jueves, 28 de agosto de 2008

EL ESCALOFRIANTE CRIMEN DE LAS “CAJITAS DE AGUA”

La pierna del descuartizado, en fotografía de archivos periodísticos (Revista "Vea", 1973)
Coordenadas: 33°26'11.53"S 70°38'4.99"W (ubicación aprox. sector cajitas de agua) 33°26'57.18"S 70°38'41.72"W (sector donde estaba el cité con la casa del asesinado)
En junio de 1923, Santiago de Chile era muy distinto a lo que es hoy. Su esplendor arquitectónico se reducía a los remanentes que había dejado la explotación salitrera y algunos de los edificios que hoy le dan su aspecto característico en el centro de la capital, recién comenzaban a ser levantados. El régimen parlamentario y el Estado convertido en la menos decorosa servidumbre de la aristocracia, estaban en decadencia y cerca de llegar a su fin. Con sólo medio millón de habitantes, la ciudad conocía muy poco de industrialización y los problemas sociales generados por la migración del elemento campesino hacia la urbe se notaban: miseria, marginalidad, analfabetismo, incultura.
El día miércoles 6 de ese mes otoñal, a las 16:00 horas, la Segunda Comisaría de la Policía Fiscal dio aviso urgente a la Sección de Seguridad, futura Policía de Investigaciones, sobre un siniestro hallazgo realizado por el trabajador Ismael Gatica Labbé en las llamadas “cajitas de agua” del río Mapocho, a la altura de la actual Plaza Baquedano, por entonces Plaza Italia.
Las “cajitas de agua” eran unos compartimentos o "pozos" de rejillas de forma rectangular (de ahí el nombre) que se encontraban en los canales que salían del Mapocho, alimentado por el cauce con la distribución de las aguas. Se las hallaba en el área donde hoy se eleva la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y la Plaza Baquedano. Tenían por función, además, descargar parte del volumen del río arrojándolo a una red de galerías subterráneas de alcantarillado.
Gatica era el encargado de limpiar diariamente las rejillas de estos pozos o “cajitas”, y fue en esta labor que encontró un siniestro objeto: un paquete conteniendo una pierna izquierda humana en su interior, según pudo constatarlo al acercar el bulto con un palo. Esa misma noche, encontró allí también otro paquete, ahora con un grupo de vísceras humanas.
Pese a lo impresionante que podía ser para la sociedad de la época un descubrimiento de estas características, el trabajador había llevado personalmente los restos hasta la Comisaría, causando pavor y una ola de rumores sobre tan escalofriante suceso. El propio Gatica, quizás impulsado por la ignorancia y el afán de notoriedad, también hizo algo de publicidad sobre el hallazgo entre sus conocidos, antes de llegar con él hasta las autoridades policiales. Según el escritor y detective René Vergara, los agentes tampoco hicieron mucho por mantener las reservas en torno al resto humano, conmovidos por tan inusual descubrimiento.
Así pues, cuando el Subcomisario Ventura Maturana y el Agente Luis Díaz llegaron a la Comisaría a analizar los restos, la noticia había cundido por la ciudad como un reguero de pólvora. El día 7 ya estaba en los titulares de “Los Tiempos”.
Al estudiarlos, los peritos descubrieron que el paquete con que lo habían envuelto estaba hecho con hojas de los periódicos “El Diario Ilustrado” y “La Nación”. Prácticamente se habían disuelto tras tanto rato sumergidas y soportando la corriente, pero aún así pudo precisarse la fecha del diario: el sábado 2 de junio anterior.
La pierna estaba doblada y poderosamente amarrada con cáñamo, pues el criminal había intentado reducir su tamaño para transportarla sin despertar sospechas hasta el lugar del río donde la arrojó. Tenía un fragmento del sucio calzoncillo largo que usó el fallecido al momento de ser mutilado con un cuchillo grande y ancho, según se precisó por las características de los cortes. Esto hacía sospechar que el asesino realizó la mutilación con velocidad y sin pulcritud.
Al poner atención en el pie, se dedujo que correspondería más bien a un tipo de estrato social bajo, probablemente un mendigo o un obrero muy pobre. Era un pie muy pequeño, de sólo 24 centímetros, equivalente a la talla 37, más o menos, afectado por un juanete y por cayos en el talón, además de otras señales de un uso inadecuado de calzado y notoria falta de higiene en las uñas.
Sin embargo, como no existía experiencia sobre mutilaciones de este tipo en la criminología nacional, los detectives quedaron confundidos y con escasas cartas de solución a mano. Como el rumor del hallazgo ya se había extendido por toda la sociedad santiaguina alcanzando a la prensa, aparecieron conjeturas y sospechas de todo tipo, alimentadas por el cuchicheo generalizado. Maturana barajó la posibilidad, por ejemplo, de que algún hospital hubiese arrojado al río el resto, pretendiendo deshacerse de un “descuido médico”, pese a que los cortes no eran de escalpelo y a que la rusticidad de obra del mutilador resultaba evidente.
Por encontrarse cerca del Mapocho, fueron investigados los hospitales El Salvador y San Luis, sin arribar a puerto alguno, pues no existía mutilación alguna realizada en los últimos siete días. Aunque las especulaciones continuaron, los doctores Matus y Leighton, del Hospital El Salvador, entregaron toda la información relativa al sistema de control de cadáveres del edificio y también acompañaron a los agentes hasta la Comisaría para revisar la pierna cortada y concluir, otra vez, que los cortes no eran ni de bisturí ni del pulso profesional de un médico.
Esta sería la entrada al cité frente al cual se encontró la cabeza del descuartizado, en Vivaceta, aunque otras referencias dicen que es el cité donde vivía el asesinado. Imagen publicada por la revista "Vea" en 1973.
La cabeza del descuartizado, en fotografía de la prensa de la época. Imagen publicada en una revista "Vea" de 1973.
Pero el ensañamiento de la chusma contra los doctores no cesó. Además de un rumor alegando que la pierna habría sido el robo realizado “por un estudiante loco” desde la Morgue o de la Posta Central, se señaló injustamente al Facultativo Lucas Sierra de haber sido el autor de esta mutilación. Todo resultó ser, aparentemente, una broma de mal gusto de los estudiantes de medicina. La palabrería se completó imaginando una especie de secta de asesinos mutiladores.
En tanto, hasta la madrugada del 7 de junio fueron dispuestos casi todos los hombres de la Sección de Seguridad para revisar las “cajitas de agua” del Mapocho, cuyos canales fueron secados, sin llegar a nuevos resultados.
Estaban en esto, cuando Ernesto Salinas telefoneó a la policía informando del descubrimiento de otro resto frente al número 2076 de calle Germán Riesco, cerca del Barrio Matadero, el día 8 siguiente: correspondía a un torso humano, con brazos pero sin cabeza, colocado dentro de un saco cafetero nuevo. El hallazgo lo había hecho accidentalmente un infante.
Maturana armó un nuevo grupo, esta vez integrado por los agentes Salvador Orellana y Amador Lizama, dos nombres de enorme peso en la criminología nacional. Los tres partieron hasta el lugar del nuevo descubrimiento, entrevistándose con Salinas y con el asustado autor del mismo: un niño llamado Luis Aguirre, de siete años, que dio con el torso mientras jugaba a las canicas por ahí cerca.
Al mirar el saco en que venía envuelto, descubrieron la inscripción “A.A.B.C. Valparaíso. 250 kilos. 71”. Aguirre señalaba un maloliente rincón junto a una pared derruida, al lado de una reja de alambre, como el lugar donde estaba. Maturana puso atención al sitio y observó las huellas de una actuación precisa que comprometía a el o los criminales: una rueda como de carretilla o carretón, deslizándose junto a la vereda, incluso con una detención, además de cascos de caballos y las pisadas de un calzado derecho de mujer. Sacó varias muestras de vaciado a estas marcas.
El tronco también estaba envuelto de un mantel de hule amarillento muy gastado, con grandes manchas de sangre, parte de ella ya seca. Tenía flores verdes y azules, con dobleces en sus cuatro puntas, por lo que se dedujo debió corresponder a una mesa de puntas romas de 1.50 metros de largo por 0.80 metros de ancho. Según el estudio que Santiago Benadava hizo de este caso, la medida exacta del hule era 1.75 x 0.85 centímetros. Y al fondo del saco, se hallaron también más tiras de cáñamo y una hoja correspondiente al diario “Las Últimas Noticias” del lunes 4 de junio.
Más detalles interesantes se encontraban en el torso desmembrado, sin embargo. Se observó que vestía una sucia camiseta gruesa con la frase “Cóndor de Oro”, impresa a la altura del pecho. Y en el botón superior de la camiseta tenía enredados largos cabellos de color castaño. Por el largo del pelo, de 35 centímetros, se dedujo que pertenecían a cabellos femeninos. Esto coincidía con la profunda huella de calzado de mujer encontrada. Comenzó a cundir ahora, entonces, la teoría del “triángulo pasional”, según dramatizaba el diario "El Mercurio" del sábado 9 siguiente.
Mientras el asunto terminaba de desatar la alarma pública, el tronco partió a reunirse con la pierna cortada, en el Instituto Médico Legal. La autopsia la realizaron los prestigiosos médicos tanatólogos nacionales Carlos Ibar de la Sierra y Rafael Toro Amor. Allá, los peritos pudieron precisar que la data de muerte sería de entre los días sábado 2 y domingo 3 de junio. El fallecido tendría aproximadamente unos 35 años a 40 años y debía medir entre 1.70 a 1.72 metros aproximadamente, 1.78 como máximo, pesando probablemente de 75 a 78 kilos. Según el diario “La Nación”, correspondía a una persona "decente por su cutis blanco, fino y limpio", afirmación que no resultó tan exacta, según veremos.
Los forenses nunca habían visto antes semejante ensañamiento con un cuerpo, por lo que, al concluir la autopsia, Toro Amor declaró: "Jamás la Morgue había intervenido en un crimen tan horroroso". En su informe, agrega que la víctima probablemente había sido aturdida, estrangulada y comenzada a ser descuartizada cuando aún no moría. No quedó claro si el tipo había sido decapitado así o si primero se le dio muerte, pero la hemorragia interna había alcanzado a infiltrarse en tejidos celuloadiposos de músculos y vainas vasculares. Esto hizo sospechar a Maturana que la aparente mujer registrada en los cabellos atrapados en el botón y en las pisadas en el lugar del crimen, podrían corresponder más bien a una cómplice de un asesino con mucha más fuerza y envergadura física. Muchas de estas conclusiones estaban equivocadas, sin embargo.
El análisis más detallado de estos restos comenzó a arrojar también resultados que trajeron a la luz pública los vicios y la falta de escrúpulos de la vida en la más oscura marginalidad social de Santiago. El hombro derecho tenía un pequeño lunar carnoso y oscuro que podría servir para reconocerlo. Se encontraron fluidos de secreciones purulentas en el pene, por lo que se precisó que el fallecido padecía blenorrea o gonorrea, enfermedad asociada a lo más sombrío de los barrios bajos y a la prostitución menos elegante de la ciudad. Al examinar los contenidos estomacales, se encontraron restos de carne de cerdo, al parecer de un causeo, mezclada con vino y abundante chicha con harina tostada, bebida esta última que era común en los sectores más desposeídos cultural y materialmente.
Efraín Santander (Imagen: Copesa)
Rosa Faúndez (Imagen: Copesa)
Imagen de la revista "Zig Zag" Nº 956 del 16 de junio de 1923, reproduciendo el caso en el artículo "La Nota Roja de la Semana: el suplementero estrangulado y mutilado".
Muchos asistieron al Instituto Médico Legal para revisar los restos e intentar reconocer algún familiar perdido en ese lunar negro sobre el hombro o en ese pie pequeño. Los familiares de estos perdidos creyeron identificar en esas piezas humanas a distintas personas llegando a llorarlas con los nombres de Carlos Flematti, Eligio Martínez, Pedro Villalobos, José Flores, Héctor Parra, Juan Bello, Roberto Zúñiga, Antío Doerr, Gustavo Boss, Tránsito Ponce, Luis Casanovas y Emilio Quinteros, entre muchos otros. En formato de versos, la revista "Corre Vuela" satirizó entonces:
Con los pelos tal, de punta
todo el mundo horrorizado
se hizo esta pregunta:
¿quién será el descuartizado?
A la sección presurosas
con semblantes doloridos
concurrieron muchas esposas
a indagar de sus maridos.
Las comparaciones de los zapatos que llevaban los consultantes como identificador, con un molde del pie hecho en yeso, permitieron ir descartando a los que no correspondían. Además, como el resto del cuerpo y la cabeza no aparecían, se comenzó a presumir que en cualquier momento serían abandonados por el criminal. Esto hizo que, mientras los restos seguían esperando identificación en la Morgue, muchos agentes se arrojaran sobre casi cualquier persona que anduviese por la ciudad portando paquetes grandes, que eran obligados a ser abiertos.
Con un sentido magistral para enfocar su trabajo, el agente Orellana se quedó en el Instituto Médico Legal por otros cuatro días, para vigilar a los grupos más pobres de familias que asistían a las identificaciones de los restos. Largas romerías se habían constituido allí, sin éxito. Orellana quería reconocer, entre ellos, alguno de los elementos presentes en los trozos cadavéricos: chicha con harina tostada, camisetas con leyendas impresas, ropas andrajosas, enfermedades venéreas, etc.
Así pues, tras esperar e intercambiar pacientemente con los visitantes, dio con un grupo de niños suplementeros o “canillitas”, como se les llama acá, quienes manifestaban su preocupación por la ausencia de ya varios días de un vendedor de diarios apodado “El Águila”, que tenía su kiosco en General Jofré con Lira, a las puertas del Barrio Matadero.
Con esta pista, los agentes dieron por fin con un nombre: un tal Efraín Santander, suplementero apodado “El Águila”, precisamente. Al revisar el Registro de Identificación, pudieron precisar que era Efraín Santander Jara, oriundo de Talca y de 47 años, quien tenía antecedentes penales por hurtos, riñas, estafa, ebriedad y lesiones. Lo más importante: coincidía exactamente con los rasgos y medidas determinados por los peritos.
La sorpresa fue más aguda al descubrirse que “El Águila” tenía una esposa, también suplementera: Rosa Faúndez Cavieres, corpulenta mujer de 32 años que tenía sus propios antecedentes delictuales. Se había casado con ella por la Iglesia. Según las anotaciones realizadas en el prontuario junto a la fotografía blanco y negro, correspondía a una mujer de pelo castaño, largo y tomado en moño. Tal como las muestras de cabello halladas en el torso.
Se asoció también el tipo de cáñamos usados en las amarras de los paquetes con los empleados para la envoltura de lotes de la imprenta “La Nación”. A través de sus trabajadores, la policía se enteró de que Rosa Faúndez trabajaba con ellos y que, últimamente, estaba abusando visiblemente de su alcoholismo.
Con estos antecedentes, los policías consiguieron una orden de registro del domicilio de la mujer y su marido, en la pieza 12 de un cité de calle Santa Rosa 353. Fueron recibidos por ella, en estado de ebriedad. Una rápida mirada de los agentes permitió reconocer la mesa de puntas redondas donde había estado el hule que envolvía el tronco cortado, en un pequeño comedor. Apenas comenzaron a interrogarla, ella declaró que su marido no aparecía en casa desde el día domingo 3.
Rosa Faúndez y Efraín Santander... Un caso tormentoso y cruel. Imagen de la revista "Zig Zag" Nº 956 del 16 de junio de 1923.
Uno de los policías que llevó el caso, muestra cómo había sido introducido en un baúl el cuerpo del hombre asesinado.
El equipo policial que resolvió el crimen. Imagen publicada por Santiago Benadava en el reportaje "El descuartizador del Matadero", del diario "El Mercurio" del domingo 27 de enero de 2002.
Bajo un baúl depositado en una de las habitaciones, hallaron guantes de mujer ensangrentados. Y, dentro del baúl, más sangre, escurrida desde algún objeto sangrante que allí había sido depositado. En los cajones de una vieja máquina de coser, encontraron una manopla y una navaja. Y bajo la cama, tiras de cáñamo, papeles de diario, un pañuelo ensangrentado y, más reveladoramente aún, un par de zapatos masculinos de talla 37. También había una mancha grasosa en una parte del suelo, indicio de que hubo allí un charco de sangre que había sido lavado. También encontraron restos de sangre salpicada en pequeñas gotitas sobre la pared y en la juntura de dos cuchillos, entre la hoja y el mango.
Curiosamente, mientras los policías registraban su casa, Rosa seguía bebiendo abundante licor sentada en su cama y murmurando palabras inconexas, casi evadida de la grave situación en que se encontraba y prestado nerviosa atención sólo parcialmente a lo que sucedía. El Jefe policial sacó entonces el hule desde un sobre, extendiéndolo en la mesa ante los ojos de la mujer. Calzaba perfectamente. Ella no tuvo una explicación razonable para decir cómo había sido extraviado de su casa.
Al ser llevada a la Comisaría y emplazada a responder por el lugar donde estaba su marido, la mujer sólo insistió en que desde el domingo no aparecía y que se había ido quizás a Valparaíso con su “nueva querida”. Sin embargo, cuando reconoció que los zapatos recién encontrados eran los únicos que tenía su marido, los agentes la acorralaron consultándole con qué calzado podría haberse ido de viaje, entonces.
Así, Rosa confesó haberlo asesinado. Efraín le había sido permanentemente infiel, y el dolor de la situación era insoportable, según ella, precipitándose todo en una de esas borracheras devenidas en violentas discusiones, cuando él comenzó a exigirle dinero, 30 pesos, que Rosa advirtió de inmediato iban dirigidos a una amante de su marido en Valparaíso, pues había descubierto una carta donde ésta le solicitaba ayuda económica. Esto sucedió ese fatídico domingo 3 de junio anterior, hacia las 19:00 horas. Él la tomó del pelo con la mano izquierda y la abofeteó con la derecha al tiempo que, según ella, también intentaba abordarla sexualmente. Pero Rosa reaccionó estrangulándolo, hasta hacerle perder la conciencia tendido sobre la cama. Para asegurarse de que no volviera en sí, le ató una cuerda firmemente en el cuello y metió su cuerpo dentro del baúl mientras decidía qué hacer con él.
En tanto esto ocurría, ningún vecino escuchó algo, ni siquiera un matrimonio y otros cuatro suplementeros que pagaban pensión en el mismo cité. La razón: todos estaban ebrios.
Ante la urgencia de deshacerse del cadáver, Rosa lo colocó extendido sobre el mantel de hule y lo desmembró con un cuchillo cocinero, repartiendo después los trozos del cuerpo por distintas partes de Santiago a través de los carros-victorias públicos, durante las noches.
Mientras hacía estas espeluznantes confesiones, la mujer no hizo ningún gesto de arrepentimiento ni mostró señales de llanto. Describió todo con abismante frialdad.
La cabeza apareció el martes 12 de junio, en el canal Las Hornillas, frente a la dirección Vivaceta 648. El jueves 14 apareció la pierna derecha en un canal de Providencia. Así el cuerpo, después de 11 días separado, volvía a quedar unido en el Instituto Médico Legal.
La tesis de un cómplice fue sostenida durante el juicio, pero Rosa, defendida por el abogado Pedro León Ugalde, lo negó tajantemente. El magistrado que llevó la investigación no estaba convencido de que pudiese ser capaz, por sí sola, de desplegar la fuerza suficiente para estrangular, arrastrar, desmembrar y repartir por la ciudad a su infeliz marido. Sin embargo, ella demostró su fortaleza a tomar a uno de los detectives que simuló ser el cadáver y, sin ayuda de nadie, logró meterlo dentro del mismo baúl que había usado. Ya convencido de que no necesitaba asistencia en esto, el juez le ofreció a Rosa la posibilidad de ver nuevamente al cadáver para recordar con más detalle los hechos. Sin embargo, inesperadamente ella soltó lágrimas y, quebrándose por primera vez, declaró en el tribunal:
"...prefiero que me maten a que me sometan a este trance... no tengo para qué ocultar detalles cuando he confesado explícitamente mi responsabilidad".
Finalmente, la mujer fue condenada por homicidio simple el 18 de marzo de 1925, desestimándose su explicación de haber actuado motivada por los celos incontrolables, pues el juez no consideró a estos como un factor "irresistible" en la causa del crimen, según lo sostenía la defensa, ni tampoco acogió la tesis de que había actuado en defensa propia. Empero, no se le consideró como agravante el descuartizamiento, por haber sido ejecutado después del asesinato mismo.
La pena que había solicitado el Promotor Fiscal era de 20 años de reclusión. Pero la condena fue bajada y la Corte de Apelaciones confirmó esta sentencia, fijada en siete años de presidio. Al salir libre, Rosa volvió a vender periódicos en las mismas esquinas que lo hacía antes de convertirse en asesina, en el kiosco de General Riesco con Lira, ahora acompañada por su nueva pareja, también suplementero. Falleció de avanzada edad, años después.
Como se había ofrecido una recompensa de 500 pesos para quien resolviera el crimen, la Prefectura de la Policía había procedido a repartir el dinero entre los tres agentes que habían tenido la vital participación en el caso. Sin embargo, uno de ellos, Lizama, se negó a recibir el premio, que terminó siendo repartido sólo entre Maturana y Orellana.
Para los aficionados al estudio de la criminología nacional, el caso de las “cajitas de agua” constituye una perla entre los clásicos más célebres de hechos sangrientos o de profundo impacto social en la población de Santiago. Sin embargo, pocos años antes de su fallecimiento, el mencionado ex diplomático e investigador Benadava reflexionaba en "El Mercurio", que este crimen ha de tener una de las connotaciones más dramáticas sobre la vida en la extrema marginalidad y la vil pobreza de la ciudad, alojada siempre entre las sombras y los recovecos menos visibles, pero que quedaría expuesta y desnuda tras estos sorprendentes sucesos de 1923:
"Es típico de ambientes en que viven grandes sectores de nuestro pueblo -escribe evocando la opinión de Joaquín Edwards Bello-, pobres, sórdidos y promiscuos, en que los hombres, relegados a un tugurio o cuarto exiguo, no tienen otro entretenimiento que la bebida, la prostitución barata y toda clase de vicios".
Y concluía ,repitiendo las palabras que volcara tantos años antes, en las líneas de "La Nación", el mismo Edwars Bello, preguntándose por la verdadera naturaleza de este crimen:
"¿Qué visión noble podía llegar hasta un conventillo del Matadero donde se respira el vicio y la sangre animal, conventillos rodeados de chamizos infectos, baja prostitución y sórdidas tabernas?".
Según la información con la que cuento, la numeración de calle Santa Rosa ha sufrido algunas alteraciones en la cuadra correspondiente a la ubicación del cité donde se cometió el "crimen de las cajitas de agua" en 1923. No tengo cómo saber por ahora si pudiese ser éste, eventualmente, el pasaje donde tuvo lugar el acontecimiento, pese a tener un par de números menos que la dirección Santa Rosa 353. Si no fuera así, corresponde al menos a uno del mismo estilo que habría tenido el original.
Vista del cité desde el interior, hacia su acceso en calle Santa Rosa.

3 comentarios:

  1. Las cajitas de agua, recibían el líquido desde una captación situada en el costado sur del Mapocho (al parecer se trata de la caleta Chuck Norris, bautizada asi por un grupo de niños sin hogar, hace algunos años), mas o menos a la altura del Monumento a Balmaceda, desde ese punto, eran conducidas a la gran cámara de distribución (las cajitas) que las repartía a la red de lavado de la red unitaria de alcantarillado de Santiago(ver Proyecto Batignolle, 1908). Dicha cámara debe haber estado ubicada al oriente del munumento de la colonia italiana y al norte del monumento ecuestre al General Baquedano

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  2. Felicitaciones por el excelente artículo. Muy completo e interesante.

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  3. Exámenes de la Policía Criminal francesa determinaron que los cordeles con los que Efraín había sido atado al catre terminaron por ahorcarlo. De manera que fue un accidente despues del cual hubo descuartizamiento

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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