lunes, 16 de febrero de 2009

LA LUJURIOSA EPOPEYA DE LA LECHUGUINA

Fuente imagen base: Gagdaily.com.
Coordenadas:  33°27'15.66"S 70°38'50.53"W (aproximadas)
Actualización: debo hacer notar decidí unir acá las dos entradas que tenía publicadas en diferentes páginas,  ambas sobre la mítica Lechuguina, conservando la fecha de la primera que publiqué en este mismo enlace, por su el lector notara diferencias con las versiones anteriores que circulan por allí. No suelo hacer esta clase de retoques en artículos ya publicados, pero no tenía sentido mantener dos textos con distinta información y origen sobre un mismo tema de marras.
Hemos visto en entradas anteriores la historia de algunos de los más conocidos y populares prostíbulos que alguna vez tuvo Santiago, como “La Nena del Banjo”, así llamado en homenaje a su propietaria, una mujer coja y de modales duros; o bien el que Joaquín Edwards Bello rebautiza como "La Gloria" de Estación Central, en su libro "El Roto". Nos corresponde recordar ahora un burdel casi mitológico del Barrio Matadero, por ahí por las proximidades de la ex calle Maestranza hoy Portugal, en la cuadra llegando a Diez de Julio, aunque otros consultados aseguran que estaba más específicamente en calle Serrano, en la cuadra situada entre Copiapó y Diez de Julio cerca de un pequeño cité: La Casa de la Lechuguina, quizás el más glamoroso de todos los sitios que tuvo la remolienda santiaguina de este lado de la capital en su momento.
Como era común con los prostíbulos de mediados de siglo y hasta los setentas, éste alojaba en una vieja casona doble ya desaparecida y convertida en talleres de mecánica automotriz, tomando el apodo de su “tía” regenta: una veterana apodada la Lechuguina y que, como sus colegas comerciales La Carlina y La Guillermina, adquirió características de verdadera leyenda, en los años posteriores al cierre de puertas de su concurrido centro de placeres lujuriosos. Según Ignacio González Camus en "100 rostros de don Mario", su nombre real habría sido Raquel Navarrete.
Como todas las leyendas, sin embargo, y a pesar de historias sobre clientes ilustres que habría tenido el célebre lupanar, la Lechuguina habría sido idealizada con el tiempo. Recuerdo a compañeros de enseñanza media, en los ochentas, allá en el Liceo Manuel Barros Borgoño, atendiendo muy crédulamente esas descripciones nostálgicas que hacían los viejos del Barrio Matadero, según los cuales la Lechuguina era una jovencita sagaz y hermosa, que encantaba con su belleza coronada por cabellos dorados hasta al más rígido y cerebral de los varones, cual sirena cautivante de La Odisea.
La verdad, sin embargo, parece ser que la Lechuguina era una mujer más bien mayor ya en los años 60. Lo sé porque tengo cerca a gente que la conoció en persona en el barrio que fuera suyo, por tantos años. Se trataba de una dama blanca y de pelo rubio que se habría encontrado acercándose a los 70 años para entonces, o al menos eso parecía. Su rostro ya no conservaba esa legendaria belleza de los años mozos, maculado no sólo por sus muchas arrugas, sino también por una visible cicatriz en su mejilla derecha según se cuenta. Habría sido un trofeo probablemente conseguido en el ambiente, pues era común que los chulos castigaran con esta clase de heridas a las prostitutas que se salían de los códigos, como sucedía en el rostro marcado de otra famosa "chiquilla" del mismo barrio, apodada la Loca Marión.
Antiguas residencias del sector Portugal con Diez de Julio.
Antiguas residencias del sector Portugal con Diez de Julio
La Lechuguina hacía buenas migas con su rivales de negocio, como La Guillermina o La Nena del Banjo, y no era raro verlas juntas por avenida Diez de Julio. De hecho, dicen que era muy querida en su vecindario.
En lo que sí coinciden todas las descripciones de la Lechuguina es en destacar que se trataba de una mujer sumamente refinada y de modales cuidadosos, además de distinguida y con elegancia característica, según veremos. Dicen que muchas de sus niñas y empleadas también imitaban estos modales, incluyendo a un famoso homosexual del ambiente que tuvo por asistente durante varios años, un tal Gastoncito.
Su gran prestigio como prostituta había sido en las décadas anteriores a aquella a que nos referimos. Con la fortuna que hizo en tales andadas, se permitió establecer su propio negocio en este sector bohemio de Santiago apodado los Callejones, por ahí por la calle posteriormente llamada Licantén (o Ricantén) y cuyo antiguo nombre desapareció con los nuevos trazados urbanos. Las indicaciones señalan que estaba cerca de calle Lira con Copiapó, aproximadamente, aunque otras señalan también la dirección era Serrano con Copiapó.
Vemos así que quizás la Lechuguina no era joven o de belleza cautivante en el tiempo de esplendor de su burdel, pero quienes la recuerdan lo hacen evocando más bien a una mujer con cierta refinación, como hemos dicho, enjoyada con delicadeza y vestida de manera pulcra.
También marcando diferencia con otras de sus colegas de oficio, dicen sus contemporáneos que la Lechuguina podía andar por la calle y en la sociedad santiaguina siendo reconocida y aceptada con simpatía, pues su prestigio, su estatus y su elegancia motivaban a hacer vista gorda a las sombras de sus negocios, también conocidas por todos.
Su burdel, como todos los considerados "mejores" de la ciudad en esos años, era visitado no sólo por compradores de sexo, sino que, además, por personajes de la bohemia, artistas aventureros y folkloristas urbanos. Llegaban buscando baile, música de piano, jarana y algunos traguitos. El fallecido cuequero nacional y líder de "Los Chileneros", Nano Núñez, había escrito en una cueca titulada "Se arrancaron con el piano", aludiendo al histórico prostíbulo y los otros de aquella generación nocherniega:
Se arrancaron con el piano
Que tenía la Carlina
Le echan la culpa a la Lolo
También a la Lechuguina
Cómo lo cargarían
Si no es vihuela
Dijo la Nena el Banjo
Con la Chabela
Algunos comentarios que oí por el barrio sospechan también que el escritor Luis Cornejo, autor de libros como "Barrio Bravo" y "Show Continuado", se habría inspirado en la Lechuguina para concebir algunos de sus personajes femeninos, siempre asociados a su niñez en conventillos y barrios bajos pero de Vivaceta. No obstante, no contamos con datos duros que confirmen esto.
Se recuerda también que, siguiendo las recomendaciones, importantes visitas internacionales pasaron por este lupanar en aquellos años: figuras deportivas, del espectáculo y la música. Suenan algunos nombres célebres entre los chismosos, pero los dejaremos guardados en el cajón de la curiosidad.
Pero, como sí sucedió a muchas otras profesionales de la actividad, la Lechuguina no estuvo ajena al instinto de autodestrucción del rubro, según rumores sobre sus últimos años en la actividad. Gracias a la información oral y otras publicadas, por ejemplo, en un reportaje del periódico “El Guachaca” publicado en noviembre de 2005, se puede intuir cuál habría sido el epílogo de sus actividades pecaminosas: según el ex director del diario "La Cuarta", Alberto Gato Gamboa Soto (muy avezado en experiencias de aquella época y aquellos lugares), la Lechuguina se habría terminado enredando en negocios raros a raíz de su sórdida relación "con un cafiche llamado el Farfán, un tipo medio rufián y algo amariconao que tenía problemas con la ley".
Con características casi de mito humano, el alguna vez afamado sujeto también es mencionado en libros como las "Crónicas de Juan Firula", de Armando Méndez Carrasco. Corroboro este dato del personaje con familiares y amigos que fueron vecinos del barrio Matadero en aquellos años.
Sector Portugal cerca de Diez de Julio.
Fotografía de una casa del barrio, gentileza de A. Bruna.
 
Esta fotografía y la anterior son de mi amigo A. Bruna, con dos viejas casonas de calle Serrano vecinas del mismo sector donde estuvo la sede de la Lechuguina. La dirección más precisa que tenemos por posible, sin embargo, es la de Serrano 730.
El Jorge Farfán aludido por Gamboa Soto es el mismo oscuro personaje del mundo delictual de la época apodado El Zapatita Farfán, que alguna vez tiñó con sangre su prontuario. Se cuenta que habría sido el asesino de otra estrella de los bajos fondos, conocido como el "Perro" Marín, en otro prostíbulo y mientras el ejecutado dormía con una tal "Pelusa". Conoció bastante bien la cárcel como amigo y ex cómplice del famoso gángster chileno Mario Silva Leiva, apodado como el Cabro Carrera, en sus inicios en el mundo del hampa hacia los cincuenta. Era un febril apostador, además, según recuerda Guillermo Torres-Lara en su novela "Shabat Shuvá":
"Famosas eran sus apuestas en las peleas de box de los Viernes. Era voxpopuli que en una oportunidad perdió un Chevrolet 51 recién regalado por la Lechuguina. Apostó a las manos equivocadas en una final de campeonato".
Muchas prostitutas tenían este sino de desgracia en sus vidas, por cierto, enamorándose de tipos de mal vivir y de muerte rápida, por las que entregaban todo. Terminaban arrastradas al mismo pozo, por lo común.
Sin embargo, datos que me aporta un generoso lector de nuestro blog e investigador autodidacta, don Alan Bruna (luego de entrevistar a vecinos del barrio Diez de Julio, conocedores de estos burdeles), dan una descripción distinta del famoso Zapatita: habría sido en realidad un tipo simpático, que se inició tocando el piano en el burdel de la famosa regenta, y le apodaban también el Lechuguino por su proximidad con ella, aunque parece ser que murió antes que su musa pese a ser mucho menor que ella, sin poder heredar nada de lo que la madame había conseguido, especialmente después de abrir una nueva y elegante.
Esto último no lo tengo claro, pues otras versiones dicen que la Lechuguina se fue a Valparaíso tras cerrar su lupanar de calle Serrano, o que habría pasado también por el barrio cerca del Club Hípico. De todos modos, aun si la hubiese sobrevivido, era poco lo que le quedaba de su vieja fortuna ya hacia el final de sus días, a la mítica mujer con la que también se había casado.
Tampoco están claros sus años de ocaso: según algunos, el famoso burdel desapareció más o menos hacia los años sesenta, cerca del Golpe Militar; para otros, fue en la época de las restricciones horarias, durante las noches de rigor militar en las calles. Pero los datos que me aportan generosamente nuestros lectores y algunos vecinos del barrio, decían que fue mucho antes del Régimen Militar que comenzó su decadencia, cuando las autoridades comenzaron a proscribir y demoler varios de los más de cien prostíbulos que habían entre calles como Portugal, San Diego y Diez de Julio.
Al parecer, sus últimos años en operaciones hacia principios de los 70 fueron un poco siniestros, ya sin elegancia ni el glamour de las nostalgias. Según la memoria de ciertos consultados se lo recuerda -entre otras muchas cosas- por ser uno de los primeros lugares de Santiago Centro en el que se comerciaba regularmente cocaína.
Y de su famosa y distinguida regenta en la más connotada de las casas de remolienda que tuvo este famoso sector de burdeles en Santiago, parece que hoy nadie recuerda ni su nombre de pila siquiera. Se dice que terminó postrada en una cama o una silla de ruedas, asistida sólo por manos caritativas, extinguiéndosele la vida en el puerto hacia fines de los 70, más o menos.
El recuerdo de la Lechuguina sigue viviendo en la antología de la memoria colectiva, entonces. Sólo en la imaginación que permite completar su gran leyenda.

6 comentarios:

Lily dijo...

YO fui vecina de la Lechuguina, ahora ya que me acerco a los 60 años, recuerdo nitidamente la imagen de la "vecina" y su esposo, el Zapatita Farfán, cuando llegaba a casa de mi abuela, una elegante matrona de la Clinica Sta. María, a preguntar si le vendía la casa. Cuando ella no estaba y venia el "vecino", este se adueñaba del piano y nos hacia bailar a la nana y a mi al son de "barrilito de cerveza". Su sombretito con una pluma multicolor y sus zapatos negros con blanco que se movian rapidamente en el pedal del piano ... siempre quedaran en mi recuerdo.
La calle era Copiapó y estaba entre Lira y Carmen, un barrio elegante para la época.

Criss dijo...

Qué bueno es encontrarse con primeras fuentes como Ud., Lilita... Efectivamente, el lugar que Ud. señala, creo que cerca de Tocornal, es el que más me mencionaron. Con su clarísimo testimonio, entonces, me queda confirmada la ubicación de la mítica casa de La Lechuguina. Muchísimas gracias.

benjamin dijo...

El lenocinio estuvo por muchos años, hasta el final de sus días, en calle Serrano me parece que en el numero 648. Zapatita Farfán paso varios años esperando que falleciera "la jermu"(mujer) para "disfrutar la herencia y pasarlo bien con harta falopa" (cocaina). No pudo, murió primero.
La casa de calle Copiapó cerca de Tocornal pasaría a ser su residencia particular en la que casi nunca habito. En esta algunos años atrás una nieta, ya madura, instalo un prostíbulo sin mayor trascendencia, fue debut y despedida.
El ocaso del famoso prostíbulo de calle Serrano fue por salud y edad de la Lechuguina, sus últimos años los paso postrada semiinconsciente y Zapatita encocandose, quedando la regencia del negocio a cargo de una hija, la Pimpina que mal administro pero bien parrandeo.

Safo Corleone dijo...

Insisto, me encantan estas historias, me encanta saber todo aquello sobre el pasado un poco "bohemio" de santiago y sus alrededores, algún día me iré a pasear por esos lares para ver si encuentro el fantasma de alguna de aquellas mujeres únicas...

Anónimo dijo...

La dirección exacta del protibulo de la Lechugina y su famoso acompañante Farfán Zapatita, era Serrano 730 y estaba en el lado oriente de Serrano entre copiapó y Diez de Julio, mas preciso a 4 casas de diez de julio, también compró, para que vivieran después de las jaranas de la noche, la casa de Serrano 726 al lado de la otra, después de eso venía un rincón con un negocio y también un edificio de 4 pisos que doblaba hacia Diez de Julio al Oriente acera Sur, todo eso está hasta hoy, sin el rincón y las casas se convirtieron en negocios de ventas de repuestos de automóviles y etc., La lechugina sobrevivió en esas casas hasta el año 1973, en que se fue a Valparaíso en donde falleció, el Farfán murió antes y manejaba un auto cadillac de color verde, siendo niño en esos años con mis amigos, pichangeabamos con los nietos de la Carlina, Jesús y la Pia, también había otro que si era malo de verdad, se fué a Europa y allá falleció, el año 1961 llegó a ese prostibulo Pelé y los jugadores de Santos, la verdad que era siempre visitado por los equipos que extranjeros que venían en el verano a esos clásiclos hoctogonales, incluso las reuniones de nuestro equipo Unión sereanos se realizaban en la casa de descaso de la Lechugina, Serrano 726, nuestras camisetas y eqipos ellas nos los regalaba, por esos nos decían el equipo de los cafiches y eramos niños de entre 13 y 16 años, así era la vida en esos tiempos, la verdad que no era tan malo, pasar hoy por ahí brotan los recuerdos como siempre

Unknown dijo...

Wow! Alguien tendrá fotos de esa época del barrio?? Actualmente tenemos un negocio en Serrano 724. Es interesante conocer la historia del sector.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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