sábado, 23 de agosto de 2008

HÉCTOR BARRETO Y LAS MEMORIAS DE UN PASAJERO DEL SUEÑO



Héctor Barreto (1917 - 1936)

Coordenadas: 33°27'29.69"S 70°38'46.98"W (lugar de su muerte)

Hace pocos días, hicimos una pequeña semblanza sobre la vida y la muerte del poeta Jaime Rayo. Hoy recibí un mail del joven escritor e historiador Rafael Videla, recordando que este 23 de agosto se cumple el aniversario 72 de la trágica muerte de otro exponente de la prolífica generación literaria del ’38, también prematuramente desaparecido: Héctor Barreto, “El Pasajero del Sueño”, como lo define Miguel Serrano en alusión a uno de sus cuentos, en la “Revista de Libros” (“El Mercurio”, 26 de agosto de 2005).

Héctor Francisco Barreto Ibáñez nació el 10 de febrero de 1917. Desde joven vivió fascinado con la historia y la mitología del mundo clásico, explotando su altísima cultura y su nivel extraordinario de conocimientos sobre literatura e historia, pues leía hasta altas horas de la madrugada y con gran rapidez. Incluso recitaba partes completas de “El Quijote” de Cervantes.

Su encanto con la cultura greco-romana hacía que firmaba a veces sus obras con el pseudónimo de César Roman (César Romano). Sus amigos, a su vez, le llamaban Jasón, en referencia a un cuento suyo así titulado y al héroe griego buscador del vellocino de oro:

“Una luna fantástica los decidía desde el cielo. El carabel dominaba meciéndose sobre el mar azul transparente. Él había soñado el derrotero aquella misma noche. Todos tenían un fantasma dorado más allá de las pupilas. Habían sabido elegir su tripulación. Justo a la medianoche elevarían anclas y mientras se narran la historia del verdadero marino”.

Barreto era de estatura media, delgado, pálido y de ojos negros, profundos. Leía a Pablo Neruda y escuchaba a Carlos Gardel. Militaba en los equipos de atletismo y natación del Club Deportivo Neptuno; también era admirador del pugilismo. A pesar de ello, fumaba y tenía facilidad para trasnochar varios días, según sus biógrafos. Cuando contaba sus historias lo hacía en forma histriónica, con mucha gesticulación.

Su gran sueño era viajar por toda América, por tierra, para lo cual había trazado un proyecto con su amigo mecánico Di Vagio Shöder, que nunca llegó a concretarse.

Barreto y barrio San Diego

Jasón siempre andaba paseando por San Diego, buscando en las librerías ejemplares de autores como Charles Dickens, George Bernard Shaw u Oscar Wilde.

En esas visitas por el barrio, bastante más “bravo” que hoy en aquellos años, a través de Guillermo Mena y Anuar Atías conoció al pintor Fernando Marcos, otro representante de su generación en las artes nacionales. El encuentro tuvo lugar en uno de los locales de libros, propietado por sus padres de Marcos y cuando éste tenía sólo 15 años, en 1932.

Marcos recuerda que Héctor se entendía perfectamente con los tipos más “pungas” y rudos de este barrio, sin temores ni timideces, a pesar de rondar sólo los 18 años. Tenía de amigo, por ejemplo, a un tipo llamado el “Ojota” Carrillo, cuyo local era para reducir objetos robados. Carrillo producía una atracción especial sobre Barreto, introduciéndolo en un mundo oscuro y tenebroso que no dejaba de llamar la atención del joven autor.

Del Campo y Serrano mencionan también un extraño “amuleto” que Barreto andaba trayendo en sus andadas y aventuras: una cajita de madera labrada que tendría opio en su interior. La utilizaba como apoyo para sus infinitas historias e improvisaciones narrativas.

El principal sitio de reunión de Barreto y de sus amigos era el café “Miss Chile”, punto de encuentro de los escritores y desde donde surgió la Generación del ‘38. Otro de sus lugares de reunión era el café “Volga”, situado en San Diego dos cuadras pasadas de Avenida Manuel Antonio Matta, frente al desaparecido Teatro Imperial. Sería ahí donde lo encontraría la muerte, una trágica noche de invierno, precisamente.

Barreto y su generación

En el “Miss Chile”, Barreto participaba de las competencias de poetas, donde estaban los demás exponentes de su generación prodigiosa: Rosamel del Valle, Miguel Serrano, Julio Molina, Marrio Ferrero, Santiago del Campo, Homero López, Braulio Arenas, René Ahumada, etc.

Desde temprano demostró su talento con la pluma y su merecido espacio en este selecto grupo de jóvenes intelectuales. En el Instituto Nacional ganó el primer lugar de un concurso literario de 1934, con el relato titulado “La Belleza Perfecta”:

“Un terror supersticioso se apoderó entonces del rey, y ordenó, bajo pena de muerte, que nadie descorriera el velo de la estatua”.

“Y he aquí que el joven príncipe sintió una viva inquietud por descubrirla. Y muchas fueron las noches que pasó en vela a causa de su curiosidad grande”.

“Hasta que una noche, cuando todos estuvieron durmiendo, bajó hasta el jardín, que conocía muy bien porque gustaba de pasearse por él a menudo”.

“Y tomando el velo que tenía todos los colores del arco-iris, tiró de él y la estatua surgió blanquísima, iluminada por la luna”.

En su cuento “La Ciudad Enferma”, habla de una ciudad donde todos los habitantes usan máscaras a causa de una extraña peste que afecta al alma:

“Si aprieta el botón, la luz del sol asaltaría la alcoba, subirla pegándose a su lecho hasta él, le escalaría los sentidos… y el sueño estaba aún patente, ¡ah!, produciría en su alma un caos amargo. ¿Qué sería entonces?, ¿tal vez un error? Viviría su último día, el último día; bueno, siendo el suyo, era siempre el último”.

Llamó la atención de inmediato su talento con la improvisación, la narración y el uso de las ironías. Marcos recordaba que, en el “Miss Chile”, Barreto solía competir con Atías y Molina en la improvisación de un cuento, sentados en torno a una botella de vino, mientras el resto actuaba como jurado, generalmente dando por ganador a Barreto. Serrano cuenta una de esas historias improvisadas por Jasón:

Héctor seguía jugando con el vaso, dejaba que la espiral del humo de su cigarro subiera. Luego continuaba: La otra noche, estando en un antro de los suburbios, unos individuos de una mesa vecina le buscaron pendencia. Uno de ellos le insultó. Entonces le respondió, diciéndole que era un insecto, una cucaracha verde, que podía reventar con dos dedos. Y Barreto hacía el gesto de apretar un gusano. El hombre le había desafiado a un duelo a muerte. Sería a cuchillo y en las sombras de la Plaza del Roto Chileno. Durante largo rato caminaron por las calles sin cambiar palabra, hasta llegar a la plaza solitaria. Aquí desenvainaron sus armas. Y sucedió lo siguiente: su contendor le pidió que le facilitara su daga para afilar la suya. Barreto se la entregó sin titubear. Entonces el otro le atacó con las dos. Gracias a su gran agilidad pudo escapar con vida de esa aventura”.

Del Campo vivía por esos años en una buhardilla del Instituto Nacional, por lo que debía llegar hasta cierta hora de la noche o se quedaba afuera. Cuando eso sucedía, Barreto le acompañaba toda la noche, a la luz de las estrellas. Quizás, muchas de sus fantasías oníricas y astrales han de haber salido en estas jornadas. Una de sus obras más notables es el ya mencionado cuento “Pasajero del sueño”, parece retratar sus propias evasiones fabulosas, sus delirios zodiacales:

“Pero hay ocasiones en que Melimpa no mira al mar, sino a una infinita llanura de fantasía. Es un inmenso jardín. Vive el paisaje de una vegetación imposible; la luz de un astro alegre escribe dulzura sobre el color de flores rituales. Pero el corazón de un hombre se enerva en la contemplación de un panorama así de bello… Y allí está Diona que espera entre sedas halagüeñas. Tendida en un diván muelle, entre colores insinuantes…”

Barreto y la política

Según Marcos, Barreto se metió en problemas en el Instituto Nacional por su participación en protestas contra el General Carlos Ibáñez del Campo.

Eran los tiempos en que la lucha callejera había llegado a Chile, motivada por las confrontaciones políticas que sacudían al mundo en los albores de la Segunda Guerra Mundial. En Santiago, Valparaíso y Concepción, comunistas, socialistas, nacistas, los menguantes milicianos republicanos y los nacientes falangistas cristianos, se enfrentaban en las calles, dejando cantidades de descalabrados e incluso varias víctimas fatales.

Aunque Barreto había sido contrario a los compromisos políticos de parte de los artistas, en este ambiente rancio se incorporó sin avisarle a nadie a la Federación Juvenil Socialista, al conocerse la muerte del activista de izquierda Julio Llanos en una escaramuza de La Cisterna, decisión que sorprendió a varios de sus amigos cuando se enteraron. Atías, confundido con su proceder, le escribió una carta donde le preguntaba:

“No entiendo tu gesto. ¿Qué se hizo de Jasón? El arte debe vivir al margen de la política, de la acción profana”.

Jasón respondió justificando su decisión “porque le daba lástima ver a los niños pobres con los pies desnudos bajo la lluvia”. Su sensibilidad le traicionaba. Algo de estas tendencias había aflorado ya en su escrito “Ranquil. Lugar de muertos”, dedicado a las víctimas de la Masacre de 1934 en Alto Biobío:

“Pero los hombres del capital odian la alegría de vivir. La estrangulan siempre que pueden. La ahogan”.

“A cosas tan inhumanas y torpes solo puede responderse de un modo, según la ley mosaica”.

“Y el tiempo está pronto, y la verdad es que el color de la sangre no se olvida”.

“Paz para los caídos y los mártires. Paz”.

“Amén”

Aparece en 1936, entonces, su “cuento social” con el pseudónimo de Mijail Quental, titulado “La Noche de Juan”. Posteriormente, la revista bonaerense “Pan” lo publicó, logro que fue celebrado con una reunión en la que participaron autores como Latcham, Coloane y Danke:

“…Ahora comprendía lo que oía decir. Claramente. Lo único que él se ponía triste, y sus compañeros… ¡Ah, cómo bramaban! Y otros, ¡cómo arrastraban una cólera y un dolor sordos, bien dirigidos! Y él. Triste. Decididamente no tenía espíritu de lucha”.

En 1936, sumido en este contexto de politización, Barreto trabajaba de noche corrigiendo pruebas en la Editorial Ercilla, y dormía de día. Visitaba el “Volga”, lugar de reunión de los socialistas. También estaba preparando su obra “Caída sin Tiempo” y proyectaba realizar una pieza teatral llamada “Las Ratas”, cuyo fundamento era la vida de los vagabundos en Santiago. Ninguna de estas dos obras vería la luz, sin embargo, a causa del dramático fin que tuvo su vida.

Un día antes de su muerte, el 22 de agosto, Barreto hizo una visita a Serrano, quien se encontraba guardando reposo por resfrío, en su casa. Allí, Jasón le confesó su descontento con las ideologías: “Con los políticos no tengo nada en común”, llegó a comentarle, molesto porque el partido le había solicitado escribir “cuestos sociales” para la revista socialista “Rumbos”, la misma que publicó ese año “La Noche de Juan”.

Barreto y la muerte

El sábado 23 de agosto, Barreto fue a la casa de Marcos para pedirle que ilustrara uno de sus cuentos. Pero no lo encontró: Marcos estaba con Arenas y unas amigas en el “Volga”. Serrano seguía en cama. Barreto, solitario, pasó al cine y desde allí puso marcha hacia el café, tarde en la noche. Encontró allá a sus amigos casi cuando estos se disponían a salir. Pero justo entró al local un pequeño grupo de nacistas, de los mismos con los que socialistas y comunistas se enfrentaban casi a diario en la calle. Como el “Volga” era un sitio donde se encontraban socialistas y miembros de la Escuela de Artes Aplicadas, no tardaron en comenzar los cruces de palabras y las miradas pendencieras.

La discusión se armó, inevitablemente. Según cuenta Serrano, su amigo Barreto le enrostró a uno de los nacistas que los grandes personajes de la historia nunca habían sido rubios, como sostenían los defensores de la raza blanca. Antes de llegar a las manos, sin embargo, alguien llamó a Carabineros y estos se presentaron en el local invitando a los presentes a abandonarlo. Entonces, Barreto denunció a uno de los nacistas, un músico de orquesta según Marcos, que traía consigo una cachiporra, por lo que fue llevado detenido.

Al salir todos del local y retirarse Carabineros, sin embargo, la trifulca continuó afuera dado lo caldeados que quedaron los ánimos. Como estaban todos exaltados, tras ir a dejar a las mujeres, Arenas, Marcos y Barreto volvieron a la seguridad del “Volga”, pero el dueño insistía en que se retiraran. Los tres salieron en compañía de otros clientes políticamente afines, en dos grupos: uno con dirección a la Alameda y otro por Avenida Matta. En este último iban ellos, pero fueron abandonados por el resto en San Diego con Santiaguillo, calle por la que avanzaron hacia Arturo Prat mientras seguían cruzándose miradas odiosas con nacistas que se encontraban en el entorno.

Lamentablemente, los tres comenzaron a insultar a los nacistas, llamándoles “asesinos” y gritándoles “¡mueran!” a viva voz y provocándolos. Este fue el chispazo final de esa noche de pólvora. Según Marcos, todo era una trampa o una emboscada, pero nos parece más bien que todo fue producto de la precipitación de los hechos y de los ánimos confrontacionales, estimulados por la baja pasión de la política.

Al llegar a primera cuadra de Serrano hacia el Norte de Avenida Matta, por el sector de la Escuela Francisco Andrés Olea, comenzó el enfrentamiento. Y, como era común que los agitadores usaran armas en aquellos años, empezaron los disparos, alcanzando en el pie a uno de los socialistas. Todos ellos huyeron, menos Jasón, quien permaneció de pie levantando un anillo suyo sobre la cabeza mientras exclamaba desafiante: “¡Por aquí, pasen las balas por aquí!”. Luego, caminó por calle Serrano de manos en bolsillos y con su sombrero hacia atrás, ignorando el peligro de muerte al que se arriesgaba, pese a los desesperados gritos de sus amigos.

Barreto cayó alcanzado por una bala en el estómago, a unos 30 metros de Avenida Matta. Estando ya herido, uno de sus asesinos le propinó también un puntapié en la cabeza, que le fracturó el cráneo. En la revuelta, un vecino que era militar salió a defenderlo con su sable.

Fue trasladado a la Posta 2, de Chiloé con Maule, mientras estaba desangrándose. Cuando iba en camino, abrió sus ojos por última vez y preguntó enigmáticamente: “¿Quién ríe ahora, los de aquí o los de allá?”. Tras agonizar todo el resto de la noche, falleció. Tenía sólo 19 años.

Calle Serrano , 72 años después. El muro rojo es de la Escuela Olea.
(vista hacia el norte)

La cuadra de calle Serrano donde cayó Barreto, 72 años después
(vista hacia el sur)

Barreto y el adiós

Los funerales de Barreto congregaron a más de 30 mil asistentes. Los socialistas se apoderaron de su vida y de su muerte, convirtiéndolo en un símbolo de la lucha contra el fascismo, por la inevitable connotación política que adquirían todos estos acontecimientos en aquel entonces.

“El héroe está solo en su sarcófago –escribe Serrano-, rodeado de banderas y de uniformes grises, el color del pavimento en que cayó. ¿Qué saben de él aquellos que le velan montando guardia? Nada, salvo que escribió un “cuento social” llamado “La Noche de Juan”. Eso es todo. Pero también están ahí sus amigos. Mantienen las cabezas bajas y están desconcertados. Cierran el ataúd y lo levantan. Queremos coger por lo menos un extremo de ese ataúd, ayudarlo a llevar; pero el partido se opone; porque el cadáver ya es suyo; es su bandera de lucha social. Me quedo atrás y le veo partir. No puedo evitarlo, caen mis lágrimas y lloro con el llanto de verdadero camarada y del hermano”.

Años más tarde, para la “Revista de Libros”, el mismo autor recordará sobre el funeral de Barreto:

“Ahí conocí a Blanca Luz Brum, quien iba a mi lado y, al ver mis ojos húmedos, me dijo: "Ánimo, camarada", tomando mi mano y apretándola. En el cementerio, junto a la bella tumba, hecha por el escultor Banderas, con la mascarilla del rostro de Barreto muerto, que él mismo le sacara y que me había regalado esa mañana (aún la conservo, habiendo viajado conmigo por todo el mundo)”.

Al llegar al Cementerio General, el militar y dirigente socialista Marmaduque Grove emite un discurso estridente y exagerado sobre Barreto. Lo describe como alguien que desde joven había militado en el socialismo, cuando lo cierto es que su ingreso había sido reciente. También dijo que había caído gritándole a los nacistas “¡No pasarán!”, como sus compañeros españoles.

En tanto, el líder del nacionalsocialismo chileno, Jorge González von Marées, asumió la total responsabilidad por los hechos de sangre. En efecto, la Policía de Investigaciones nunca pudo precisar quiénes fueron los responsables; y los propios nacistas lamentaron por años la responsabilidad por la muerte de Barreto, como se evidencia en la carta abierta que, unos años después, le dirigiera el propio González von Marées a Serrano, tras la Masacre del Seguro Obrero. Incluso hubo rumores de supuestas imposturas en la autoría del crimen (como parece ser el sangriento caso de la estación Rancagua), versión que jamás fue respaldada por pruebas, sin embargo. Otros creen que la muerte fue en venganza por el asesinato de tres nacistas en junio, en calle Condell de Valparaíso.

En 1939, el escultor Manuel Banderas realizó el busto de Barreto mirando hacia el cielo, que fue colocado en su tumba e inaugurado el 24 de septiembre. Un hecho profundamente intrigante sucedió también en el traslado de esta escultura, ejecutado por el propio Banderas: el vehículo en que iba con la obra hacia el cementerio, chocó con otro donde iba un grupo de nacistas, dejando varios de ellos heridos.

Allí, en su cripta, fueron inscritas en su memoria las frases más elocuentes que escribió Barreto en presagio de su propia muerte:

“El color de la sangre no se olvida, no es posible olvidarlo; es tan rojo, tan intensamente rojo”.

Barreto y la trascendencia

Desde entonces, su hermano Carlos Barreto y el propio Marcos se esforzaron por mantener viva la memoria del joven poeta asesinado. Lo mismo hicieron Atías y Del Solar. Todos fueron leales a su fantasma.

Mariano Latorre incluyó a Barreto en su “Antología de cuentistas chilenos” (1938). Lo propio hizo Enrique Lafourcade en el tomo dos de la “Antología del cuento chileno” (1969).

Pero, paradójicamente, ha sido un nacionalsocialista, Miguel Serrano, quien ha hecho los más denodados esfuerzos por preservar la memoria de Héctor Barreto, a través de las menciones que hace de su amigo en trabajos como “Antología del verdadero cuento de Chile” (1938), “Ni por mar, ni por tierra” (1954), “La Flor Inexistente” (1969) y “Memorias de Él y Yo” (1996).

Al igual que varios de los amigos y compañeros del joven escritor, Serrano se incorporó un tiempo en la izquierda, inspirado en la causa de Barreto. Pero en su caso, pasó al convencimiento nacista después de la horrenda Masacre del Seguro Obrero de 1938, que también está próxima a cumplir un aniversario el 5 de septiembre. Atías, en cambio, quedó atrapado en el discurso social de Barreto, como si su espectro lo acosara por el resto de la vida.

Hace pocos años, Rafael Videla Eissmann reunió cuentos, poemas y datos biográficos del autor, publicándolos en su obra recopilatoria “Historias Ociosas: cuentos y relatos de Héctor Barreto”. La primera edición correspondió a la Editorial Riapantu (2003), y la segunda a Puerto de Palos (2004). Además, en ellas Videla publica por primera vez “La Belleza Perfecta” y un poema intitulado de Barreto, hasta entonces inéditos. Videla también participó de la reconstrucción de la obra artística de la tumba de Barreto, este año, que había sido misteriosamente vandalizada.

72 años después, Jasón sigue viviendo en el umbral de la historia y de la leyenda de esta ciudad y de la literatura nacional.

1 comentario:

  1. saludos,
    debido a unas lecturas de textos de Miguel Serrano supe de este poeta chileno,
    con esto agradeceria si me pueder compartir una pagina para leer algunos de sus cuentos,
    trate de buscarlo en internet pero solo abundan las referencias y articulos de su obra si aparecer nisiquiera un cuento de su autoria que en definitiva seria los mas importante que queda siempre pendiente y extrañamente escondido en esta red...

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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