martes, 2 de septiembre de 2008

LA TERRORÍFICA HISTORIA DE “LA LOLA” DEL MAPOCHO

Autores como Oreste Plath, Heriberto Espinosa Correa y Julio Arancibia han escrito distintas versiones sobre una vieja y extraña leyenda santiaguina: “La Lola”, un misterioso engendro habitante de las riberas de ríos cordilleranos, que baja desde las montañas andinas para horrorizar y acosar a los habitantes del valle central.
En las noches de invierno, cuando golpean el viento y la lluvia, los gritos quejumbrosos de “La Lola” suenan a lo lejos, erizándole los pelos a quien logre escucharlos. Una versión dice que, al oír estos lamentos, se cae irremediablemente muerto y sin posibilidad alguna de salvar la vida. Su nombre provendría de un término indígena que significa “Tierra Muerta”. En vida, la mujer se habría llamado Dolores, y habría enloquecido tras una tragedia familiar, al ser asesinado su amado. Su odio fue tal que ha sobrevivido al tiempo y a la propia muerte.

El río Mapocho es uno de los sitios que acogen la leyenda de esta criatura infernal que asume de forma impostora el aspecto de mujer, remontada a los tiempos en que la cuenca santiaguina era fundamentalmente territorios de cultivo y ganadería.
“La Lola” baja por el río, desde el sector de Vitacura, para sembrar el pánico entre los habitantes de Santiago. Algunos la identificaban con el Diablo en persona, cuando comenzaba a llorar con alaridos escalofriantes que se escuchan desde el lecho del río, con esa encarnación siniestra escondida e invisible en la oscuridad.
Parte de la leyenda dice que nadie la ha visto jamás ni la conoce. Como las bestias extraterrenales de Lovecraft, la sola contemplación de este ser es imposible para los meros ojos de un mortal. Sin embargo, Plath comenta que es representada como una mujer blanca y fantasmal, cubierta con un sudario de nieve, que atraviesa el frío y la nieve de la cordillera con el rumbo extraviado. Le temen por igual arrieros, pirquineros, campesinos y viajeros que se le crucen.
Su temible presencia en el río se explicaría también porque las aguas arrastran hasta la ciudad el dolor y el sufrimiento de su calvario, tan vivos y orgánicos como ella.
Justo Abel Rosales, en su libro sobre el Puente de Cal y Canto, dice que justo en el mes del "temblor grande" del 5 de noviembre de 1822, el mismo puente comenzó a llenarse de extrañas visitas de pájaros blancos gigantes y, más espeluznante aún, gritos y llantos de una invisible mujer, que eran llevados por el viento o produciendo extraños torbellinos en las aguas, cuales "sirenas" del Mapocho. ¿Sería la temible "Lola", intentando aterrar a los que profanaron su río con semejante obra arquitectónica, caída en 1888?
En otros casos, “La Lola” tendría características como de ninfa o sirena, con una seducción fatal para los hombres, haciéndoles caer por desfiladeros, quebradas y barrancos, o ahogarse en las aguas del río. Si su voz es tersa y clara, sin embargo, su presencia es buena. Si, en cambio, suena ronca y áspera, es mala; pésima. Los constantes suicidios e intentos de quitarse la vida que protagonizan personas que se arrojan a las aguas del Mapocho serían, entonces, los que cayeron dominados por su hechizo.
Muchos denuncian aún ruidos misteriosos y aterradores en las noches, junto a los puentes y las barreras del río Mapocho. Ruidos perturbadores, confusos, como de una mujer sufriendo o, acaso, riendo malvada y sarcásticamente.
Río Mapocho en el siglo XIX, vista del Tajamar (obra de Carlos Wood).

1 comentario:

Felipe dijo...

Si no es la "Lola del Mapocho", de todas maneras penan por ahí: cuántos suicidas, cuántos ajusticiados, e incluso los mismos ejecutados del último régimen militar y lanzados al río, se unen a la historia trágica del curso principal de aguas de nuestra capital.

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