miércoles, 8 de julio de 2009

EL HUELÉN NEGRO: PRIMERA ETAPA DE LA HISTORIA DEL CERRO SANTA LUCÍA (1540-1852)

Santa Lucía del siglo XVIII, basado en el plano de Santiago de Frezier (1712).
Coordenadas: 33°26'26.04"S 70°38'37.02"W
Hace tiempo que debemos un posteo sobre el Cerro Huelén o Santa Lucía, de nuestra capital. Hemos hablado varias veces de él: de sus jarrones decorativos, de sus esculturas ornamentales, de sus obras artísticas extraviadas e incluso de algunas de sus leyendas y mitos. Mas, hemos evitado concentrarnos -quizás por procrastinación- en su larga historia como símbolo natural y cultural de la ciudad de Santiago. Es hora de pagar la deuda, aunque sea en cuotas.
Hemos concluido, entonces, en que la única forma de hacerlo sería dividiendo la historia del cerro en al menos tres períodos, inspirándonos en la trilogía marciana del escritor gringo Kim Stanley Robinson, que titula ingeniosamente sus libros con los colores de las tres etapas de colonización humana de Marte: rojo, azul y verde. Así, la historia del Santa Lucía puede reconocerse en períodos bastante definidos, coincidentes con el colorido que el cerro le ofreció al espectador en cada una de sus "eras": su época de cerro negro (de aridez desnuda), su época de cerro tinto (con ladrillos y muros) y, actualmente, su época de cerro verde (un parque con vegetación).
Su primera etapa, como podrá adivinarse, está en el umbral de la historia natural del cerro y su incorporación a los registros históricos de las crónicas, hacia la llegada de los españoles y hasta las primeras décadas de la vida republicana nacional. Es el período más rústico y lejano de todo el camino que, en cierta forma, condujo a su declaración como Monumento Histórico Nacional, el 16 de diciembre de 1983, por Decreto N°1636 del Ministerio de Educación Pública.
Ésta es, en otras palabras, su historia de integración en la creciente ciudad de Santiago de Chile. Revisemos un poco de esta parte de su semblanza.
Dibujo del cerro Santa Lucía según Alonso de Ovalle (1646).
Uno de los mapas basados en el plano de Frezier de 1712.
ORIGEN Y ASPECTO PRIMITIVO DEL CERRO
Como lo dijera don Benjamín Vicuña Mackenna tempranamente, los geólogos piensan que el origen del cerro se encontraba en el escape de algún volcán que allí existió hace unos 15 millones de años, antes de que los flujos de magma ígneo del subsuelo se desplazaran más cerca de la actual cordillera de los Andes, de modo que no están tan totalmente erradas las leyendas urbanas que aseguran en tono fatalista la existencia de un volcán escondido bajo sus rocas. Volcán que, en realidad, se apagó hace mucho, mucho tiempo, para tranquilidad de los santiaguinos.
Su posición precisa en los mapas es 33º 26' S y 70º 39' O. Toda una curiosidad que no ha pasado inadvertida a los investigadores e historiadores, pues constituye una excepción encontrar un cerro a sólo 500 metros de la plaza central de alguna ciudad del mundo, más encima si ésta es capital del país.
Ubicado junto a la ex Cañada, actual Alameda, el peñón del Huelén es de escaso tamaño: unos 70 metros de altura desde el suelo y unos 630 metros sobre el nivel del mar. Su masa rocosa se extendía unos 450 metros por su parte más longitudinal, más o menos de Sur a Norte, aunque una parte de su zona Norte le fue retirada, según veremos. Alcanza una superficie de 63.000 metros cuadrados, aproximadamente. No es tanto: los ingenieros de Chuquicamata calculan que pueden remover la misma cantidad de material equivalente a la del cerro (o más) en cada día completo de faenas en la mina. Sin embargo, el cerro destacó siempre en medio de un terreno más bien llano, como es dicho sector de Santiago Centro, especialmente por su posición aislada pero central, compitiendo sólo con la visibilidad del Cerro Tupahue, actual San Cristóbal. Esta situación aislada hace que sea percibido como si fuese más grande de lo que es en verdad.
Muchas de sus rocas principales son de composición basáltica. Están mezcladas con escorias calcinadas, en algunos casos formando grutas que fueron destapadas en los trabajos de 1872. El basalto es una de las rocas más comunes surgidas de la actividad volcánica y, ciertamente, era la responsable de los colores grisáceos y oscuros que caracterizaban una vista del cerro en su aspecto primitivo, del Huelén negro, como aquí le hemos llamado. Esto se confirma en las escasas fotografías que existen del mismo antes de ser convertido en un paseo.
Vista del cerro y de los canales del Mapocho que lo circundaban, según mapa francés del siglo XVIII, basado en el plano de Santiago hecho por A. Frezier en 1712.
Aspecto primitivo de la que sería la futura Alameda de las Delicias, en los tiempos en que aún era la Cañada de Santiago o de San Francisco. Atrás, puede verse una roca desnuda y estéril que corresponde al Cerro Santa Lucía.
CAMPAMENTOS DURANTE LA CONQUISTA
A la llegada de los españoles al valle del Mapocho, el Cerro Santa Lucía no era más que ese peñón oscuro, un cerro negro, semejante a un túmulo de rocas desnudas que, según varios autores, los indígenas de la zona llamaban Huelén, palabra que en mapudungun significaría Dolor, Pena, de acuerdo a lo que han asegurado tradicionalmente los investigadores, aunque con algunos detractores. Habría sido para ellos, acaso, el Cerro del Dolor, nombre derivado quizás de su lastimero aspecto árido y estéril.
Como se sabe, Pedro de Valdivia arribó al valle del Mapocho hacia mediados de diciembre de 1540. Aunque la visión del cerro era sobrecogedora, tenía intención de fundar el poblado que daría origen a la ciudad a los pies del Tupahue o San Cristóbal, el Cerro Grande del valle, cerca de donde sus fuerzas habían levantado el primer campamento, y no en el Santa Lucía, como algunos han escrito alguna vez. Pero el cacique Millacura, que gobernaba a los aborígenes del Maipo y que inicialmente hizo buenas migas con los conquistadores (o eso parecía), le sugirió establecerse al otro lado del río Mapocho, proponiéndole la proximidad del presuntamente llamado Huelén o Cerro Menor del valle.
Millacura logró convencer de esta idea a Valdivia, aunque René León Echaíz se pregunta en su "Historia de Santiago" si la verdadera motivación del cacique sería hacer que los españoles desalojaran del cerro a los indígenas bajo el mando del cacique Huelén Huara (o Huelen-Guala), que allí habitaban. Además, de no haberlo hecho, podría especularse que los hispanos se habrían quedado quizás en el campamento provisorio junto al Cerro Blanco, al San Cristóbal u otro lugar chimbero, cosa que de seguro no era tan del agrado del jefe Millacura.
Como sea, sobre su irregular terreno de los roqueríos y laderas, se levantarán las chozas, toldos, corrales de ganadería y hasta un rústico fortín, resguardándolos tras las piedras y los escasos arbustos que crecían en las laderas del cerro. Una hondonada que salía del primitivo río Mapocho defendía naturalmente a este cerro por el lado Norte, y sirvió en años posteriores como surtidero de agua para regadíos.
La fe siempre estuvo presente en el cerro: no bien llegaron allí, improvisaron una capilla de madera y techo de paja, que servirá para el oficio religioso. En 1543 construyeron una capilla consagrada a la Virgen del Socorro, por el lado Sur, que después se trasladó hasta el Convento de San Francisco. Más tarde, en 1551, colocaron otra ermita, ésta consagrada a la santa que le daba nombre al cerro, por el lado Norte, junto a la Calle de la Merced.
¿POR QUÉ LO REBAUTIZARON "SANTA LUCÍA"?
Los españoles consideraron aspectos estratégicos para tomar la decisión de sentar el campamento en el Huelén, tanto por la posición privilegiada para defender la ciudad como también por la posible voluntad cooperadora de los indígenas de Huelén Huara, en un principio. Sin embargo, todavía muchos conjeturan sobre las razones que llevaron a Valdivia a bautizar el cerro como Santa Lucía, generándose incluso una suerte de debate sobre la legitimidad de este acto, entre algunos puristas solidarios de ciertos dogmas étnicos o indigenistas que insisten en llamarle Huelén en sus discursos o declaraciones.
La explicación más común que asume la convicción general sobre el nombre cristiano del cerro es que, como los hispanos habrían llegado a Santiago el 13 de diciembre de 1540, día de Santa Lucía de Siracusa, Valdivia rebautizó al peñón en su honor. Al respecto, existe un error en otra extendida referencia dada por la cada vez menos confiable Wikipedia y otras fuentes, en estos momentos, y donde se segura que el bautizo del cerro se debió a que ese día 13 "conquistaron" o "tomaron posesión" del mismo. Si bien existen autores que sugieren mayoritariamente la construcción de la primera ermita del cerro en ese día, cabe señalar que el primer campamento que los españoles levantaron en Santiago habría sido a los pies del Cerro San Cristóbal o del Cerro Blanco, según otros, pero no del Santa Lucía, de modo que estas afirmaciones no son del todo precisas.
Una explicación especial sobre las razones del nombre nuevo del cerro la ofrece Benjamín Vicuña Mackenna en su "Historia Crítica y Social de la Ciudad de Santiago" (1869). Según él, la posibilidad de que la llegada a Santiago de los expedicionarios hispanos haya coincidido con con el día de Santa Lucía de Siracusa es sólo estimativa (algunos autores dicen que fue el día 12, inclusive). Hace notar, en cambio, que los cerros que rodean la ciudad costera de La Serena también habían sido bautizados Santa Lucía, construyéndosele su respectiva ermita. La razón debe hallarse en algo que tengan en común ambos montes, y Vicuña Mackenna agrega que Santa Lucía es conocida como la Abogada de la Vista, de modo que su invocación en la toponimia de estos cerros, en lugar de relaciones con fechas, podría deberse más bien a confiar a ella y a la situación geográfica en que se hallaban la vigilancia de las respectivas ciudades, para las cuales servían de mirador y observatorio preventivo de ataques indígenas.
Irónicamente, sin embargo, ha sido el propio Vicuña Mackenna uno de los que, indirectamente, ayudó después a establecer la creencia de que el nombre español del cerro es un simple homenaje al día de la santa, al hacer inscribir en el pedestal de la estatua de Pedro de Valdivia colocada en él la fecha del 13 de diciembre de 1540, como primer hito de su llegada al lugar.
También es muy probable, como lo hace notar León Echaíz, que el nombre de Cerro del Dolor (en caso de ser tal) no debe haber agradado a los españoles, inclinados a lo místico, a lo supersticioso y al temor por los malos augurios. Ésta habrá sido, acaso, la otra mitad de las razones que llevaron a cambiar de nombre del Huelén por el de Santa Lucía de Siracusa, la guardadora de la luz y la visión.
Fundación de Santiago en el Santa Lucía, según óleo de Pedro Lira (1889).
EL CERRO EN LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD
A diferencia de lo que también creen y han escrito muchos, el campamento del cerro era provisorio, por lo que no estaba relacionado con la fundación misma de la ciudad de Santiago, propiamente dicha. Los relatos que colocan las primeras casas de la metrópoli en la explanada Oriente, hacia el actual barrio Lastarria, están errados de fondo, incluyendo aquél que proponía que Valdivia construyó su primera residencia en donde hoy está la Iglesia de la Vera Cruz, algo totalmente descartado en nuestros días.
Ello no fue óbice, sin embargo, para que Valdivia eligiera la cumbre del cerro en la ceremonia de fundación de la ciudad, el 12 de febrero de 1541, según la tradición retratada en el famoso cuadro de Pedro Lira. Parece ser, sin embargo, que la fundación de facto de la ciudad, con toma de posesión del trazado de las cuadras y de la distribución de terrenos, tuvo lugar el 24 de febrero siguiente, según consigna el propio Valdivia en cartas de años posteriores, a menos que se trate de algún error de la memoria del conquistador, fomentado también por la destrucción del Acta de Fundación durante el ataque e incendio de Michimalongo a Santiago, el 11 de septiembre de ese año y en el que participaron los mismos caciques Millacura y Huelén Huara contra los españoles. También es un hecho que la fundación material de la ciudad debió haber tenido lugar en la Plaza de Armas, y no exactamente en el Santa Lucía.
Como sea, muchos vecinos permanecieron acampando en el Cerro Santa Lucía después de la fundación oficial de Santiago, que seguía siendo una posición militar estratégica dentro del llano. Rodrigo de Quiroga, por ejemplo, adquirió el terreno en donde hoy se encuentra la Plaza Vicuña Mackenna, en la Alamedan (la Cañada), futuro sitio de la Casa de Recogidas, como veremos más abajo. Por el lado de calle Merced, como hemos dicho, se levantó una ermita consagrada a Santa Lucía, hacia 1551. Tras la primera destrucción de la ciudad por las huestes de Michimalongo, se le asignó un solar propio a la ermita y se cedió a los recién arribados padres franciscanos en 1553, pasando de allí a manos de los mercedarios que edificaron su primera casa cerca del cerro y de cara a éste, hacia 1568, gracias a otras donaciones de terrenos.
La fe no fue lo único que se acogió en el cerro. Los cadáveres de Solier y los otros tres conspiradores contra Valdivia, quedaron colgados en el Santa Lucía por largo tiempo, como advertencia a la sociedad después de fracasado su intento de complot. Y además de la justicia, se posó la industria y el comercio: a sus pies se había instalado un molino de trigo y una viña en 1548, propietados por el inmigrante alemán Bartolomé Flores (nacido como Bartolomé Blumenthal) hasta 1567, cuando donó su molienda al Hospital del Socorro. Fue levantado junto a otro solar, perteneciente a don Juan Fernández de Alderete, por el lado Norte del cerro. Por el lado Sur y Oriente, don Rodrigo de Araya tenía instalado otro molino y las primeras viñas de la ciudad. En 1578, el Cabildo autorizó a cortar adobes sólo en el cerro, pero la demanda era tanta que debió levantar la medida menos de diez años después, especialmente por solicitud de los franciscanos.
La aparición de las mencionadas chacras viñeras es uno de los primeros antecedentes de actividades civiles en el cerro, además de las que pertenecieron a Rodrigo de Araya. Don Juan Gómez tuvo la propia por allí, hacia 1557, año por el que se levantó también la Ermita de San Saturnino. Veremos, no obstante, que el aspecto marginal y campestre del barrio se mantuvo por largo tiempo, durante los siglos que siguieron.
EN EL SIGLO XVII
Esta distribución de propiedades en el árido y triste cerro no cambió demasiado durante el siglo XVII. El ex Huelén continuaba siendo un terreno doloroso, de piedras colgantes y desfiladeros peligrosos. Por los lados de calle Merced y el costado desviado hacia la Cañada, se extendían las canalizaciones de agua captada desde más alto en el río Mapocho. Más allá de los caminos de mulas que contorneaban el lado Este de las faldas del cerro, se extendían sólo chacras y fundos agrícolas fuera de toda urbanización.
Sin embargo, la ciudad estaba creciendo, a paso lento pero seguro. El Padre Alonso de Ovalle, en su "Histórica Relación Reino de Chile" (1646), escribe cómo desconoció a la ciudad luego de una ausencia de sólo ocho años, al ver cómo habían aumentado los caseríos en torno al cerro:
"...hallé que la ciudad se había extendido de manera que, estando plantada a la falda del cerro que dijimos, a la parte Occidental de él, le hallé ya todo rodeado de casas, y con buen fondo de edificios hacia la parte Oriental..."
Sin embargo, es ésta una de las pocas referencias que anota Ovalle para con el cerro en su grueso trabajo de crónicas, pues parece ser que el Santa Lucía seguía ocupando un espacio poco relevante en la vida de la sociedad civil santiaguina.
Por el Norte del cerro, y durante largo tiempo, existió también un boquerón o abertura entre las rocas, justo hacia el lado de Merced. Por él pasaba una de las acequias de los brazos del río Mapocho. Los españoles llamaron a este sitio como Alto del Puerto, cerca del molino de Flores, razón por la que más tarde se le llamó también Alto del Molino. El sistema de acequias que salía de esta ciudad abastecía a gran parte de los jardines y chacras de Santiago.
Las aguas que corrían por el Norte y por el costado del Santa Lucía desde el río, empezarían a ser tratadas de forma más discreta por la urbanización en este período, comenzando a quedar canalizadas de manera subterránea. En 1671, por disposición del Presidente Juan Henríquez, el Gobernador Alfonso Meléndez hace fundir una hermosa fuente de bronce que surte a los vecinos en la Plaza de Armas, alimentada precisamente con el caudal que proviene de las aguas del Mapocho y que desviaba la acequia de la calle de la Merced. Es la pila de aguas que actualmente se encuentra dentro del Palacio de la Moneda, hasta donde llegó tras un paso por la Alameda de las Delicias y por el Santa Lucía, precisamente.
Plano de Santiago en el mapa de Frezier, versiónr recoloreada.
Mapa francés del siglo XVIII, también basado en el de Frezier. Se advierte el gran territorio rural que se extendía hacia el oriente del cerro y que perduró por varios siglos.
EN EL SIGLO XVIII
La principal crónica nos llega en este período desde el viajero francés Amadée Frezier, en su "Relación del Viaje por el Mar del Sur" (1716), quien describe al cerro mientras presenta un bosquejo general de la ciudad de Santiago:
"...hay otras de piedras y albañilería de piedra de bolón que se extrae de una pequeña roca que está en el extremo este de la ciudad, llamado Cerro de Santa Lucía, de cuya altura se descubre de una ojeada toda la ciudad y sus alrededores, que es un paisaje muy pintoresco".
En el mapa que el autor había levantado de Santiago en 1712, aparece el Santa Lucía cercado por los brazos del río Mapocho que corren por la calle Merced y hacia la Cañada o futura Alameda, pero la verdad es que, a pesar del crecimiento que acusaba Ovalle durante el siglo anterior, la ciudad aún se resiste a crecer hacia el lado oriental del cerro, permaneciendo en un estado de vida totalmente rural y marginado de la urbe. Servía a la sazón, como una especie de aparcadero para las carretas que venían o iban por los senderos que comunicaban Santiago con las aldeas interiores de Ñuñoa y Macul.
Poco después, ya no existen todas las acequias que corrían hacia calle Merced y hacia la Alameda. Han sido canalizadas por tuberías subterráneas, como hemos visto. Algunos relatos agregan, de hecho, que el sector que hoy se conoce como el glamoroso barrio Lastarria, no era entonces más que un insalubre basural que duró largo tiempo sirviendo de vertedero informal y virtualmente abandonado por los santiaguinos, por ahí por donde hoy está la calle Padre Luis de Valdivia, para entonces llamada Callejón de los Patos, y la Calle del Mesías, actual José Victorino Lastarria.
En este período, el Gobernador Gabriel Cano y Aponte fundó la famosa Casa de Recogidas, para mujeres desvalidas y menesterosas que debían ser asistidas para abandonar la vagancia o la vida licenciosa. Se ubicaba originalmente en terrenos de la Plazuela de San Saturnino, en lo que hoy es la Plaza Vicuña Mackenna, siendo inaugurada la casa de acogida en 1723. Pasó a manos del Cabildo en 1734, pero fue objeto de polémicas, pues las "recogidas" solían fugarse durante las noches con sus amantes o pretendientes, haciendo de las suyas en la intimidad del cerro, hasta donde escapaban. Ya entonces, el Santa Lucía era un lugar lujurioso. Más tarde, el edificio fue convertido en un cuartel de artillería, y permaneció con algunos cambios hasta el siglo XX, cuando fue demolido. También le dedicaremos algún futuro posteo.
Hacia fines del siglo XVIII, el boquerón del Alto del Puerto fue removido por orden del Gobernador Joaquín del Pino. Para ello se utilizaron cargas de pólvora, que volaron la mayor parte de la puntilla de la formación rocosa. Todavía a principios del siglo XIX quedaban ciertos vestigios de esta estructura natural, pero terminaron de ser retirados u ocultos en años posteriores. Se ubicaba más o menos en donde hoy está la fuente de la calle Merced hacia el río, desde donde se anudan las calles Santa Lucía y Victoria Subercaseaux. Algunos restos de lo que era este roquerío estaban en los patios de residencias en el sector Nororiente del cruce con Merced y José Miguel de la Barra.
Vista de Santiago desde el frontis del Palacio de la Moneda, según Peter Schmidtmeyer en ilustración publicada en Londres hacia 1824. Se observa al Santa Lucía al fondo, aún desnudo y rocoso.
PRIMERAS OBRAS ARQUITECTÓNICAS
Salvo por algunas casuchas, pequeños tambos y la ermita, el Santa Lucía nunca había sido objeto de grandes levantamientos arquitectónicos, desde la colonia. Las suposiciones del cronista Alonso de Córdoba Figueroa, respecto de que el primer fuerte hecho de adobe por Valdivia tras el incendio de Santiago habría sido levantado en el cerro, han sido cuestionadas por tantos otros investigadores que no podemos darlas por cierta, de modo que, hasta el siglo XVIII, el aspecto gris del peñón, del Huelén negro, seguía siendo muy parecido al primer día de arribo de los hispanos en el valle.
El cambio de siglo, sin embargo, sorprendió al Santa Lucía con trabajos de empedrado que se le realizaban a la zona del contrafuerte del conjunto, por allí por su cara Norte, por decisión de don Manuel de Salas, quien solicitó 839 pesos de los fondos municipales en esta tarea.
Fue durante estos trabajos del 1800 que se retiraron los restos en ruinas del antiguo Alto del Puerto, cerca de donde funcionaría por algún tiempo la Cancha de Gallos posteriormente convertida en la Plaza Bello, donde se juntan las calles Santa Lucía con José Miguel de la Barra, como lo indica Carlos Peña Otaegui en su "Santiago de Siglo en Siglo".
La primera fortificación importante del cerro, sin embargo, antes de su famosa renovación de 1872-1874, fue la que ordenó el Gobernador Marcó del Pont, última autoridad española en la colonia chilena ya en los albores de la Patria Nueva, precisamente intentando contener a los independentistas. Hizo levantar dos baterías militares en el cerro: la Marcó, al Sur, donde hoy está el Castillo González, y la del Castillo Hidalgo, del lado Norte. Ambas fueron concluidas hacia 1816, y de ellas sobreviven los sectores de arquitectura almenada en el paseo, aunque bastante modificado con el paso de los siglos.
En el lado del Castillo Hildalgo, los españoles habían hecho construir también un pozo y una caldera para fundir las balas de cañones con las que pretendieron contener el avance inexorable de los patriotas sobre la ciudad de Santiago. Con el tiempo, sin embargo, como quedaron estas instalaciones abandonadas, popularmente se creyó que tal pozo era el lugar donde se quemaba a los herejes por orden de las autoridades de la Inquisición, generándose gran cantidad de historias sombrías e imaginativas sobre la fama que recayó en este rincón del cerro.
El Cerro Santa Lucia hacia 1850, según ilustración del "The U.S. naval astronomical expedition to the southern hemisphere during the year 1849-50-51-52", de Gilliss (Washington, 1855), fundador del observatorio del cerro. Nótese las escasas construcciones que existían principalmente por el lado Norte del roquerío.
Aspecto aún primitivo del Cerro Santa Lucía hacia 1870, antes de su remodelación. Vista desde el frente del Teatro Municipal. Imagen del archivo de la Compañía de Consumidores de Gas de Santiago.
HACIA EL NUEVO SANTA LUCÍA...
El aún oscuro Cerro Santa Lucía también fue invitado a los festejos de la Independencia, instaurándose en él algunas costumbres que aún se mantienen, como el cañonazo de las 12 horas, que señala con su estruendo el mediodía. La primera descarga de este tipo fue ordenada hacia 1824 ó 1825, y se repetiría constante hasta 1996, cuando el Alcalde Jaime Ravinet de la Fuente, de manera arbitraria y prepotente, proscribió esta tradición, pero obligando a retractarse al poco tiempo ante la presión popular descontenta con tal decisión.
Sin embargo, también hubo episodios oscuros en el cerro: a falta de un cementerio propio para su fe, muchos ciudadanos protestantes fueron sepultados, a partir de 1820, en una fosa ubicada por el lado oriente del Santa Lucía, cerca del Castillo Hidalgo, aislándolos casi como cadáveres de leprosos. Estos enterramientos fueron redescubiertos durante los trabajos de 1872, y hoy se señala el lugar con una estatua en su homenaje.
Las crónicas del Santa Lucía no cesaron con el advenimiento de la República, por cierto. En su "Viaje de un naturalista alrededor del Mundo" (1835), el joven sabio inglés Charles Darwin escribe, tras visitar Santiago durante el invierno:
"Una semana permanecí en Santiago con pleno contento. Por la mañana daba un paseo a caballo, visitando varios lugares de las llanuras, y por las tardes comía con varios mercaderes ingleses, cuya hospitalidad es bien conocida. Una fuente de inevitable placer fue la subida al montículo de roca (Santa Lucía) que se levanta en medio de la ciudad. La vista es, sin duda alguna, sorprendente, y, como he dicho, muy peculiar".
Parte de estas palabras, con variaciones en la traducción, están inmortalizadas en la cumbre del cerro por una placa donada por el Gobierno Británico en abril de 1997.
Hacia 1845, la Intendencia de Santiago decidió utilizar parte de las rocas del sector oriental del cerro, en el llamado Desfiladero de los Andes, para la pavimentación de la Alameda de las Delicias. Este recurso continuó aprovechándose hasta la creación del parque por iniciativa de Vicuña Mackenna, treinta años después. En 1851, además, se produjo la controvertida intentona revolucionaria del General Pedro Urriola, que se tomó los cuarteles de la ex Casa de Recogidas, junto al cerro.
En 1849, el Teniente James M. Gillis había hecho instalar en el cerro su famoso observatorio astronómico, el primero de estas características en Chile, como actividad central de una comisión científica chileno-estadounidense. El Estado de Chile lo compró en 1852, ampliándole su instrumental y dejándolo a cargo del investigador alemán Carlos Moesta. Sin embargo, esta estación debió ser trasladada después a la Quinta Normal pues, según se dijo, las rocas del cerro seguían elevándose por acción del sol, tanto así "que en el espacio de diez años había llegado a un cuarto de pulgada", según Recaredo Santos Tornero, lo que obligaba constantemente a Moesta a estar ajustando sus instrumentos.
Definitivamente, entonces, había comenzado ya una nueva época sobre el roquerío gris, que comenzaba a perder sus colores oscuros y opacos de la rusticidad basáltica, desplazados por el avance de construcciones arquitectónicas de ladrillos enrojecidos, que crecían sobre él conforme avanzaba también la vida de la República. Así, pues, el cerro comenzaba a terminar su etapa de roquerío negro y pasaba a su período de colores tintos de enladrillados, almenas y murallones que lo convertirían en la joya arquitectónica soñada por el Intendente Vicuña Mackenna, y de la que hablaremos en un futuro posteo, por supuesto, dedicado al Huelén tinto o rojo.

14 comentarios:

toponimias dijo...

muy buena informacion.

visite mi blog.

http://toponimias.wordpress.com/

Nicole dijo...

Muy bien detallada la historia del cerro y sus etapas, me hubiese gustado que indicaras también los procesos del huelen verde. Muy útil y es algo que todo santiaguino debería saber. Para la mayoría es solo hoy en día un montículo cubierto de árboles que apenas se ve por la construcción de grandes rascacielos, en parte es triste porque ya no posee la hermosa vista del valle de la que se refirió Darwin.
Muy bueno, gracias

Nicole dijo...

Muy bien detallada la historia del cerro y sus etapas, me hubiese gustado que indicaras también los procesos del huelen verde. Muy útil y es algo que todo santiaguino debería saber. Para la mayoría es solo hoy en día un montículo cubierto de árboles que apenas se ve por la construcción de grandes rascacielos, en parte es triste porque ya no posee la hermosa vista del valle de la que se refirió Darwin.
Muy bueno, gracias

Marcela de Santiago dijo...

Muy interesante la historia del Santa Lucía. Lo que puedo acotar es un pequeño detalle, es que por el lado oriente, la calle que hoy conocemos como Lastarria (como menciona el artículo), era llamada Mesías debido a que el dueño de varias casas y sitios de dicha calle era un doctor llamado don Cipriano Mesías (Messía) y Sánchez, que llegó a Chile hacia 1850 para ejercer su profesión de médico. Él compró algunos sitios de esa calle y unos en la calle Santo Domingo. Por eso entonces la calle era conocida por Mesías.

Marcela de Santiago dijo...

corrigo, llegó hacia 1750.
Quería preguntarte si hay más vistas del lado oriente del cerro, en donde se pueda divisar la calle Mesías (Lastarria). Gracias.

Héctor Sepúlveda Mardones dijo...

Excelente aporte a la historia urbana y arquitectónica de Santiago, muchos antecedentes interesantes. Felicitaciones!!

Anónimo dijo...

Muy buen relato. Espero que aparezca luego la parte dedicada al Huelen Tinto y Hurlen Verde.

Anónimo dijo...

Muy interesante el contenido de este blog. Contiene datos históricos de real relevancia. ¿cual es la fuente de las coordenadas geográficas que aparecen al principio?

Unknown dijo...

Consulta¿esa acta del cabildo que citas,a cual corresponderia?no se supone que toda esa documentacion se destuyo con el ataque incendiario de michimalonco 11-9 de 1541? Gracias!! Excelente trabajo

Vicentrek espinosa dijo...

Consulta¿esa acta del cabildo que citas,a cual corresponderia?no se supone que toda esa documentacion se destuyo con el ataque incendiario de michimalonco 11-9 de 1541? Gracias!! Excelente trabajo

Lionel Lagos dijo...

La toponimia chilena,se encuentra plagada de nombres de aldeas,pueblos y ciudades con nombres de santos,que fueron traídos por los españoles que desde hqace siglos enos empezaron a quitar la autenticidad de nuestro territorio,ya que esasa ciuades y pueblosque son mucjçhos,tenían anteriormente sus propios nombres emanadaos de la cultuyra aborigen de aquellos pueblos ancestrales que poblaron nuestro territorioDifícil que este proceso de ednominación tenga alguna vez vuelta,lastima para el cultivo de lso valores verdaderos y tradicionales que nunca debieron haberse perdido!! y .... muchos todavía hablan de patriotismo... donde está...... si vivimos de prestado? copiado!!

Marcela dijo...

Me encantó tu relato. Gracias por la información.

Marcela dijo...

Gracias por la información. Me encantó la recopilación de fuentes y datos.

Marcela dijo...

Me encantó tu relato. Gracias por la información.

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