domingo, 29 de junio de 2008

LAS PALOMAS QUE SE APODERARON DE LA PLAZA DE ARMAS


Tomé esta imagen con el grupo anterior de fotos en 1993, más o menos, para mi curso de fotografía, con un anciano alimentando las palomas. Nótese que las palomas se veían entonces mucho más numerosas que en nuestros días.
Coordenadas: 33°26'16.50"S 70°39'1.20"W
Hace varios años, creo que en un día de esos en que vestía aún de uniforme escolar y paseaba por la Plaza de Armas perdiendo el tiempo después de clases, los transeúntes de este sector de Santiago sentimos una especie de latigazo sobre las ramas de uno de los árboles que por entonces se encontraban del lado poniente de la plaza, mucho antes de la remodelación con características de desmantelamiento que sufriría este lugar. El golpe vino acompañado de una lluvia de hojas cortadas por un rayo oscuro y la gritadera histérica de pájaros en los alrededores, principalmente gorriones.
Un anciano que barría tranquilamente el piso, mientras usaba su cotona de empleado municipal, observó casi sin sorpresa. “Es un chuncho”, aseguró con propiedad a los presentes, sin distraerse demasiado de su trabajo, salvo para tratar de espantar al depredador con el palo del escobillón. En efecto, entre las hojas verdes, entonces pude ver la faz hipnótica de un pequeño pero feroz chuncho de cabeza redonda y gris, con no más de quince centímetros de altura, con sus característicos ojos penetrantes y en una de cuyas patas se sacudía con las tercianas de la muerte un infeliz gorrión que le serviría de cena.
Dicen que antes, la Plaza de Armas estaba dominada por las golondrinas y los zorzales que enseñoreaban los cielos del valle del Mapocho hasta la llegada parasitaria de la peste gorriónica que los desplazó de gran parte del territorio. Aún así, no han podido ser los gorriones los que clavaron la bandera de la conquista en el punto cero nacional, sino las palomas, “los ratones con alas” (desprecio antes usado sólo contra los quirópteros) que se han negado persistentemente a abandonarla, sobreviviendo a décadas o acaso siglos de persecuciones y escrúpulos sanitarios, acusadas de unas 30 enfermedades que pueden transmitir a los seres humanos.
Parece que nadie sabe con exactitud cuándo llegaron a Chile. Hemos conocido fuentes en las que,mientras algunos suponen que antecedieron incluso a los conquistadores, otros proponen que su fecha de mayor arribo en el país ronda el año de 1830. Lo cierto es que todas las aves, desde el introducido gorrión hasta el nativo chuncho, habrán tenido su oportunidad de establecerse en nuestra Plaza de Armas; pero sólo la paloma ha podido proclamar el orgulloso arrullo de la victoria.
La paloma de la Plaza de Armas de Santiago es la especie conocida científicamente como Columba livia. Paloma corriente, para el vulgo, emparentada con la paloma doméstica y la torcaza. También se le llama paloma bravía, en otros países. A pesar de su desprestigio, corresponde a una de las ramas evolutivamente más antiguas de las cerca de 300 palomas que se conocen. Son la misma especie que ya se ha introducido en casi toda Europa y América, proviniendo desde África y Asia, a veces hibridando con otras representantes del género.

Las palomas no son oficialmente bienvenidas en Chile. Lo demuestra este afiche producido y difundido por el Museo Nacional de Historia Natural y la Comisión Nacional de Medio Ambiente, nada menos. Curiosamente, el cartel se juega por la apuesta de que esta especie entró a país en el siglo XX y no antes.
Congelados de palomas al vuelo. Tomé estas imágenes en 1994.
Imagen publicada en un diario nacional. El fotógrafo captó la misma escena que yo retrataba, pero desde el ángulo contrario. Sobre la espalda del jubilado, semitapado por las palomas, está vuestro servidor con su característica cara de gil...

Las palomas de acá se han asimilado tanto a la vida y al ambiente promedio de sus anfitriones santiaguinos que hasta se les parecen en apariencia, como sucede con los perros quiltros que simbolizan la mascotería nacional. No son los gallaros pichones plumas perfectas y relucientes, con el pecho henchido, como las que podrían encontrarse quizás en la Plaza San Marcos, la de Languedoc o la de Véneto. No: las nuestras son muy chilenazas: picantes, chulas y pungas, especialmente las que había antes (hoy ha mejorado un tanto su estética, admito).
Lucen destartaladas, vejadas, a veces raquíticas y con las plumas apelmazadas. Por un divino sarcasmo fueron convertidas en símbolos de la paz, pero es común verlas enfrentándose: machos contra machos, supongo que por una hembra; y machos contra hembra, esta vez por un apareamiento. Seguramente les abundan en piojillos, lo que, sumado a su fama insalubre, incentiva más aún la intolerancia y el desprecio por estos nerviosos vecinos de la ciudad.

La gente residente en el Centro las persigue, y las trampas abundan, por lo que es común encontrarlas con mutilaciones y graves heridas en las patas o en sus alas, algunas sobreviviendo en estado francamente deplorable. Aunque hay quienes sostienen que las palomas entraron a Chile en pleno siglo XX, Claudio Gay ya contaba en su “Historia Física y Política de Chile” (1862-1865) cómo la Iglesia organizaba cacerías contra ellas todos los 15 de octubre, para evitar la destrucción que provocaban especialmente en los campos.
Para fortuna de las palomas, sin embargo, los niños y los viejos también abundan en la plaza, y son ellos quienes más se entretienen arrojándoles migas de pan o puñados de algún cereal comprado en el carrito manisero. El agua fresca que otrora conseguían del Mapocho y sus afluentes, hoy no les faltará jamás mientras sigan existiendo las piletas del lugar.
Púas colocadas en la Catedral de Santiago para evitar que se posen las palomas. También están en los otros edificios del entorno.
Un chiste del dúo humorístico nacional "Los Indolatinos" dice del ex alcalde de un pueblo al que le llamaban "paloma de plaza"... porque cagó a todos los bancos y se echó a volar.
Los niños siguen amando a estas criaturas.
A pesar de los reclamos contra su presencia que suenan de cuando en cuando, tengo la impresión de que la población de palomas centrinas es visiblemente inferior a la que habitaba hasta el siglo pasado en la plaza. El rumor popular dice que la causa de este descenso sería responsabilidad de los inmigrantes peruanos que se reúnen diariamente en el sector de calle Catedral apodado “La Pequeña Lima”, y que las cazarían para comérselas.
Las palomas de la Plaza de Armas también se mimetizan con los innumerables mendigos que abarrotan las entradas a todos los puntos turísticos de la capital. Se acercan como una tribu de gnomos hiperquinéticos, con semblante de acecho, a la espera de una limosna alimentaria, casi como si tuvieran consciencia de que el viajero está sólo pasajeramente allí y que hasta se divierte al hacer su gesto de caridad con los pájaros.
Pero las palomas del Centro de Santiago tienen su mérito histórico, lindante en el encanto: han sido testigos del crecimiento de la ciudad y, según algunos, ya estaban aquí desde mucho antes de la llegada de don Pedro de Valdivia y de la instalación del precario campamento del peñón rocoso de nuestro Cerro Santa Lucía. De ser así, habitaban los árboles que crecían en el valle: espinos, peumos y maitenes, en donde hoy se levantan los bloques de concreto y vidrio. Otros aseguran que fue introducida en el continente en el siglo XVI. Como sea, y debido a su democrática escatología, se cagaron por igual sobre conquistadores y conquistados. Quizás apenas comenzaba a aparecer la forma de una plaza central, y ellas ya descendían sobre el polvoriento camino de Bartolomé Flores, nuestra actual calle Catedral.
La comunidad de palomas, así, se ha desarrollado en el reflejo de la urbe: tanto al ritmo del aumento de la propia plaza, como al de la erección de los edificios, iglesias y parques de todo este entorno capitalino para seguir blanqueando cornisas con sus fecas. La misma comunidad que las odia y les pone tablas con clavos en los bordes de las ventanas para que no se posen, sin embargo, las homenajea: quizás no haya postal más reconocible de Santiago de Chile que la parvada de palomas echándose al vuelo despavoridas por ejemplo, al instante mismo del cañonazo de las 12 horas desde el Santa Lucía, en especial hasta antes de que los caprichos de un mal alcalde de la ciudad obligara a bajarle el ruido a este símbolo de la historia urbana.
Me gustan las palomas de nuestra plaza. Me gusta su mirada anaranjada, con ojos de color granate, y la proximidad que las manos humanas logran sobre ellas sólo en este lugar del país. La genética de esta especie es generosa en variedades y alteraciones del patrón de diseño más característico en sus plumas, lo que les da un atractivo especial, a pesar de todo. Además, ni el más filántropo podrá negar que no hay mal del que puedan ser culpables las palomas, ni infecciones, ni defecamientos, ni aglomeración o lo que sea, que no pueda ser adjudicado también como problema a alguno de los muchos representantes de la variada fauna humana que ronda la ciudad y que frecuenta especialmente este sector de día y de noche, por lo que no creo mucho en la elocuencia de los tremendismos sanitarios.
Hasta hoy, no había vuelto a fotografiar las palomas de la plaza desde hace muchos años, desde por ahí por 1993, cuando partí con mi cámara a tomar algunas imágenes para un ramo universitario, en película blanco y negro. Me entretuve congelando su vuelo en torno a un anciano que les arrojaba de pie puñados de semillas. Pero yo también fui fotografiado desde el otro lado de calle Estado, por un sujeto joven con una cámara infinitamente mejor que la mía; y un tiempo después, fui alertado por mis compañeros de carrera de que aparecí publicado en un diario, tras el anciano y rodeado de palomas que volaban como ángeles impíos alrededor, creo que con relación a una noticia sobre jubilaciones. Lamento no conservar esas imágenes, ya extraviadas; tanto las de aves captadas en vuelo que lograra durante ese día, petrificadas en posiciones fantásticas, como también aquella fotografía publicada en el periódico.
Quizás, si no estuviesen allí estas alimañas con plumas de reflejos tornasoles, la plaza sería un lugar aburrido e insufrible, peor de lo que ya ha comenzado a ser, para gusto de muchos. No todos los jubilados caben en las mesitas de ajedrez del odeón y los niños no van precisamente a mirar las estatuas de la plaza. Y no hay diarrea de paloma ni enjambres de plumas que puedan llegar a ser más infecciosos o repulsivos que el espectáculo de aberraciones y torceduras que ofrece esa misma plaza durante algunas noches.
Como todo lo que la ciudad de Santiago tuvo alguna vez y ya no, quizás lleguemos a querer y a extrañar a estas enanas plumíferas, sólo si ya no están entre nosotros.

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