lunes, 30 de junio de 2008

EDGAR ALLAN POE Y LAS AVENTURAS ANTÁRTICAS DE ARTHUR GORDON PYM

Muchos le reprochan que no se trate de una de sus mejores historias y que se aleje del cauce más distintivo de sus relatos, quizás, pero no cabe duda de que “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym” (titulado en inglés "The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket”) es una de las obras más extrañas y misteriosas de Edgan Allan Poe, además de conocida; repleta de detalles que parecerían ser símbolos y sugerencias que han hecho correr mucha tinta a los analistas literarios.
Sería por ahí por 1997 cuando mi amigo Rodrigo Arias me trajo desde su ciudad de Colina hasta mi casa en Santiago esta fascinante obra de Poe, en una vieja edición de principios del siglo XX con tapas de cartón y hojas amarillentas de esquinas ya redondeadas por el uso y el tiempo. Doble maravilla: forma y fondo.
El libro, única novela de Poe y escrita antes de sus treinta años, fue editado originalmente en dos partes; pero en 1838 se lo presentó en New York como obra de un solo volumen, como se la conoce hasta ahora.
La obra es un diario de viaje de un marino aventurero que pasa por todo en su odisea: de polisón a secuestrado por corsarios; de náufrago a pionero en avanzar hacia el Polo Sur. Hay instantes en que el autor se esfuerza tanto en su trabajo por darle realismo (o volumen de páginas, no lo sabemos), que incluso fastidia al lector con datos que podrían pasar por irrelevantes al relato, como las observaciones científicas e históricas que intenta formular el protagonista al describir latamente las características de la geografía visitada o los comportamientos de las aves que observa en la costa insular. No hay precisión sobre el origen de los conocimientos que Poe tenía sobre estos antecedentes de la Antártica; para entonces había muy poca literatura científica al respecto, y en América se desconocían los detalles de los grandes viajes que Poe describe con enorme precisión.
Pero, por sobre todas las cosas, “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym” han quedado en la historia por la etapa final del libro, cuando el marinero se une a una expedición que avanza rauda hacia un territorio antártico muy distinto del que hoy tenemos conocimiento, y en el que comienzan a asomar los únicos elementos casi sobrenaturales de toda la narración.
Pym, imaginario narrador en primera persona de su propia historia, comienza la escritura poniendo al día su libro de anotaciones, pues sus escrituras están atrasadas con relación al desarrollo del debate. Muchos sospechan que es una representación hecha de sí mismo por Poe, incluyendo el parecido fonético del nombre del autor y de su personaje. Confiesa ser hijo de un comerciante Nantucket, nacido en una familia acomodada y que desde temprano manifestó una atracción incontenible por los misterios del mar y de la navegación. Por consiguiente, en junio de 1827 se mete furtivamente gracias a su amigo Augustus, dentro de un navío anclado en el muelle, comenzando así su experiencia de cerca de nueve meses.
Escondido en una bodega, Pym confiaba en que Augustus le proporcionaría alimento y agua después del zarpe. Pero los días transcurrieron y la desesperación del protagonista comienza a tornarse en delirio. Por fin obtiene un aviso: el bergantín ha sido secuestrado por piratas, y él es la única esperanza de la tripulación. El paso sobre el punto sin retorno en la historia de Pym, entonces, había sido dado ya.
La novela pasa por lo inimaginable desde ahí en adelante: náufragos, crímenes, rescates. Hasta canibalismo. Experiencias de vida y de muerte, siempre al borde. Barcos fantasmales, llenos de cadáveres se le aparecerán de camino a las aguas del Pacífico Sur. Hambre y sed de pesadillas. Tras penurias terroríficas, Pym y otro sobreviviente logran ser rescatados por una goleta inglesa que iba camino a la Tierra de Kerguelen, la “Jane Cuy”, capitaneada por Guy. Según escribe Poe, esto sucedió “a la altura del cabo San Roque, a 31º de longitud oeste”.
Todo transcurre alegremente desde ese instante, navegando entre la ballenas hasta que la goleta es atacada por una borrasca en el Cabo de Buena Esperanza. Sobreviven “por milagro”, según cree el capitán Guy, y desde allí continúan su ruta por aguas cada vez más peligrosas.
Es aquí donde Pym -o mejor dicho Poe- comienza a introducirse en la historia de los viajes de las aguas australes del planeta, sabiendo que la aventura se aproxima hacia el continente de la Antártica. Cook, Kreutzenstern, Wedell y varios otros aparecerán referidos, convirtiendo varias páginas del relato en un verdadero libro de historia, que no esconde la ensoñación y el placer que producen en Poe los temas antárticos. Las letras parecen alfombrar con datos reales la cercanía de los hechos insólitos que se integrarán a los últimos días de aventura de Pym:
“Éstos son los principales intentos realizados para penetrar en las remotas latitudes del sur –escribe-, viéndose ahora que quedaban, antes del viaje de la Jane, cerca de trescientos grados de longitud en el círculo antártico que no habían sido cruzados. Naturalmente, se extiende ante nosotros un ancho campo por descubrir, y oí con más vivo interés al capitán Guy expresar su decisión de avanzar resueltamente hacia el sur”.
Los hielos flotantes empiezan a aparecer ante la goleta en la posición 63º 23' de latitud sur y a 45º 25' de longitud oeste. Poco después, justo al comenzar el año de 1828, el “Jane Cuy” ya enfrenta a los primeros bancos de hielo, que atraviesa cruzando el círculo polar. Luego de llegar a una barrera gélida, contornea este obstáculo hasta encontrar un acceso hacia el continente entre intermitencias de viento y granizo. Los icebergs, de tamaño descomunal, pasan amenazantes junto al navío, perdiéndose después en la neblina. A medida que avanzan, comienzan a aparecer arrecifes y maderos flotantes, rodeados de aves marinas que los marineros cazan para alimentarse mientras siguen su travesía. También encuentran una especie de oso polar de gran tamaño, flotando sobre un trozo de hielo, al que dan muerte rápidamente para comerlo.
Pese a las precisiones históricas y científicas de algunas de sus observaciones, la descripción que Poe hace de la Antártica parece inspirada en las noticias que se tenían más bien del Ártico, en aquellos años, aunque establece explícitamente algunas diferencias. La presencia de un oso polar no es la única comparación posible, según veremos.
Los viajeros llegan hasta una isla, donde hacen una parada antes de proseguir la ruta, siempre escoltados por las ballenas y los albatros. “En este momento habíamos avanzado hacia el sur más de ocho grados sobre los que todos los navegantes anteriores, y el mar se extendía aún completamente abierto ante nosotros”, anota el protagonista en su cuaderno. En esta etapa comenzarán a encontrar señales varias de la vida en el paisaje polar de aguas oscuras, como un arbusto lleno de bayas y el cuerpo de un extraño animal que les resultaba desconocido. Poe comienza a esbozar un retrato, entonces, que semejaría más al territorio de Alaska o Siberia que a la Antártica de la que hoy sabemos bastante más que el autor o cualquiera de sus contemporáneos de mediados del siglo XIX.
Al fin logran llegar a una costa cómoda. Los recibe una tribu de canoeros de raza negra. Es un enigma la razón que motivó a Poe a colocar una raza tan asociada al calor del África en este lugar de hielos.
“Tenían la estatura media de los europeos –los describe-, pero eran de constitución más musculosa y membruda. Su tez era de un negro azabache, con el pelo espeso, largo y lanoso. Iban vestidos con pieles negras de un animal desconocido, tupidas y sedosas, ajustadas al cuerpo con cierta habilidad, quedando el pelo hacia adentro, excepto alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos”.
Esencialmente, son salvajes, de aspecto y modales agresivos. Poe se esfuerza por recalcar su inferioridad. El escritor y articulista chileno Sergio Fritz Roa sospecha que puede haber una motivación racista propia de la época en la descripción que hace de esta extraña raza antártica, a la que representa como insólitamente primitiva y, más encima, traicionera y peligrosa.
Los extraños nativos reciben inicialmente con festejo a la tripulación del “Jane Cuy”. Los marineros, a su vez, se sorprenden de encontrar tortugas de las Galápagos entre los retrasados indígenas y otras especies animales, por lo que el capitán Guy decide inspeccionar el territorio con una pequeña exploración. El propio Pym le convence de realizar esta empresa, y parten contemplando esta tierra extraña, ahora seguidos de los numerosos salvajes:
“Los árboles no se parecían a ninguno de los que crecían en la zona tórrida, templadas o frías del norte, y se diferenciaban por completo de los que habíamos encontrado en las latitudes meridionales más bajas que acabábamos de atravesar. Las mismas rocas eran distintas por su masa, su color y su estratificación; y los arroyos, por increíble que esto parezca, tenían tan poco de común con los de otros climas, que teníamos escrúpulo en beber, e incluso nos era difícil persuadirnos de que sus cualidades fuesen puramente naturales… A causa de la peculiar naturaleza del agua, nos negamos a probarla, suponiendo que estaba corrompida, y sólo después de un buen rato logramos comprender que aquél era el aspecto de los arroyos en todo el archipiélago. No sé cómo dar una idea clara de la naturaleza de aquel líquido, ni puedo hacerlo sin emplear muchas palabras”.
Al llegar a la aldea de los nativos, compuesta por las más miserables chozas y cavernas vistas, Pym comienza a intuir algo extraño sobre ellos. Se les han ido sumando más hombres en el camino y parecen traerse algo entre manos, por lo que advierte de ello a Guy mientras caminan. En el poblado siguen realizando descubrimientos:
“Había muchas mujeres y niños, no careciendo las primeras de lo que puede llamarse belleza personal. Eran altas, erguidas, bien constituidas y dotadas de una gracia y desenvoltura como no se encuentran en la sociedad civilizada. Sin embargo, sus labios, al igual que los de los hombres, eran gruesos y bastos, hasta el punto de que ni al reír dejaban ver nunca los dientes. Su cabello era más fino que el de los hombres. Entre todos aquellos salvajes desnudos podría haber diez o doce que estaban vestidos…”
¿Estaría Poe describiendo a los indios fueguinos cuando establece estas características en la extraña raza antártica que recibe a los viajeros europeos?
Los hombres blancos son conducidos hasta una cabaña del líder de la tribu, en medio de la expectación y la hostilidad de los nativos, y les sirven entrañas de un animal extraño como alimento, comida que rechazan excusándose en la falta de apetito. Entonces, convencen al líder de llevarlos hasta el sector de la isla en donde podían cazar moluscos y recolectar frutos para aumentar la reserva de comida de la expedición. Luego, comenzarán a planear la construcción de un campamento.
La aventura continuará por varios días más, negociando con los salvajes y preparando el terreno para levantar las cabañas. Los nativos invitan a los europeos a una “despedida” a celebrar en la aldea antes de que se establezcan en el campamento. La insistencia y las intrigas del líder no alcanzaron, sin embargo, para levantar las sospechas de la tripulación, sobre la existencia de una trampa.
Los europeos desembarcaron armados. Los salvajes llegaron a escoltarlos desarmados y con zalamerías simulando hermandad. Marchaban sin novedad hasta que llegaron a un precipicio, que debían bordear por una de sus laderas. Entonces, el terreno se desmorona sobre ellos, producto de una crueldad mortal preparada por los inciviles hombres de la isla antártica.
Pym y otro hombre sobreviven sin que los criminales lo adviertan, y la historia continúa entonces, volviéndose cada vez más extraña y misteriosa:
“Nuestra situación, tal como se nos presentó entonces, apenas era menos aterradora que cuando creímos estar enterrados para siempre. No veíamos ante nosotros más perspectivas que la de ser inmolados por los salvajes, o la de arrastrar una existencia miserable de cautividad entre ellos. Ciertamente, podíamos ocultarnos por un tiempo a su observación entre la fragosidad de los montes o, como último recurso, en el barranco de donde acabábamos de salir; pero moriríamos de frío y de hambre durante el largo invierno polar, o seríamos descubiertos últimamente al esforzarnos por llegar hasta los indígenas”.
Advirtiendo que la isla se llenaba de salvajes prestos al saqueo del “Jane Cuy”, que seguía anclado con seis hombres a bordo ignorantes de lo sucedido, los dos europeos se escondieron observando con desesperación, desde la distancia, cómo era destruida la nave y cómo sus tripulantes intentaban en vano defenderla.
Los hombres, entonces, se ocultaron entre las colinas y bosques de la isla lejos de la violencia de los salvajes y en un escenario natural que hoy nos parecería impensable en la Antártica. Tras una semana de penurias, decidieron bajar hacia la misma quebrada donde habían sido atrapados en el derrumbe provocado por los salvajes. Pym dibuja la extraña forma de las gargantas tras explorarlas cuidadosamente, así como unas formaciones en la roca que semejaban escrituras desconocidas, pero que el protagonista considera obra de la naturaleza. El aspecto de sus ilustraciones tiene algo perturbador, como si hubiesen sido tomadas de una extraña tierra perdida pero real.
Tras arriesgadas maniobras por el acantilado, los hombres son atacados por un grupo de los mismos salvajes negros, siendo repelidos por las pistolas de Pym. Lamentablemente, los disparos anunciaron por toda la isla la presencia de los sobrevivientes. Secuestran a uno de los agresores, llamado Nu-Un, y corren con él hacia la costa, mientras los nativos bullían desde todos lados para perseguirlos. Entonces, se apoderaron de una canoa y remaron frenéticamente escapando de los salvajes, de los que se defienden con disparos, cuchillos y ningún remordimiento:
“En verdad, por lo que he podido saber de aquellos desdichados, pertenecían a la raza humana más malvada, hipócrita, vengativa, sanguinaria y completamente diabólica que existe sobre la faz de la tierra. Es evidente que no hubieran tenido ninguna misericordia con nosotros si hubiésemos caído en sus manos. Hicieron una loca tentativa para seguirnos en la canoa averiada; pero, al ver que estaba inservible, exhalaron de nuevo su rabia en espantosas vociferaciones y corrieron de nuevo hacia sus colinas”.
Habiendo quedado atrás los salvajes, los hombres quedan a la deriva en las aguas antárticas, aunque con algunas islas a la vista.
“Decidimos dirigirnos resueltamente hacia el sur –dice Pym-, donde existía al menos la oportunidad de descubrir tierras, y más de una probabilidad de dar con un clima más suave”.
La canoa se abre paso hacia el polo, entonces, sorteando olas que amenazaban a la frágil embarcación, hasta que llegaron a aguas más calmas. Ya cerca del final del libro, el relato comienza su etapa más enigmática y desconcertante:
“Muchos fenómenos inusitados nos indicaban ahora que estábamos entrando en una región de maravilla y novedad. Una alta cordillera de leve vapor gris aparecía constantemente en el horizonte sur, fulgurando a veces con rayos majestuosos, lanzándose de este a oeste, y otros en dirección contraria, reuniéndose en la cumbre, formando una sola línea”.
Poe pasa rápidamente por detalles intrigantes de la historia, supuestamente arrancados al salvaje cautivo en un interrogatorio. Hay más gente en las islas, y todas estás gobernadas por un misterioso rey. Me recuerda el argumento central de la famosa serie norteamericana “Lost”, y no soy el único que ha notado la semejanza. Con celeridad, Pym escribe brevemente cada día en su diario, anotando sólo fragmentos generales de la jornada. Una corriente los sigue arrastrando hacia el sur.
Finalmente, el 22 de marzo, Pym escribe su último registro. Intrigante, inconcebible y arcano. Un gigante blanco se hace presente, y con él una lo que parece ser la entrada a un mundo interior. Si no habéis leído la obra y queréis preservar la calidad de la sorpresa, sugiero fuerza de voluntad para no pasar por las líneas que vienen a continuación:
“La oscuridad había aumentado sensiblemente, atenuada tan sólo por el resplandor del agua reflejando la blanca cortina que teníamos delante. Múltiples aves gigantescas y de un blanco pálido volaban sin cesar por detrás del velo, y su grito era el eterno "¡Tekeli-li!" cuando se alelaban de nuestra vista”. En este momento, Nu-Nu se agitó en el fondo de la barca; pero al tocarle vimos que su espíritu se había extinguido”.
Todo el libro de Poe parece escrito para este momento final, ardiente e inconcluso: en una catarata, se abre un abismo… Y aparece en la senda de la canoa “una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra”. Un gigante, blanco como la nieve… Es lo que alcanza a escribir el narrador cuando desaparece el relato. Toda la aventura de Pym, entonces, había sido una carretera sinuosa hacia este instante preciso con que se cierra la obra, dejando al lector ahogado en preguntas y misterios incontestables. Se le considera, así, uno de los finales más insólitos e intrigantes de toda la literatura universal.
Penan aquí las aseveraciones de autores como Miguel Serrano sobre las entradas al Mundo Interior, al Antiction griego. También su observación sobre la presencia del prefijo “An” en los nombres asociados a la raza perdida de los gigantes de la mística aria: Andes, Anahatha, Anaperene y, por supuesto, Antártica.
¿Tenía acaso Poe la intención de continuar algún día su obra? ¿Por qué no lo hizo, entonces? ¿Y quién continuaría la obra de Poe, para traerlos la luz que Pym no alcanzó a anotar en su vertiginoso diario de viaje? Fritz Roa busca la continuidad entre la obra de Lovecraft y de Serrano. Julio Verne le imaginó una continuación, y así concibió su obra "La Esfinge de los Hielos", de cuya trascedencia también nos ocuparemos aquí, a futuro. Lovecraft también estuvo cerca de develar su misterio, al inspirarse en esta obra de Poe para escribir el pavoroso texto de "En las Montañas de la Locura", curiosamente la única con extensión de novela en este autor, como "Las Aventuras de Arthur Gordon Pym" lo son en el currículo de su autor.
Quizás eso esperaba el autor de “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym”: dejar la pregunta abierta a la posteridad, sabiendo que ésta sería la garantía de inmortalidad de la novela.
Edgar Allan Poe es, de esta manera, el cultor de un mito propio para la Antártica. Una Antártica fabulosa, con aguas tibias que llegan al polo, con hostiles habitantes negros y gigantes custodiando entradas al interior del mundo. Estructura mítica que volverá a representarse varias veces más, en ese umbral de la ciencia y la fantasía que continúa rondando al legendario del Continente Blanco.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿pero nadie se ha dado cuenta que a Poe se le fue la imaginación para un final bueno? Ser buen escrito, como él lo era, no es garantía de perfección. No supo concebir un final bueno, y él nunca quiso rematar la novela con un final vulgar. Todos a salvo, un hombre respetasble, aplaudido por científicos, etc. eso no hubiera estado a la altura de su estupenda obra. La novela lo desbordó y lo de la figura blanca es una jugada de su cerebro atormentado.

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