viernes, 27 de junio de 2008

EL VALOR ESTRATÉGICO DE LA ANTÁRTICA SEGÚN BERNARDO O'HIGGINS

Generalmente, cuando los biógrafos del Libertador Bernardo O’Higgins Riquelme se refieren a su temprana conciencia territorial sobre la naciente República de Chile, no suelen ir más allá del famoso mantra “Magallanes, Magallanes…” que repitiera el prócer delirando ya en su lecho de muerte, en el exilio en Perú.
Bien: estamos de acuerdo en que O’Higgins consideraba a Magallanes, la Finis Terrae, como la llave del futuro para su patria, y por eso se llevó hasta su último aliento. Lo dice textualmente en sus misivas a amigos y camaradas de armas. Sin embargo, cabe detenerse en una pregunta: ¿La llave PARA QUÉ?
La Patagonia y Magallanes tenían un valor propio que O’Higgins le conocía perfectamente, a diferencia de la mayoría de sus demás compatriotas en la época, según se deriva conclusión de las cartas que enviaba a las autoridades chilenas, abogando fervorosamente por la pronta toma de posesión del Estrecho. El 24 de octubre de 1830, por ejemplo, escribe al futuro Presidente Joaquín Prieto insistiéndole en la necesidad de incorporar a la República a todos los chilenos que vivían en las partes más aisladas del territorio, demostrando sus convencimientos sobre los chilenos de la Patagonia Oriental:
"Estas materias, repito, que ocupan mi imaginación, me permiten, mi querido General, no solamente recomendarle, sino también imprimir en usted la grande importancia de calcular y adquirir por todos los medios posibles la amistad no solamente de los araucanos, sino con más vigor de los pehuenches y huilliches, conviniendo, como yo convengo con Molina, que todos los habitantes de los valles del Este así como del Oeste de los Andes son chilenos. Yo considero a los pehuenches, puelches y patagones por tan paisanos nuestros como los demás nacidos al norte del Biobío; y después de la independencia de nuestra Patria ningún acontecimiento favorable podría darme mayor satisfacción que presenciar la civilización de todos los hijos de Chile en ambas bandas de la gran cordillera y de su unión en una gran familia. Estas son las aspiraciones en que se ha lisonjeado mi ambición en mi retiro".
Pero, ¿era sólo esa la visualización que O’Higgins le hacía a la Patagonia y al extremo Sur del continente: el valor intrínseco del Estrecho en la navegación mundial y en el comercio internacional? ¿O había algo más en la conciencia del ex Director Supremo, particularmente por la proyección de este territorio sobre la Antártica?
El diplomático y escritor Carlos Silva Vildósola realizó uno de los hallazgos más notables sobre el pensamiento de O’Higgins, mientras escarbaba en el Archivo General del Foreign Office de Londres, traduciéndolo al español y publicándolo en Santiago en el Tomo XVII de la "Revista Chilena" de 1923. El extraordinario descubrimiento confirma todas las sospechas sobre el conocimiento que Bernardo O’Higgins tenía en relación a la soberanía antártica de Chile. Se trata de una carta informativa fechada el 20 de agosto de 1831, firmada por el propio Libertador y dirigida al miembro de la Real Marina Británica, Capitán Coghlan. La nota iba acompañada de un "bosquejo comparativo" de las ventajas geográficas de Estados Unidos de Norteamérica y la República de Chile, situadas en extremos opuestos del continente pero, sin embargo y por lo mismo, en posiciones de privilegio para alcanzar el poder hemisférico.
Optimista y visiblemente entusiasmado con el futuro que le pronostica a su país, O’Higgins comenta la conveniencia de un plan de colonización chilena de los territorios de la República, proponiéndole a Coghlan que dicho poblamiento se hiciera con inmigrantes irlandeses, tal como se hacía en buena parte de Norteamérica por esos días. Cuando el prócer señala la frontera Sur de su patria (y aquí viene la gran sorpresa), indica que ésta se situaba en la costa Atlántica desde la Península San José a Nueva Shetland; es decir, en la Península Antártica, la misma que hoy lleva su apellido en la cartografía oficial de Chile.
Dice O’Higgins al Capitán británico, entonces:
"Chile viejo y nuevo se extiende en el Pacífico desde la bahía de Mejillones hasta Nueva Shetland del Sur, en latitud 65º Sur y en el Atlántico desde la península de San José en latitud 42º hasta Nueva Shetland del Sur, o sea, 23º con una superabundancia de excelentes puertos en ambos océanos, y todos ellos salubres en todas las estaciones”.
Abundando en sus buenos presagios, agrega alegremente a punto seguido:
“Una simple mirada al mapa de Sud-América basta para probar que Chile, tal como queda descrito, posee las llaves de esa vasta porción del Atlántico Sur..."
El Capitán Coghlan consideró tan interesante este informe que lo envió personalmente al Foreign Office de Londres, con el objeto de que fuese estudiado. Allí lo encontraría Silva Vildósola, casi un siglo más tarde. Se entiende, así, por qué la incorporación de la Finis Terrae le quitó el sueño hasta en su último instante de existencia a don Bernardo. El 4 de agosto de 1842, le escribía nuevamente al Presidente Bulnes, esta vez con un lenguaje cruel e inquisidor:
"No ocultaré del conocimiento de Ud. la opinión y el pensamiento que ha ocupado siempre mi imaginación. Que entre todas las medidas de mi Gobierno no hubo alguna en que haya incurrido en mayor responsabilidad ante Dios y los hombres, que al sancionar la ley por la que los límites de nuestra Patria se hacían extensivos hasta el Cabo de Hornos, sin tomar al mismo tiempo medidas efectivas para conferir las bendiciones de la civilización y la religión sobre todos los habitantes comprendidos dentro de estos límites. Yo por lo tanto me consideraría el más desgraciado si no estuviese plenamente satisfecho que los autores de la revolución del 28 de enero de 1823, fueron solamente los responsables por el vergonzoso descrédito que recayó sobre la nación a consecuencia del total abandono demostrado a la moral, a la religión y condición física de los desgraciados, desnudos e ignorantes habitantes de la Patagonia occidental y de la Tierra del Fuego, desde el año 1822, en que se hicieron ciudadanos chilenos en virtud de la ley que declaró su suelo parte integrante de la República".
El General Bulnes ya estaba próximo a ser convencido por el comerciante norteamericano George Mabon y por el exiliado platense Domingo F. Sarmiento (futuro presidente de la Argentina) de fundar la colonia chilena del Estrecho de Magallanes. Le propuso a O’Higgins regresar y hacerse testigo en primera fila de los acontecimientos que tendrían lugar. Lamentablemente, la salud de O’Higgins empeoró, falleciendo en la hacienda de Montalbán el 24 de octubre siguiente.
El sueño póstumo de O’Higgins quedó concluido el 21 de septiembre de 1843, con la fundación del Fuerte Bulnes y la ocupación formal del Estrecho.
No quedan dudas, entonces, de que O’Higgins tenía una clarísima visión territorial y proyectual para la soberanía de Chile en tiempos en que las fronteras y los límites eran sólo una relación vaga e imprecisa entre las repúblicas de la joven América emancipada. Y lo que es más importante: el Libertador sabía perfectamente que había una relación vincular entre Chile (y por extensión, el Cono Sur de América) y la maravillosa tierra de la Antártida.

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