viernes, 5 de junio de 2009

SECRETOS DE LOS EX SUBTERRÁNEOS COMERCIALES DE PASEO AHUMADA 170


Tomé esta fotografía a fines de 1992, en el empalme de Bombero Ossa con Ahumada. Aunque se encuentra en muy mal estado, la imagen permite distinguir cómo era el acceso techado a las galerías subterráneas de Ahumada 170, en aquellos días.

Coordenadas: 33°26'28.52"S 70°39'3.15"W
Lúgubres y pecaminosos; alegres y entretenidos. Para niños y para adultos, buenos y malos. Para inocentes y para culpables. Todos tenían alguna razón para pasar por allí, alguna vez en la vida, y la línea entre la sana entretención y la malicia estaba a sólo unos cuantos pasos más de diferencia, por unas escaleras siniestras.
Más cerca de los infiernos, la galería tenía sus pecados. Curiosamente, mientras más abajo se llegaba por sus escaleras, más cerca de arder en los avernos se encontraba el visitante de estos sótanos abisales de Ahumada, cuya entrada principal está en la boca del pasaje Bombero Ossa. En su buena época tenía accesos o interconexiones a distintos cines y restaurantes de los que hablaré a futuro, pues la época en que conocí estos sótanos ya era otra muy distinta y deslucida.
El mito dice que se trataba de galerías aún más antiguas que habían sido incorporadas al plano urbanístico, y que, originalmente, conectaban con las que alojaron por varios años a los Entretenimientos "Diana", luego ubicados al frente. Pero nada de esto se puede demostrar ya. Varios vicios alojaron en sus salas hacia los tiempos a los que me refiero: videojuegos, turismo, pool, prostitución. Dicen que hasta droga (y muchos lo dicen)... Todo en un subterráneo que se internaba dos pisos bajo las entrañas del Paseo Ahumada, con entradas en el número 170 de esta vía, entre Moneda y Agustinas, y por el interior de la Galería Aníbal Pinto, en el lado de Agustinas.
Llamadas en su tiempo como los Bajos York, las galerías nacieron con el edificio bajo el cual se extendían, por allá por los años cuarenta o antes, según nuestros datos. Había en varios otros puntos de este tramo de calle Ahumada. Al principio, sus bajadas eran escaleras corrientes, no las mecánicas que se le instalaron décadas más tarde. Otro de los primeros ocupantes de las galerías subterráneas de esta cuadra fue el recordado restaurante y boîte "Waldorf", abierto en 1949 por los hermanos Pubill y consagrado como uno de los más importantes de la historia de la capital.

Los alojados allí exactamente en la galería del número 170, a partir del primer nivel, subterráneo eran los Entretenimientos "Diana", desde 1962. Por entonces, se trataba de una compañía familiar bastante distinta de lo que sería después, cuando concentró su oferta de entretención en Ahumada con los videojuegos que la hicieron famosa. En un principio, sin embargo, los muebles de juego, los dardos y los mini bowlings eran su propuesta a la clientela de estas cuevas comerciales, muy lejos de la generación de los pinballs y los videogames.
Coincidentemente, ambas famosas casas de recreación cerraron sus puertas en sus respectivas galerías durante el año 1984. El "Waldorf" clausuró su negocio para siempre, ese año, y una peluquería recuerda su nombre por el sector, adoptándolo para sí en el segundo piso de su ex dirección en Ahumada 131. Los Entretenimientos "Diana", sin embargo, se trasladaron hasta estos subterráneos del frente, los mismos que ocupó antes el restaurante, permaneciendo como todo un símbolo de la actividad comercial del paseo hasta el año 2006, cuando se cambiaron desde su famoso sótano hasta calle Merced, agobiados por la delincuencia y la emigración de la clientela en el barrio.
La galería fue remodelada y su primer subterráneo se subdividió en varias tiendas. Recuerdo, particularmente, la ubicada junto al acceso, que era otro local de videojuegos, donde me entretuve por largo tiempo con "The Ninja Turtles", uno de mis favoritos por entonces. Creo que habían, además, cerrajerías y alguna que otra agencia. Al final del pasillo, estaban las escaleras con pasamanos hacia el segundo subterráneo. En el muro enfrentado por esta estrecha bajada, estaban pintadas en grandes letras las palabras "ACADEMIA DE POOL", junto a unas bolas y tacos. Sin embargo, no le era permitido bajar por ellas a los menores de edad: vecino al salón de pool, en lo más bajo del complejo subterráneo, se encontraba un famoso prostíbulo disfrazado de café y de centro de eventos de la época: el ostentosamente llamado "Place Pigalle", más conocido simplemente como "El Pigalle", cuyos eróticos carteles con forma de atriles se encontraban en las entradas de Ahumada y Agustinas, a veces incluso fuera del local.
Recuerdo que una vez, paseando por allí con un compañero universitario de apellido Haddad y asiduo visitante de esta clase de clubes, se detuvo frente a uno de estos carteles del Pigalle, con cara de desconfiado, y me comentó señalando a una de las mujeres que allí aparecían fotografiadas en pequeños bikinis de lentejuelas: "¿Sabes? A ésa NUNCA la he visto aquí...". Tenía su clientela fiel, supongo desde entonces.
El Pigalle era otro de los centros de entretención del controvertido empresario Jorge Aravena Rojas, más conocido como "El Padrino", quien había sido dueño, además, del Casino Las Vegas, del Teatro Caupolicán, de la boîte La Sirena, del cerrado club nocturno Mon Bijoux de Plaza de Armas, del cabaret Venetto y, hacia sus últimos años, del famoso Passapoga.
Vista actual del acceso a las galerías, por Ahumada 170.
Vista de lo que queda del primer subterráneo, desde el acceso por Ahumada y Bombero Ossa. El acceso cerrado con la cortina metálica era el pasillo hacia las galerías comerciales y, más al fondo, hacia las escalas que conducían al pecaminoso segundo subterráneo.
Entrada a las galerías subterráneas, por el lado del pasaje comercial Presidente Pinto (hacemos un recuadro con la placa del nombre de la galería). Hoy en día, son un acceso secundario a los Almacenes París. Exactamente donde se observa el atril en el rincón de la escalera, con información comercial, antaño era colocado un vistoso cartel tipo trípode, del cabaret "Place Pigalle", siempre con fotografías de sus mujeres ligeras de ropa.
Caí en el Pigalle una tarde de abril de 1997, con mis amigos. La única vez de mi vida en que pude descender por esas misteriosas escaleras, que llenaron de sombría imaginación mi infancia. Creímos que se trataba realmente de un coffee-bar show, como sugería su publicidad... Pero, apenas pusimos el primer pie adentro, nos dimos cuenta de cuán equivocados estábamos. Era un local más bien pequeño, con una tarima de tenues luces de colores, caños y espejos al centro, rodeadas de butacas incómodas y estrechas. Las "chiquillas" volaban como polillas adentro.
Nos sentamos al final, tímidos, custodiados por las mujeres de vestidos provocativos y perfumes dulzones que se acumulaban en el acceso y paseaban por entre los asientos, buscando clientes que las recibieran en sus regazos. En el escenario bailaba una poco agraciada danzarina, parcialmente desnuda. Yo fui el único de los cuatro que se bebió las gaseosas que nos dieron en la entrada; por escrúpulos, nadie más lo hizo. Sobre nuestras cabezas, había pegado en el muro un cartel escrito a mano: "Copa dama: $2.500". Ése era el gancho: un visitante le compraba un trago a la "dama" y tenía derecho a chantar mano como loco. Un tipo joven, sentado frente a nosotros al otro lado de la plataforma de baile, tenía abrazadas orgullosamente a dos de las más jóvenes mujeres, casi jactándose de ello, mientras ambas sostenían sus respectivas copas damas. Realmente se creía el cuento de macho seductor.
Mi confirmación de que este insalubre y oscuro lugar era un prostíbulo vino cuando, entre un baile y otro, un tipo atrincherado en lo alto, sobre una caseta, invitó por los parlantes a los escasos clientes del lugar a vivir "inolvidables momentos" y solicitar "un reservado" con algunas de las mujeres del local. Los "reservados" eran algo como biombos o paneles que dividían pequeños espacios atrás del escenario, y que seguramente contaban con alguna cama o sillón apestoso.
Nuestra incomodidad era tal, luego de escuchar estas revelaciones, que mi amigo Pablo, visiblemente intranquilo, se retorcía como caracol untado en sal cuando pasaba alguna de las mujeres transitaban por los estrechos pasillos de las butacas, intentando evitar cualquier roce o contacto con ella, mientras otra bailarina se enredaba acrobáticamente contra las barras del escenario a ritmo del tema "The Unforgiven", de Metallica.
No quiero hacerme el inocente ni el santurrón, pero se comprenderá lo poco que duramos allí, en las entrañas de Ahumada 170, en la proximidad de la perdición del alma. De hecho, al notar que no consumíamos (ni tragos ni "damas"), un matón de la casa nos obligó a abandonar el local, aludiendo al cambio de horario del show. Al salir de allí, y como fuimos probablemente los peores clientes que haya tenido el gentío del Pigalle, las prostitutas sentadas en el acceso comenzaron a insultarnos por no haber accedido a coquetear con ninguna de ellas. Casi se había generado un potencial incidente entre mi amigo Juano y una de ellas, de no mediar yo entre ambos poniendo paños fríos al asunto. Son los costos de no pertenecer al circuito, supongo.
 
Esa misma noche, estábamos celebrando con terremotos en "Las Tejas", mientras comentábamos los detalles de tan absurda nueva experiencia en esta ciudad. Así nos trata la vida a los nerds.
Aspecto actual de la entrada de Ahumada 170, en la calle Bombero Ossa.
Nunca supe cómo podía funcionar un antro de estas características, con patente de café y en pleno Centro de Santiago, y con tanta soltura y desparpajo. Hablamos de los años ochentas y noventas, donde los patrones sociales eran bastante distintos. Supongo que don Jorge Aravena tenía el talento de poder hacer esto y mucho más, con sus credenciales de "El Padrino" chileno. Como sea, al fallecer éste en enero de 2008, la galería quedó condenada, pues el cabaret y los salones de pool eran los únicos locales realmente estables. Sólo una sucursal de cajeros automáticos del Banco Santander, que aún se mantiene en el primer subterráneo, preservaba la relativa dignidad de estas galerías comerciales. Otros locales seguían ocupados, pero por pequeñas oficinas como agencias de viajes y un centro de exposiciones de arte.
Así las cosas, el complejo bajó las cortinas y se puso en venta. Por meses y meses, sonaron desde su subterráneo maquinarias trabajando afanosamente en lo que, a todas luces, iba a ser una gran remodelación. Y lo fue...
La tienda Almacenes París, como parte de su estrategia de inversiones del grupo Cencosud, conectó su local del vecino edificio (bajo el cual hormigueaban las galerías) con los pasadizos subterráneos, ahora destapados. Así, cuando en estos momentos entra la clientela a las tiendas, se encuentra con un gran salón abierto, al que se desciende por escaleras mecánicas, y cuya amplitud está conformada por lo que antes era el primer piso del edificio y el primer subterráneo de Ahumada 170, ahora fusionados en un espacioso hall.
Sin embargo, sobrevive un sorprendente recuerdo, sólo reconocible para quienes llegaron a conocer bien la galería: a un costado de este hall de la tienda, cerca de la bajada de las escaleras mecánicas, se conservó la escala que daba al segundo subterráneo, allí donde alojaban el Pigalle y la academia de pool, cuyas dependencias hoy pertenecen también a la tienda. Es casi emocionante poder identificarlas, luego de tan drásticos cambios.
Me pregunto cuánta gente transitará hoy por estos escalones al día, ignorando todas las historias subterráneas que allí tuvieron lugar; unas elegantes y otras obscenas, sin duda, pero historias urbanas, de todos modos.
A la izquierda de la imagen, se observa parte del antiguo acceso al subterráneo en Ahumada 170, en el empalme con Bombero Ossa. A la derecha de la imagen, la entrada a las tiendas París. La escalera eléctrica que alcanza a verse dentro del local, desciende justamente hacia lo que antes era la galería bajo tierra, y cuya única entrada por el paseo Ahumada era, antes, el acceso de la izquierda.

Foto del interior de las tiendas, tomada a través de las vidrieras que dan a Bombero Ossa. Corresponde a la sala de ventas que fusionó el antiguo primer subterráneo con el primer nivel del edificio, por lo que el suelo que aquí se observa, correspondió antes a la galería comercial. Al fondo, por el centro del conjunto y con sus paredes en color rojo, se observa la escala de pasamanos que lleva al que correspondiera antes al segundo subterráneo de las galerías, donde se encontraban los negocios más oscuros.

8 comentarios:

  1. Hola amigos:
    ¿Este no era el subterraneo donde siempre había un personaje vestido de recepcionista de hotel (en color rojo) que entregaba volantes en la parte superior??... jajaja muy buena reseña...

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  2. CRISS: Una acotación al margen. No recuerdo haber conocido el Waldorf en esa galería, se ubicaba por el frente casi vecino al 131, era un lugar elegante para elegantes y mujeres llenas de glamur con elegantes onces diarias amenizadas por el piano del caballeroso Roberto Inglez o romántica música de moda. Poco más tarde a la hora del aperitivo funciona el piano bar Hideway, también a cargo de Roberto Inglez, en el que muchas veces junto a la polola nos negaron la entrada por menores de edad. Solo eso, atentamente Benjamin

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  3. Hola don Benja... Sí, efectivamente. Lo que sucede es que un mito decía ambas galerías estuvieron conectadas bajo la calle Ahumada y que se cerró ese paso cuando se instalaron allí los juegos Diana, pero en tiempos más recientes pude verificar con documentación confiable que nunca hubo tal nexo.

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  4. Hola, podrías poner las fuentes de la información

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  5. Hola, me llamo Mario Castillo y me gustaria establecer comentarios de los diversos temas culturales que presenta esta pagina, que es excelente, soy borgoñino, y nacido del barrio Franklin, y como historidor autodidacta podria apotar con conocimientos mas adelante.Le felicito por este gran aporte.

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  6. Me gusto mucho tu publicación también entre a los video juegos y conocí los Pool. Voy acotar que tú entraste al café Pigalle que era tal como lo detallaste chico estrecho y oscuro, se ingresaba por la entrada frontal, y te confirmo que ese era el segundo subterráneo. Por la parte lateral se entraba al Night Club Pigalle y era el primer subterráneo, funcionaba solo de noche y ese era mucho más amplio y elegante. Me dio nostalgia leer tu artículo ya que conocí bien las dependencias (año 2004) y luego conocí muy bien el negocio ya que donde trabaje hace algún tiempo atrás (contabilidad) conocí a uno de los que fue cuponero y portero. Él trabajo en ese rubro desde antes de la época del toque de queda en el Nigth an Day cuando eran restaurant parrilladas, y nos contaba un sinfín de de anécdotas de esos negocios, también conocí a un ex administrador y gente que era cercana a Jorge Aravena Rojas.

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    1. Muy interesante esta publicación, me llevo al pasado, también tuve la oportunidad de visitarlo, ingresando por calle Agustinas y bajando por aquellas escaleras al Sute, una Puerta de dos partes abierta y en su piso una alfombra de color rojo, pasando las cortinas se enfrentaba a los sillones rojos al fondo el escenario con espejos en el fondo y luces, chicas por todo el salón, el show comenzaba a las 22:00 horas, compartí y conocí a varias chicas también tuve la oportunidad de compartir con don José Aravena Rojas una gran persona cuidadoso con sus clientes, afable, conversador maravillado por la vida nocturna, este reportaje me permitió retroceder en el tiempo.

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  7. Hola soy Roberto, me gusto mucho tu publicación, yo también entre a los video juegos y conocí los Pool. Voy acotar que tú entraste al café Pigalle que era tal como lo detallaste chico estrecho y oscuro, se ingresaba por la entrada frontal, y te confirmo que ese era el segundo subterráneo. Por la parte lateral se entraba al sauna y al Night Club Pigalle y era el primer subterráneo, funcionaba solo de noche y era mucho más amplio y elegante. Me dio nostalgia leer tu artículo ya que conocí bien las dependencias (año 2004) y luego conocí muy bien el negocio ya que donde trabaje hace algún tiempo atrás (contabilidad) conocí a uno de los que fue cuponero y portero. Él trabajo en ese rubro desde antes de la época del toque de queda en el Nigth and Day cuando eran restaurant parrilladas, y nos contaba un sinfín de de anécdotas de esos negocios, también conocí a un ex administrador y gente que era cercana a Jorge Aravena Rojas.
    Excelente blog, felicitaciones.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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