jueves, 14 de mayo de 2009

EL PALACIO URMENETA: OTRA JOYA ARQUITECTÓNICA SE ESFUMÓ EN EL TIEMPO

Coordenadas: 33°26'12.16"S 70°38'52.15"N
En la proximidad del Bicentenario de la Independencia de Chile, se preparan celebraciones, fiestas, actos y monumentos conmemorativos para festejar la realidad y la ilusión de nuestra autonomía y libertad republicana. Me pregunto cuánto quedará de todo esto para el Tricentenario, en un siglo más. Quizás ni siquiera exista Chile, a esas alturas, si nos proyectamos desde el actual escenario que ofrece nuestra pobre realidad política y cultural. No puedo evitar las sensaciones derrotistas, a este respecto.
Se me refuerza ese pesimismo el constatar que ni siquiera existe ya el castillo donde los chilenos celebramos oficialmente la gran exposición de nuestra primera centuria como pueblo independiente y soberano: el Palacio Urmeneta, maravilla de la arquitectura santiaguina que, en nuestros días, no es más que otro recuerdo doloroso del que escasamente existen fotografías y referencias documentales.
Tal cual ha sucedido con otros suicidios arquitectónicos de esta ciudad, destruidos deliberadamente con el fervor de las tentaciones del efímero modernismo urbano, pareciera ser que Santiago intenta ocultar su pecado, haciendo poca la información disponible sobre sus automutilaciones, aún sangrantes y mosqueadas, como una herida infectada.
El palacio había sido construido por el arquitecto nacional Manuel Aldunate, uno de los primeros en destacarse en su oficio por estas tierras, y autor de otras joyas como el Palacio de la Alhambra en calle Compañía, los planos del paseo del Cerro Santa Lucía y del Parque Cousiño. Lo levantó en 1868, por encargo de su propietario, el acaudalado empresario minero José Tomás Urmeneta, propietario del Mineral de Tamaya y que había amasado fortuna buscando riquezas en exploraciones que prácticamente lo habían arruinado, hasta que rindieron suculentos frutos. En uno de sus viajes a Europa, Urmeneta había quedado cautivado por la cultura británica, por lo que habría solicitado a Aldunate reflejar esta pasión en su obra.
La construcción se ubicaba en la que era, por entonces, la segunda cuadra de la Calle de las Monjitas, entre lo que hoy es Mac Iver y San Antonio, bastante cerca del Santa Lucía y de la Plaza de Armas. Aunque esto está confirmado, algunos historiadores han acogido un error al creer que quedaba en la calle de las Agustinas, quizás confundiendo la orden de monjas que daba nombre a la calle. Es el caso de Soledad Reyes de Villar, en su libro del año 2004 titulado "Chile 1910: Una mirada cultural en su centenario".
Su estilo era una mezcla de líneas semejantes al gótico primitivo, con elementos medievales propios de los castillos o las fortalezas europeas, arquitectura casi cisterciense, nos atreveríamos a decir. Su fachada de tres pisos con balcón en el segundo nivel y de cierto estilo Tudor que evoca a castillos de cuentos, escoltado por dos grandes torres, cada una con su alto mirador en la cima y con evocación arabesca en el diseño, aunque infinitamente más sutil que la impresa por el mismo arquitecto en el Palacio de la Alhambra. Al parecer, tenía también un subterráneo espacioso. Predominaban en el conjunto las ventanas ojivales y los marcos apuntados para puertas y vidrieras, salvo en el tercer nivel, donde los dinteles eran rectos. Antecedidas por las escaleras, tenía tres puertas con ojiva en el acceso principal. Elegantes enrejados exteriores alternaban con columnas y muros, encerrando el jardín del frente.
Don José Tomás Urmeneta
Aviso de la exposición en el Palacio Urmeneta celebrando el bicentenario, publicada en el diario "El Mercurio" del 21 de septiembre de 1910. (Fuente imagen: scielo.cl)
Sobre sus aspectos y ambientes interiores, el artista nacional Pedro Subercaseaux escribe en sus "Memorias", de 1962:
"Había llegado a casa, es decir, a otra casa, nueva para mí, de las numerosas en que ha vivido nuestra movediza familia. Se trataba esta vez del suntuoso palacio que se había construido mi bisabuelo don José Tomás Urmeneta, en la calle Monjitas. Si era realmente suntuosa y palaciega, esta casa era también incómoda por la altura de sus pisos y lo complicado de su distribución. Tenía un ascensor del porte de un regular dormitorio, accionado a mano por medio de cuerdas y poleas, y que nadie se atrevía a usar por temor a una catástrofe. En el tercer piso varios vastos salones albergaban las valiosas colecciones de minerales de toda clase reunidos por don José Tomás, sin contar numerosas obras de arte y curiosidades. La filantropía que animaba a mi bisabuelo lo llevaba a ayudar a artistas pobres, encargándoles cuadros que representaran acontecimientos de nuestra historia. Un artista anónimo había pintado varias batallas en que se veían las balas saliendo de los fusiles y otros detalles ingenuos".
"Fuera de la monumental escala principal, había lujo de escaleras de caracol, incluyendo una de carácter misterioso por la que, al parecer, se podía salir secretamente a la calle, pero cuya llave no pudimos encontrar nunca. El edificio era de hermoso estilo neogótico, típico de aquella época romántica, y su construcción era excelente. Sin embargo, los tristes acontecimientos que marcaron nuestra permanencia en el palacio Urmeneta nos hicieron, en poco más de un año, desear un cambio de residencia para nuestra familia".
En 1902, durante el Gobierno de Germán Riesco, se estudió por el Ministerio de Industrias y Obras Públicas la compra del palacio, para que fuera sede del Museo Nacional de Bellas Artes que, por aquel entonces, recién se planificaba levantar. Originalmente, la construcción del museo iba a ser realizada junto al Cerro Santa Lucía, en la plazoleta de Miraflores con la Alameda de las Delicias, pero la Municipalidad de Santiago se opuso, pues ya existía el proyecto para construir allí lo que es la actual Plaza Benjamín Vicuña Mackenna, en homenaje al ex intendente. Por esta razón, los comisionados decidieron que la casa nacional de arte debía quedar en el Palacio Urmeneta, suficientemente espacioso y digno como para alojar semejantes exposiciones.

Sin embargo, el Congreso Nacional rechazó el proyecto de ley para adquirirlo. Si esto no hubiese ocurrido, quizás aún lo tendríamos bellamente empinado allí en la proximidad del Barrio Bellas Artes. Pero veremos que el triste destino para el palacio sería otro.
Durante el Gobierno de Pedro Montt, en 1910 y a propósito de las celebraciones del Primer Centenario, se decidió usar este magnífico castillo para la exposición histórica de las celebraciones, como hemos dicho. Las autoridades estaban en la disyuntiva de ocupar el ya levantado Palacio del Museo de Bellas Artes o el Palacio Urmeneta, optando finalmente por éste último, ya casi encima de la fecha de los festejos, según lo revelan los historiadores Luis Alegría y Gloria Paz Núñez en el artículo "Patrimonio y modernización en Chile (1910): La Exposición Histórica del Centenario"(Revista "Atenea" N° 495, primer semestre 2007, Concepción).
De esta manera, el Palacio Urmeneta había constituido un importante centro de reuniones y encuentros entre la sociedad santiaguina, donde también se desarrollaban tertulias y se tomaban grandes decisiones para el futuro del país. Sus salones fueron arenas para debates y charlas, por ejemplo, de la profesora chilena y defensora de los derechos femeninos, doña Amanda Labarca, hacia 1925.
Imagen de la Casa Díaz & Spencer tomada en 1885 desde el antiguo Portal Fernández Concha hacia la calle de la Merced, con la iglesia homónima atrás a la derecha. Se observa el Portal Mc Clure de la Plaza de Armas con los techados de vidrio de la Galería San Carlos y, atrás a la izquierda, la imponente figura del Palacio Urmeneta, que era a la sazón el más alto edificio de esas cuadras.
Después de fracasada la gestión para la instalación del Museo de Bellas Artes en el Palacio Urmeneta, y ya terminadas las celebraciones del Primer Centenario, el edificio fue puesto en remate, como se observa en estas dos calugas publicadas por el diario "El Mercurio" de Santiago en diciembre de 1910.
En tanto, los descendientes de José Tomás Urmeneta habían seguido residiendo en la casa, pero los onerosos costos de mantención obligaron a destinarla al arriendo para la realización de eventos en este barrio, de cierta tradición política en aquellos años.
Sin embargo, un controvertido suceso del que no se ha escrito mucho, marcaría el final de esta joya arquitectónica, del "palacio encantado" al decir de Subercaseaux, siguiendo el desgraciado camino al que, por alguna extraña coincidencia, Santiago ha empujado a sus más hermosas representantes del neogótico, como si acaso las despreciara con los escrúpulos viles de la fiebre vanguardista.
Como vimos, al menos desde el año 1902 el Estado de Chile coqueteaba con la idea de adquirirlo, pero el proyecto de ley había sido rechazado en el Parlamento por cuestiones políticas. El caso es que, en años siguientes de parcial abandono y falta de mantención, el palacio se había ido deteriorando y no había quien se responsabilizara por el destino de la construcción. En medio de la crisis política y económica nacional, además de la fuerte agitación social que reinaba desde fines de la república parlamentaria, se creía arribado un acuerdo con el Estado para la adquisición del inmueble por 500 mil pesos, precio mínimo al que había salido a remate tras los festejos de 1910.
 
Pero todo fue una ilusión. Durante el Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo, en 1930, se decidió no pagar el monto establecido aludiendo a la falta de recaudo en las arcas fiscales. Así, curiosamente, un gobierno que hubo de poner tanto énfasis en las obras públicas, fue el que selló su oscuro destino, al ordenar ese mismo año la demolición del castillo.
Del otrora imponente y afamado Palacio Urmeneta, sólo quedaron algunos restos raquíticos en un pequeño pasaje de la cuadra de Monjitas, que fueron disolviéndose con el paso del tiempo, junto con el recuerdo del desaparecido edificio.
Pasaje Dr. Ducci, aproximadamente en el mismo lugar donde quedaba el palacio. Las casas que se observan, con locales comerciales en sus bajos, comenzaron a ser construidas hacia los años treinta.

1 comentario:

  1. Que lamentable, pero lo que es peor ( y te animo para que escribas un artículo) es la situacioón de los edificios declarados Monumentos Nacionales. Es, por decirlo de una forma suave, una maldición y muerte segura de un nedificio histórico. Ojalá que en este gobierno se les ecurra hacer un cambio en este ambito.

    saludos.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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