miércoles, 4 de febrero de 2009

LA BASÍLICA DE LA MERCED: LA HISTÓRICA IGLESIA DE LOS ARTISTAS

Torre del carillón a mediados del siglo XX, aproximadamente.
Coordenadas: 33°26'17.73"S 70°38'47.93"W
Alta, roja e imponente, con su fachada pintada en los colores heráldicos de la Orden de la Merced. Sus dos torres-agujas apuntan a la eternidad del Edén, con relojes desajustados, que señalan las horas de otros tiempos, de otros mundos. La bella decoración de la fachada pasa a ser derivativa ante su imponente aspecto interior. Es una joya arquitectónica que, ¡oh, milagro!, Santiago ha sabido mantener en buen estado de conservación, allí en calle Merced con Mac Iver, en medio de un barrio que mezcla el registro histórico de la ciudad con los placeres de las noches.
Como sucede con los principales templos de la capital, la historia de la Basílica de la Merced es una larga cadena de acontecimientos que acompañan a la propia historia de Santiago, ni más ni menos, tanto así que, para pillarle la entrada a su semblanza, debemos retroceder hasta los tiempos en que los mismos ángeles que hoy moran en ella, acompañaban las espadas de los primeros conquistadores españoles venidos al valle del Mapocho.
La Orden de la Merced, los monjes guerreros mercedarios o de la misericordia, llegaron en las caravanas del propio Pedro de Valdivia. A ellos debemos gran parte de la industria vitivinícola, por ejemplo. Acá en Santiago, comenzaron a trazar los planos para su primer templo en 1549, asistidos financieramente por el Gobernador Rodrigo de Quiroga (más de 15.000 pesos) precisamente donde hoy se emplaza la iglesia. El terreno había sido donado en 1561 por el Cabildo, y que éste lo había recibido de Juan Fernández de Alderete.
Imagen del interior del templo, hacia mediados del siglo XX.
Como la orden se estableciera allí, la calle era llamada desde temprano “De la Merced”, cruzada por la calle “De las Claras”, hoy Enrique Mac Iver. Fue, por lo tanto, una de las primeras cuatro o cinco iglesias de la ciudad y por cierto que la más bella y elegante de entonces.
La construcción de este primer templo mercedario se inició el 10 de agosto de 1566, según datos de Sady Zañartu en “Santiago, calles viejas”. Sin embargo, los temblores y la incapacidad de mantenerlo obligaron a remodelarlo y reforzarlo de manera radical, levantándose prácticamente un nuevo edificio, en 1639, sobre los restos del anterior. Según Benjamín Vicuña Mackenna, la iglesia "corría entonces de sur a norte por la que es hoy su calle atravesada".
Poco duró, sin embargo: el fatídico terremoto del 13 de mayo de 1647 lo volvió a destruir, derribando la techumbre sobre los muros de adobe. Sin embargo, en la tragedia sucedió un milagroso símbolo de esperanza: sólo se mantuvo en pie la capilla mayor, bajo la cual, la imagen de San Pedro de Nolasco había quedado vuelto en su nicho hacia el Altar y la Virgen, como si le rogara piedad para sus hijos. Vicuña Mackenna anota también se pudieron salvar "las fórmulas consagradas de la eucaristía, lo que fue de inmenso consuelo para la angustia de los fieles".
Volvieron a ponerse manos a la obra. La nueva iglesia contaría con 18 bóvedas de ladrillo e interiores finamente decorados. Hacia 1683, el Capitán Ventura Carrión hizo agregar cúpulas a su techo.
Pero la naturaleza telúrica del territorio se negó a soportar tamaño desafío: el posterior terremoto del 8 de julio de 1730, otra vez dejó en el suelo todos estos años de esfuerzo y devoción. Aunque el templo se desplomó casi completamente, quedaron en pie algunos muros bases, que serían usados como apoyo para elevar el nuevo y definitivo templo.
Vista nocturna.
Vista de las torres.
Vista desde el lado de calle Merced.
Detalle de la torre izquierda.
Acceso secundario, en el costado Norte de la construcción.
Vista del frontis, acceso y frontón, desde Plaza de la Merced al frente.
Sin perder la perseverancia, los mercedarios construyeron la tercera iglesia, esta vez de tres naves: una central mayor de cielo abovedado y dos laterales con cielo plano. Casi 25 años duró esta empresa, hasta 1760, y estuvo encargada al Gobernador Alonso de Rosas y al sacerdote Alonso de Covarrubias.
Entre 1795 y 1799, el afamado arquitecto Joaquín Toesca habría participado de remodelaciones del nuevo edificio de aspecto dórico, aportando con los elementos neoclásicos que se le pueden distinguir. Este dato es confirmado por Benjamín Vicuña Mackenna y Recaredo Santos Tornero. Zañartu también le atribuye a él el grueso de la reconstrucción y asegura que instaló los “rudos contrafuertes” apuntalados en el ángulo de las calles. Posteriores intervenciones realizadas en 1851, le incorporaron elementos barrocos, especialmente en rejas y hornacinas, por lo que el aspecto original del templo acabó amalgamando varios estilos. Entre 1880 y 1891, hace lo propio el arquitecto italiano Eduardo Provasoli.
Su interior es de una cuidadosa decoración, fundada en las texturas, los colores matizados de la piedra y los dorados del mismo trono de Dios. Las gruesas columnas y arcos, de 9 metros de altura, son de elegancia única. El Altar brilla con el fulgor cegador digno de la visión de Ezequiel.
El recinto alberga, además, las tumbas de doña Inés de Suárez (esposa de Quiroga), don Mateo de Toro y Zambrano, el Gobernador Antonio Guill y Gonzaga y Domingo Valdés. Bajo sus suelos deben quedar aún algunos restos de aristócratas que compraron criptas o se las ganaron por mérito en los antiguos edificios, pues fue esta iglesia la primera donde se comenzó a dar tal costumbre. Entre otros, los del propio Gobernador Quiroga yace sepultado, bajo el presbiterio.
El convento, en tanto, se había terminado en 1758 y reconstruido 1780, debiendo ser modificado hacia 1860 bajo la dirección del sacerdote Benjamín Rencoret. Su técnica de construcción es el cal y canto, misma de los famosos tajamares del Mapocho. De este conjunto se conserva sólo una parte del claustro, hacia el lado de Mac Iver, donde hoy funciona el atractivo Museo de la Merced, lugar lleno de historia y piezas cautivantes, al que dedicaremos merecidamente algún futuro posteo, dejando en prenda la invitación (con carácter de ruego) para que todo amante del patrimonio histórico capitalino lo visite.
En 1922, se le concedió al templo la categoría de Basílica Menor por decisión del Papa Pío XI, acontecimiento muy celebrado por la Iglesia chilena. Pero la tragedia volvió a golpear sus puertas el 20 de noviembre de 1933, cuando un carro de la Octava Compañía de Bomberos chocó contra un tranvía en la esquina donde está el templo, mientras se dirigía a un incendio al otro lado de la Alameda de las Delicias, accidente en el que muere el mártir institucional Víctor Hendrych Husak. En 1977, debió demolerse parte del convento y, en 1982, las dos torres de los costados de la iglesia fueron terminadas con el diseño alto y espigado que hoy conservan, además de reponerse el tejado del edificio.
Como no podía ser de otra manera, la Basílica de la Merced fue declarada Monumento Histórico Nacional por Decreto Nº 804 del 26 de octubre de 1977, del Ministerio de Educación. Hemos comentado del buen estado en que se encuentra, resistiendo al terremoto de 1985 con una energía y solidez que ya hubiésemos querido verle a muchas de sus hermanas.
Pero lo que quizá más llame la atención de la historia del templo en nuestros días, es haberse convertido en uno de los lugares donde suelen ser velados los restos de la gente ligada al mundo del arte y de los escenarios, tanto así que muchos la identifican con el apodo de “La Iglesia de los Artistas”.

Entre otras grandes figuras del mundo artístico y las comunicaciones que allí han recibido su adiós, la Basílica de la Merced ha despedido de este mundo al dramaturgo Sergio Aguirre y a la actriz Anita “Desideria” González. También se han realizado allí las misas de primer aniversario de fallecimiento de queridas celebridades, como el comentarista deportivo Julio Martínez.
Esta vinculación específica del templo con el mundo del arte no se remite sólo a los velorios y funerales. El barrio es un centro de intelectualidad, culturalmente influido por el Santa Lucía y el Palacio de Bellas Artes, en la cercanía, y además de la bohemia de calles como Lastarria o Mosqueto. No en vano, se lo conoce como barrio Bellas Artes, nombre que reciben, además, edificios nuevos del sector y la Estación de Metro que allí desemboca, de modo que la Iglesia de los Artistas queda en este cuadrante.
También existe un popular tango escrito por el autor argentino Enrique Santos Discépolo en 1934, durante una visita a Chile, que tituló “Carillón de la Merced” en homenaje a la hermosa melodía que le sorprendió en la calle mientras era emitida por la gran campana con carillones alemanes de la Basílica, en la torre izquierda del conjunto. Este carillón había sido instalado allí en 1928. El tango de Discépolo (homenajeado en un monolito desde hace algunos años, cerca del templo) fue grabado incluso por Carlos Gardel, y dice en sus primeros versos:
Yo no sé por qué extraña
Razón te encontré,
Carrillón de Santiago
Que está en la Merced,
Con tu voz inmutable,
La voz de mi andar,
De viajero incurable
Que quiere olvidar.
Fuera de las connotaciones artísticas o culturales, la Basílica es, en sí misma y de hecho, un museo de culto, de exposición permanente. En su interior cobija también extraordinarias obras como la escultura en madera del Santo Cristo de Burgo o de la Expiación, tallada por el artista español Martínez Montañés y aparentemente regalado por Felipe II. También se observa un maravilloso Púlpito Dorado del siglo XVII, de estilo barroco bávaro construido en Calera de Tango; y el órgano Walker de tubos que, al parecer, sería el más grande que existe en el país. La Virgen de la Merced, en el centro de su reluciente altar y sobreviviente milagrosa de los terremotos que destruyeron su casa, fue traída desde el Cuzco en 1548, considerándosela una de las primeras imágenes de la Virgen en Chile. El año 2007, lamentablemente, fue robada desde su interior la Reliquia de la Veracruz donada en la colonia y que, según reza la tradición religiosa más que la historia estricta, fue obtenida de la cruz original de Cristo y habría pertenecido al grupo de reliquias regaladas por el Rey Carlos V, que se adorarían en la Parroquia de la Vera Cruz de barrio Lastarria.
Actualmente, la Basílica se encuentra en pleno servicio religioso y es uno de los atractivos históricos más visitados por el turismo y los investigadores extranjeros.
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Vista actual desde el Norte hacia el Sur, por calle Mac Iver.
Vista desde su lado Norte hacia el Poniente, por calle Merced.
Detalle del dintel heráldico de la entrada principal (con el blasón basilical).
Pequeño puesto de comerciantes y una conocida anciana que pide limosnas en el lugar, que los visitantes reconocen ya como verdaderos personajes de la Basílica y del barrio. Gente de gran cordialidad y solidarios entre sí, como alguna vez lo fuera toda la vieja sociedad chilena que vio crecer tres veces este templo.
Placas conmemorativas del bombero mártir Víctor Hendrych Husak, fallecido en un accidente exactamente en la esquina del templo.

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