lunes, 24 de noviembre de 2008

LA CAPITAL ANTES Y DESPUÉS DEL TERREMOTO DE 1647

Este texto corresponde a las páginas 62 a 69 de la obra “Historia Urbana del Reino de Chile”, de Gabriel Guarda O.S.B. (Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1978). Ya antes hemos visto algo sobre el fatídico terremoto de 1647 y el Señor de Mayo, que dieran origen a una procesión anual y que se realiza hasta nuestros días en el aniversario del desastroso sismo.
Se ha adelantado que Santiago consolidó su posición como cabeza de Reino, como hecho indiscutible, por efecto de la devastación de las ciudades del sur. Interesa observar su desarrollo en el siglo XVII, pues constituye el único ejemplo claro de avance como centro urbano.
En el momento del desastre era tan reducida su capacidad, que los vecinos no tienen los medios indispensables para socorrer a las monjas clarisas de Osorno que, refugiadas primero en Chiloé, se trasladan luego a Santiago, confiando en que la capital las podrá sustentar. El Cabildo les niega la entrada y durante un buen tiempo deben permanecer en un pueblo cercano, El Monte, viviendo de la caridad de los franciscanos, hasta que el vecindario de Santiago se decide a afrontar su mantenimiento. La tarea más difícil de las autoridades, en este momento, es absorber a los fugitivos del sur, dándoles una colocación adecuada; durante un buen tiempo sólo se oyen lamentaciones y clamores sobre pobreza colectiva, mientras las instituciones públicas y privadas carecen de los mínimos medios económicos para superar los problemas que, finalmente, son conjurados por la ayuda regia, las cajas virreinales o la caridad pública del vecindario de Lima.
El respiro comienza conde el momento en que el establecimiento del situado ejército deja sentir su alivio a la colonia exhausta. “Después, como los caudales crecieron –comenta Rosales- y los ánimos se ensancharon, se edificaron casa muy curiosas, unas de piedra y otras de adobes con portadas curiosas de ladrillos, acrecentándose cada día el adorno y ajuar de las casas con vistosas pinturas y mucho homenaje…” (1)
Según el Oidor Celada, en 1610, Santiago cuenta con doscientas casas (2), pero en 1614, según el exactísimo cómputo de Vázquez de Espinosa, su número asciende a 346, entendiéndose que de ellas 285 son buenas y 61 de poco precio. En este momento hay establecidas 44 tiendas de mercaderes (3). La mejor descripción de la ciudad, antes del gran temblor, podemos extraerla de Ovalle no sólo por lo bien escrita, sino porque está hecha con amor, lo cual, por lo demás, debe servir para ponderar con cautela los datos que puedan ser producto, más que de la realidad, de su entusiasmo.
“La planta de esta ciudad –comienza- no reconoce ventaja a ninguna otra y la hace a muchas de las ciudades antiguas que he visto en Europa, porque está hecha a compás y cordel en forma de juego de ajedrez, y lo que en éste llamamos casas, que son los cuadrados blancos y negros, llamamos aquí cuadras, que corresponden a lo mesmo que decimos en Europa islas, con esta diferencia, que éstas son unas mayores que otras, unas triangulares, otras ovadas y redondas, pero las cuadras son todas de una mesma hechura y tamaño, de suerte que no hay una mayor que la otra y que son perfectamente cuadradas; de donde se sigue que de cualquiera esquina en que un hombre se ponga ve cuatro calles: una al oriente, otra al occidente y de las otras dos al septentrión y a mediodía, y por cualquiera de ellas tiene vista libre, sin impedimento hasta salir al campo. Cada una de estas cuadras –continúa- se divide en cuatro solares iguales, de los cuales se repartieron uno a cada vecino de los primeros fundadores y a algunos les cupo dos; pero con el tiempo y la sucesión de los herederos, se han ido dividiendo en menores y menores, de manera que se ven ya hoy en cada cuadra muchas casas y cada día se hacen más divisiones”.
Ovalle explica detenidamente el sistema de riego vigente en la planta de Santiago, adelanto importantísimo, pero que para el lector europeo debía constituir una gran novedad; “con que no viene a haber en todo ella –dice al respecto- cuadra ni casa por donde no pase un brazo de agua muy copioso que barre y lleva toda la basura e inmundicia del lugar dejándolo muy limpio, de que también se sigue una gran facilidad en regar las calles cuando es necesario, sin que sean menester los carros y otros instrumentos que se usan en otras partes…”. Distingue nuestro autor que “no beben de esta agua sino los animales”, pues los habitantes la extraen de pozos y fuentes.
Las calles centran por un momento su atención, especificando que su anchura les permite el cómodo tránsito de tres carrozas a todo lo ancho y a un tiempo, pero de entre todas destaca la vieja Alameda, que es descrita con valores que han persistido.
“Una calle sola hay –dice- muy ancha, que tendrá de espacio tanto como cuatro o cinco de las ordinarias y podrán caber juntas unas doce o quince carrozas. Esta quedó al lado del sur y corre de oriente a poniente, desde el principio al fin de la ciudad… llámase ésta la Cañada, y aunque al principio no pasaba de allí la ciudad ni se estendía más adelante, ha ido creciendo ésta de manera que se ve hoy esta Cañada cercada de huertas y estudios del uno y otro lado… Es esta Cañada absolutamente el mejor sitio del lugar, donde corre siempre un aire tan fresco y apacible, que en la mayor fuerza de verano salen los vecinos que allí viven a tomar el freso a las ventanas y puertas de la calle, a que se añade la alegre vista que de allí se goza, así por el gran trajín y gente que perpetuamente pasa, como por las salidas que hay a una y a otra parte y una hermosa alameda de sauces con un arroyo que corre al pie de los árboles desde el principio hasta el fin de la calle. Y el famoso convento de San Francisco, que está ilustrando y santificando aquel sitio con una famosa iglesia de piedra blanca hecha de sillería y una torre a un lado de lo mesmo, tan alta que de muy lejos se da a la vista a los que entrar de fuera: es de tres cuerpos con sus corredores y remata el último en forma de pirámide; es de muy airosa y de lo alto de ella se goza por todos lados de bellísimas vistas que son de grandísimo recreo y alegría”.
El itinerario que recorre Ovalle no puede ser más exacto y sugerente y, entre otros valores, tiene el mérito de acreditar que ya entonces Santiago es una ciudad con efectos estéticos finamente cuidados, con valores urbanos propios donde, dentro de un desenvolvimiento orgánico, se han ido enriqueciendo determinados espacios, lugares de tránsito, remansos y ciertos edificios que, a manera de hitos, relacionan la ciudad con el ámbito rural y geográfico.
Lugar destacado ocupan las plazas: cita las de San Saturnino, Santa Ana, la de la Compañía, que distingue con el calificativo de placeta, agregando que existe una de éstas frente a cada iglesia de las distintas órdenes. Párrafo especial le merece, evidentemente, la Mayor: “…sobre todas es la plaza principal donde está el mayor comercio de los negociantes, mercaderes y pleiteantes. Los dos lienzos que caen al oriente y al sur están todavía a lo antiguo –puntualiza-, aunque se han hecho en ellos de nuevo muy buenos balcones y todos los altos con buen ventanaje para ver los toros y demás fiestas que allí se hacen. El lienzo que cae al norte, -en cambio- está todo de soportales y arcos de ladrillo, debajo de los cuales están los oficios de escribanos y secretarías de la Audiencia y Cabildo y en los altos están al principio las casas reales con corredores a la plaza y las salas del Cabildo y regimiento, y en medio están las salas de la Real Chancillería con otras pertenecientes a ellas, con sus corredores asimismo a la plaza, y por remate las casas reales, donde viven los ministros del Rey y están las salas de la Contaduría y tesorería real y sus oficiales”.
Completa el escenario de la plaza mayor el costado poniente donde campean la catedral y el palacio episcopal. La primera es “de tres naves fuera de las capillas que tiene a la una y otra banda… toda de piedra blanca, fundada la nave principal de en medio sobre hermosos arcos y pilares todos asimismo de piedra de muy airosa y galana arquitectura”. Por un acta del Cabildo, de diciembre de 1631, conocemos la fecha de la construcción del obispado, con fachada de altos a lo largo de todo un solar, a la plaza, en cuyos bajos instalábanse las dependencias del Cabildo eclesiástico y en su planta superior la residencia del prelado (4). Ovalle se refiere a ese conjunto en los siguientes términos: “las famosas casas episcopales con un curioso jardín y muy alegres piezas y cuartos altos y bajos y soportales de ladrillo, con corredores a la plaza, que si como hermanan con el lienzo septentrional tuvieran igual correspondencia por la parte del sur y del oriente, fuera una de las más galanas y vistosas plazas que hay, porque es muy grande y perfectamente cuadrada”.
Nuestro autor especifica que todos los edificios, fuera de los cimientos, que son de piedra tosca extraída del cerro de Santa Lucía, y “fuera de algunas portadas y ventanaje, que hay de molduras de piedra blanca o de ladrillo”, son de adobe, agregando que “lábranse ahora mejores casas, más altas y más autorizadas y lúcidas que a los principios… Es esta ciudad –asegura en un rapto de entusiasmo- la cabeza del Reino y una de las mejores de las Indias, excepto la de Los Reyes y Méjico, que son más ricas…” (5).
Todo este digno escenario, producto de un esfuerzo paciente y sostenido, desapareció el 13 de mayo de 1647 en las ruinas del “gran temblor”, que dejó la ciudad en el mismo estado que en sus comienzos, con el agravante del cansancio acumulado en un siglo de luchas, de un verdadero agotamiento.
Es necesario decir en este punto que los terremotos fueron un flagelo común a la gran mayoría de las poblaciones de América. Será una constante, en cambio, que los de Chile sean normalmente los más fuertes y devastadores. El calendario de los experimentados por la sufrida colonia es nutrido y algunos como el de 1575, que abarcó de Concepción a Chiloé, con epicentro en Valdivia, maremoto, y derrumbe de cerros en las fuentes del río, el lago Riñihue, o los muchos parecidos de Concepción, todos con salida de mar de proporciones inigualadas en el resto de América. El de 1647 parece haber sido el más violento acaecido en el continente, con el agravante de haber tenido su epicentro en la capital y caracteres de terremoto en las zonas comprendidas entre Choapa y Colchagua, a este lado de la cordillera, y toda la provincia de Cuyo, al otro.
Abundan las descripciones del fenómeno, como las crónicas de todo dantesco; su recuerdo perduraría con caracteres legendarios y el espectro, para algún día, de su repetición, como un fantasma para la castigada ciudad, que en “un instante de tres credos en medio de ser o no ser ciudad, de ser o no ser mil vidas, de ser o no ser una población hermosa, un territorio fértil vestido de fábricas a quedar yermo…” (6).
Cayeron todas las construcciones, excepción hecha de la nave de la Iglesia de San Francisco, “cien leguas de edificios”, como explicará gráficamente la Audiencia al Rey, con muerte de un millar de habitantes, cifra que, dentro de la población total de entonces, significaba un porcentaje muy elevado. Fue tal que, en un momento dado, antes de iniciarse la reconstrucción, se planteó la pregunta de si no era llegado el tiempo oportuno de mudar la ciudad de sitio, prevaleciendo la idea de mantenerse en el antiguo por los censos que gravaban muchas propiedades, cuyas extinción habría significado automáticamente la de las instituciones que beneficiaban. (7)
En cuanto se supo la noticia en Lima y Madrid, las instancias oficiales comenzaron a arbitrar los socorros que se estimó más oportunos para la reconstrucción; fuera de las limosnas (8), se eximió al vecindario de buena cantidad de impuestos y gabelas (9).
Lentamente, iniciándose los trabajos, pudiéndose estimar que hacia 1700 la reedificación de Santiago estaba casi concluida (10).
De las ruinas del gran temblor surge una ciudad nueva, de arquitectura más baja o en todo caso, muy robusta; se reconstruyen, según el gusto del momento, todas las iglesias y conventos, como todos los edificios públicos y privados, con la impronta de lo que la técnica contemporánea determina como asísmico. Disponemos de una investigación muy amplia relativa a la situación de la nueva ciudad, la cual, sobre la documentación proporcionada por diversos archivos permite conocer, como tal vez en ninguna otra etapa de su historia, los datos precisos sobre sus diferentes aspectos (11).
La planta de la ciudad ocupa 330 hectáreas edificadas y 66 de viñas dentro de la traza; ésta se ha ido desarrollando bastante más allá de sus límites primitivos, tanto en la Chimba, al norte del río Mapocho, al oriente del cerro Santa Lucía, al poniente, hacia la antigua chacra de Diego García de Cáceres, ahora del Marqués de la Pica, como al sur de la Cañada, detrás del convento de San Francisco y el Hospital de San Juan de Dios. La intervención del Cabildo en la regulación de estos desbordes ha sido parsimoniosa: sólo en 1687 se viene a preocupar de que las calles del último sector citado están mal abiertas e imperfectamente trazadas, dictando normas reguladoras.
Hay dentro de la ciudad un total de 997 propiedades y sus habitantes, de los 4.986 que le asigna el Oidor Solórzano en 1657, han aumentado de once a doce mil hacia 1700; la tendencia del crecimiento demográfico de la capital es a duplicarse cada cien años, ello, no tanto por causa del aumento vegetativo de la población local, cuanto por la inmigración interna.
La composición de los distintos elementos raciales de la población ha sufrido una alteración harto elocuente en relación al siglo anterior: a un gran aumento de la población blanca ha correspondido un descenso proporcional de la india, que mantiene su cifra, a pesar del aumento general; negros y mulatos han multiplicado enormemente su proporción, mientras los mestizos apenas la han duplicado. El cuadro siguiente, obtenido de la comparación de los datos arrojados por los libros de bautizos resulta muy ilustrativo al respecto (12):


 
Años 1581-1595
%
1681-1696
%
españoles
366
19
2.880
56
indios
1.313
67
1.015
19,5
mestizos
144
7
215
4
mulatos
83
5
717
14
negros
37
2
331
6,5
Las calles están componiéndose con calzadas de piedra canteada –veredas- construidas a costa de los propietarios, en cuyos bienes se inventaría esta obra, no obstante su uso público; el Cabildo patrocina entre 1686 y 1690 la construcción de las correspondientes a la calles que parten de la plaza, mientras el Rey costea las que corren delante de los edificios públicos de aquel recinto. Las únicas calles pavimentadas comienzan a ser las de la misma plaza; la concesión de 1672, por parte del Rey, el producto del ramo de Balanza para la fábrica de diversas obras públicas, permitirá el aderezo de las calles, la construcción de los tajamares y, luego, de la Casa de Recogidas y Cabildo (13).
El Presidente Juan Henríquez hace fundir una hermosa pila de bronce para el abasto de agua potable en la plaza mayor, la que es conducida por tubería subterránea a partir de las cajas de agua, en el costado norte del Santa Lucía, junto a la calle de La Merced, al igual que las que surten a los conventos; existe una profusión de pozos dentro de los solares, no empleándose para el consumo de la población, como dijo el padre Ovalle, las aguas del Mapocho, siempre turbias, sino la traída de la quebrada de Ramón.
De 146 edificios descritos en inventarios 5 cuentan con trece o más habitaciones; 22 con siete a doce; 38 con cuatro a seis; 29 con dos a tres; y, 27 son ranchos con una sola habitación, no especificándose el número que tienen 25, tratados en los documentos consultados, sólo en forma genérica.
Todos los edificios públicos tienen dos plantas en su fachada principal: el Palacio de Gobierno, la Real Audiencia y el Cabildo, todos en sus sitios tradicionales al costado norte de la plaza, con balconería corrida en el segundo piso. El costado sur de la plaza tiene ahora fachada uniforme igualmente de dos plantas, con portales de correcta arquitectura; ya se dijo que los lados oriente y poniente están inconclusos, por lo que el Obispo arrienda una residencia en el sector norponiente de la traza.
Fuera de la catedral y de las iglesias conventuales y monasteriales hay tres parroquias: El Sagrario, Santa Ana y San Isidro; capillas en la Audiencia y el Cabildo; y, en otros puntos céntricos, las de Salguero, San Saturnino, San Lázaro y El Socorro; oratorios hay en palacio y en numerosas casas particulares; prevalece la Ermita de Monserrat y ha surgido una nueva, la de Nueva Señora del Camino, en la salida a Pudahuel. Fuera de sus torres, los documentos mencionan otras “torres” en casas privadas, las que no son sino mojinetes o altillos sobre portadas y zaguanes.
Hay en la ciudad diecisiete maestros sastres, fuera de oficiales y aprendices; cinco sombrereros; trece zapateros; treinta carpinteros; cuatro silleros; veintiséis herreros: dos estriberos; tres armeros; cuatro caldereros; tres espaderos; dos fundidores; dos albañiles; un cantero y un carrocero y calesero, todos maestros, lo que hace ascender a un número bastante alto la población artesanal, incluidos oficiales y aprendices. De dieciséis maestros plateros, dos lo son en el arte de la plata y oro. Curtiembres hay tres, con tres maestros zurradores y muchos curtidores; en Renca, muy próxima a la ciudad, hay una cuarta. Al igual que fábricas de jarcias y textiles, hay varias industrias, todas de vecinos de la ciudad, incluidas las nuevas de Bucalemu y Choapa, productora la última de unas famosas alfombras denominadas, como resulta obvio, choapinos; se fabrica también balleta, jerga, cordellate y jarcias. La loza y alfarería de cerámica se produce abundantemente y se exporta; fuera de la loza fina que fabrican las monjas clarisas hay dos fábricas llamadas ollerías. La fábrica de ladrillo del capitán Vicente Carrión Montesinos provee a la totalidad de las construcciones de la ciudad, asentándose numerosos contratos por partidas superiores a las cien mil unidades. Hay seis molinos y dos géneros de amasijos, los caseros y los de amasanderas; estos últimos ascienden a treinta y nueva. El producto de las 66 hectáreas de viñas –el 20% de la superficie de la ciudad- se reduce a vino en los mismos predios que lo producen; el 71% de estas viñas está en el sector de la parroquia de Santa Ana. Hay finalmente una carnicería, una pescadería y una heladería –la nevería- de propiedad del Cabildo, atendidas por concesionarios con precios fijos; en 1694 la población consume diariamente 4.500 fanegas de pan.
Santiago cuenta con todos los servicios propios de una ciudad importante. Sin contar los bienes eclesiásticos, fiscales ni municipales, el avalúo de la propiedad privada arroja un total de 1.548.700 pesos; sobre él pesa un gravamen de 533.396 pesos, especialmente por censos, pues las hipotecas son poquísimas y se conciertan por plazos no mayores a cinco años. Según el jesuita Fanelli, después de Lima, Santiago es en 1698 “la mejor de toda la América meridional, tiene mucha nobleza y el número del pueblo será de cuarenta mil almas (sic)…” (14).
El momento del terremoto, según la revista "El Penenca", mayo de 1909.
NOTAS
1.- Rosales Historia General, I, 836. Vid. Las cédulas de 14 III y 2 IX, 1607; sobre las dificultades para admitir en la ciudad a las clarisas de Osorno en 1603. Cfr. Colección de Documentos Inéditos de la Historia de Chile (CDIHCh) XXVI, 471. Sobre la reedificación de iglesias y monasterios destruidos por la guerra y sobre que se envíen 20.000 ducados del Perú para la recuperación de los habitantes del Reino, Vid. Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 108, 109, 260, 289, 55; González de Nájera (Desengaño y reparo... 81) dice: “La ciudad de Santiago es sola la que ha quedado en él [Reino], que tenga partes de grandeza para poderse llamar ciudad…”
2.- Gay, Documentos, II, 195.
3.- Vázquez de Espinosa Compendio... Nº 1926; González de Nájera le asigna alrededor de trescientos (Desengaño y reparo... 11); Carvallo Goyeneche cita cierto informe del Cabildo según el cual en 1631 “en 250 casas que había no llegaban sus vecinos, moradores y mercaderes a más de 450 hombres capaces de tomar las armas” (Descripción histórico-geográfica, II 31). Tanto por ser un número redondo, como por el contexto del documento, que persigue un fin reductivo, nos inclinamos por los guarismos de Vázquez de Espinosa. Según Tesillo en 1641 el sitio de la ciudad es capaz de innumerables vecinos, “no tienen quinientos” (Guerra de Chile, 31).
4.- Actas: 29 XII 1631.
5.- Ovalle Histórica Relación… I, 266-279. Vid. La descripción de Rosales, Historia General, I, 386.
6.- Carta de la Audiencia al Rey. 13 V 1647 (Gay Documentos, II, 361; Cfr. Rosales Historia General, III, 367.
7.- Cfr. la carta del licenciado Polanco al Rey, 7 VI 1647 (Gay Documentos, II, 471 y 462); Rosales indica que murieron ochocientas personas dentro de la ciudad y mil doscientas en sus términos (Historia General, III, 366).
8.- Vid. Acta de la distribución de la remitida por Virrey Marqués de Mancera, 16 IV 1648 (Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago [MM] 140,9 y 234 A, 284) y los diez mil ducados solicitados por el Procurador General de la Compañía de Jesús (Ibidem 141, 25).
9.- Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 309, 96 y 98.
10.- Llama la atención, sin embargo, que en todo este período de 53 años no se edifiquen edificios importantes en el costado oriente –donde prevalece un predio para una matanza y faena de vacunos- y su opuesto, el poniente, en el que la Catedral, aparece rodeada de un camposanto, aun en el lugar de las antiguas casas episcopales. Sobre el terremoto de 1647 Vid. Archivo Gay Morla, Archivo Nacional de Santiago (GM) 15 y 17; RA 480; Medina, José Toribio, Manuscritos Inéditos Biblioteca Nacional de Santiago (MM) 137, 140, 142, 147, 234 A, 242 y 309; de Amunátegui, Miguel Luis: El terremoto…; González Chaparro: Relación… y Villarroel: Relación del terremoto…
11.- Agradecemos a Armando de Ramón el acceso a su estudio inédito aún durante la redacción de nuestra obra.
12.- Fanelli: Relación… 140.
13.- El Presidente Juan Enríquez imparte instrucciones en 1671 para el empedrado de las calles, su mantención y limpieza; Marín de Poveda dispondrá la continuación del empedrado a cuenta de los vecinos pudientes para sus posesiones y las de los pobres, a las rentas de la ciudad (Carvallo Descripción histórico-geográfica, II, 160 y 192). El acuerdo del Cabildo relativo al pavimento data de 7 VII 1659, estampándose en él que “atento al mal tratamiento que con el terremoto las calles están muy maltratadas, se hagan en ellas calzadas, que puedan andar carrozas en ellas con comodidad, empedradas como lo están las calles de todas las ciudades” (Colección de Historiadores de Chile, Santiago [CHCh] 35, 450).
14.- Fanelli: Relación… 140.

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