lunes, 16 de junio de 2008

EL RESTAURANT "CAPILLA LOS TRONCOS" Y LA SAGRADA ORDEN DE LA CHANCHADA

La tradicional "chanchada", servida y calentita
Coordenadas: 33°26'6.42"S 70°42'7.61"W
La partida de mi hermano Marcelo hacia otras latitudes del planeta nos dio una excusa para hacerlo de manera bien chilenaza durante la noche del pasado jueves, en uno de los pocos locales que sobreviven a la tradición secular del “shisha y shansho” nacional que, como podrá adivinarse a estas alturas, tampoco me resultará desconocido: la sagrada sede de la "Capilla los Troncos”, o “Los Troncos” para sus amigos creyentes, monasterio de peregrinación de los borrachines devotos de nuestra Santa Señora de Parrilla y la Caña de Pipeño. Pocos lugares se parecen a éste. Chileno y tradicional hasta las lágrimas. Si hubiesen arañas de rincón (no vi ninguna, aclaro), hasta éstas le zapatearían cueca.
Pero también tiene algo atípico: situado en medio de un barrio de avenida Andes del Santiago antiguo, sector capitalino sin grandes características comerciales. Parece arrancado a la fuerza desde algún pasaje de avenida San Diego, de Estación Central o de Mapocho y llevado a rastras hasta donde hoy se lo encuentra.
La hospitalidad que alguna vez fue proverbial en nuestra chilenidad, se conserva fresca en “Los Troncos” desde el cuidador de vehículos hacia adentro. Dos etapas de crecimiento del local están señaladas en el par de carteles que se le aparecen al visitante de camino hacia el interior del santuario: uno blanco, muy sencillo y con dibujos casi infantiles, seguido más adentro de otro de madera pulcramente tallada repitiendo el nombre del sitio.

Los mozos cuidadosamente uniformados corren dentro y fuera del santo enclave. Parecen sacerdotes en un convento; sólo faltan las palomas. Pasan con bandejas por las amplias salas iluminadas por esas pesadas lámparas colgantes, de metal negro. Esquivan las aún más pesadas mesas del fascinante bodegón, dejando estelas de olores tentadores y apetitosos en el camino. Esas mesas son famosas por ser de ciprés Guaiteca, como las sillas, de una sola pieza y también pesadas, desafiando al enfermo de hernia a acomodarlas a su espalda.
Es obvio de dónde viene el nombre de este lugar.
El colgante presentando el local, en madera labrada.
Muebles característicos del local, en troncos de madera de las Guaitecas.
Grandes y elegantes lámparas colgantes del local.
Majestuoso tronco de una parra centenaria dentro del local. Calculen tamaño y grosor: ambos mamarrachos del recuadro medimos más de 1.82 mts.
El restaurante la "Capilla los Troncos” nació hacia los años cincuentas en la Quinta Normal, por iniciativa de don Guillermo Riquelme, huaso y jinete descendiente de la familia materna del prócer Bernardo O’Higgins, además de ser primo de la folclorista Mirta Carrasco.
Se llamaba entonces “Los Troncos Milenarios” y no sin razón: además de las mesas y sillas con todos sus cientos de kilos de suma, una parte de la decoración la constituye el monstruoso segmento de una extraordinaria parra que creció por siglos en el Fundo de los Riquelme, según me contaron, y que hoy se encuentra asombrando a los usuarios de la sala de fumadores del local.
En sus inicios, “Los Troncos Milenarios” se hicieron su fama no sólo por los elogios de la madera, sino también por su chicha, almacenada en tinajas de cerámica mantenidas en el mismo lugar, algo que era común en las quintas de recreo de la época como “Las Tejas” y “La Piojera”, ambas situadas –sin embargo- en la zona del Centro de Santiago.
Aproximadamente en 1972, “Los Troncos” se traslada hasta su actual ubicación dentro de la misma comuna: calle el Progreso 1337. Sin embargo, la fama de sus brebajes embriagantes le hizo acreedora entre sus clientes del apodo “La Capilla”, pues “se llega a pie y se sale de rodillas” según rezaban sus fieles peregrinos en cada evocación a su santo nombre.
Tanto Riquelme como su esposa, Carmen Sepúlveda, se encargaron de preservar el carácter chileno que se hace tan distintivo en este local, desde la carta menú hasta la decoración ambiental. A decir verdad, a ratos semeja un museo costumbrista de mediados del siglo XX. Entre dos viejas pieles de puma, por ejemplo, el visitante puede ver orgullosamente enmarcada una foto y algunos textos dedicados al señor Riquelme, vestido de manta y en tenida de huaso collerudo, de rodeo. Así, al irle sumando elementos de la propia cultura generada por el local y su clientela que se resistía de dejar de llamarle “La Capilla”, no extrañará que terminara asumiendo formalmente el nombre de la "Capilla los Troncos”, hasta nuestros días, cuando es frecuentada incluso por políticos, artistas y otros famosillos.
Los mozos me confidencian que una importante viña nacional ha ofrecido impensables cantidades de dinero por la pieza del enorme tronco de parra de la sala de fumadores, sin lograr convencer a los dueños. En un artículo de “Las Últimas Noticias” del 9 de mayo de 1982 que cuelga en la pared esta misma sección del actual restaurant, adornado con unos copihues dibujados, Riquelme se jactaba de que “los gringos” le “compraban en dólares” también los muebles de ciprés. Ese año, según otro artículo del diario “La Cuarta” del 25 de junio de 2004, el local recibió un reconocimiento como la “mejor picá” de Santiago por la calidad de su servicio y su oferta culinaria.
Al sentarnos en un enorme par de mesas de la misma madera gruesa y tosca -que por más de medio siglo han sido usadas entre generaciones de comensales adictos a “Los Troncos”-, pedimos algún “traguito” para acompañar los kilos de carne que se nos vienen encima (o adentro, según el punto de vista). Las posibilidades van desde los vinos tradicionales hasta la sacrosanta jarra de terremoto. Pipeño, cerveza, combinados, etc. Parece haber de todo. También hay un “borgoña” de piña, al que se inclinó nuestra tentación aquella noche.
Un mozo moreno y muy delgado casi aparenta volar mientras trae la contundente especialidad de la casa: la “chanchada”, una parrillada totalmente hecha de cerdo con papas. También existe la “parrillada al tronco”, más surtida y que puede incluir interiores. En realidad la carta es amplia, pero definitivamente la “chanchada” es la más atractiva para nosotros, autorizados por la divina voluntad a comer de este animal impuro. Si bien está concebida originalmente para cuatro hambrientos (un pernil, cuatro prietas, cuatro costillas, cuatro longanizas, cuatro arrollados, cuatro chuletas), hemos comprobado -otra vez- que alcanza para seis bocas, e incluso sobró un poco. Además, nos la acompañan con pequeños panecillos amasados, con ají y con cebolla en escabeche. Todo un banquete de fonda republicana.
Un par de horas después nos vamos desde el monasterio sacro a continuar nuestra despedida, prometiendo un regreso. Mi hermano se va satisfecho, a cruzar el mundo con una parrilla muy chilena en las entrañas. Volverá algún día a su patria nativa, y nosotros también regresaremos a “Los Troncos” a celebrar su retorno con el secular ritual de la “chanchada”.
Así se hace la fe.

2 comentarios:

Editor dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Conozco muy bien ese lugar lleno de grandes recuerdos de la comuna donde pase mi infancia, ese lugar era muy frecuentado por borrachines caseros quienes compraban la famosa "cañita" a 50 pesos o el relleno de botella a 100 de vino casero guardado en tinajas selladas de brea, imaginate el sabor poco agraciado de tal vino, pero su efecto etilico era grandioso, luego cambiaron a chicha, ya que en los sectores aledaños ganaron fuerza las cantinas-botillerias, costumbre perdida hace mucho, en la cual la misma botilleria podias beber, estas no disponían de mas de 3 productos, aguardiente, pilsen y vino de campo o botella de San Carlos de Cunaco y un emergente y comercial producto llamado Santa Helena, que profesionalizo el arte de beber por pocos pesos.
La capilla de los troncos era frecuentada los viernes por la clase alta de los barrios de Quinta Normal, los dueños de talleres mecanicos, almaceneros, panaderos y por la clasica vieja cuica del pasaje (en cada pasaje de habia una)y por supuesto los humildes trabajadores de la comuna que esperaban a fin de mes para consolidar a la familia.


Saludos, Alvaro Tello

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