domingo, 22 de junio de 2008

MIGUEL SERRANO, EL GUARDIÁN DE LOS TÉMPANOS: MEMORIA SOBRE UNA GESTIÓN DIPLOMÁTICA CHILENA QUE ASEGURÓ EL FUTURO DE LA ANTÁRTICA

 Miguel Serrano, presentando credenciales en la India en 1953.
Cada 1º de diciembre se celebra un nuevo aniversario del Tratado Antártico de 1959, firmado por Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Rusia.
Este acuerdo constituye, probablemente, uno de los más importantes y visionarios de la historia contemporánea, pues establece criterios casi futuristas para su época, como que los mares y los territorios situados al Sur del paralelo 60° sólo puedan ser utilizados con fines pacíficos, marginándolos de la explotación minera o de la depredación que altere los ecosistemas locales. El tratado permite, además, el intercambio científico de conocimientos de investigación antártica y la cooperación como motor de actividades.
A pesar de la importancia mundial de este tratado, pocos conocen o recuerdan hoy el papel protagónico que tuvo Chile en una primera etapa de su gestación, a través de la gestión del poeta, escritor y ex diplomático Miguel Serrano Fernández, como punto inicial de la vertiginosa historia que -a la larga- diera nacimiento a tan fundamental instrumento internacional de resguardo del Continente Blanco.
Es preciso retroceder un poco para comprender los alcances de esta exitosa intervención chilena, en el asunto antártico en los años cincuenta.
Inspirado en la hazaña de 1929 que el célebre Almirante Richard Byrd legara al conocimiento humano en su libro "Alone", el joven Capitán chileno Ramón Cañas Montalva comenzó a insistir, a partir de septiembre de 1931 (diario "El Magallanes") en la importancia estratégica de lo que llamó el espolón austral antártico (la relación de continuidad geográfica entre el extremo Sur de Chile y el territorio antártico). La notable visión de Cañas Montalva no provenía de la nada: estando en Europa, había intercambiado con los padres de la geopolítica, el Profesor Rudolf Kjellen y el General Karl Haushofer. En 1916, además, había conocido al famoso aventurero antártico Ernest H. Shackleton a su llegada a Punta Arenas, reencontrándolo en 1920 y estableciéndose una sincera amistad entre ambos.
Sucedió que, a principios de 1939, Noruega declaró pretensiones entre los meridianos 0º y 20º del territorio antártico. Temiendo que se despertara una oleada de demandas territoriales (en gran parte acentuadas por los intereses de la industria ballenera), el Gobierno del Frente Popular del Presidente Pedro Aguirre Cerda presentó una declaración, el 17 de enero, con la intención de resguardar los derechos chilenos alegados en el Continente Blanco, ante cualquier nueva reclamación. Una nueva etapa en la historia de Chile estaba por comenzar, con esta iniciativa.
En este mismo esfuerzo, el académico y experto en Derecho Internacional, don Julio Escudero Guzmán, presentó el informe intitulado "El Estado Actual de los Problemas Antárticos y su Eventual Vinculación al Interés Chileno", que fuera publicado por el Decreto Nº 1.574 del 7 de septiembre de aquel año, reconociendo los límites del Territorio Chileno Antártico en base a antecedentes jurídicos e históricos únicos, pues todos los demás países carecían de títulos de esta naturaleza para fundar sus pretensiones. En base a esta propuesta, el Presidente Aguirre Cerda y el entonces Canciller Marcial Mora, finalmente establecieron por Decreto Nº 1.747 del 6 de noviembre de 1940, los límites definitivos en el triángulo de vértice polar entre los meridianos 53º y 90º.
Cabe advertir algo: aunque Chile podía reclamar territorio desde la línea meridiana de Tordesillas en 37º 7', donde comenzaba el dominio de España en América, la ley lo fijaba sólo en el 53º, pues se quería respetar la presencia de un observatorio argentino situado en isla Laurie, sobre el cual el vecino país estaba construyendo su propia aspiración antártica fundada en proyecciones continentales propias. Pero el ardor nacionalista de la época fue más fuerte y esta actitud generosa de Chile no fue reconocida ni pagada por el gobierno platense, y así el año 1946 se declaró su pretensión antártica máxima superponiéndola a la chilena, especialmente en la valiosa Península Antártica. Este grave error o falta de anticipo diplomático de Chile fue fustigado, más tarde, por el Mayor Pablo Ihl y por el Coronel Manuel Hormazábal González, pues con él se renunció gratuitamente, a cambio del fantasma de la paz y la amistad en una época compleja para las relaciones exteriores, a un tercio del total del territorio que jurídicamente le correspondía al país a partir de las Reales Cédulas de 1555 y de 1558 en adelante.
El 27 de enero de 1947, comenzó la construcción de la primera base chilena: "Soberanía", más tarde rebautizada "Arturo Prat" y diseñada por el arquitecto Julio Ripamonti Barros con un muelle y una cabaña prefabricada, a cago de la Armada de Chile. Ubicada en Bahía Chile de isla Greenwich, de las Shetland del Sur, contaba con antenas, bodegas, radioestaciones, cocinas y combustión permanente, siendo oficialmente inaugurada el 6 de febrero, por el Comodoro de la Flotilla Antártica, Federico Guesalaga Toro.
Miguel Serrano participando de la inauguración de una cruz en la Base Antártica O'Higgins habilitada en 1948. Imagen tomada de "Base Soberanía y otros recuerdos antárticos", de Oscar Pinochet de la Barra.
Junto a los uniformados que realizaron esta hazaña, participó una gran cantidad de civiles de renombre, como el futuro Director del Instituto Antártico Chileno, Óscar Pinochet de la Barra; el distinguido ex embajador José Miguel Barros; y el periodista Oscar Vila Labra, autor del libro "Chilenos en la Antártica", prologado por el escritor Francisco Coloane e inmortalizando estos episodios históricos. Y entre ellos, un joven y afamado intelectual, corresponsal de la revista "Zig-Zag" y del diario "El Mercurio": Miguel Serrano Fernández.
La extraordinaria experiencia de Serrano en esta aventura chilena ha sido tema de profunda inspiración para buena parte de la vasta obra del autor. Así aparecen libros como "La Antártica y otros mitos", y luego en una joya de la literatura chilena titulada "Quién llama en los Hielos".
Pasaron seis años desde el inicio de aquella epopeya y, hacia 1953, el Presidente Carlos Ibáñez del Campo nombró a Serrano como Encargado de Negocios en la India, siendo ascendido más tarde a Embajador. Insólitamente, en las tan lejanas y distantes tierras del brahmanismo, del Ganges y del exilio del Dalai Lama (a quien Serrano le tendió la primera mano solidaria después de su dolorosa partida desde el invadido Tibet), el representante chileno se vería involucrado en una vital defensa de los derechos de Chile en el territorio antártico, estableciendo con ello un triángulo verdaderamente mágico entre tres polos místicos, a su vez de tres continentes que, en el pasado arcaico, ya habían estado unidos en la gran Pangea: desde los Andes a los Himalayas; y desde los Himalayas a la Antártica.
Había sucedido por entonces, que el representante de la India ante la ONU, Krishna Menon, presentó una controvertida propuesta oficial de internacionalización de la Antártica. La idea sin duda podía contar con la simpatía de los países carentes de derechos antárticos y que no reconocían los alegados por otras naciones, en parte motivados por las inconmensurables riquezas del continente y muchos de ellos motivados también por cuestiones comerciales. Diplomáticamente, además, parecía ser que Menon actuaba con mucha autonomía en la representación internacional, por lo que su propuesta casi inmediatamente comenzó a motivar tácitos guiños de aprobación de otros países, dispuestos a aprovechar ese engañoso aspecto de legitimidad de la misma, por aparecer formulada por una potencia que no tenía intereses declarados ni pretensiones territoriales en el mismo continente.
Alertado por la peligrosa situación que podía atraer el descalabro de una avanlancha de intereses y acciones de facto sin ajustes a derechos ni criterios concretos sobre el sensible continente, sus tesoros y sus ecosistemas únicos, el Embajador argentino en India, Vicente Fatone, buscó sin éxito entrevistarse con las autoridades de Nueva Dehli para persuadirlos de abandonar semejante bosquejo, pero sus insistencias golpeando las puertas a nada llegarían. Tampoco lograría algo mejor quien lo siguió en la fila, el representante norteamericano John Sherman Cooper, a pesar de sus enormes influencias internacionales y del tremendo peso de la bandera de su legación. En su desesperación, de hecho, Washington D.C. llegó a enviar como delegado extraordinario al Embajador Cabbot Lodge, para convencer a la India de desistir de esta propuesta. Nada de esto funcionó, pues la decisión del gobierno era autorizar la propuesta llevada por Menon ante la ONU.
Advirtiendo de alguna forma que la responsabilidad recaía sobre sus hombros, entonces, el embajador chileno Miguel Serrano quiso tomar su propia iniciativa de convencer al gobierno indio de desistir del proyecto, y se lanzó en esta titánica empresa. En un principio, sin embargo, no obtuvo mejores resultados que el resto de los cuerpos diplomáticos. Empero, valiéndose de su amistad con la inolvidable Indira Gandhi, logró conseguir una entrevista personal con su padre, el Primer Ministro Jawaharlal Nehru, el inmortal Hombre de la Rosa. Este extraordinario encuentro entre las dos figuras está detallado por el propio Serrano, en su biografía "Memorias de Él y Yo".
Así tuvo lugar el crucial día que, sin saberlo ambos hombres allí reunidos, permitiría cambiar el curso de la historia antártica. Nehru escuchó con atención las palabras del representante chileno, para quien que la propuesta de Menon destruiría años de esfuerzos chilenos por lograr el reconocimiento de los derechos territoriales sobre la Antártica, tierra con la que tanto el propio Serrano como su querida patria mantenían vínculos íntimos e indescriptibles, que se esforzó por transmitir al Nehru, advirtiéndole de las calamidades que acarrearía una eventual internacionalización caótica.
Finalmente, tras la larga exposición, el líder político comprendió el mensaje en esa misma reunión. Asintiendo en la voluntad de Serrano, puso su propia rosa roja característica en la solapa del embajador, a modo de pacto sellado, y, acto seguido, ordenó retirar la propuesta de la asamblea.
Sri Pandit Jaeaharlal Nehru y Miguel Serrano Fernández: símbolo de la unión de los montes Kailás y Melimoyu... La alianza entre el Ganges y el Mapocho.
Obcecado con sus sus propósitos, Menon no tomó a bien la decisión e manifestó deseos de intentar presentar el proyecto en al menos una oportunidad más. Nehru, sin embargo, insistió en el retiro definitivo sin dilaciones. Los representantes Cabbot Lodge y Fatone agradecieron de manera personal a Serrano por este logro, pues, en la práctica, el chileno salvó a la Antártica de lo que seguramente iba a ser su inminente internacionalización y el sometimiento a un régimen de caos, caja de Pandora que habría arrastrado el territorio hacia los grandes conflictos planetarios y abriendo las puertas a las posibilidades de la depredación del mismo.
Pero sucedió algo más en el libro del destino del Continente Blanco: mientras permanecía frenada la intentona de hacer una tierra de nadie con la Antártica, el Presidente de los Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, formuló la histórica invitación a los 12 países participantes del Año Geofísico Internacional, para realizar una conferencia relativa al futuro del continente austral. Se tenía en mente convenir alguna fórmula que permitiese dejar protegidos los derechos que cada nación creía tener, fijando criterios de paz, de convivencia y de integración sobre el territorio, pero priorizando novedosas instancias de cooperación y entendimiento internacional basadas en el respeto y la confianza de las naciones que participaran de él.
Como se podrá comprender, pues, este decisivo proyecto habría sido imposible de hacer prosperar en un escenario de internacionalización de la Antártica, la que detuvo a tiempo el embajador chileno en la India.
La Cancillería chilena aceptó la invitación de Eisenhower, pero advirtiendo por anticipado que sus pretensiones no eran de carácter colonialista y que correspondían a las únicas de todos los reclamantes que habían sido emanadas directamente de títulos jurídicos y derechos históricos, por lo que no se oponía a la colaboración científica, pero no reconocería la mera invitación a un país de participar en este encuentro "como fundamento de aspiraciones o deseos de ocupar territorios antárticos, puesto que, según los principios del Derecho Internacional, no puede hacerse de la investigación científica una fuente de derecho". De paso, advertía también que Chile no aceptaría "ninguna forma, ya sea directa o indirecta, de internacionalización de su territorio nacional antártico".
De esta manera, el 1° de diciembre de 1959, los doce países participantes firmaron el Tratado Antártico, obligando a someter el territorio a fines pacíficos e impidiendo las instalaciones de carácter militar o armado. El continente quedaba abierto a la más amplia investigación científica internacional, y a dejar las reclamaciones congeladas asegurando a cada nación firmante, sin embargo, un statu quo por el tiempo que dure el tratado, con la existencia de sus respectivas pretensiones reconocidas, bloqueándose así el surgimiento de nuevos reclamos territoriales por parte de otros países y los proyectos por internacionalizarla.
Chile ratificó estos compromisos el 14 de julio de 1961. En 1991 y en 1998, además, fueron agregados protocolos medioambientales, los que volvieron a consagrar la vigencia del tratado a pesar de las tentativas que a veces se han visto en contra de la esencia de su espíritu.
Así, entonces, es lamentable que las filiaciones políticas de Miguel Serrano hayan sido tan duramente castigadas por el cinismo y la pacatería de algunos historiadores y académicos políticamente correctos, negándosele cualquier reconocimiento a su exitosa gestión en la India en favor de la protección de los derechos antárticos e impidiendo con ello que la ONU echara manos al estatus de la soberanía en la Antártica. La misma prepotencia y prejuicio con que se le ha negado, además, el Premio Nacional de Literatura, como uno de los poetas y escritores más importante de Chile durante todo el siglo XX, víctima de la misma anatematización que no ha corrido, sin embargo, para otros casos de enredos ideológicos incómodos. Como reconocimiento a su participación en las expediciones chilenas de 1947-1948, además, Serrano tuvo también con su nombre colocado a un monte antártico, pero éste fue modificado posteriormente, revisándose su bautizo.
En esta obsesión por privar a Serrano de reconocimiento, sin embargo, la censura oficial cometió la aberración inexcusable de negar una parte fundamental de la participación histórica de Chile en el surgimiento de la política antártica, filosofía representada en la descrita gestión del autor con su temprana defensa de los principios hoy vigentes en el Continente Blanco, relegando así a la penumbra la que pudo haber sido fácilmente una de las mayores hazañas diplomáticas de la historia de las relaciones exteriores de nuestro país.

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