miércoles, 18 de febrero de 2009

EL "INVUNCHISMO" CONTRA LA LOCOMOCIÓN COLECTIVA

Invunche, imbunche o "Machucho de la Cueva" (fuente: library.thinkquest.org)
Se cumplió el plazo fatal del Transantiago sin experimentar mejorías... Las alzas por un servicio desastroso comenzaron a materializarse y los cálculos electoralistas de unos y otros sabrán meter esta tragedia social en el ábaco chino de la política.
Que este sistema pasará a la historia como sinónimo de calamidad y abuso, es algo de lo que difícilmente podría dudarse. Transantiago será para siempre, con fundadas razones, una expresión sinónimo de inoperancia e ineptitud de la administración pública.
A mí, en tanto, me preocupa el advenimiento de una nueva y peor embestida del invunchismo chileno, como castigo... Un afán de destrucción vengativa y progresiva por un servicio que ha perdido sus últimos restos de respeto ciudadano... ¿Es esto posible?
Por aquí pasó la cuchilla o cortaplumas iniciática del invunche...
EL MITO DEL INVUNCHE
El “Invunche” o “Imbunche” es uno de los mitos más terroríficos y grotescos del legendario chileno, sólo concebible en las crónicas de brujería y magia negra que han alimentado buena cantidad de la inspiración de los mitos sureños, especialmente del archipiélago de Chiloé. Corresponde a una especie de monstruo humanoide, habitante y guardián de las cuevas escondidas donde se reúnen los hechiceros, que algunos identifican en el enigmático pueblo chilote de Quicaví. Camina en tres miembros, pues una de sus piernas ha sido cocida y fundida con su espalda. También tiene la cara vuelta hacia atrás, otro rasgo demoniaco que se repite con frecuencia entre los mitos de la isla. No habla, sólo gruñe y da gritos horrendos.
El “Invunche” era un niño normal y bello, que fue entregado o secuestrado por los brujos para sus malas artes. Ellos lo deformaron hasta convertirlo con sus procedimientos oscuros en la bestia desnuda, agresiva y horrible que es ahora, cual “Gollum”, en la fecunda imaginación de Tolkien. También como este monstruo de la literatura, el “Invunche” es necrófago, ha vivido por siglos y maneja conocimientos iniciáticos sobre las artes negras. Ha olvidado su pasado, aquella época en que era otro hombre, para convertirse sólo en un esclavo de los brujos, quienes lo alimentan con carne humana a cambio de sus servicios y lo rebautizaron como Machucho de la Cueva. Nadie recuerda ya su nombre cristiano.
Muchísimos escritores nacionales han sido atraídos por la horripilante leyenda del “Invunche”. Han escrito sobre él, por ejemplo, Julio Vicuña Cifuentes, Francisco J. Cavada, Nicasio Tangol, Oreste Plath y Renato Cárdenas, entre otros.
En mapudungun, invunche significaría algo así como persona deformada, siendo llamados de esta manera también los brujos que tenían la práctica de crear tan desgraciados seres. Su conocimiento, originalmente sureño, habría sido difundido en la cultura hechicera nacional, precisamente por esta influencia mapuche. En su trabajo “Mitos y supersticiones tomados de la tradición oral chilena”, de 1915, escribe Jorge Vicuña Cifuentes, por ejemplo:
“Para transformar a los niños en invunches los brujos les cosen los portillos del cuerpo, les ponen la cara vuelta hacia atrás y una pierna adherida a la espalda. Les echan desnudos a un pajonal, manteniéndolos con carne de difuntos que roban en el panteón. Les dan de beber agua de picochihuán”.
El invunche urbano de hoy: la locomoción colectiva (fuente imagen: reclamos.cl).
EL ACTO DEL "INVUNCHISMO"
Sin embargo, hay un autor que destaca por una particularidad específica respecto de todos los demás, por encontrar en su imagen un problema social, cultural y casi arquetípico, alojado en la semi conciencia popular chilena y persistiendo hasta nuestros días con la misma vigencia que en los tiempos de la brujería primitiva. Hablamos de Joaquín Edwards Bello, para quien el “invunche” se halla en lo profundo de nuestra baja pasión nacional, denominando a esta tendencia como “invunchismo”, expresión que, por haber sido aceptada por la Real Academia Española sólo la acepción “imbunche” (la defendida por Francisco A. Encina) para titular al mito, ha derivado impropiamente a llamarse en nuestros días como “imbunchismo”. Nosotros respetaremos el nombre original propuesto por Edwards Bello ya que, según sus propias palabras escritas para “El Diario Ilustrado” en noviembre de 1959:
“Decir imbunche en vez de invunche es como decir imbierno en vez de decir invierno.
¿Cuál es el siniestro brujo invunchista que todos llevamos potencialmente dentro, según Edwards Bello? ¿Dónde podría alojar? ¿Por donde encontraría escape? Debemos recordar, para respondernos, que la creación del "invunche" consistía en un rito practicado originalmente por los brujos mapuches calcus, de la zona de Arauco, que supuestamente robaban niños blancos españoles que fueran sanos y bellos. Según los escritos de Edwards Bello publicados en “El Subterráneo de los Jesuitas y otros mitos” (Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile, 1966, pág. 33), lo hacían con un único objetivo:
“…para desfigurarlos monstruosamente mediante operaciones inimaginables por su estupidez y crueldad, hasta convertirlos en diabólicos y repelentes engendros”.
El niño blanco era un presa apetecida porque el rito del brujo invocaba la creación metamórfica de un esperpento de fealdad absoluta, de un opuesto a la naturaleza, obra de dominación del feísmo, tipo monstruo del Dr. Frankenstein en la novela de Mary Shelley. Para Edwards Bello, la motivación del invunchista se opone a los valores de la superioridad, de lo elevado, de los sublime (pág. 34):
“…(a) las formas de superioridad, en cuanta manera creen descubrirla. La exaltación de todo lo feo, lo fétido y lo gangrenoso surge en ellos sin cesar. Es la rebelión o revancha. En una palabra, la reacción de la envidia.”
Ese sentimiento invunchista, entonces, continuaría para Edwards Bello, alojando en la memoria de nuestra sangre, en nuestra programación arquetípica, persistiendo en asomar todavía, en el chileno de hoy. Y advierte al respecto:
“Hay brujos fabricantes de invunches disfrazados de personas modernas. Juegan cacho y hasta escriben en los diarios. Viajan y llevan portadocumentos. ¡Cuidado!”
Asiento de microbus nuevo del Transantiago, ya "invuncheado".
EL "INVUNCHISMO" URBANO
¿Dónde podemos encontrar la huella del invunchismo en nuestros días? Bueno, basta mirar la calle, cualquiera de ellas en la ciudad de Santiago... Por sus obras (sus invunchismos) los reconoceréis: muros pintarrajeados con códigos ilegibles, so pretexto de expresión política o artística. No importa cuál: la sacrosanta libertad de expresión muchas veces es la que se faculta a sí misma a toda clase de aberración en su nombre. Lo vemos también en el arte moderno, en la ornamentación contemporánea, tozudamente contraria al figurativismo que predomina en el gusto popular y ciegamente atrincherada en formas de pseudogeometría “al ojo” que, en lugar de piezas artísticas, terminan convertidos en asientos, pizarras para afiches o simples puntos de encuentro, inconfundibles por su fealdad invunchista, precisamente, como el aro de las manitos tomadas que hay por allá por Alameda con Estado, un histórico centro de operaciones de nuestro invunchismo vernáculo.
Hace poco, por ejemplo, he visto un par de artistas callejeros pintando los muros de una plaza cercana a mi casa. Un extraño barroco futurista, blanco y negro, salía de sus brochas, con figuras un tanto típicas de la cultura grafiti, pero personalizadas con este estilo característico de ellos. Sin embargo, no tardó en aflorarles el invunche: una de sus últimas obras allí, en esa plaza donde juegan los niños, fue dibujar a un personaje masturbándose mientras un enorme trasero defeca diamantes sobre él, acompañados de la leyenda “La mierda de unos son los diamantes de otros”. Pero no tardó en aparecer el otro invunche, el que sintió invadida su cueva de aquelarres, y le borró con una gruesa pintura café los detalles escandalosos a la escena. Es decir, un invunche también fue invuncheado. Peleas de brujos, supongo.
Estas peleas de invunchismo, lejos de ser raras, asoman demostrando cuán posicionadas están en nuestra cultura, de hecho. Los brujos hediondos a patas e hinchas del fútbol, que son los de más bajo rango en las artes mágicas, borran con filo de estoques los nombres de las estaciones del metro que, en los planos de las líneas 1 y 5 que van dentro de los carros, llevan los nombres asociables a la "competencia": "Los Leones", "U. de Chile", "Pedreros", "U. Católica", etc. Invunchistas contra más invunchistas. Hasta una de las propias estatuas del monstruo Invunche que se había erigido para los turistas en Chiloé, ha acabado invuncheada: con los brazos destrozados a golpes por vándalos anónimos, que le dejaron aún más mutilado y sufriente.
Los invunchistas intentan convertir, así, a la ciudad de todos en la que sólo les gusta y acomoda a ellos: en lo primitivo, en la fealdad más rústica, en la mugre, en la obscenidad de los sentidos. No todo es pelea interina: También se aplauden entre ellos; se felicitan entre sí y hasta se financian. La invunchistas del mundo del espectáculo, enquistados en la embajada de Chile en Francia, llevaron a invunchistas callejeros de menor rango hasta una feria cultural de París, hace unos años.
Los cineastas chilenos, por su parte, adoran a los delincuentes, a esos mismos invunches de menos rango: Los colocan como héroes, protagonizando sus filmes para inventarles capacidades e intelectos que sólo la ceguera politizada puede idealizar. El símbolo del invunchista en esta etapa amateur de artes negras, es el dibujo saboteador del falo sobre el muro de la biblioteca o la escuela. Como hemos dicho, las barras de fútbol también son, en esencia, hordas de postulantes a la iniciación en las prácticas del invunche. Y lo son, además, los pretendidos “luchadores sociales” que tienen al saqueo y el linchamiento como propuestas revolucionarias. Cagarse en el Cerro Santa Lucía, tapizar de exóticos meados con olor a cebiche la Catedral de Santiago, robarle la cámara al turista gringo, convertir la ciudad en un papelero, reventar en el suelo la última botella vacía de cerveza, pintarrajear las mismas paredes y con las mismas consignas, largarle groseros “piropos” a las mujeres lindas (siempre cargados por la represión sexual que domina a la sociedad chilena)… Todas son inclinaciones provenientes del brujo invunchista que corre por nuestras venas y clama derechos territoriales en una parte de nuestra alma.
Pero como vimos también, no conformes ya con afear hasta su punto sin retorno a todo nuestro entorno urbano, los invunchistas se atacan a sí mismos. Al peor de los invunches le domina un deseo incontrolable de violentar y arrebatar por venganza “al que tiene más”, a los “giles c_liaos” o “cagaos chuchesumadre”, según dicen ellos, para quienes todos los demás son millonarios. Los brujos de la politiquería son los culpables de su pobreza y su pauperismo intelectual y social, con ese discurso que ha generado esta autojustificación delincuencial entre más invunches e invunchistas, por ejemplo.
Más asientos "invuncheados" en un bus nuevo.
Sabotaje de un invunche creativo: aquí decía antes "CUIDADO PELDAÑO".
"INVUNCHISMO" EN LA LOCOMOCIÓN COLECTIVA
Pero hay un soporte nacional en el que el invunche citadino ha conseguido liberar más que en cualquier otro, todas sus oscuras energías contenidas, históricamente y hasta nuestros días: la locomoción colectiva, siempre deficiente, siempre problemática, siempre fuera de nuestro control y siempre alimentando el resquemor de una ciudad que lleva décadas saturada tanto en sus calles como en sus capacidades de tolerancia, despertando la chispa dormida de más y nuevos invunches, en cada ocasión.
Muchos creen que esta nueva oleada invunchista comenzó sólo con ataques de pintarrajeos ridículos protagonizados por los pseudo-artistas “hip-hop” con sus ataques “bombazos” de brocha y plumón, afortunadamente ya entrados en decadencia dentro de las tribus urbanas. Pero no es así: el invunchismo contra la locomoción colectiva es casi tan antiguo como el sistema mismo.
El mismo Edwards Bello ya hacía notar mientras escribía en octubre de 1959 sobre el tema de la herencia invunche en nuestra más baja expresión de chilenidad:
“Hoy, en el bus de la Empresa de Transportes, vi nuevos tajos, o puñaladas, en los cojines. Costaría menos dinero viajar si no destrozaran. Se trata de brujos cobardes. Puñaladas en los cojines. Destruir, hacer invunches. Incendiar la correspondencia en los buzones de correos es otra hazaña de los invuncheros de hoy”.
Hemos dicho que el invunchista no soporta la belleza ajena, la que no está en sus capacidades, a su alcance. De ahí la tendencia del invunche a ofender a las mujeres bonitas fuera de sus posibilidades, con esos piropos groseros y picantes. De ahí también, viene su gusto por buscarle pendencia en medio de la ebriedad, a quienes le parecen más felices, mejor vestidos o, simplemente, con mejor caracho que el suyo.
Edwards Bello describe el atentado contra la estatua “El Eco” de Rebeca Matte, que fuera destruida en un delirante ataque que la convirtió en un invunche, precisamente. Estos maleficios son frecuentes contra las expresiones más bellas del arte y la ornamentación: no habría mucha diferencia entre el martillazo al pie del “David” de Miguel Ángel con la paliza que destrozó a “El Eco”, salvo porque el primero, mientras quería cometer un “magnicidio” con características de sacrilegio, el segundo sólo dio rienda suelta a su invunchismo, a su desprecio resentido por lo bello, lo que le resulta inalcanzable. Lo mismo que unos "turistas" probablemente santiaginos (me atrevo a decirlo, pues yo estaba allá veraneando cuando esto ocurrió) que intentaron quemar el altar de la antiquísima iglesia de San Pedro de Atacama, el 2001, y luego al desequilibrado que hizo lo propio con la efigie de la Virgen del Carmen en la Catedral de Santiago, el 2008. Puro invunchismo público.
Larga data: bus amarrillo "invunchiado" por el hip-hop (fuente: candela.scd.cl). Esta práctica asociada a la cultura hip-hop, de rayar especialmente a los carros de transporte colectivo, es bastante internacional y está penetrando recién en Chile.
Carrocería interior también atacada por el brujo calcu creador de neo-invunches.
LA MALDICIÓN DEL TRANSANTIAGO
Pero, ¿qué ha pasado ya, tantos años después de la edad de los brujos nativos, nuestro estigma del “invunchismo”, o sólo seguimos dominados por impulsos de vandalismo y resentimiento social? Ahí está la respuesta: en la micro, el bus, el metro, el paradero... En el Transantiasco, Transardinas, más conocido como Transantiago.
El sistema de locomoción colectiva que comenzó a ser objeto de reformas con los últimos gobiernos, habían sobrevivido no sólo a años y años de mala mantención y dejación pública o privada, sino también al permanente acoso del usuario invunchista. Nuestros microbuses terminaron convertidos en verdaderas porquerías andantes y casi inservibles; cambiarse de micro en pleno recorrido porque la nuestra quedó en pana, era algo de una vez al mes.
Sin embargo, en dos años, el invunchismo ha atacado como nunca antes en su historia de brujería al actual sistema, al Transantiago. Su embestida actual es notable. En sólo unos meses, todo el material renovado para cambiarle la "faz" al transporte colectivo de Santiago, está casi en ruinas, en un estado deplorable: vidrios raspados con símbolos extraños, los asientos rasgados y perforados, las paredes pintarrajeadas tal como los muros exteriores y los paraderos totalmente desmantelados, con los cristales de exhibición publicitaria permanentemente destruidos. Más encima, persiste la evasión, las peleas, las huelgas, las amenazas y la delincuencia. Si la progresión continúa, lucirán en poco tiempo más de la misma manera que tomó veinte años de ataques y agresiones a los buses y micros del sistema anterior. Sistemas sobrecargando las capacidades de los metrobuses y los propios trenes del metro, hacen los suyo, incorporándole el peligro de la fatiga al desvitalizado sistema, acosado por los invunches.
Sólo el ingenuo podría creer que el vandalismo frenético de nuestra sociedad contra el Transantiago y sus unidades se deba sólo al sentido destructivo de una sociedad inconforme e inadaptada. El factor invunchista no puede ni debe ser dejado de lado, porque está precisamente allí la explicación de todo lo que ha sucedido, de todo lo que seguirá sucediendo y de porqué, al parecer, Transantiago jamás será aceptado a gusto en la sociedad santiaguina, ni aún suponiendo que algún día se arregle y se vuelva con la eficiencia que nos prometieron.
Recuerden a Edwards Bello: “Es la rebelión o revancha”, es “La reacción a la envidia”. La envidia se ha convertido en revancha, canalizando odios contra el sistema dominante, contra el privilegio del que puede mandar, ordenar y aplastar. Es peligroso cuando estas motivaciones se amalgaman en un pueblo errático y poco revolucionario, con más tendencia a la pasividad individualista tan propia del capitalino medio, con sus peores resentimientos, su ira diariamente alimentada y la sensación permanente de estar siendo abusado y engañado por autoridades que jamás han usado este mismo sistema desastroso y mal hecho.
Entonces, la ira desmedida del brujo calcu aflora como una llama en constante búsqueda de su lugar próximo para incendiar. Es la forma de castigar al sistema, de vengarse contra el mismo: invuncheándolo. Alcanza incluso sus aspectos derivativos: cada cartel o slogan relativo al Transantiago, no tardará en aparecer, después, convertido en algún afiche ridiculizando al Gobierno, a los ministros o a la propia Presidente de la República. Es la hora del desquite sin piedad.
El invunchismo del transporte público termina volviéndose una actividad entretenida y autojustificante: cada vidrio debe ser rayado; cada timbre, roto; cada asiento, desgarrado. Los carteles de información e instrucciones deben ser aniquilados o saboteados con dibujos obscenos. Las malformaciones del invunche atacan contra los martillos de emergencia, robándoselos. Los plumones de tinta marcan territorio en todos los rincones: respaldos, pasillos y hasta techos. El paradero es un ring de desahogo para cada tarde esperando la maldita micro que nunca pasó: mal diseñados, mojándose con la lluvia incluso en el sitio para sentarse, bastará un par de golpes estratégicos para frustrar la ingenua intención que se tuvo de ofrecer espacio a la publicidad de paleta luminosa en su sitio.
En el metro, saltarse el torniquete, jalar las alarmas de detención en pleno movimiento y trancar traviesamente las puertas se ha vuelto habitual, así como las gordas imprudentes que se arrojan como flecha hacia cada asiento desocupado, pasando a llevar al resto con toda su fofa corpulencia. El invunchista sólo piensa en el invunche, su creación. Las unidades de transporte que pasan por Santiago Centro hacen evidente esta clase de ataque habitual en su estructura, en su camino a quedar convertidas en el ser monstruoso y maloliente que vigila a gritos terroríficos una cueva maldita. Ello, sumada a la fatiga del exceso de uso, conduce al metro a su propio colapso, como invunche tecnológico.
Invunches oportunistas, subiendo "por atrás" (fuente imagen: plataformaurbana.cl).
Paradero invuncheado e inutilizado por los brujos en pleno invierno.
FUTURO DE UN INVUNCHE SIN FUTURO
Pero Transantiago tiene un elemento adicional aún más grave. Si ayer el vandalismo contra los medios de transporte nos indignaba e incomodaba, hoy, secretamente y sin reconocerlo, nos complace y la justificamos. Nos hace identificar nuestra propia ira sumisa con la catarsis del invunchista indómito. En nuestra mediana conciencia, queda excusada esta venganza, este desquite.
Nuestra única forma de protestar donde duele, es causando daños en lo que quiso ser bello, lo que prometía ser mejor, estupendo, fantástico, la envidia del mundo. Degradarlo hasta reducirlo a la fealdad de nuestras micros antiguas o peor, a menos aún, porque aquellas micros servían, feas y todo. Éstas, en cambio, no.
Nadie me devolverá todo lo que creo haber perdido con este nefasto experimento de transportes; pero el malvado invunchista me sopla al oído que puedo, si quiero, cobrarme la parte que me corresponde, allí en sus ventanas, las cubiertas de los asientos o la pulcritud original de sus carcasas; o saltándome los pagos, y reteniendo lo que considero mío y no de un sistema inútil y martitizante. Quizás la creación del invunche, después de todo, sólo busca colocar la fealdad en su lugar, rebajarla al aspecto estético que merece tanta artificialidad de tecnología y falsa belleza de diseño industrial. Era la fealdad funcional a la que estábamos acostumbrados. Hoy, esa fealdad nos llama al sentido invunchista de nuestras bajas pasiones y resquemores.
Pero quizás haya alguna salida para este brote desbordado de invunchistas. Una solución que nos pone en virtual peligro a todos. Ya lo había señalado Edwards Bello también, en sus escritos:
“Los azotes público aterran a los más crueles bandidos. Pueden desafiar soberbia de celda, el destierro y cuanto castigo los impongan, pero tiemblan ante el azote que imprime huellas permanentes en las carnes y en los espíritus”.
Ahora bien, ¿merece el invunchista de la locomoción colectiva un castigo semejante, sólo por hacer los mismos invunches que tantos reprimen sólo por ética o miedo al poder?
Quizás hemos perdido algo más que la paciencia y la comodidad con el Transantiago: Hemos perdido también el respeto definitivo al transporte público. Pero, lo que es peor: hemos cedido terreno definitivo al brujo que nos pide salir desde adentro, matando las últimas resistencias contra la fealdad, contra la pasión vandálica, accediendo así al deseo de los placeres coléricos del invunchismo, que castiga como nunca antes -y por desgracia, quizás merecidamente- a este infame sistema de locomoción; sistema inoperante, inepto que en dos años, sólo ha conseguido arruinar la calidad de vida del santiaguino, quitarle tres o cuatro horas de sueño a cada hombre corriente, marginar más que antes a las poblaciones periféricas y perjudicar al comercio nocturno que antes alegraba la vida en barrios como San Diego, Santa Lucía o la misma Alameda.
Pero, por sobre todo, el sistema atacado masivamente por los nuevos aspirantes a hechiceros urbanos, ha logrado despertar otra vez al invunchista que vive en nuestra propia sangre, abriéndole las puertas a un interminable escenario para continuar con las aberraciones estéticas de la magia brujeril, quién sabe por cuántos años más.

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