viernes, 17 de abril de 2009

CUANDO LA "SALA DEL ÁNGEL" TENÍA ALAS Y AUREOLAS

Histórica imagen: el dramaturgo Juan Radrigán habla por el teléfono de la boletería de la "Sala del Ángel", parado por fuera de su entrada, en los días del estreno en Chile de su obra "La Contienda Humana", por la compañía El Telón. (Imagen de Revista Ercilla de noviembre 1988).
Coordenadas: 33°26'22.41"S 70°38'52.06"W
Fue uno de mis cines favoritos en tiempos de adolescencia. Recuerdo especialmente cuando asistí una noche con mi primera polola, mi dulce Soni, que me dejó el hombro de mi chaqueta de cuero totalmente empapado con las catarata de lágrimas que le provocara "La Sociedad de los Poetas Muertos", de Peter Weir, por ahí por 1990. Su llanto había sido tal que incluso mojó parte de sus propios cabellos claros, casi como una pasada por la lluvia. Mi sorpresa fue que, al terminar la proyección y levantarnos mientras volvían a encenderse las luces, una joven pareja del público había pasado por lo mismo, más atrás: él tenía mojado su hombro mientras ella aún intentaba sostener el manantial tibio de sus ojos enrojecidos. "Vienen a puro llorar", le comenté, en tono de complicidad.
La "Sala del Ángel" era un cine-teatro más bien pequeño, pero dotado de cierto encanto elegante y glamoroso, con capacidad para unas 180 personas sentadas que varias veces repletaron en espacio, especialmente durante los estrenos de teatro.
Fundado sobre lo que parece haber sido un teatro anterior, seguramente remontado a los años de fundación del edificio, sus carteleras estaban entre las obras de las primeras grandes compañías dramáticas nacionales y, en las proyecciones, más cerca del cine-arte, aunque sin el cliché ni la artificialidad que muchas veces rondaba a otras salas más grandes, como el "Normandie" de Alameda o de "El Biógrafo" en el barrio Santa Lucía.
Por fuera del local original, con fachada de maderas, dos figuras angelicales sostienen hasta hoy las lámparas custodias de su único acceso al público. Son dos personajillos metálicos sospechosamente parecidos a los que fabricaba antaño la fundición francesa Val D'Osne. La boletería estaba a un costado del acceso, tal cual sigue hoy, con su aspecto de cajero antiguo de terminal ferroviaria.
Por las escalas se descendía al subterráneo donde estaba la sala de butacas, suficientemente aislada del bullicio exterior. Las cortinas cubrían una baja tarima y, tras ella, la pantalla para las proyecciones de cine. Los camarines se encontraban en las habitaciones aledañas, y a veces el público llegaba hasta ellos deseoso de conocer o entrevistar a los actores, al final de cada presentación.
Aunque la sala tenía una ubicación privilegiada en el centro comercial de Santiago, allí en la galería del mismo nombre, con entradas por Huérfanos 786 y San Antonio 263, no era necesario caminar tanto más allá de la salida para comerse alguna cosa o tomarse algún café antes o al final de cada función. Si mal no recuerdo, dentro de la propia galería había uno o dos locales donde echarle al buche alguna cosa rápida pero amena, cerca de la famosa "Peluquería Tello" hacia el vértice de la misma. Ahora bien, si el afán era la cerveza, convenía partir hasta el pasaje Estado, en la peatonal del mismo nombre, donde uno podía pedir alguna cosilla más amistosa en los varios y buenos restaurantes que allí se hallan.
Anita González, la "Desideria", en fotografía de Alfredo Molina La Hitte hacia los años cincuentas, durante los jóvenes tiempos de la actriz.
"Testimonio de la muerte de Sabina", de Juan Radrigán, con Anita González y Arnaldo Berríos marzo de 1979, en el escenario de la "Sala del Ángel".
La "Sala del Ángel" nace como tal cuando se convierte en la sede de las presentaciones de la Compañía del Ángel, hacia 1971, grupo de teatro formado por Anita "Desideria" González, Bélgica Castro, Dionisio Echeverría, Alejandro Sieveking y Luis Barahona, todos personajes de inmensa trascendencia en las artes escénicas nacionales. Los integrantes de la compañía formaron una sociedad para adquirir la sala ese año. Nos parece que fue la primera incursión empresarial de Anita González, actividad que mantuvo paralelamente a sus oficio de actriz, hasta que la salud se lo permitió y le llamó al retiro.
En octubre de 1974, la sala también fue el lugar de estreno de la obra "Y al principio existía la vida" por la compañía de teatro El Aleph, fundada por los hermanos Óscar "Cuervo" y Marieta Castro. Este evento tuvo connotaciones trágicas, sin embargo, porque poco después figurarían como detenidos desaparecidos la madre de los hermanos Castro y un miembro de la propia compañía, John McLeod, además de obligarse la disolución de la misma por el contenido político de sus obras, en momentos de fuerte irritación y confrontación social.
Esta sala fue, además, uno de los lugares donde hizo su debut dramatúrgico el fallecido director de teatro Andrés Pérez, con su obra "Las del otro lado del río", que se estrenó con el grupo Teatro de los Comediantes, bajo la dirección de Roberto Navarrete y la actuación de Anita González, María Cánepa y Juan Cuevas, por ahí por 1977. Cabe indicar que Teatro de los Comediantes, fundado por el destacado actor Tito Noguera, había estrenado obras en esas tablas desde los inicios de la "Sala del Ángel", como "La Maratón", "Home" y "Las Señoras de los Jueves". Los Comediantes volvieron a hacer historia en esta sala en marzo de 1979, con el estreno de la obra "Testimonio de la muerte de Sabina", de Juan Radrigán. Actuaban allí Anita González y Arnaldo Berríos.
En los años ochentas, la "Sala del Ángel" alternaba entre las presentaciones de teatro y las proyecciones de cine, con orientación fuertemente cultural, como hemos dicho. Sus calugas publicitarias y las notas anunciando obras, aparecían en revistas de oposición como "Apsi", "Occidente" y "Análisis". También alcanzó a conocer algunas presentaciones de tendencia más revisteril y musical, pero siempre en el contexto de las artes escénicas.
Era frecuente encontrar allí a intelectuales, algunos escritores, actores de teatro o televisión y, especialmente, a estudiantes universitarios, que desde sus butacas plegables aplaudían las obras más sobresalientes y recientes de la cinematografía europea o del cine gringo más serio. Las proporciones de la sala le daban algo de intimidad y de comodidad casi familiar, pero aún así era arena óptima para importantes presentaciones teatrales, como "La Remolienda" de Alejandro Sieveking en 1981 y después una temporada completa iniciada en el verano de 1985 con obras del argentino Roberto Cossa.
Pocos años después, vino el estreno en Chile de otra célebre obra de Radrigán titulada "La contienda humana", en octubre de 1988, al final de una gira por toda Europa y por la compañía El Telón, bajo la dirección de Juan Edmundo González. Fue un año activo, por cierto, el mismo del histórico plebiscito del "Sí" y del "No": poco antes, la sala se había repletado con las presentaciones del área teatral y artística de "Chile Crea"; y ese mismo 1988, además, se estrenó allí y en "El Biógrafo" el documental "Cien niños esperando un tren" de Ignacio Agüero, que por su controvertido enfoque social y crítico habría causado en inquietud y alguna suspicacia entre las autoridades del Régimen Militar, según se recuerda.
Vista de uno de los ángeles del acceso.
Vista hacia las escaleras que bajan a la sala y lámparas de la galería.
Pero el progresivo mal que llevó a la tumba a Anita González, sumada a la caída generalizada de las viejas salas de cine de Santiago, fueron confabulando acumulativamente en el paso de los años y, en algún punto, cerraron el libro del destino de la "Sala del Ángel". Mientras muchos personajes ligados al mundo de las artes nacionales continuaban festejando el regreso del poder gubernamental a las fuerzas democráticas y anunciaban una nueva era para sus oficios, la "Sala del Ángel" perdía su batalla contra el tiempo, en los primeros años de los noventas.
Cerró formalmente hacia mediados de la década, ya olvidada por su público, por sus actores y por los propios hombres que escribieron en ella parte de su historia.
El local reabriría al tiempo después, pero ahora convertido en su Némesis: un cine porno, el "Hard Cinema", aparentemente el primero que se especializó dentro de la legalidad en esta clase de películas en Chile. Su sala interior ha sido remodelada y reacondicionada tanto, que ni siquiera nos interesó obtener fotografías de los lugares donde antes estaban sus viejas butacas y sus gruesos telones de terciopelo. Poco y nada queda de ello ya. Al menos, doña Anita González, pese a haber vivido sus últimos días cerca de este sitio, en calle Miraflores, gracias a su invalidante enfermedad mental jamás llegó a enterarse del triste destino que había tenido aquel teatro por el que tanto se esforzó y ofrendó.
Los actuales locatarios, vecinos y administradores del edificio de esta esquina céntrica parecen guardar una nostalgia depresiva sobre la "Sala del Ángel". ¡Era que no! Recuerdan con claridad los nombres de sus propietarios, de sus inicios, de sus anécdotas, como si fuese parte de sus propias vidas. No deja de ser doloroso sopesar todo lo que se perdió con la partida de la sala, sin duda, y menos lo será para quienes testimoniaron de cerca sus años dorados en el espectáculo y la cultura santiaguina, cada vez más marchita.
El nombre del pasaje comercial, la Galería del Ángel, y esos dos serafines mudos sosteniendo las bolas luminosas de la entrada al ex cine-teatro, son lo único que recuerda a la vista el glorioso y melancólico pasado de esta histórica sala nacional.
Acceso de la Galería del Ángel, por calle Huérfanos.
Vista interior de los locales de la galería.
Vista de la galería por calle San Antonio. Nótese como ha sido removida muy poco estéticamente la marquesina que antes anunciaba las programaciones de la antigua "Sala del Ángel".

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