domingo, 6 de julio de 2008

¿QUIÉN FUE EL PRIMER HUMANO “NATIVO” ANTÁRTICO?

Imagen de la pequeña Solveig en la planta faenadora de ballenas de Grytviken, en 1916.
Joaquín Edwards Bello invitó en varias ocasiones a desconfiar incluso de las fuentes que presumen de revisión exhaustiva de la información. Todos hemos pasado por esa experiencia de fe seguida de decepción, alguna vez.
La escasa credibilidad que los académicos le reconocen a experimentos de enciclopedias libres de Internet, por ejemplo, parece confirmar los temores del escritor, quien en la famosa recopilación de 1966 titulada “El Subterráneo de los Jesuitas” (de editorial Zig Zag, y que Nascimento republicara en 1973 como “Mitópolis”), advierte que en las páginas 857-858 del Tomo V de “The New General Encyclopedia” de 1939, aparece señalado el reloj más grande del mundo en Santiago de Chile, “en un cerro que se eleva sobre la ciudad a mil pies de altura”. La verdad es, sin embargo, que jamás ha existido en Santiago una pieza de tales características.
En la misma senda de la mentira, de la parcialidad o del error convertidos en realidades por el poder de la imprenta, el famosísimo Libro Guinness Récords reconoció a un ciudadano de origen argentino como el primer “nativo” antártico registrado: Emilio Marcos Palma, nacido el 7 de enero de 1978 en el fortín “Sargento Cabral” de la base antártica argentina “Esperanza”, levantada hacia 1952 cerca en el norte de la Península, en bahía Esperanza. Los chovinismos tan propios de nuestros pueblos latinoamericanos han hecho el resto, para sentar este mito como algo cierto.
A mayor abundamiento, Palma nació allí en medio de un plan de reafirmación de las pretensiones antárticas del Gobierno de la República Argentina y casi en el inicio de la crisis del Canal de Beagle, durante el último período de regímenes militares de ese país. A partir de 1977, se había iniciado el traslado de varias parejas hasta un pequeño refugio, para empezar la cuenta de nacimientos argentinos en el Continente Blanco, implementándose para ello una sala de partos con personal especialmente preparado. Así, tras llegar al mundo Emilio Marcos, se produjeron seis o siete nacimientos más de niños en la Base “Esperanza”, muy celebrados como los “primeros” partos humanos antárticos registrados. La propaganda gubernamental se encargó de extender esta idea por todo el resto del planeta.
Como hay una evidente artificialidad en la situación, sin embargo (nacimientos prácticamente planificados en el lugar), hace años publicamos en la red un desaparecido artículo donde nos permitimos hacer la observación de que los nacimientos de niños chilenos en villa “Las Estrellas” de isla Rey Jorge, a pesar de haber sido posteriores (tres nacimientos, de 1984 a 1985), tenían la característica de ser también hijos de familias residentes de largo plazo y miembros del primer grupo de colonos formalmente instalados en la villa, no trasladados sólo de paso para estadías demostrativas, como se aseguró alguna vez en Argentina, en momentos de tensión diplomática. Eso, por supuesto, no quita mérito alguno a lo sucedido con los nacimientos argentinos de la década anterior.
Empero, soy de los que piensa que la discusión sobre el primer nacimiento antártico es totalmente anodina e inútil a esas alturas, a pesar de lo que fuentes sensacionalistas y con mal enfocado patriotismo -presumiendo de objetividad- sigan repitiendo hasta nuestros días. ¿Por qué? Bien, sencillamente porque Emilio Marcos Palma no es ni ha sido jamás el primer nacimiento antártico del que se tenga noticia en el radio continental antártico y, por lo tanto, tampoco lo es ninguno de los que le sucedieron en la carrera por clavarle banderas soberanas a los fluidos amnióticos que quedaron abandonados en el continente helado.
El verdadero primer nacimiento de toda la historia de la humanidad en territorio de rango antártico, sucedió mucho, mucho antes de 1978: es el caso de la niña Solveig Gunbjörg Jacobsen, nacida el 8 de octubre de 1913 en la Georgia del Sur, del Reino Unido. Su caso es el verdadero primer nacimiento dentro del radio antártico del que se tiene registro, a pesar de los intentos de "matizar" que hacen algunos autores, para restarle valor y no herir nacionalismos.
A mayor abundamiento, Solveig era hija del ciudadano de origen noruego Fridthjof Jacobsen, quien se había establecido en la isla hacia 1904 como empleado administrativo de la planta de Grytviken de la Isla San Pedro, donde operaba la Compañía Argentina de Pesca S.A. (de capitales noruegos) con una estación de faenas. Según Robert K. Headland, uno de los escritores que documenta este interesantísimo caso en “The Island of South Georgia” (Cambridge University Press, 1984), el funcionario también ocupó el cargo de director de esta planta entre 1914 y 1921.
El nacimiento de Solveig fue registrado por el oficial judicial representante del gobierno británico de Georgia del Sur, James Wilson. Y es más: también aparece señalado un segundo hijo de su madre Klara Olette Jacobsen, pues la niña habría tenido un hermano en la isla. También existe una fotografía tomada por el magistrado destacado en King Edward Point, llamado Edward Binnie, en 1916. Aparece la niña junto a un perro y con una de las ballenas cazadas a sus espaldas, rodeada de trabajadores mientras es arrastrada hacia las instalaciones de la planta.
Por supuesto que los publicistas y la solidaridad hispanoamericana con el mito del “primer nacimiento” en los setenta, intentan desacreditar la trascendencia del caso de Solveig G. Jacobsen, alegando que la Georgia del Sur está fuera de la masa continental antártica y no pertenecería al continente propiamente dicho. Craso error: la islas Georgias están situadas entre los paralelos 54° y 55°, en aguas de influencia antártica y en masas de territorio insular que la propia Argentina considera tales, según el fundamento geopolítico de sus declaraciones de intereses sobre las islas Falkland o Malvinas (más al Norte que las Georgias, dicho sea de paso) y la proyección que hace desde éstas hacia el territorio antártico que también considera propio de acuerdo a la doctrina defendida por los principales autores platenses al respecto, como Alfredo Rizzo Romano. Además, según esta visión que no reconoce titularidad continental a las islas, tendríamos que afirmar, por ejemplo, que Cristóbal Colón jamás llegó a América en 1492, pues sólo a partir de su tercer viaje al Nuevo Mundo tocó costas continentales. En las ocasiones anteriores, sólo lo hizo en las islas del Caribe.
Por otro lado, es preciso destacar que la Georgia del Sur está a sólo unos cinco grados al Norte del llamado Océano Antártico, que comenzaría formalmente en el 60º; y de las islas Orcadas, precisamente sobre las cuales la Argentina funda sus intereses antárticos luego de haber instalado en ellas la primera base científica permanente, en 1904. Es decir, en la denominada “Convergencia Antártica” del hemisferio austral, el radio antártico como tal.
No tendría dudas, entonces: con el perdón de mis amigos argentinos, la niña es fue primera persona en nacer dentro del territorio de identificación antártica, aunque éste no haya sido continental.
Solveig, posteriormente, residió en Buenos Aires, donde falleció en 1996 poco después de cumplir los 83 años de vida, siendo repatriados sus restos hasta Noruega. Su caso ha comenzado a ser reestudiado recientemente, en el contexto del Año Polar Internacional de 2007-2008. El primer efecto de esta revisión es que el nacimiento de 1978 ya es considerado en los nuevos documentos y reseñas sólo como primero “en el continente”, reportando el de isla Georgia del Sur como anterior y dentro de la "Convergencia Antártica".
Sin duda que el nacimiento de Solveig no tiene la espectacularidad ni es tan austral como los casos argentinos, seguidos después de los chilenos; pero el respeto estricto a los hechos históricos, más allá de la propaganda, de las pasiones patriotas y de las idealizaciones, exige reconocer en el caso de la niña noruega nativa de isla Georgia del Sur al verdadero primer nacimiento reportado en territorios de identidad antártica.

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