jueves, 12 de febrero de 2009

HISTORIAS DE LOS DUENDES Y GNOMOS QUE HAN ALBOROTADO SANTIAGO (PARTE II)

Duendes santiaguinos de jardín.
(Continuación de la entrada anterior)
LOS DUENDES COLONIALES
La mención de los duendes aparece temprano en la documentación colonial de Chile. Diego Barros Arana y Francisco A. Encina, por ejemplo, mencionan que, después de la destrucción de Santiago por las fuerzas de Michimalongo, Pedro de Valdivia le escribía al Rey lamentándose por la triste situación en que había quedado su Gobernación:
"Y así andábamos como trasgos, y los indios nos llamaban cupais, que así nombran a sus diablos".
El trasgo o trasgu era un tipo de gnomo de las mitologías del Norte de España, al parecer de origen celta o godo, que caminaba cojeando y generalmente hacía travesuras para espantar o molestar, de preferencia en las noches. La comparación que hace el conquistador proviene de las rojizas ropas harapientas y básicas que solía usar.
Los españoles de Chile también apodaron "Duende" al jefe militar araucano Lientur, hecho confirmado por el Abate Molina. El apodo se debía a la velocidad y furtividad con que atacaba con sus fuerzas, "siempre rápidas e improvisas". No extraña, entonces, que los ancestros nos hayan introducido a los gnomos, troles y goblins aquí en Santiago, apareciendo mencionados desde tiempos coloniales. Pero, curiosamente, el arte, la iconografía y la alfarería los representan escasamente en Santiago, para nuestro gusto. Lo creo por lo que me ha costado aumentar mi colección de duendes. A diferencia de noruegos o irlandeses, que viven en paz con sus gnomos, los chilenos parecemos priorizar más bien los miedos de la superstición. Es como si la sociedad aún abrigara algún terror íntimo e instintivo contra estos seres, visualizándolos con frecuencia sin romanticismos y evadiéndolos tanto como fuera posible.
Pero los duendes primitivos de Chile no aparecen sólo en las metáforas. Como en la Península Ibérica, acá fueron acusados durante los primeros años de la Conquista y la Colonia, de revolver la ropa, roer alimentos y desparramar objetos durante las noches. Buena parte de sus acciones son anónimas, y furtivas, pero se deduce que debe haber sido obra de ellos al ver los resultados, en las mañanas. Los duendes son, de este modo, equivalentes a los poltergeist de nuestros días. Quizás la abundante presencia de ratones y ratas en la Capital ayudó a cristalizar el mito en la emergente sociedad santiaguina. Se los ve con abundancia por entonces, en el barrio de la La Chimba. Desde allí, saltaron hacia el sector del ex Cerro Huelén. Veremos después que cruzaron la Alameda de las Delicias y se convirtieron en figuritas en venta en la feria artesanal del frente, ya en nuestros tiempos.
Hacia inicios del siglo XIX, cuando el Cerro Santa Lucía era sólo un peñón estéril muy distinto del parque creado a instancias de don Benjamín Vicuña Mackenna, se decía que un gnomo solía aparecerse horrorizando a la gente en la denominada Quebrada del Viejo Barbón, cerca de la ya desaparecida Gruta de la Cimarra Encantada, una pequeña cueva de la Terraza Caupolicán donde los amantes sellaban con un beso sus promesas y esperanzas de amor eterno, pero que debió ser clausurada luego de los daños que le provocó el terremoto de 1985. En esta terraza habitada por duendes, hacia 1816, los españoles levantaron un fuerte para contener a las fuerzas patrióticas de la Independencia. Por supuesto que éste era sólo uno de los tantos mitos que han rondado hasta nuestros días al Huelén.
El propio Vicuña Mackenna comenta, también, de supuestas apariciones constantes de duendes y otros espectros, en las mal iluminadas calles cercanas a la Iglesia de la Compañía, según escribe en su obra "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (1541-1868)". Veremos más abajo algunos casos reportados en este sector.
Libro de "La Quintrala", escrito por Vicuña Mackenna.
La desaparecida "Gruta de la Cimarra Encantada", en el Cerro Santa Lucía. Fue escenario de apariciones de duendes en el siglo XIX.
Duendes en la publicidad: dos enanos le "limpian" los intestinos al consumidor dormido con un milagroso medicamento llamado "El Jubol", según un aviso publicado en "El Mercurio" del miércoles 23 de diciembre de 1915.
ENANOS MALÉFICOS EN LA FAMILIA DE "LA QUINTRALA"
Los duendes no sólo se le aparecen al populacho. Se decía también de la familia de doña Catalina de los Ríos Lisperguer, más conocida como "La Quintrala", que habrían tenido pacto con un malvado duende que vivía en su casa y que salía a aterrar otras residencias de Santiago, en el siglo XVII.
UN CASO DESCRITO POR ZAPIOLA
El siguiente caso es el reporte de uno de estos "duendes" denunciados por la credulidad popular en pleno período de la Patria Vieja, descrito por don José Zapiola en su obra "Recuerdos de Treinta Años. 1810-1840". Aparece en las páginas 79 y 80 de la edición de editorial Zig Zag. Es tan claro y completo que resultaría de todos modos un plagio el intento de reproducir toda esta interesante información bajo el disfraz de las palabras propias. Dice:
"El duende era otro personaje de distinta especie, que, según algunos escritores contemporáneos, especialmente Görres, no es tan inverosímil como se cree generalmente.
El último de que nosotros oímos hablar se manifestó entre los años de 1811 y 1812.
Antes de construirse en la antigua Alameda la Cancha de Gallos y los edificios más al poniente, que principian con la casa y jardín que fueron del señor don Diego Benavente, había un gran espacio en aquella situación, donde hacían ejercicio las tropas. Allí vimos por primera vez al general Blanco, recién llegado a Chile e incorporado a nuestro ejército, año de 1814, con el grado de sargento mayor de artillería. Se ocupaba esa vez en hacer ejercicio de fuego con un mortero, cuyas bombas caían a cierta distancia de ese mismo lugar. Allí también concurría la gente con un objeto muy diferente. Se daban misiones. En ese lugar las dio el célebre padre Silva, después del terremoto de 1822.
La calle de las Monjitas concluye por el oriente en la que atraviesa el cerro de Santa Lucía en dirección al río, que ahora se llama de Tres Montes.
Al principiar la cuadra que sigue al oriente, y pasando la casa de la esquina, se encuentra enseguida la número 34.
En esta casa apareció el último duende, que tanto alboroto causó en Santiago en la época que hemos dicho. Vivía en ella el “guarda mayor” de las tiendas, don Francisco González, español desterrado en 1818 a Mendoza, donde murió.
Hizo tal ruido aquel duende, que por espacio a lo menos de veinte días, desde que empezaba a oscurecer, principiaban a reunirse los curiosos en tanto número, que apenas podía contenerlo el inmenso espacio que ahora ocupan los edificios antes mencionados.
La operación esencial de los duendes era arrojar piedras, no tanto a las personas, cuanto a las puertas, ventanas y muebles de las casas que se proponían atacar, buscando siempre el modo de hacer ruido.
La casa mencionada, de resultas de esto, se cerraba desde antes de anochecer; lo que daba al asunto cierto grado de certidumbre. Las pedradas en el interior de la casa eran incesantes. El duende se proveía de piedras sacándolas principalmente del tercer patio de la misma casa. A las inmediaciones había un bodegonero, ño Chena, que de cuando en cuando se acercaba a la puerta de calle con un cigarro encendido, diciendo a los que allí estaban: “Voy a poner el cigarro en el agujero de la llave: si hay duende, debe soplar”. Efectivamente, cada vez que hacía esta prueba, se veía chispear el cigarro y nadie dudaba de lo concluyente del silogismo de ño Chena.
Los dueños de casa, a quienes este hecho llegaba desfigurado, no le daban ningún crédito y creían que era travesura del bodegonero. Estaban en vísperas de desalojar la casa, a pesar de no encontrar quién quisiera arrendarla, cuando sucedió que un ama de leche, dirigiéndose una noche al segundo patio, vio que otra criada, de quien ya sospechaba, que iba delante de ella y que se creía sola, tiró una pedrada al farol que alumbraba el pasadizo.
Esto lo descubrió todo, y el duende no era nadie más que una criada, ayudada de otra, como subalterna.
El duende, a quien vimos ya viejo una sola vez hace muchos años, murió poco ha en casa del señor don Santiago Portales, convertido en una excelente criada, apreciada por este caballero, como lo merecía por sus buenos servicios.
Si el señor Portales no lee este libro, es seguro que seguirá ignorando que la criada a quien tanto protegió es el duende que hace sesenta años hizo tanto ruido".
Fuente imagen: "The Complete Gnomes"
El halo de misterio y temor que rodeaba a esta mujer y a su familia no podía quedar exento de hospedar, también, a estos espantos enanos. Pese a la protección y casi complicidad que llegó a tener la iglesia con las fechorías de la controvertida familia, en una carta del Obispo de Santiago, don Francisco de Salcedo, dirigida al Consejo de Indias desde Santiago, con fecha 10 de abril de 1634, leemos lo siguiente sobre la abuela de "La Quintrala":
"Tuvieron a las hijas de doña Agueda de Flores en esta república por encantadoras, como se experimentó por un duende que en su casa alborotó toda esta tierra con quien decían tenían pacto".
Estas historias, que podrían pasar por burdas, sin embargo son mencionados por autores de reputación, como don Benjamín Vicuña Mackenna en "Los Lisperguer y la Quintrala" (1877) y don Miguel Luis Amunátegui en "El Terremoto del 13 de mayo de 1647" (1882), atribuyéndolas tanto al temor supersticioso de la chusma como al odio generalizado de la sociedad colonial contra los Lisperguer.
Como la casa de "La Quintrala" en Santiago permaneció por largo tiempo abandonada y oscura, siguió cultivando la imaginación popular sobre sus extraños moradores de otro mundo. El descubrimiento de su famoso "sótano" y las historias de misterio y fenómenos paranormales que todavía se reportan allí le darán empleo por largo, largo tiempo más, a los duendes que alguna vez la habitaron.
DUENDES LADRONES EN EL PUENTE
En los años que siguieron a la Batalla de Lircay, el Puente del Cal y Canto se convirtió progresivamente en un sitio oscuro y siniestro, dominado por apariciones aterradoras y fantasmas descarnados batiendo alas terroríficas o chillidos de muerte, pero al mismo y fatal momento en que se volcaban pillos y malandrines a asaltar a los paseantes en las horas nocturnas, para qué decir cuando caía también la neblina. Así, el pueblo iba describiendo sus temores tan terrenales, como en los mapas de los cronistas coloniales, con criaturas sobrenaturales entre las que los duendes celebraron grandes contratos con la historia.
Del temor terrenal se había pasado rápidamente ya al sobrenatural, y hacia 1835 cundieron nuevamente las historias de aparecidos y monstruos blancos y especialmente a unos duendes liderados por un gigante, todos blancos, que se creía atacaban de súbito a los paseantes y podían aplastarlos dejándolos desnudos sobre un charco de sangre alrededor del barrio del Mapocho y La Chimba, especialmente en el Puente de Cal y Canto.
Sin embargo, justo en esos días se habilitó una nueva guardia para el puente y el barrio, conformada por centinelas y soldados armados. Fue el principio del fin de muchos rufianes, asaltantes, pendencieros y, de paso, a todos los duendes, arpías o demonios que los acompañaran.
Esta vigilancia pudo precisar, entonces, que los casos en que las víctimas decían ser atacadas por un grupo de enanos liderados por un gigante, en realidad serán una pandilla de rufianes que asaltaban a la gente asustándolos vestidos con trapos y bultos blancos, despojándolos en medio del ataque de histeria. Los “duendes” eran los típicos criollos patas cortas y cabezones de la banda, y el “gigante” era el líder de la pandilla, un negro de enormes proporciones físicas llamado Alejo Candelilla, que ese mismo año de 1835 trabajaba como panadero en la amasandería de don Pedro Arias, ubicada en La Cañadilla (hoy Independencia) y que reconoció al investigador Abel Rosales la veracidad de la historia. ¿Sacarían de su propia panadería los sacos y bultos blancos que les servían de "ropa de trabajo"? Misterio.
Parados los criollos al lado del enorme tipo, seguramente la escena a las asustadas víctimas les parecía de malvados enanos blancos dirigidos por un gigante blanco. Hoy diríamos con nuestra propia mitología: enanos grises dirigidos por un alto superior en plena abducción de un secuestrado por extraterrestres. Pese a todo, los siguientes años continuaron nuevas apariciones de duendes y gnonos que, a diferencia de los europeos que entregan monedas de oro o ayudan a barre y lavar platos, éstos sólo asustan, molesta o llegan al delito. Siguen habitando, así, y provocando noticias terroríficas en el Cal y Canto.
Estas historias jocosas están registradas por Justo Abel Rosales en su libro de 1888 "Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto". Veremos más abajo, sin embargo, que los duendes todavía aparecerán en esta centuria, esta vez no de chimberos cogoteros, sino de criaturas con apariencia extraterrestre.
EL DUENDE DE CALLE COMPAÑÍA
Otro de los casos que son reproducidos por el investigador Vicuña Cifuentes en su obra antes citada, es el del que llegara a ser -en su momento- un famoso suceso de la Calle Compañía de Jesús, en Santiago Centro, sucedido entre 1905 y 1906. Este sector de la capital fue escenario de varios acontecimientos fantasmagóricos desde el siglo XIX. El fatídico incendio de la Iglesia de la Compañía fomentó la gestación de historias de horror y aparecidos. Prácticamente, no hay casa en el sector de las mansiones más cercanas al Barrio Brasil (donde esto sucedió, supuestamente) que no tenga su propia historia de espectros y escalofríos.
Sucedió pues, que a principios del siglo XX, se apareció un duende sembrando el pánico en una casona de Compañía, entre las calles Guardiamarina Riquelme y Manuel Rodríguez (junto a la actual Autopista Central). Muchos declararon haberlo visto y también causó destrozos que fueron reportados por los moradores y los vecinos. Cuenta Vicuña Cifuentes que este caso adquirió tal notoriedad, que llegó a los medios de comunicación, apareciendo abundante material de prensa referido al mentado duende.
Un detalle que sorprende es que la autoridad policial fue reportada varias veces de la presencia de este horripilante ser en el barrio, obligándoles a hacerle presentes allí. Al parecer, sin embargo, nunca pudo ser confirmada su existencia por parte de los agentes, y la leyenda ser perdió con el correr de los meses. Actualmente, este sector de la capital está muy transformado, habiendo sido remodeladas todas las cuadras donde pudo ubicarse alguna vez la que fuera invadida por este pequeño diablillo, que ha quedado archivado entre los Expedientes X de nuestra historia.
GNOMOS EN BARRIO MATADERO Y LA CHIMBA
El concepto de los gnomos saltan a la prensa casi con el origen del periodismo en la República, al fundarse el periódico "El Duende" durante la Transición. Sin embargo, las noticias importantes aparecen en el siglo XX. Hacia los años treintas, por ejemplo, el periodista Byron Gigoux, del diario "Las Últimas Noticias", comenzó a publicar en ese medio algunas noticias advirtiendo de la presencia de un misterioso duende negro a los pies del Cerro San Cristóbal. Curiosamente, por esa misma fecha, el editor del diario competencia, "Los Tiempos", don Hugo Silva, comenzó a reportar la presencia de otro duende, de color verde, en el Barrio Matadero.
Estas noticias son comentadas por César Parra en su obra "Guía Mágica de Santiago. Historias de Fantasmas, Duendes y Brujas" (RIL Editores, 2005), pero da a entender que todo fue un montaje periodístico, inventado por ambos personajes. Él agrega que, en 1958, aparecen nuevos reportes de apariciones de duendes en los sectores de calle Escanilla y Plaza Diego de Almeyda, lugar este último que ocupaba el antiguo terreno del convento fundado por el Corregidor Zañartu y que hoy ha sido asimilado por el mercado de La Vega. En su antes citado libro, Plath habla de estas denuncias en el barrio Independencia desde los tiempos coloniales:
"Se habla de casas con Duendes y fueron famosos en Santiago, en otra época, los Duendes de la Cañadilla (Avenida Independencia). Y no faltan en los diarios de estos tiempos noticias acerca de fantasmas o duendes".
Según recopila Parra, las vecinas de Escanilla, señoras Julia Garín y Laura Moreno, agarraron a escobazos a un duende "chico, negro, que saltaba en una pata debido a que era cojo". El autor compara este detalle de la cojera con el mito del diablo cojuelo, que también parece reflejarse en la leyenda del Trauco de Chiloé y el Invunche de los brujos Calcus. Los trasgos asturianos, de los que hablamos, eran descritos con frecuencia como duendes cojos. Cabe señalar, además, que coincidía la tradición con la descripción de las mujeres también en su color negro, pues en las tradiciones de Cantabria, se decía que su rostro era oscuro. Al respecto, se recordará que el famoso escritor judeo-francés del realismo fantástico, Jacques Bergier, comentó el caso de un supuesto gnomo capturado hacia el año 1138 en los sótanos de un monasterio alemán, y que era negro y mudo. Según las crónicas en que dice basarse Bergier, el enano fue liberado para poder descubrir su escondrijo; pero volvió al sótano y escapó por un túnel oculto bajo una roca. La entrada fue clausurada con una cruz y el caso fue olvidado. Todavía en pleno siglo XX se reportaban escalofriantes casos en España, como el famoso "Duende de la Hornilla" de Zaragoza y el supuesto cuerpo de un gnomo capturado en 1989 por un matrimonio en el Bosque de Girona.
Sorprendentemente, aparece en el libro de Parra otro testimonio que también habla de un enano cojo y siniestro, en el sector de la Plaza Diego de Almeyda. El caso fue protagonizado por una vecina de doña Teresa Benavides, mujer que superaba ya los ochenta años cuando el autor la entrevistó para su libro. La mujer recordaba el testimonio de una amiga del barrio que, mientras lavaba ropa en una artesa, vio un extraño ser que primero creyó un niño que le arrojaba pequeños objetos, al tiempo que reía a carcajadas. Al mirarlo con más detención, la vecina descubrió que era un duende con una pata de palo, "como esas de los piratas", y una barba blanca. La mujer se defendió espantándolo también con una escoba, según recuerda la señora Teresa.
Duendes del local "El Gauchito", del Centro Artesanal Santa Lucía.
Entrada del Duende Bar, en General Bari, con su figura custodiándola.
Casas antiguas de la calle Escanilla, en barrio Independencia.
LA CRIATURA DEL PARQUE FORESTAL
Pero parece que a los duendes les han seguido gustando por largo tiempo las inmediaciones del río Mapocho, según este último caso que comentaremos.
El 10 de mayo de 2004, el joven ingeniero Germán Pereira captó, hacia las 17:40 horas, una extraña imagen con su cámara digital en el Parque Forestal, donde se veían dos Carabineros a caballo en direcciones opuestas, mientras un extraño enano delgado y cabezudo intentaba atravesar el sendero del paseo del Parque, por ahí por José Miguel de la Barra con Av. Cardenal José María Caro, cerca del puente Loreto y frente al Museo de Bellas Artes, con vista hacia el Oriente. Recuerdo que, curiosamente, el día que Pereira tomó esta imagen, yo había pasado hacía sólo unos minutos antes por este lugar, cercano a mi sitio de trabajo por ese entonces.
Aunque la imagen tenía una evidente sobreexposición marcada por la posición inclinada de los jinetes y los barridos de objetos en movimiento, y pese a que su propio autor no estaba convencido de lo que parecía mostrar, la fotografía recorrió el mundo y se ha convertido en una joya de culto entre los fanáticos de lo paranormal. Los ufólogos saltaron como rayos a dar toda clase de explicaciones acreditando que, según ellos, la figura de cerca de 80 centímetros de alto que se veían en la imagen, sería un alienígeno del tipo "enanos grises". Otros arremetieron alegando que se trataría de un nuevo gnomo para la casuística santiaguina.
La foto fue estudiada y se la intentó reproducir en el programa "Detectives de lo Paranormal", del Discovery Channel. Ambos conductores, un experto en efectos especiales y un mago profesional, concluyeron en que parecía tratarse de una rama de árbol que cayó o se movió justo durante la exposición del vehículo. En Chile, en cambio, y luego de estudiarla con varios filtros de imagen, el estudioso chileno de temas de ufología, Alberto Urquiza, concluyó en que se trataba sólo de un perro sacudiéndose pero que, por distorsión y barrido, semejaba el contorno de un duende justo dando un paso sobre el sendero.
Pese a todas las dudas, el caso del humanoide de Parque Forestal ya se había popularizado internacionalmente, por lo que ahora resultaría difícil no sólo sacarlo del legendario urbano de Santiago, sino del resto de los cultores de lo paranormal que siguen venerando en el mundo a esta imagen como una "evidencia irrefutable".
El supuesto "duende" extraterrenal del Parque Forestal.
Esta foto revela que los duendes no han abandonado del todo a la calle Escanilla, en el ex sector de La Chimba.

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