lunes, 16 de junio de 2008

RECLAMADO POR LOS HIELOS: EL PROFESOR EDUARDO GARCÍA SOTO

Fotografía del monte Fitz Roy, tomada por García Soto (Fuente "La Definición del Límite o el Límite de la Indolencia", de Antonio Horvath).
Está pendiente el pago de la deuda que Chile contrajo con Eduardo García Soto.
Pendiente, insisto... Pero como la historia ha sido ingrata y evasiva para reconocer su legado, este ilustre intelectual y hombre de acción ha pasado directamente a la leyenda, saltándose así los aburridos libros del academicismo y las discusiones insípidas en las que se entretienen los adoradores de la imprenta.
García Soto era un hombre completo. Un hombre de acción. Todo lo que de él sobrevive ha tenido que ser recortado de sus intervenciones en la prensa, de sus declaraciones e incluso de sus clases. Como don Diego Portales, no se gastó elaborando discursos ni redactando textos de escritorio. Lo suyo era la acción, la dinámica. Un intelectual en terreno.
Académico, geólogo y, en sus últimos años de vida, experto en materias limítrofes, por lo que muchos recurrieron a él buscando luz sobre las controversias de Laguna del Desierto y Campo de Hielo Patagónico Sur, que él conocía mejor que su propio rostro. Fue miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía pero, a diferencia de la entelequia intelectualista chilena, fue también un activo y apasionado excursionista, montañista enérgico que siempre estuvo rodeado de un círculo de jóvenes amigos y alumnos universitarios. Trabajaba como profesor de la Escuela de Ingeniería Forestal y la Escuela de Geología de la Universidad de Chile.
El profesor tenía una gran simpatía. En general, era un hombre agradable, aunque con una personalidad aparentemente seria e inquisitiva, a veces adusta. Lo conocimos cuando vivíamos en la comuna de La Cisterna, cerca de su casa, aunque recuerdo que mi madre, más exigente en sus relaciones sociales, no lo pasaba mucho. Entre otras cosas, cuando alguno de sus vecinos lavaba su automóvil y dejaba la manguera corriendo, don Eduardo se acercaba y le increpaba en tono paternal pero categórico por estar desperdiciando el agua de semejante manera. Mi padre fue blanco de sus descargos en varias oportunidades.
A pesar de todo, en el barrio de Gran Avenida, por allá por detrás de la Iglesia y el Colegio Don Bosco, García Soto era sumamente apreciado y constituía todo un personaje del sector.
El profesor comenzó sus grandes aventuras, muchas de ellas de carácter científico, hacia el año 1955. Unos años después logró unir por tierra el ventisquero Jorge Montt, en la Región de Aysén, con el lago Argentino. En esta odisea, caminó nada menos que 255 kilómetros en apenas cinco días, realizando una conquista histórica sin parangón. Su fama perduró por las décadas entre los excursionistas nacionales. Llegó a organizar 32 expediciones a partir de 1995, varias de las cuales se realizaron en el territorio antártico, con el que tenía una afinidad única, misma que lo llevaría, finalmente, a la tumba.
En 1997, la Fuerza Aérea de Chile inició un programa de operaciones sobre Campos de Hielo Patagónico Norte y Sur, denominado "Hielo Azul", al cual fue invitado García Soto en su condición de asesor directo de la institución y colaborador del Instituto Antártico Chileno y de la Dirección de Fronteras y Límites. En esta instancia, había ayudado a la confección de mapas de Campo de Hielo Patagónico Sur, por lo que se hizo un acérrimo opositor del Acuerdo Parlamentario de 1998, al que acusaba de ser un vulgar acto de entreguismo para repartir los territorios de los hielos patagónicos chilenos que él tanto conocía y que denunciaba trazados en documentos adulterados y cartografías anómalas producidas ad hoc para dicho acuerdo. El tiempo le dio la razón en todos sus reclamos.
Su lucha contra la entrega de territorios se vio interrumpida por otra expedición científica a la Antártica, realizada con colaboración de varios de sus jóvenes discípulos, que le acompañaron en la que sería su última aventura, a sus 65 enérgicos años de vida.
El jueves 28 de enero de 1999, la expedición se encontraba en los alrededores de la Base Teniente Carvajal de la Fuerza Aérea, desplazándose en trineos motorizados de distintos tamaños. García Soto iba acompañado de militares y alumnos que regresaban de una importante jornada de investigación geológica. Las motonieves pequeñas pasaron sin problema una grieta escondida en el suelo. Sin embargo, el vehículo donde iba García Soto, más pesado, destapó la trampa mortal y cayó con todo su volumen al interior, llevándose a varios hacia el averno congelado. Desgraciadamente, se precipitó inclinado hacia el costado en que se encontraba sentado el profesor, dejando su cuerpo y su cabeza atrapados entre la pared de hielo y el vehículo.
Prefiero no entrar en los detalles que los jóvenes testigos me proporcionarían un año después durante la misa en homenaje a García Soto organizada por el Centro de Estudios Históricos Lircay en la Iglesia de Santa Ana, la misma donde 200 años antes fuera bautizado también Portales. La eucaristía, realizada a las 17:00, estuvo a cargo del R. P. Joaquín Larraín Errázuriz. Conforma, al menos, saber y poder asegurar que su muerte fue rápida y casi sin sufrimiento.
Eduardo García Soto no es ni una víctima ni un mártir… Sostengo, simplemente, que su vida fue reclamada por los hielos, por las nieves exigentes, porque él pertenecía a ellos y viceversa. No se puede romper semejante unión mística.
Fue reclamado por Antarktos, y así lo recordaremos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Eduardo, gracias por hacerme soñar otra vez....

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