domingo, 2 de noviembre de 2008

LA NOCHE EN QUE LA CUECA URBANA SE ALZÓ CONTRA EL “JALOGÜEN”

Coordenadas: 33°26'53.18"S 70°39'2.69"W
No tengo una idea clara de cuándo se metió exactamente el “Halloween” en la (in)cultura nacional. Fue de a poco, sin duda, partiendo por la puntita. Pero sí recuerdo que, hacia mediados de los años noventa, no estaba instalada aún en la sociedad santiaguina este exotismo. Lo sé porque llevaba años y años buscando una máscara como la del asesino serial Jason en el filme “Viernes 13”, mismas que ahora venden como baratijas acá, al aproximarse la fiesta "yanqui", como dirían algunos con algo de desprecio-envidia.
Tengo particularmente clara en la memoria una tarde de entonces, en la que me burlé sin piedad de un compañero universitario oriundo de Antofagasta, Carlitos, cuando me confesó que en su ciudad los niños se disfrazaban en la Noche de Brujas a la usanza gringa y salían a pedir dulces. Me reí con sorna, casi atacado por las carcajadas, de sólo imaginar una criolla ciudad imitando tradiciones de los Estados Unidos, e incluso le pregunté si allá le llamaban “Hallowinka” a la fiesta.

Qué ironía: poco más de una década después, veo en mi propio Santiago a los niños vestidos con pobres trajes comprados en calle Meiggs, en Mapocho o en el supermercado del barrio, caminando disfrazados de cuanta porquería se puede y mendigando dulces.
Cada sociedad está en derecho de aceptar o rechazar estas introducciones. No hay discusión al respecto... Sin embargo, además de la evidente diferencia presupuestaria entre la tradición americana del Halloween y la patética adopción transcultural nuestra, veo que acá las mamás casi por instinto deben salir a acompañar a los niños, pues resultaría impensable dejar los críos abandonados a los peligros de su cacería de golosinas, al revés de como sí lo hacen los gringos, en otra demostración de la artificialidad cosmética de nuestra supuesta paz social, peor que la del mismo país al que le copiamos (y muy al pedo) la Noche de Brujas.
Y que me perdonen las damas, pero visualizo en las mamás “modernas” la principal causa de la incorporación de esta impostura entre nuestras costumbres urbanas, al alentar a los cabros chicos a disfrazarse. Por supuesto que el encargo de hacer las compras de trajes ridículos, capas de nylon y máscaras de plástico a veces queda en manos de los papás, a quienes se le endosa la responsabilidad de darle al nene el mejor Halloween de su vida o traumarlo de por vida al hacerle sentir como un marginado, pero por algún lado está entrando en cada familia este patrón de consumo dirigido a niños. Culpar a otros de nuestra propia ignorancia (fíjense cómo, todavía, algunos insisten en llamar “Hallowey” a la fiesta) es inmoral e irreal.
El problema es estar azuzando al regalón de la casa a copiar a sus amigos que, a su vez, copian a lo que ven en la televisión, misma donde los noticiarios también alientan a copiar “la tradición” (sic) que “llegó para quedarse” (me esperanza el que hayan dicho lo mismo alguna vez del espantoso baile Axé). Es decir, copia de copia de copia.
Ya me rendí a la tendencia, por su puesto: me tocó comprarle a mi retoño una guadaña de plástico en el supermercado, por lo mismo. Cuando fui -de malas ganas- un creativo había tallado la cabeza de calabaza pero en un zapallo, en una góndola de la entrada, al carecer del fruto original para las famosas caras. Decoración ad-hoc. ¡Qué original!, pero se vería más apropiado para el chileno en una sandía con harina tostada o en un melón con vino.
Admito que es entretenida la historia del Halloween. Del verdadero Halloween, quiero decir. Me ha tentado desde la adolescencia. Todos de mis amigos que casualmente viajaron a Estados Unidos en esa época quedaban comprometidos a traerme cualquier baratija de recuerdo.
La celebración, sin embargo, se remonta a los sacerdotes Druidas, a tradiciones paganas del Samhain, a su traslado hasta América por inmigrantes europeos. Hasta Stonenhen y las más milenarias referencias al Camino Jacobeo aparecen en su baúl. Está rodeado, así, por una tradición enorme, pero complementada por películas, por literatura y toda una iconografía propia, acumulada en años de práctica y desarrollo en las generaciones.
El día mismo, 31 de octubre, víspera del ancestral Día de los Muertos (que la Iglesia católica convirtió eufemísticamente en el de “Todos los Santos”), tiene una carga propia que ha llegado también a Chile desde tiempos coloniales, coincidiendo por ello con ciertas manifestaciones religiosas y folclóricas que, sin embargo, no servirían para respaldar esta tontería que constituye la adopción transcultural del Halloween. Nadie más que yo es feliz en este mundo de terrores y tinieblas, del que fui alguna vez un asiduo coleccionista. Pero de ahí a vestir rapaces con harapos baratos y mandarlos a repetir “dulce o travesura” (ni siquiera rima en español) casa por casa, me bajo señores.
Afortunadamente, el bendito folclore urbano nos ha dado una alternativa a todos los santiaguinos que nos irritamos con las pavadas y las fiestas temáticas de la noche de Halloween: “La Fiesta Antijalogüen”, celebrada desde hace cuatro años en la corriente aún medio-subterránea que se mueve entre los exponentes de las generaciones nuevas de la cueca de Santiago. Cuecas de rotos, mismas que provienen de los tiempos de las chinganas y las fondas instaladas tempranamente en Santiago, historia portadora también de sus propios misterios y enigmas, no existiendo claridad ni siquiera sobre sus orígenes y la época que le viera nacer.
"Los Gatos":
La impronta no puede ser más paradójica: cueca contra Halloween. El pañuelo contra la máscara… La jarra de vino contra la calabaza de cartón.
La última Fiesta Antijalogüen, cuarta versión ya desde 2005, tuvo lugar en un sitio emblemático: el restaurant “Las Tejas” o, como sus dueños lo presentan también en una inscripción pintada al fondo de su pequeño escenario, “El Palacio del Terremoto, en alusión a nuestra tradicional bebida de pipeño y helado de piña. Hemos dedicado ya algún posteo a este refugio de la cultura urbana chilena.
Así, un rincón de Santiago, perdido en la oscuridad histórica de los viejos teatros desaparecidos de calle San Diego, se salvó aquella noche del 31 de octubre de quedar ahumado con la neblina de lo ajeno y lo extraño; la misma de los niños capitalinos pidiendo dulces mientras sus mamás los vigilan con un cigarrillo encendido y cagüineando con las amigas del vecindario, más atrás.
El encuentro fue notable. Vinos, cervezas, terremotos. Parrilladas, chorrillanas, bistecs a lo pobre. Pero, por sobre todo, cuecas; muchas cuecas, inteligentemente sazonadas con alguna astuta cumbia e incluso un ska por ahí, entre medio. Las sillas se hicieron pocas, cosa que no importó a los bailarines, algunos de los cuales agitaron el pañuelo desde las 22:30 horas en que empezó la música en vivo, hasta las 5:00 de la mañana, cuando terminó la fiesta. Algunos no bailan, pero acompañan desde sus mesas manejando hábilmente panderos, lo que me confirma que pertenecen también al círculo.
"La Gallera":
El ambiente es alegre, tranquilo. No vi ni una sola riña, cosa extraña de encontrar en Santiago en un sitio cargado a la tomatera. Todos parecían conocerse, y encontrarse con viejos amigos entre tantos asistentes no fue raro. Algunas de las damas presentes eran jóvenes e incluso maduritas muy, muy atractivas. Lo bueno del roto chileno, del roto cuequero, es que por estricto código siempre es respetuoso con ellas, así que también me resultó grato ver –por algunas horas al día siquiera- que no todos los chilenos somos los pervertidos llenos de represiones sexuales ni los “empelotadores” con la vista que uno se encuentra habitualmente en la calle, intentando violarse a las minas con sus silbidos y churros invasivos (y jurando que con eso “matan” de galantería, los muy atorrantes).
¡Qué curioso me resulta esto, entonces! Cuando estoy entre lo que es mi verdadero país, me siento en un sitio extranjero. Es tan distinto lo que se es en realidad, comparado con lo que se quiere o se cree ser.
Vivimos una realidad social totalmente fingida, artificial, engañada; con una especie de policía mental incorpórea, que intenta decirnos qué pensar, y que promueve el pésimo acto del “piropo” insolente como una supuesta buena cualidad de todo “masho shileno”. Ahora nos intentan convencer que el Jalogüen también nos pertenece y que llegó para quedarse. Por eso puede caber allí, en tanta maqueta vacua, la imitación burda de un Halloween. Pero acá, en cambio, en esta fiesta en “Las Tejas”, está la realidad sin simulaciones, donde no cabe la otra cosa que la cueca y el sutil cortejo del roto invitando a la dama a bailar, tocándola suavemente con su pañuelo sobre el hombro.
"Los Porfiados de la Cueca":
Aquí nadie necesita ponerse el disfraz de género sintético ni sacarles los cosméticos a la mamá para pitarse de vampiro. Basta sólo eso: un sutil toque de tela. Como lo visualizara Nicolás Palacios, lo más granado de nuestra raza chilena está acá, entre estos mismos hombres, entre estos rotos.
La jornada “Antijalogüen” comenzó con “Los Gatos”, una agrupación fundada en Puente Alto. La masiva salida de los bailarines a la pista fue instantánea, a pesar de que ellos, como buenos y orgullosos músicos, por alguna razón consideraban que el público estaba un tanto frío y constantemente le alentaban a acalorarse. A mí, en cambio, me pareció estupenda la comunicación entre el grupo y la audiencia. Lástima que la calidad del sonido no haya estado a la par de los ritmos, sin embargo, presentando algunos problemas durante toda la noche y con todas las bandas que le siguieron.
Todos los cuequeros bailan a su estilo. Existen elementos comunes que le dan esencia a la cueca urbana y uno los identifica con facilidad. De hecho, le son tan propios que no parecen semejar a ningún otro baile de estas latitudes, según mi impresión, pese a la insistencia con que se le asocia a la zamacueca tradicional y a bailes de folclore americano más estilizados. Sin embargo, las diferencias, las individualidades y los sellos personales se imponen entre los danzarines, más notoriamente en los hombres. Aquí uno puede comprender la naturaleza acalorada del debate histórico sobre el origen de la cueca: vertiente española, origen árabe, influencias araucanas, reminiscencias afro-moriscas, afro-esclavas, orientación zoomórfica, religiosa, ritual, etc... Parece haber un poco de todo y cada cual ve y practica sólo su parte.
"Los Tricolores":
Tras los aplausos de despedida y la primera pausa, vino “La Gallera”, notable conjunto que, a pesar de cultivar una cueca tan urbana como la de “Los Gatos”, practica un sonido que me parece más rústico en el buen sentido, musicalmente más clásico y propio de lo que podría esperarse de las viejas chinganas de principios de la República. Es casi milagroso escuchar canciones y arreglos similares a los que uno podría haber oído en la “Calle de las Fondas” de Esmeralda, hace doscientos años o más. Parece un viaje en el tiempo: la fantasía de un registro fonográfico fuera de contexto cronológico.
El plato de fondo vino con “Los Xfia2 (Porfiados) de la Cueca”, los organizadores del evento “Antijalogüen”. Entraron en casi total oscuridad, con las famosas cuerdas de la escena del asesinato en la ducha en el filme “Psicosis” de fondo, y simulando estar vestidos con disfraces de fantasmas que se quitaron con desprecio para luego iniciar la que sería la más larga de las sesiones de cueca de esta noche, según recuerdo con lo que tres terremotos adentro, ya a esa hora, me permiten. Su seguidilla de cuecas que fue como una avalancha.
Podría pensarse que, tras la potente presentación de “Los Porfiados”, el público tiró la esponja y guardó otra vez los pañuelos en el bolsillo… Pero no fue así. En el local ya no cabía un alfiler y con dificultad podía pasar yo entre los bailarines para tomar las fotografías que aquí muestro. Así, pese a todo, a las horas de danza y jarana, de comida y bebida, los comensales no tenían intención alguna de sentar las nalgas.
Fue en este momento que toma posiciones e inicia su propia progresión de canciones la agrupación “Los Tricolores”, una de las más populares del circuito en estos momentos y que, según descubrí anoche al escucharlos por primera vez en vivo, manejan con extraordinaria versatilidad su música, pudiendo imprimirle variedad y marcas de expresión a una cueca. Fue una presentación sorprendente y recomendable. No quisiera aventurarme en definir las características de su estilo, pero no hay duda: lo tienen, y su sello cuequero es sumamente propio.
Finalizó en el programa un peso pesado de la tradición: “Los Chinganeros”, una de las bandas más antiguas que existen y que ha ido renovando generacionalmente a sus miembros, todos ellos avezados músicos de la escena folclórica, dignamente llamados “maestros” en este círculo de los cultores. Nuevamente, se siente algo de rusticidad esencial en el escenario; una especie de convicción de que aquello que se oye es casi lo mismo que podían oír y bailar los rotos chilenos del siglo XIX.
La noche “Antojalogüen” revela, además, que la confraternidad que existe entre estos grupos es notable. Ojalá aprendieran de ellos otras bandas chilensis, más cercanas al rock y al pop, y en las que el egocentrismo y el narcisismo parecen ser lo único que impera, salvo cuando deben cerrar filas en asuntos gremiales y cuidar sus intereses corporativos.
"Los Chinganeros":
En la cueca, los maestros beben en el mismo vaso del aprendiz y viceversa. Nadie se mide o se agrupa por la edad, sino por el prestigio. Los músicos se intercambian, colaboran y se “apañan” entre las bandas. Un acordeón y un contrabajo reaparecen en los mismos y talentosos dedos. Mi amigo, Juan Pablo “Muñeco”, el mismo que yo viera nacer en la música cuando a principios de los años noventa intentáramos con una banda de garaje-punk, no se limitó a rascar las cuerdas de la guitarra en su posición en “Los Porfiados” durante la fiesta, sino también en “La Gallera”, su segunda agrupación, y hacia el final, metió su cuchara en los últimos temas de “Los Chinganeros”. El veterano y respetado percusionista Jorge Salinas, rompió sus baquetas en “Los Tricolores” y luego en su banda histórica, “Los Chinganeros”. Marcelo Muñoz, por su parte, no sólo es la voz principal de “Los Porfiados”, sino que hizo también de animador y Señor Corales de esta noche.
Ésta ha sido, así, una declaración principios de la fuerza folclórica urbana en contra de un Halloween instalado ya en la Republic of Chili. Un Manifiesto para impedir que terminemos celebrando también hasta el Día de Acción de Gracias. Como acá todo es pobre, sin embargo, seguramente habrá una gallina vieja en lugar de pavo… O mejor dicho, uno de esos baldes llenos de presas de pollo frito del Kentucky.
Mientras el Muñeco se sienta al lado mío satisfecho por la jornada, conversamos sobre la intención del encuentro: ¿Cambiará algo con una opción Antijalogüin? Poco importa: como en el caso del legendario guardia romano encontrado chamuscado y abrazando su lanza entre las ruinas de Pompeya, arrasadas por la escoria volcánica, sólo queda resistir si no te gusta. El soldado murió en su puesto de centinela, que soportó allí todo, porque no le dieron la orden de retirarse. La cueca, que resistió a desaparecer desde la clandestinidad y la marginación por tandas décadas, es la mejor arma y garantía de resistencia cultural, si así se la quiere llamar.
Pero la noche de las brujas cuequeras tenía que terminar. Afuera, los niños habían colgado ya sus trajes y dormían abrazados a su botín de futuras caries. Los pájaros cantaban por la Alameda Bernardo O’Higgins y por el Paseo Bulnes, anunciando la llegada inminente del amanecer. La noche en que la cueca desafió al Halloween, entonces, había culminado.
Me voy con el Muñeco cargando su guitarra ardiente tras la larga jornada de motores prendidos, y nos vamos juntos hacia nuestras guaridas, lejos de acá, pero cercanas entre sí. Comemos un sánguch’e potito en el camino al colectivo de San Martín con Alameda. Los ritmos, las guitarras y los ripios me siguen sonando en la cabeza. Los panderos, las secuencias, las vueltas. Se me ha convertido en la música incidental de esta noche, que me acompaña, y ha conseguido sacarme de la calabaza que tengo en la cabeza esos chiquillos con disfraces picantes y estirando canastas.
En la víspera del Día de los Muertos, pero con la cueca más viva que nunca, sí se ha instalado entonces, una tradición gracias al Halloween: cuál otra, que su propia Némesis, el “Antijalogüin”... El soldado de Pompeya sigue en su puesto.

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