miércoles, 3 de septiembre de 2008

LA CRIPTA DE LOS CARRERA: "LA PATRIA A LOS CARRERA, AGRADECIDA DE SUS SERVICIOS, COMPADECIDA DE SUS DESGRACIAS" (PARTE I)

Don José Miguel Carrera, en grabado reproducido por Vicuña Mackenna.
Coordenadas: 33°26'15.18"S 70°39'6.71"W
No hay mentira ni parcialidad que dure por siempre. Por más que alguna afirmación se la repita y repita (y "se vuelva a repetir", que en este caso no es redundancia), nunca se convertirá en verdad sólo por el poder de la fe que le tengan sus defensores, al contrario de la filosofía wiki que impera en la red. Siempre rondarán las dudas razonables, los puntos de vista críticos y la incredulidad que genera naturalmente toda afirmación artificiosa, sostenida por mecanismos distintos a la argumentación y la solidez de la evidencia.
El paulatino redescubrimiento de la obra patriótica del General José Miguel Carrera y sus leales hermanos, casi una suerte de revisionismo a estas alturas, nos lo ha demostrado de alguna manera.
Los historiadores, principalmente clásicos de derecha, han vivido más fieles al sentimiento o’higginiano dominante en los cuarteles intelectuales, académicos y grupos más conservadores de la sociedad chilena. Algunos de la izquierda más dura, en cambio, alérgicos al uniforme y atrapados en los dogmas de discurso de clases, no han visto en los Carrera más que una pandilla de caudillos aristócratas ofensivos a las pasiones de integración latinoamericanista o al discurso popular que controla buena parte de las inspiraciones de su pluma.
Pero a veces caen los mitos y se cuestionan las leyendas intocables; se reparan hasta los tabúes.
Comenzamos a aceptar así, con sólo un cambio de enfoque, que quizás nuestro primer Presidente de la República fue Carrera, y no el Almirante Manuel Blanco Encalada, como insisten tozudamente los historiadores clásicos, aferrados como náufragos a un mero detalle semántico.
Sabemos también que San Martín y los héroes argentinos sólo vinieron a concretar un proceso iniciado por los Carrera, en algunos casos contraviniendo él las exigencias de la Logia Lautarina. Y de paso, estamos enterados ya que esta intervención platense, lejos de haber sido la garantía de libertad para Chile como insisten los admiradores de esta gesta, tuvo también un costo dramático de intervencionismo de la Logia y de crímenes políticos contra los propios patriotas, incluyendo a los Carrera y a Manuel Rodríguez.
En fin: ésta es época en que muchas puertas se abren y muchos libros se cierran.
Partimos esta pequeña síntesis de la vida de los hermanos recordando que don José Miguel Carrera y Verdugo, nacido en 1785, se encontraba en España cuando llegó hasta él la noticia de la Declaración del 18 de septiembre de 1810 y la formación de la Primera Junta Nacional, que estamos próximos a celebrar en nuestras Fiestas Patrias. Su padre, Don Ignacio de la Carrera y Cuevas, participaba de esta Junta.
Como Carrera estaba incorporado al ejército hispano, debió iniciar todo un pleito para lograr la autorización de viajar de regreso a Chile, consiguiendo este permiso recién el 17 de abril del año siguiente. Llegó así a Valparaíso el 25 de junio.
Consciente de que un proceso inevitable de emancipación había comenzado en las colonias americanas y que España las perdería a la larga, fraguó un levantamiento con sus hermanos Juan José (nacido en 1782) y Luis (nacido en 1791), los mismos con los que, según la tradición, visitaba las fondas de la calle La Chimba ganándose desde temprano el cariño de los rotos y la simpatía popular.
Tras alzarse, los Carrera colocaron un nuevo gobierno el 4 de septiembre de 1811. Sin embargo, como había total ausencia de cohesión entre las fuerzas políticas de la naciente República y el fantasma del caos seguía rondando, don José Miguel volvió a dar un golpe el 11 de noviembre y otro el 2 de diciembre, ansioso de concretar lo antes posible un gobierno legítimo, autónomo y estable. Se había instalado, así, una nueva Junta presidida por él mismo y con participación de Gaspar Marín y Juan Martínez de Rozas, luego desplazado tras su ruptura con los hermanos. Carrera se constituiría, así, en el Primer Presidente de la República de Chile, aunque esta afirmación cause escozor entre ciertos tecnicistas de la historiografía.
Sobreponiéndose a las infinitas dificultades que enfrentó su gobierno de la Patria Vieja, el General Carrera hizo hazañas formidables en este período, dándole a Chile su primera Carta Constitucional, los primeros símbolos patrios, la creación de sus instituciones fundamentales y la estructura republicana base que después sería conservada por O’Higgins y otros sucesores. Propuesto los perfeccionamientos a una de las legislaciones pioneras en el mundo de abolición de la esclavitud, además: la entonces flamante Ley de Libertad de Vientres, que reconocía como hombres libres a todos los nacidos en Chile. Gran parte de la institucionalidad con sede en Santiago, como la Biblioteca Nacional y el Instituto Nacional, se deben a su genialidad.
La motivación de los Carrera muchos la creen encarnada en la mayor de los hermanos, doña Javiera Carrera (nacida en 1781), hermosa mujer cuya participación en la Independencia de Chile también fue vital, pese a que prefería mantenerse fuera de la exposición y de la bulla pública. La primera bandera chilena (bandas azule, blanca y amarrilla) habría sido bordada por ella misma, según la tradición.
Actuar por cuenta propia en tierras ajenas, fue una provocación que sus adversarios jamás le perdonarían a los hermanos, a lo que se sumaban otras controversias y antecedentes como cierto rechazo al carácter indomable de Juan José. Y, en una disputa con el General Juan Mackenna -que ofendió a la familia con declaraciones altisonantes-, además, Luis le había desafiado a duelo de armas de fuego quedando fijado para el 21 de noviembre de 1814. Allí había muerto Mackenna, un protegido de la Logia, alcanzado por la bala carrerina en las riberas del Plata.
Tras el quiebre y distanciamiento cada vez mayor de los Carrera con los que serían miembros de la Logia Lautarina, además del apoderamiento total de ella sobre la causa Independentista que siguió al Desastre de Rancagua de 1814, don José Miguel hizo esfuerzos sobrehumanos para recuperar la libertad de su patria, aun hallándose marginado de la Expedición Libertadora y virtualmente perseguido por los lautarinos argentinos. Incluso, le sería retenida y luego arrebatada después la flota de guerra que consiguió en los Estados Unidos, casi apenas tocó puerto en Buenos Aires, siendo apresado por el Director Supremo Pueyrredón para impedir que llegase con esta fuerza a Chile justo en los días en que tenía lugar la victoria de los patriotas en Chacabuco.
El plan de los Carrera había sido, según parece, reponer a José Miguel en el mando de Chile y apartar a los lautarinos y argentinos de la Independencia chilena, cuya intervención a favor de O'Higgins ya estaba adquiriendo más características de invasión que de asistencia en la causa libertadora.
El Gobierno de Buenos Aires los consideró enemigos a muerte, ordenando apresar en Mendoza a Juan José y a Luis por sus intentos de conatos, detención que se realizó raudamente en 1817. Exiliados por la prepotente intervención platense y por sus propios enemigos suscritos entre la causa patriota, los Carrera habían continuado la lucha emancipadora en las provincias argentinas, que guerreaban contra el despotismo centralista de la capital y a favor del sistema federal. Su "prontuario" se disparó al acosar a los unionistas de Buenos Aires luchando del lado del federalismo.
El 8 de abril del 1818, tras ser sometidos a un grotesco "proceso", fueron ejecutados vilmente por un pelotón de fusilamiento cuyano, a las 18:00 horas. La orden la dio el Gobernador de Mendoza, Luzurriaga, al parecer azuzado por el siniestro Bernardo de Monteagudo, quien acababa de llegar escapando a galope largo desde Chile tras el Desastre de Cancha Rayada y creyendo que los destinos fatales de la liberación chilena ya habían sido echados. Los cuerpos de los hermanos fueron sepultados en el Cementerio de la Caridad.
Don Juan José Carrera, en grabado reproducido por Vicuña Mackenna.
Don Luis Carrera, en grabado reproducido por Vicuña Mackenna.
Doña Javiera Carrera, en grabado reproducido por Vicuña Mackenna.
Doña Javiera, en tanto, había estado residiendo en Mendoza y luego en Buenos Aires. En aquellas tierras se hallaba cuando se enteró de la dura noticia del asesinato de sus dos hermanos. Ella vivía bajo la relativa protección del capitán estadounidense David Jewett, atribuyéndoseles una relación sentimental, según sospechas. De todos modos, durante las revueltas carrerinas en las provincias, fue relegada por el Gobierno del Plata hasta Luján y luego a San José de Flores, logrando refugiarse en Montevideo.
A todo esto, la furia contra los políticos argentinos y la ira popular no tardaron en explotar en Santiago, al conocerse la noticia del repugnante crimen. Iracundo y desafiante, el 17 de abril siguiente, el guerrillero Manuel Rodríguez entró con caballo y todo al palacio de gobierno seguido de una muchedumbre, interpelando directamente a O'Higgins por su indiferencia con los asesinatos y deslizando la acusación de complicidad.
Cabe recordar que Rodríguez estaba en franca disputa con la Logia desde el exilio de los Carrera y del asesinato de su ex colaborador Neira, además del intento de la virtual disolución de los "Húsares de la Muerte" tras la reciente victoria patriota de Maipú, batalla de la que también fueron parcialmente marginados, permitiéndosele sólo una reducida participación. A su vez, San Martín, Alvarado y Monteagudo lo visualizaron desde temprano como un peligro para la permanencia de un gobierno comprometido con sus intereses, al haber resultado imposible reclutarlo entre los suyos.
En consecuencia, la osadía de Rodríguez le significaría su condena de muerte: el 25 de mayo de 1818, tras ser detenido, fue ejecutado por la espalda en Tiltil por un pelotón dirigido por el Teniente Antonio Navarro, español residente en Mendoza. Se dice que ningún soldado chileno aceptó participar de este crimen.
José Miguel Carrera entró en un frenesí de furia por los asesinatos de sus hermanos y de Rodríguez. Redobló su guerrilla federalista en las provincias argentinas y su interés por volver a Chile para consumar lo que estimaba como la verdadera libertad, derrocando a los lautarinos. Alcanzó características de leyenda humana en esas tierras, y no dejó pasar un día sin maldecir a O'Higgins y a San Martín por los sucesos que tenían lugar en Santiago, cuando se preparaba ya la expedición hacia el Perú.
Impulsado por el optimismo de sus últimos triunfos, en 1821 pretendió dar el golpe final ayudado por el Coronel Benavente, buscando atravesar la cordillera de los Andes. Las noticias decían que Córdoba y Cuyo habían pactado entregarlo a Buenos Aires, disponiendo de más de mil hombres para atacar y darle captura. Sin lograr salir de San Luis, el 21 de agosto partió con 500 hombres hasta Punta del Médano, cerca de San Juan, con el propósito de reunir una caballería acorde al interés de atravesar la cordillera. Desgraciadamente, en esta tarea fue emboscado y rodeado por 800 efectivos del Ejército de Mendoza, al mando del Coronel José Albino Gutiérrez.
Mientras se batían en retirada, Carrera, Benavente y Álvarez fueron traicionados por los jefes argentinos José María Moya, José Manuel Arias y un tal Inchauste. Fueron apresados, amarrados de pies y manos, y conducidos a Mendoza durante la noche del 1º de septiembre. Los tres fueron encerrados en el mismo calabozo y, al día siguiente, Gutiérrez exigió su ejecución, otra vez previo "proceso" totalmente viciado, tan absurdo que los acusados no tuvieron derecho a defensa contra la imputación criminal de "alucinar con el sistema de la Federación".
El 4 de septiembre de 1821, a las 11:00 de la mañana, Carrera, Álvarez y un soldado leal de apellido Monroy fueron sacados a la Plaza Mayor de Mendoza para ser ejecutados uno a uno. Al enfrentarse a las chusmas pidiendo su cabeza, Carrera exclamó desafiante: "¡Qué pueblo tan incivil".
A continuación, fue fusilado con la vista descubierta pues, al igual que sus hermanos, se negó a que le vendaran los ojos.
Ceremonia de recuerdo de los hermanos Carrera en su cripta de la Catedral de Santiago, realizada cada 4 de septiembre en el aniversario del asesinato de don José Miguel. En la imagen, colocan ofrendas don Benjamín González Carrera y doña Ana María Ried, ambos miembros del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera y descendientes del prócer.
(Continúa en la entrada siguiente)

2 comentarios:

Criss dijo...

Sinceramente, habría debatido encantado contigo sobre los puntos que quisieras proponer sobre este artículo, pero hacerlo por esta vía escrita con una persona que, evidentemente, no entiende lo que lee y además insulta, la verdad es que creo que se trataría de una pérdida de tiempo y un desgaste de energía. Saludos

nacionalsocialismo dijo...

buen trabajo. una capacidad de sintesis y se entiende muy bien la obra de nuestro heroe patrio y no te preocupes de algunos que no saben leer bien esos siempre existen

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