucionara. En una ocasión, estando de visita en otra casa, un niño arrojó unas gallinas por el hoyo de unos pocos centímetros de un oscuro pozo subterráneo. A nadie se le había ocurrido algo para sacarlas, hasta que mi viejo amarró a un cordel las cuatro puntas de un pañuelo y lo bajó por el agujero con un poco de maíz al centro. Las gallinas se paraban sobre la tela a picotear los granos y él las levantaba como las redes a los peces. Así de fácil; así de ingenioso; así de eficaz.
Sin embargo, su creatividad a veces lo traicionaba: revisando su documentación de Servicio Militar, descubrí una vez que había sido castigado por causar un incendio en los pastizales del regimiento, al intentar facilitarse con fuego la orden de retirar el pasto seco. Era la clase general de metidas de pata suyas. Hubo otras ocasiones en que no podía contenerse las ganas de sacar algún chiste de las situaciones donde se arriesgaba a recibir una reprimenda o una amonestación de vuelta. Si mi hermana estaba reclamando a viva voz por algo, él se ponía de pie, sacaba un pañuelo y comenzaba a hacer pasos de cueca mientras clamaba un alegre “tiqui-tiqui-tí”. Siempre llevaba ese viejo pañuelo en algunos de sus bolsillos, de modo que podía repetir la misma broma cuantas veces se le presentara la oportunidad.
Gustaba de escuchar tangos, así que competía todo el día con nosotros por el uso de la radio del comedor. Ya en su pieza, pasaba horas y horas escuchando un viejo aparato de tubos, todas las noches, lo que perjudicaba especialmente a mi hermano en la habitación vecina. El viejo estaba quedando relativamente sordo hacia sus últimos años, y usaba la radio cada vez más fuerte. Esto era un problema menor comparado con la diabetes que intentaba controlarse, aunque su hígado estaba intacto según los exámenes, a pesar de que siempre fue bueno para la “rayuela corta”. Su mayor gusto era por los buenos vinos tintos. De vez en cuando, nos acompañaba a mí y a mis amigos en las noches con un vasito de cerveza, y hasta le regalé un jarrón para ello.
Siendo aún joven, había sufrido un grave accidente que casi le cuesta le vida: al abordar en movimiento un tren que lo dejaba abajo, quedó colgando afirmado precariamente de la mano de un amigo. Su pie izquierdo fue alcanzado por la rueda del vagón, que empezó a tragárselo como una sierra. No sé cuánto rato pasó antes de que el tren se detuviera, alertado por los demás pasajeros, pero fue suficiente para que la rueda le destrozara el zapato y parte del pantalón. Una herida tan grande y grave sentenció la decisión médica de amputárselo, a lo que se resistió escapando del hospital. Otro doctor que logró salvarle el pie a través de múltiples injertos de piel. Me contó muchas veces esta historia, en esas noches cuando ya se había quitado su placa de dientes y se veía anciano otra vez, a pesar de que su pelo resistía volverse canoso y su cara no mostraba las arrugas que pudieran esperarse de un hombre de su edad.
Nuestra diferencia generacional no impidió que lo tuteara ni que intercambiáramos bromas pasadas de tono, que harían escándalo en otras realidades familiares. No había partido de fútbol que se perdiera, y hacía todos los puzzles que pillaba en los diarios, usando unas viejas gafas negras llenas de amarras. Le acompañaba desde muy niño mientras resolvía estos crucigramas, a veces colaborándole humildemente. En una Navidad, le regalé unas bolsas de dulces, pues le encantaban los caramelos y siempre tenía un paquete de ellos escondido por ahí, especialmente calugas. También tenía debilidad por las galletas, que compartía con nuestra pequeña perrita Lulú. Todos los días me encontraba al viejo en el living con sus golosinas, haciendo el crucigrama del día. Antes de leer el diario ya sabía todo lo ocurrido. Era un verdadero libro. No había tema que ignorara, sea de historia, geografía o deporte. Recordaba todos los mundiales de fútbol de su vida, los jugadores y países comprometidos. También los resultados. Sabía todo lo ocurrido en materia política del siglo XX y sus personajes. ¡Cuántas cosas que quedaron, sin que alcanzara a decírmelas! Cualquier duda, cualquier pregunta era resuelta si estaba el viejo. Ciertamente, una gran cantidad de ellas las había almacenado con el tiempo, pero otros datos parecía haberlos recogido desde una fuente etérea, de una conexión directa con el conocimiento universal. Sin embargo, también tenía sus limitaciones: cualquier objeto incomprensible era para él una “payasá” y los animales pequeños eran todos “bichos”, incluso el hámster y el loro choroy de la casa. Sus expresiones de enfado eran “¡Por la gran serpiente!” y “¡Pucha Diego!”.
Una mañana de junio, en el umbral del invierno de 1997, se cumplió su plazo de vigencia del contrato con la vida, lamentablemente. Por segunda vez, olvidé la ley de hierro del contador en reversa, que rige el efímero pero enérgico tramo de tiempo en que la vida en tránsito de un abuelo alcanza a cruzarse con la de su nieto.
Recibí la noticia de mi madre tan pronto llegué a casa, en la tarde de ese infausto día. Subí las escaleras de la casa para poder convencerme y enfrentar la realidad. Y, efectivamente, había sucedido, así de rápido; así de sencillo, otra vez. En su habitación sólo encontré su vieja radio de tubos, sus lentes destartalados y una vela encendida... Pero él ya no estaba. Se había ido. Perdí a ese viejo que no soltaba el control del televisor en todo el día; el que chupeteaba la sopa y tiraba galletas a Lulú. El asiento que ocupaba de trono para ver sus partidos de fútbol quedó solo, y su voz pidiendo repetir lo que sus oídos no habían escuchado, jamás se volvió a sentir. El viejo con el que me proyectaba mostrándole su primer nieto, celebrando el cambio de milenio y quizás hasta esperando el fin del mundo, se marchó.
Coloqué en su ataúd el puzzle que no llegó a hacer, sus lápices y algunos de esos cartones de azar que me pedía le jugara, algo que siempre cumplí rezongando entre dientes pero silenciosamente, sin destruir jamás su vana ilusión de un golpe de suerte.
Hasta hoy, atesoro esos lentes maltrechos y el último crucigrama que alcanzó a resolver, un día antes de su zarpe definitivo sobre las marejadas del misterio de la eternidad. Estos objetos son todo lo que heredé de él, no obstante me han convertido en un hombre inmensamente rico.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Qué ver en una visita?

Aconcagua (9) Aeronautica (12) Africa (4) Alemania (4) Alto Hospicio (11) Angol (2) Animitas (72) Antartica (31) Antofagasta (19) Apuntes (6) Arabes (20) Arabesco (13) Araucania (8) Arauco (2) Archipielago Juan Fernandez (1) Arequipa (6) Argentina (30) Arica (41) Armas (23) Arqueologia (76) Arquitectura en hierro (22) Art Deco (34) Art Nouveau (18) Arte (179) Austria (1) Aysen (9) Bares-Restoranes (146) Barroco (53) Bauhaus (10) Belgas (1) Biobio (1) Bizantino (9) Bohemia (162) Boites (26) Bolivia (18) Bomberos (33) Brasil (3) Britanicos (37) Buenos Aires (4) Burdeles (24) Cachapoal (1) Cafes-Salones de Te (17) Cajon del Maipo (14) Calama (2) Caldera (8) California (1) Calles (79) Campo (109) Candilejas (53) Carreteras (55) Cartagena (3) Casonas (99) Cauquenes (1) Cementerios (60) Cerros y montañas (40) Chañaral (1) Chile (1042) Chillan (5) Chiloe (13) Choapa (7) Ciencia (71) Cine (11) Cinema-Teatros (39) Circo (16) Cites-Conventillos (17) Cocina (58) Cocteleria (56) Colchagua (2) Colombia (1) Coloniaje (148) Comercio (188) Comics (30) Compañias (90) Concepcion (8) Conmemoracion (127) Copiapo (30) Coquimbo (21) Criminologia (28) Croatas (6) Cur (1) Curico (1) Curiosidades (240) Delincuencia (62) Deporte (42) Desierto de Atacama (53) Diplomacia (23) Diseño (92) Edad Media (19) Edificios historicos (174) Edificios populares (66) Educacion (72) Egipto (2) El Loa (1) El Maipo (2) El Maule (12) El Tamarugal (24) En prensa/medios (42) Errores (109) Esoterismo/Pagano (74) España (18) Estatuas-Monumentos (122) Etimologia-Toponimia (154) Eventos (47) Exposiciones-Museos (64) Fe popular (142) Flora y fauna (112) Folklore-Tradicion (212) Fontanas (39) Fotografia (24) Franceses (89) Francia (9) Frutillar (2) Gargolas-Grutescos (19) Georgiano y victoriano (25) Germanos (32) Gotico (18) Gringos (31) Guerra Chile contra Confederacion 1836 (11) Guerra Chile-Peru contra España 1865 (2) Guerra del Pacifico (77) Guerra Peru-Bolivia 1841 (1) Guerras antiguas (5) Guerras civiles y golpes (38) Hechos historicos (127) Heraldica (29) Heroes (83) Hispanidad (117) Holanda (1) Hoteles (32) Huasco (3) Huasos (60) Humor (62) I Guerra Mundial (2) Iglesias y templos (103) II Guerra Mundial (6) Imperio Romano (21) Independencia de America (46) Indigenas (101) Industria (74) Instituciones (167) Iquique (74) Isla de Pascua (1) Israel (1) Italia (35) Italicos (43) Jerusalen (1) Judios (10) Juegos (42) Junin (1) La Paz (1) La Serena (18) Lejano oriente (38) Lima (2) Limari (9) Linares (2) Literatura (121) Llanquihue (1) Los Andes (2) Lugares desaparecidos (213) Madrid (1) Magallanes (35) Malleco (1) Marga Marga (1) Mejillones (4) Melipilla (1) Mendoza (2) Mercados (23) Mexico (1) Militar (93) Mineria (50) Misterios (109) Mitologia (158) Mitos urbanos (121) Modernismo-racionalismo (15) Mujeres (77) Musica (68) Navegacion (45) Negros (12) Neoclasico (151) Neocolonial (22) Neorrenacentismo (1) Niños (99) Numismatica (16) Ñuble (5) Obeliscos (16) Orientalismo (12) Ornamentacion (107) Osorno (1) Ovalle (5) Palacios (24) Paleocristianismo (20) Palestina (1) Panama (1) Parinacota (1) Paris (1) Patagonia (21) Patrimonio perdido (120) Peñaflor (1) Periodistas (29) Personajes culturales (160) Personajes ficticios (52) Personajes historicos (181) Personajes populares (172) Peru (53) Pesca (17) Petorca (5) Philadelphia (1) Pisagua (1) Playas (33) Plazas y parques (164) Polacos (1) Politica (59) Productos tipicos (81) Publicidad (58) Puentes (35) Puerto Montt (6) Punta Arenas (9) Quebrada de Tarapaca (13) Quillota (2) Radio-TV (53) Rancagua (3) Ranco (1) Reliquias (154) Renacimiento (3) Reposteria/Confiteria (22) Rio Chili (1) Rio Mapocho (44) Rio Tevere (3) Roma (33) Rotos (94) Rusia (1) San Antonio (5) San Pedro de Atacama (2) Sanidad (50) Santiago (663) Semblanzas (136) Sicilia (1) Simbolos/Emblemas (75) Sociedad (145) Suiza (1) Suizos (1) Tacna (5) Talagante (8) Talca (3) Tarapaca (95) Tecnologia (82) Terrores y fantasmas (94) Tierra del Fuego (12) Tocopilla (2) Tragedias (199) Transportes/Estaciones (80) Tucuman (1) Tudor (28) UK (8) Uruguay (1) USA (20) Valdivia (4) Valle de Azapa (10) Valle de Elqui (15) Valparaiso (32) Vaticano (5) Venezuela (6) Viña del Mar (3) Websites recomendados (10)