miércoles, 10 de setiembre de 2008

TRES DÍAS 11 DE SEPTIEMBRE EN LA HISTORIA DE SANTIAGO

Tazas de recuerdo en venta en un local de Estación Central, con las caras de los ex mandatarios Pinochet y Allende. Chile es un país dividido en dos polos. Lo ha sido siempre, de una forma u otra. Tres sucesos ocurridos en días 11 de septiembre, han dejado su huella.
…1541
Como vimos en otro posteo, el nombre de la ciudad evocando al Apóstol Santiago, según la leyenda, habría nacido de su intervención divina contra las huestes indígenas que arrinconaron a los conquistadores tras su paso desde el valle del Aconcagua a la cuenca del Mapocho.
Poco duró la providencia y la buena suerte de los hispanos, sin embargo, porque la recién fundada aldea de Santiago del Nuevo Extremo estaba próxima a ser arrasada por las fuerzas del cacique Michimalongo (o Michimalonko), abandonada ya por la protección del Apóstol.
Demás está decir que la ciudad era muy distinta a la de hoy, en esos días: la mitad era de residencias (de chozas a solares, mejor dicho) y la otra era un campamento militar. Muchas de las tiendas de los soldados habían sido levantadas por el cerro Santa Lucía, que era entonces un peñón estéril y rocoso sobre el cual se habría fundado la ciudad en febrero, según dice la tradición más que la historia. El día 7 de marzo, don Pedro de Valdivia organizó el primer Cabildo de Santiago, nombrándose en él dos alcaldes y seis regidores. Con algunas intrigas y maniobras, consiguió ser designado Gobernador en junio siguiente.
Los indígenas de los valles cercanos habían hecho demostraciones de paz para con los españoles durante el Parlamento del Cerro San Cristóbal, al que llamó Valdivia, llegando incluso a participar de la construcción de las primeras casas, según las cartas que escribe el conquistador. Sin embargo, el desalojo de algunos de ellos desde las zonas ocupadas por el incipiente poblado y las sensaciones de abuso no tardaron en poner en alzamiento a los habitantes de las comarcas, comenzando una sublevación en los lavaderos del Marga Marga, azuzados por el sagaz caudillo Michimalongo.
En una riesgosa decisión, Valdivia decidió enfrentar los alzamientos a pesar de que Santiago estaba virtualmente rodeado por todos sus costados. Con tal propósito, partió hacia el Sur con 90 de sus hombres, atacando primero a los indios del Cachapoal. Los caciques locales fueron detenidos en forma preventiva, permaneciendo en la propia casa de Valdivia. Entre ellos estaba el curaca Quilacanta.
Craso error: la furia del Michimalongo se dejó caer con ocho mil hombres sobre el poblado del valle del Mapocho, el día domingo 11 de septiembre de 1541, durante la ausencia del Gobernador. Y sí: éste fue el primer 11 de septiembre de Chile.
Los españoles, cuya resistencia era de sólo 50 hombres dirigidos y asistidos en sus heridas por doña Inés de Suárez, la amante y compañera del conquistador, hicieron lo que pudieron para contener el ataque, pero los indígenas literalmente pasaron el arado por la ciudad, quemando todas las chozas, destruyendo los campamentos, saqueando los víveres y matando a los animales de los corrales.
Se dice que doña Inés supuso que el ataque podía ser para rescatar a los siete caciques detenidos, por lo que partió hasta las celdas y los mató uno a uno, arrojándole al enemigo las cabezas, aunque por razones que no tenemos claras escritores como Vicuña Mackenna consideran esto más cerca de la fábula y ponen en duda lo que se testimonió al respecto. Como sea, la embestida final de la fuerza de caballería detuvo el ataque, pero cuando el ensañamiento ya había sido total. Otra historia dice, sin embargo, que fue doña Inés la que frenó a los agresores al decapitar a esos jefes prisioneros y tirar sus cabezas a los pies de las fuerzas indígenas.
René León Echaiz, basándose en las crónicas de Gerónimo de Vivar, concluye que los grupos de indígenas que se alzaron aquel 11 de septiembre, fueron los siguientes:
- Los del Aconcagua, directamente dirigidos por Michimalongo
- Los del Maipo, dirigidos por Millacura (el mismo cacique que había aconsejado a Valdivia fundar Santiago en el valle del Mapocho)
- Los del Pico o “Picones” del sector de Melipilla
- Los del Valle del Mapocho, dirigidos por el cacique Huelen Huara (el del cerro Huelén-Santa Lucía)
- Otros indígenas del caserío del valle, que no fueron identificados
Aunque sólo dos españoles murieron, los heridos se contaron por montones. 23 caballos se perdieron en la revuelta, y apenas sobrevivieron en los corrales un cerdo y una pareja de pollos, con los cuales se logró reproducir y recuperar la cría de aves. Los españoles realmente creyeron que fue la intervención de la voluntad de Santiago Apóstol, Santo Patrono de la ciudad, la que salvó a la naciente urbe de la ferocidad de los indígenas, al retirarse estos pese a su superioridad.
Inés de Suárez decapita a los caciques prisioneros durante el ataque a Santiago (dibujo de Enrique C. Eberhardt).
El primer foco de levantamiento indígena había terminado, mas la rebeldía y la resistencia permanente al español, recién había comenzado.
Valdivia ordenó reconstruir la ciudad y erigió con ayuda de los indios leales a su gobernación la primera iglesia de Santiago del Nuevo Extremo. Gastaron todo el verano siguiente trabajando en levantar nuevamente el poblado. Tiempo después, Michimalongo se alió también a los españoles, pero volvió a darles la espalda, siendo ejecutado en el Sur.
La destrucción de Santiago, aquel 11 de septiembre, dejó sembrada una curiosa semilla de recurrencia histórica que se repetirá a lo largo de los siglos en Chile, “internacionalizándose”, más tarde.
…1973
La mañana del 11 de septiembre de 1973, la ciudad supo finalizado “de golpe” el proyecto del Presidente Salvador Allende y la aspiración de la Unidad Popular de conducir en el país un proceso social revolucionario, la “vía chilena al socialismo, con sabor a empanadas y a vino tinto”. Llantos para unos y festejos para otros, como siempre. Por curiosa ironía, ese mismo siglo, en 1924, el 11 de septiembre también había sido una fecha señalada en el calendario por un golpe militar, precipitando fin a la República Parlamentaria.
Tras los mil días del Gobierno de Allende y de conflictos con una oposición mayoritaria en el Congreso y en la distribución de los poderes de la política partidista, el país había caído en la peor polarización social, como aquella que no se veía desde la Guerra Civil de 1891. Opositores y gobiernistas habían perdido las riendas de sus propios grupos, comenzado los enfrentamientos violentos, los atentados y los crímenes políticos desatados. Por ambos lados, los dos ejes internacionales de poder de la Guerra Fría intervenían directamente en la crisis, empeorándola y precipitando los hechos. El Gobierno no consiguió apoyo popular en las elecciones: del 36,3% obtenido en las presidenciales de 1970, subió a 49% en las municipales de 1971, pero cayó al 43,3% en las parlamentarias de principios de 1973, contra el 55% de la opositora Confederación de la Democracia.
Para entonces, dominaba la destrucción de la economía, el caos por los abusos y la pérdida de control en la aplicación de la reforma agraria en los campos y la decisión de algunos de los propios personeros de la Unidad Popular de optar por la vía de la confrontación social para consolidar el socialismo en Chile, desautorizando la buena voluntad que intentaba expresar el Presidente y la pretensión de la “vía chilena” pacífica y democrática. Paralizan camioneros y mineros. Las mujeres salen en masa a la calle a protestar y realizar “cacerolazos”, siendo duramente reprimidas en más de una ocasión. Agentes de grupos izquierdistas extranjeros en Chile cometen asaltos y atentados, participando en hechos de sangre. En las industrias intervenidas por el Gobierno cae la producción, estancándose en la ineficiencia y la ineptitud administrativa.
La derecha clamaba a gritos un golpe; la izquierda exigía una inmediata revolución. Del clamor al acto violento, sólo un paso. El ex ministro Edmundo Pérez Zújovic había sido asesinado en 1971 por dos criminales indultados por el propio Allende, en otro de los infaustos sucesos que condenarían el destino del proyecto popular y la ruptura del "juego limpio" con la Democracia Cristiana. Los del otro lado de la línea de batalla, disparan a muerte contra el Edecán Presidencial, Comandante Arturo Araya Peeters, en 1973... El aire ionizado huele ya a guerra civil. Y Allende intuye lo que sucede: se ha comentado alguna vez que, en sus últimos meses, había comenzado a estudiar con detención el caso del Presidente Balmaceda y su famosa declaración póstuma, quizás conciente de estar atrapado en ese mismo ciclo histórico chileno del que fuera víctima aquel mandatario, y que se traduce en la crisis de gobernabilidad y choques con fuerzas de sublevación cada 40 años.
En tanto, el mercado negro controlaba la mayor parte del comercio real y el desabastecimiento reinaba en las ciudades, a veces dirigido por los propios miembros de las Juntas de Abastecimientos y Precios designadas por el Gobierno, por un lado, y por el otro por inescrupulosos comerciantes opositores que retenían la mercadería para aumentar el desabastecimiento y la ira contra el régimen. La impresión de billetes sin respaldo condujo a la inflación descontrolada y al empeoramiento de todo.
El descontento creció como un incendio y el cuestionamiento a la legitimidad del gobierno fue hábilmente explotado por los enemigos de Allende, para arrastrar la situación hacia el punto final de quiebre, que ya parecía inminente y como única salida de la crisis. El 29 de junio del último año de la UP, había tenido lugar el “tanquetazo” que, más que un intento de golpe, fue una advertencia de lo que se vendría una semana antes de las Fiestas Patrias… La advertencia del próximo “11” en camino.
Allende y su guardia armada en La Moneda, el día del alzamiento militar
En fin, ése era clima del día 11 de septiembre de 1973 que todos los santiaguinos esperaban enfrentar una vez más, al oír el sonido del despertador esa mañana de martes.
Pero algo más había estado sucediendo por debajo, lejos de la sulfurada atención pública. Poco antes y en una medida desesperada, Allende había incluido altos jefes militares en su Gabinete. Esto sólo aceleró los hechos, pues las ramas castrenses ya habían comenzado a discutir la idea de deponer al régimen socialista. La renuncia a la jefatura del Ejército por parte del General Carlos Prats, en agosto, selló así el futuro de la “vía chilena al socialismo” y las aguas de la sublevación militar ya estaban listas para el alba de aquel día.
Los admiradores y descendientes de Allende han propuesto que el Presidente preparaba anunciar un plebiscito específico para definir la continuidad del Gobierno, pero esto es algo dudoso dado lo adversas que le resultaron las parlamentarias de marzo. Y aún si se hubiese realizado esta consulta, que bien podría haber evitado todo el desastre posterior, los últimos pasos de Allende en La Moneda parecen dirigidos enteramente a la idea sincera pero ilusa de contener un conflicto social hasta conseguir, de un modo u otro, el fortalecimiento en el poder por la vía de la negociación con los partidos opositores, aunque en los hechos el mando presidencial ya era bombardeado sin piedad y desde todos sus costados por sus enemigos políticos.
Cabe recordar que, sólo unas semanas antes, el Congreso Nacional había aprobado un Acuerdo de la Cámara de Diputados donde se denunciaba un comportamiento inconstitucional del Gobierno, algo que era sostenido también por la Contraloría tras el rechazo del Ejecutivo a promulgar las reformas económicas aprobadas por el Legislativo para la Constitución Política. Es claro y evidente el propósito de estas decisiones: exponer las justificaciones al eventual derrocamiento del gobierno. Entonces, uno de los personajes más nefastos de la historia de Chile, culpable directo de haber empujado la grave situación en tan sensibles momentos hacia el enfrentamiento que él predicaba como “necesario y fundamental” en el proyecto socialista chileno y quien ya tenía a esas alturas un plan de escape listo en caso de alzamientos militares (que efectivamente ejecutó), cometió el desatino de intentar infiltrar a la Armada tras una reunión secreta realizada con los marinos a principios de septiembre. La Armada pidió el desafuero de este Senador, petición que alcanzó a ser acogida por la Corte Suprema casi en la víspera del golpe.
Para muchos, esta imprudencia escandalosa fue la chispa final que convenció a los golpistas de dar marcha a los planes para el martes 11. Para otros, sólo sirvió de excusa final que necesitaban los cuarteles para derrocar a Allende. La decisión del levantamiento militar se tomó por los miembros de la Junta que asumiría el poder, integrada por el General en Jefe de Ejército Augusto Pinochet Ugarte, el Capitán General de la Armada José Toribio Merino, el General en Jefe de la Aviación Gustavo Leigh Guzmán y el General de Carabineros César Mendoza Durán, que en el acto asumió la jefatura de su institución.
Aquella noche del día 11, se escucharon movimientos de camiones y vehículos pesados por las calles, perturbando el sueño de algunos en horas de la madrugada. La Intendencia de Valparaíso los notó y dio aviso a Santiago. Allende se presentó en La Moneda muy temprano, cerca de las 7:00 de la mañana. Exactamente a las 8:42, las radios Minería y Agricultura comienzan a informar sobre el alzamiento y se exige a Allende entregarle el poder a la recién formada Junta Militar. El alzamiento había comenzado.
Las cadenas y cordones de guerrilla que habían intentado armarse precisamente para contener una asonada como ésta, no alcanzaron a reaccionar conforme se había planeado para una emergencia y todos los focos de resistencia terminaron siendo aplastados, en algunos casos tras fuertes enfrentamientos. No pocos se dedicaron a armar maletas rápidamente y correr a refugiarse, dejando atrás las armas para las que habían jurado servir en favor de los trabajadores que alentaron a hacerse parte de esta etapa feroz de los planes revolucionarios.
A las 9:45, llegan los tanques a colocarse en el entorno de La Moneda. Su guardia armada de Allende se encontraba allí, por lo que la Junta Militar le dio plazo hasta las 11:00 horas para entregarse y abandonar el edificio, o éste sería bombardeado y asaltado.
Comprendiendo que todo se había acabado, entonces, Allende da su famoso último discurso por la radio Magallanes, a las 10:15 horas:
“¡Trabajadores de mi Patria!: Tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán de nuevo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! , ¡Viva el pueblo!, ¡Vivan los trabajadores!”
“Éstas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”
No se entrega, y ordena hacer salir a las mujeres. Ha decidido no rendirse a los alzados ni pasar por la humillación de juicios y acusaciones que seguramente le harían. Como ochenta años antes lo hiciera Balmaceda, prefiere la muerte. A las 10:30, La Moneda comienza a ser atacada por los tanques. La respuesta de los francotiradores y guardias de Allende no logra repelerlos. A las 11:52, los aviones Hawker Hunter bombardean el palacio presidencial. Las columnas de fuego y humo se levantan sobre la ciudad.
Todo se acaba. Los militares entran al primer piso, Allende se suicida disparándose en la barbilla, aparentemente con el mismo fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro, durante su controvertida visita a Chile. Por décadas sus defensores harán correr una y otra vez el mito internacionalizado de que Allende fue asesinado por los militares, que sigue siendo acogido por propagandistas en desmedro de su heroísmo y férrea voluntad personal de no entregarse.
A partir de las 15:00 horas se declara el toque de queda en todo Chile. Santiago se convierte en una capital tomada; en un cuartel del tamaño de una ciudad. Siendo de los pocos civiles autorizados a transitar por las calles, los bomberos de las Compañías de la zona centro acuden a apagar el incendio de La Moneda y otros focos. A las 18:00, los miembros de la Junta se reúnen en la Escuela Militar, siendo aclamados como héroes por los presentes y también por varios medios de comunicación. Por cadena nacional, celebran el triunfo de la asonada.
Los partidarios del golpe, que es casi seguro eran de la mayoría de la población (aunque esto moleste a algunos “revisionistas”), colocan banderas chilenas fuera de sus casas y festejan en el encierro lo sucedido. No fue sólo en barrios aristocráticos, como sostienen algunos historiadores ladinamente, y en contra de lo que se ven en registros de imágenes que se conservan de aquellos días y que rara vez se difunden. Y como también sucediera con los que dieron la espalda a Balmaceda, muchos de ellos saborearán el pan amargo del arrepentimiento, tiempo después... En tanto, otros, caerán en la desgracia aún peor, tras haber apostado toda su audacia al bando perdedor; o escaparán a refugiarse a embajadas de países extranjeros, sin más mochila que la frustración y el miedo.
Habían comenzado los 17 años del Régimen Militar en Chile, que aún generan pasiones de amor y odio.
…2001
Es el día 11 de septiembre del año 2001. Martes, tal como el de 1973.
Se han cumplido exactamente tres meses desde la ejecución por inyección letal del terrorista Timothy McVeigh, autor del sangriento atentado explosivo contra el Edificio Federal Alfred P. Murrah de Oklahoma City, en 1995, donde murieron unas 170 personas, muchas de ellas niños.
Con mi padre, quien me trae generosamente en su vehículo hasta mi lugar de trabajo en el centro de Santiago, llegamos de alguna manera al tema de la ejecución de McVeigh, mientras conversamos sobre nuestro propio 11 de septiembre y la proximidad de las protestas con quema de neumáticos que el lumpen realiza todas las noches de este día en el año, con la autorización implícita de la politiquería populachista tan ajena al verdadero sentido de aquellas fechas.
Son cerca de las 9:00 de la mañana, un día despejado, típico de la transición entre el invierno y la primavera. Comentamos aún lo extraño del caso McVeigh: el terrorismo surgido de la desesperación y el deseo de venganza, creyendo con ello restaurar la justicia mundial. El criminal no tenía malas razones para su ira, en este caso: el sangriento y brutal asesinato de la familia del activista blanco Randy Weaver en 1992, por parte de agentes del FBI, y el escandaloso asalto e incendio del cuartel davidiano de Waco, Texas, que cobró la vida de 75 personas al año siguiente, produjeron el cortocircuito final en la conciencia de McVeigh y su indignación contra el abuso del poder absoluto.
Un pronóstico sale allí, en la conversación: el terrorismo será la forma de guerra del futuro... La forma en que los débiles buscarán equiparar a los fuertes, contra los intocables, atacándolos por sorpresa, por la espalda, con sus propias armas secretas, con sus propios métodos arteros usados lejos de la vista oficial. Lo ejecutarán con el sentimiento moral y religioso de estarlo haciendo amparados en el derecho de la justicia; si no es esta justicia, empapados en la de los hombres, será una peor de autorización divina, esa donde todo está permitido. Y, para más coincidencia, estamos de acuerdo en que Estados Unidos corre un riesgo enorme. Sus recientes intromisiones en Medio Oriente y en la ex Yugoeslavia le pasarán la cuenta. No será grato. Nadie querrá ver lo que podría suceder. McVeigh fue su anticipo, sólo eso, y no lo peor para la Casa Blanca. No aún
McVeigh fue la advertencia del “11” para los Estados Unidos, concluimos sin mencionarlo explícitamente, y nos despedimos esa mañana. Cada cual para su trabajo.
Quién lo diría. Al llegar a mi lugar de labores, en el quinto piso de un edificio de calle Victoria Subercaseaux, al lado del cerro Santa Lucía, todos allí, jefes y empleados, están en la oficina principal reunidos en torno a un televisor. Miran cómo una precaria grabación de video muestra un avión comercial arrojándose sobre una de las Torres Gemelas de New York. Es una imagen surrealista, sacada de una pesadilla o una distopía. Algo inimaginable, convertido en pura y cruel realidad. Qué escalofriante coincidencia.
Las Torres Gemelas siendo atacadas en vivo, en los extras noticiosos chilenos
Hacia las 8:45, el primer avión secuestrado fue arrojado contra en la Torre Norte del World Trade Center. A las 9:02, el segundo avión hace lo propio contra la Torre Sur, ante todas las cámaras que transmiten en vivo para el mundo. A las 9:37 es atacado de la misma manera el Pentágono, o al menos eso nos dicen entonces. Los escalofríos se mezclan con la sensación de ser un simple e inútil espectador, incapaz de hacer algo, incapaz de ayudar, y condenado sólo a mirar y conmoverse.
Estados Unidos está bajo ataque. Se ha cumplido la profecía maldita del nuevo terrorista.
Aparecen más imágenes. Las veo miles de veces. Nadie trabaja, y la autorización para no hacerlo es tácita. Todos miran bajo la hipnosis del dramatismo las escenas que recorren el mundo. A las 9:59, el mundo ve en directo cómo se derrumba la Torre Sur. Y a las 10:28, cae la Torre Norte. Todo en directo.
En la hora de colación, encuentro el mismo escenario en mi restaurant regalón de entonces, el “Cantábrico”, ahí a la salida de la Estación del Metro Universidad Católica. Todos comen mirando la atormentante secuencia. Apenas le apuntan con la cuchara a la boca abierta. Lo mismo sucede afuera, con muchedumbres detenidas frente a las ventanas donde hay televisores encendidos. El imperio “quiso ser Roma, pero sólo llegó a ser Cartago”, dirá después una editorial de la revista Ciudad de los Césares.
Quién podría creer que un acontecimiento del otro hemisferio paralizó completamente a una ciudad del Tercer Mundo. No faltó el tonto histérico y megalómano que creyó que también la capital de esta republiqueta perdida en el mapa, podría estar corriendo el mismo peligro que New York.
Recibo una llamada ese mismo día, mientras miro y miro. La agencia de viajes que es nuestro cliente en la publicidad de turismo, me pide parar la producción de unos avisos con viajes a los Estados Unidos para el verano. Al poco tiempo, menos de una semana, nos solicitarán sacar con edición photoshop la imagen de los desaparecidos edificios desde una postal panorámica de la ciudad de New York, para poder seguirla usando en sus ofertas de viajes... El mundo ha cambiado, pero incluso así debe seguir su curso.
No hay duda, entonces: el mundo ha sufrido una trasformación definitiva este día. Y como siempre sucede, unos aplaudirán y otros llorarán los sucedido, pero todos sentirán el cambio, de una forma u otra.
En los hechos y en la conciencia colectiva, el 11 de septiembre, nuestro 11, primero de Santiago, y luego de Chile, volvió a ser desplazado a una instancia mayor, y esta vez quizás sea para siempre. Ya no es el nuestro, sino del mundo.

1 comentario:

  1. buen articulo.

    eso si,le faltó agregar que una de las grandes razones del ataque de michimalonco a la joven santiago se debió al anterior ataque de valdivia en el valle del aconcagua en el cual michimalonco fue tomado prisionero y obligado a entregar a valdivia sus lavaderos de oro del marga-marga mas 1200 esclavos indigenas como prenda de pago.

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