lunes, 9 de febrero de 2009

DESDE "EL SANCHO PANZA" A "LA PUNTA" DE SANTA ROSA

Coordenadas: 33°26'36.62"S 70°38'45.08"W
Por varios años, casi 20 según quienes le conocieron, existió en Santa Rosa a escasos metros de la Alameda Bernardo O'Higgins, por la vereda oriente, un famoso bar-restaurante llamado "El Sancho Panza", que ofrecía comida española como especialidad de la casa.
Su decoración era, por lo tanto, notoriamente peninsular, con lámparas colgantes y salas de arcos de ladrillo. Cuadros históricos colgaban de los muros y columnas interiores. En el vértice interior de las paredes, sobre la cabeza de los comensales, los dueños hicieron escribir en letra gótica estas inolvidables palabras que don Miguel de Cervantes y Saavedra colocara en la boca de su Quijote, señor del fiel Sancho:
"Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra".
El bar-restaurante tenía cierto atractivo para la gente del mundo del espectáculo y las artes escénicas hacia los años setentas, entre otras razones, que por la proximidad con la entonces sede de la Estación de Televisión del Canal 13, en donde hoy se encuentra el Centro de Extensión de la Universidad Católica. Pese a no ser un recinto de grandes características, tenía prestigio y fama, haciéndose conocido por sus parrilladas.
Pero suponemos que, por las restricciones horarias y las calamidades de la recesión económica de los años ochenta, no se pudo mantener por más tiempo abierto a "El Sancho Panza" en Santa Rosa, obligándole a cerrar sus puertas este local en la primera mitad de la década que tantas nostalgias provoca en nuestros días. Cerca de dos décadas funcionó allí, según me han comentado. Desconozco si existe alguna vinculación entre este Sancho y el conocido restaurante de José Domingo Cañas, llamado "El Solar de Sancho Panza".
Como sea, coincidió que, hacia 1984, llegaba a Chile un joven matrimonio de origen coreano, con la intención de instalarse con un local de expendio de comidas en el Centro de Santiago. Se establecieron en él y comenzó así una nueva vida para el mismo, hoy llamado "La Punta". Un pequeño colgante colocado por la "Mama" oriental (la dueña) sobre el acceso al sector de cocinas del nuevo bar-restaurante, recuerda aquel año en que llegaron al país para instalarse con su negocio.
En un principio, el matrimonio ofrecía comida coreana y otros exotismos en el restaurante, pero poco funcionó. Mejor asesorados, comenzaron a vender comidas típicas chilenas: prietas con arroz, perniles con papas, parrilladas, sándwiches de arrollado, churrascos, mechada, etc. Éxito total: "La Punta" se convirtió en uno de los más famosos locales tradicionales del centro, en su privilegiada ubicación cercana a la Alameda.
Su enorme barra, calculo que de unos 10 metros o más, ofrece a los parroquianos los traguitos más tradicionales de la ciudad. Unos de ellos son los famosos chicha-pipeño, pero que algunos rechazan temiéndole propiedades laxantes. Una enorme botella de chicha roja cuelga de un pivote hacia el fondo de barra, inclinándose sobre su peso y sus varios litros cada vez que un cliente pide la mezcla, que se sirve con rodajitas de naranja. Tampoco puede faltar el terremoto, que en "La Punta" se sirve con abundante helado, pintado al fernet hasta el borde del vaso, lo que, combinado con la conveniencia de los precios, lo pone para mi gusto entre los mejores tragos de este tipo que se pueden encontrar en Santiago. Por supuesto que están también los pisco sour, las cervezas y el infaltable Schop. Al final de la barra, el cliente puede distraerse mirando un antiguo y hermoso grifo schopero, de estilo bávaro y con coloridas ilustraciones de paisajes onda bosque de cuentos de príncipes y magos.
Lo más extraño es que "La Punta" conserva rasgos eclécticos de toda su historia como local del centro: cuelgan aún lámparas metálicas que engalanaron alguna vez a "El Sancho Panza". Espejos enormes reflejan las espaldas de las camareras, y una más moderna máquina rockola toca música desde el lado del pilar central de local. En la pared Sur, la bandera chilena yace enmarcada recordándonos en qué país estamos. Las mesas, unas cojas y otras niveladas, reciben a todos los variados clientes: estudiantes, trabajadores, profesionales y parejas. Yo siempre preferí la cómoda soledad de sus asientos fijos en la barra, allí, de cara al cartel del muro que fija a los clientes la setencia de "servido y pagado", escrito a pulso.
Una sala apartada y con puertas propias, aísla del resto del local a los que la solicitan con reserva. Sobre los extremos de la barra, grandes televisores coreanos transmiten canales de cables privados y, de vez en cuando, alguno que otro evento nacional, como partidos de fútbol o el Festival de Viña, haciendo girar las cabezas de los visitantes. Así me gasté toda plata que dura en equivalentes a "terremotos" una presentación de Tom Jones en Viña, hace un par de años.

Por mucho tiempo han atendido en este local dos de las camareras que, probablemente, sean de las más queridas de todo Santiago: la pelirroja Eli y la "cholita" Magda, venida al país desde su Lima natal. Muchas veces vi cómo los clientes les regalaban pequeños obsequios, como chocolates o golosinas. También vi ocasiones en donde fue insultada por su nacionalidad, por alguno de esos mismos borrachos que nos endosan a los buenos patriotas sus cargos de intolerancia. Afuera, la "Mama" tira de vez en cuando los restos de comida a unos simpáticos perritos regalones, que duermen en el acceso rara vez atreviéndose a entrar al local. De cuando en cuando entra un vendedor de manís (yo le compraba el que trae merkén) y un artesano de goletas en miniatura.
Y sobre los muros, en el rincón de "La Punta", allí donde se juntan los ejes de la ebriedad y la depresión, aún se mantiene escrita la enseñaza contra la ingesta abusiva de vino, que el manchego de la triste figura le hiciera a su regordete escudero... No obstante, que los comensales del bar-restaurante escasamente le dan crédito.

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