jueves, 10 de enero de 2008

DOMINGO, UN MAESTRO FRENTE AL ESPEJO

Actualización: imagen de Domingo Espejo (al centro del grupo) en el Liceo Manuel Barros Borgoño, publicada en una edición de la revista borgoñina "Caminito Sonoro", de 1995. Le acompañan (de izquierda a derecha) sus colegas profesores Luis Farfán, Bárbara Toro, Domingo Espejo, Ivonne Santoro, Olga Molina (mi exprofesora jefe, allí, en el tercer año medio) y Doris Sánchez. Imagen gentilmente proporcionada por mi amigo y también miembro de la comunidad borgoñina Cristián Mancilla.
Coordenadas: 33°28'1.16"S 70°38'56.36"W (Liceo Barros Borgoño)
En el Liceo Manuel Barros Borgoño, por allá por 1988 y 1989, tuve oportunidad de conocer a un excelente profesor de castellano llamado Domingo Espejo Candia. Era un hombre de largas barbas ardientes, como la de los filósofos apocalípticos tipo Horbiger.
Aunque es conocido que a los Domingo los apodan a veces Chumingo, especialmente en el campo, contaban en el liceo que fue por su carácter bonachón y servicial que se ganó el apodo de “Don Chuma”, supongo que por el fiel amigo de Condorito, motete más tarde corrompido a “Chumingo”. Nunca pude confirmar este rumor.
De origen modesto, pero un caballero de ley por sobre todo, Domingo Espejo se permitía de vez en cuando algunas pícaras informalidades en su lenguaje, que entraban en franca disputa con su condición de profesor de literatura, en la que tenía probada calidad. Una vez, por ejemplo, entró a nuestra sala en precisos momentos en que sonaba por la ventana del segundo piso la característica flauta que usaban por entonces los afiladores de cuchillos mientras paseaban su máquina de pedal por las calles de la ciudad. Espejo, sin dejar pasar la ocasión y con su agilidad mental tan propia del chileno sencillo, gritó con aires de urgencia: “¡A sentarse jóvenes, que viene el afilador!”. En alguna otra oportunidad, halagó nuestro orgullo de curso diciendo que éramos un grupo particularmente inteligente y capaz, “aunque medios ahuevonados no más”.
Poeta y prosista aficionado, pero con el talento de muchos profesionales que sólo tuvieron condiciones ambientales más favorables que las suyas para consagrarse, el señor Espejo pertenecía a una de las generaciones de compatriotas perdidas en el tiempo: a esos izquierdistas románticos, de ideas puras, colmados de fantasías utópicas y bellas esperanzas depositadas en el destino final del hombre. Veía con dolor, de hecho, cómo sus “compañeros” cambiaban el podio por el arma y la pluma por el coctel Molotov. Muchos se sorprendieron cuando nos increpó con dureza durante una violenta protesta en el entonces provisorio establecimiento del liceo en calle Tocornal, cuando resultó herido un carabinero por la acción de un anónimo alumno que le arrojó un proyectil desde un segundo piso.
Espejo soportaba la indisciplina inocente, pero no toleraba la falta de respeto, ni la ofensa gratuita o la injusticia insolente. Su honor era algo inmaculado, perfecto, con esa inexpugnable solidez moral que se hace cada vez más escasa en nuestra sociedad. En sus años jóvenes, y siendo ya un comunista militante en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, había defendido a un profesor “momio” de su facultad al que un grupo de alumnos universitarios le habían hecho una encerrona con características de cuadrillazo, procurando su despido sólo por cuestiones políticas. Qué imagen reflejaría en mí ese Espejo…
Unos años después, yo estaría haciendo lo mismo en mi facultad en una conocida universidad vinculada al izquierdismo, intentando defender desde el anatema de “fascista” a un profesor del Partido Humanista, sobre el cual se había arrojado la jauría de alumnos más problemáticos y politicastros de la carrera que, curiosamente, siempre coinciden con los de más bajo rendimiento y mayor deserción. Es algo más que le deberé eternamente a Espejo y que debo sumar a la larga lista.
Creo que también fue su mérito el que yo haya aprendido a amar la palabra escrita y poder comprender, por primera vez, la poesía, que tantas dificultades me ha planteado en la vida. Los dos minutos o menos en que le acompañaba escala abajo a la salida de la sala, conversando de camino a su oficina al final de cada clase, casi me parecían tan valiosos y retribuyentes como la clase misma. Casi puedo recordar cada palabra, cada gesto y cada segundo de esos breves instantes en la semana, y me ronda hasta hoy el recuerdo de su voz ronca, tan expresiva, casi como la de un locutor veterano y avezado en su oficio.
Para seres como él, para los auténticos maestros reducidos a meros profesores de secundaria por el caprichoso orden de una sociedad injusta, el rostro infantil y sucio de una niña tenía mil veces más significado que esos ajustes forzados del materialismo histórico y la narrativa “social” tan llena de azotes al moralismo de clase, que era ya la única fuente de inspiración de sus camaradas, para entonces mentalmente muy paralizados.

En una oportunidad, observé un papelito en el que anotaba a modo de apuntes sus divagaciones más diversas, esas que guardaba en su cuaderno de versos íntimos, y en el que se leía un pequeño verso de sólo dos líneas escritas por su mano:
Me acusan de atentados,
y yo sólo escribo poemas con mecha

Nota: me he permitido usar la únicas fotografías que encontré, en un foro de "borgoñinos" de Internet, para mostrar aunque sea nebulosamente a nuestro querido profesor Espejo, más abajo. Espero que mis compañeros post-generacionales del liceo me disculpen esta imprudencia.

Espejo atesoraba también un clavel seco y aplastado, guardado entre las páginas de un grueso libro como del tipo de los que imprimía antaño don Toribio Medina en su famoso taller. Parecía cualquier flor momificada, pero era en realidad una de las que estuvieron sobre la tumba del propio Pablo Neruda el día de su triste funeral, según nos confesó, admitiendo con voz quebrada su profunda y sincera admiración por el poeta, de cuyo culto trascendente era, sin embargo, uno de los más fuertes críticos que he podido conocer, pues no se obnubiló jamás con la mistificación que la oficialidad oportunista y parasitante le ha tejido a nuestro último Premio Nobel y que cobrara tanta luminaria en su centenario.
“La fama de Neruda –decía Espejo con singular propiedad- ha opacado injustamente la posibilidad de reconocer el talento de todos los demás poetas chilenos...”.
También le reconocía un lado evidentemente panfletario y hasta nos conminaba a no teñir nuestros trabajos literarios de esa exasperación contextual, aunque agregaba: “¿Pero quién soy yo para juzgarlo?”.
Al igual que don Domingo Espejo, hubo muchos admiradores de Neruda que no cayeron seducidos por la fiebre de las circunstancias históricas del momento, manteniendo la mesura y la lealtad con las verdades. Nunca, jamás nos deslizó algún comentario incomodante, o nos empujó a definir posiciones políticas. Su máxima de respeto al otro era absoluta. Mientras algunos ya habían hecho correr un rumor entre los estudiantes de esos años, respecto de que el poeta había sido asesinado por los militares durante el golpe o incluso “envenenado”, Espejo, en cambio, había estado allí trayéndonos ese clavel mustio, testimonio desde otras épocas que parecían irreales, desde otros tiempos que para él han de haber seguido frescos y dramáticos. Así, cuando tomaba orgullosa esa rama seca y plana, seguramente la veía tan viva y roja como el mismo día en que sus manos la rescataron del entierro junto al poeta.
"Quizás somos sólo los personajes de una novela escrita por un autor más grande y superior que nosotros" -nos dijo en otra ocasión.
Espejo rondaba en otras lides, en otros bosques. Lo suyo era una superconsciencia; un estado de comprensión y de discurso que pocas veces habrá de verse en los hombres de nuestra época vacua y superflua. Su respeto por la poesía le hubiese impedido enredarla como la proclama y el manifiesto; en lugar de eso, a su paso esa misma poesía florecía por sí misma. Él estaba muy encima de las banalidades; demasiado, quizás. Su poesía estaba en su obra: en la formación de nosotros mismos, de sus alumnos. La relación idealizada del maestro con sus discípulos, por sobre lo profano y formalista de profesores con sus alumnos.
Viendo la imagen de algunos docentes de hoy, a escupitajos y palos contra figuras políticas y protagonizando desmanes tan ajenos a la austeridad de una vida consagrada a la docencia (por justificados que estén sus enconos), me viene a la memoria la figura adusta y solemne de mi maestro, don Domingo Espejo, con sus barbas canas, con su terno viejo y gastado subiendo las escaleras del Barros Borgoño con un lote de libros de tapas duras en una mano, y el otro brazo “pifiado” colgando de una corbata roja que usaba como cabestrillo, brazo que tantas veces le recordó que ya era viejo y que debía visitar a su kinesiólogo. Su forma de lucha social en un aula logró transmitirnos más valores que mil años de protestas y disturbios callejeros, y menos del frenesí destructivo por parte de los energúmenos que jamás tuvieron ni tendrán el privilegio de una clase con él.
Allí venía el viejo Espejo, cuando aún no nacía la LOCE, ni el Estatuto Docente, ni la LGE; por lo tanto, ajeno a la baratija ideológica. Venía a enseñarnos, a guiarnos; y tal vez a algo más… Subía su propia escala para ir a levantarnos a nosotros en un peldaño más en la cultura y la civilidad. Venía a mezclar palabrillas soeces para distender la tensión del ramo, inteligentemente intercaladas con sus enseñanzas sobre Miguel de Cervantes o William Shakespeare; o bien con su procedimiento de análisis del mundo real y del mundo ficticio en los cuentos de Julio Cortázar, el más acertado y eficiente de todos los que he conocido, incluso por sobre el modelo empleado entre grandes admiradores del autor de “Rayuela”.
Allí venía Espejo, entonces, con su corazón ya debilitado, a revelarnos que la Biblia tenía, misteriosamente, los tres géneros literarios en sus textos: narrativo, lírico y dramático. Ahí venía él, a veces de boina también nerudiana, para explicarnos cómo cada género se asocia a una función específica del lenguaje: relatar, expresar y apelar, respectivamente.
Venía a paso lento, con su impecable pañuelo blanco y perfumado oculto en el bolsillo, por si “alguna dama” algún día lo necesitara, según sus palabras, secreto que sólo un puñado de alumnos teníamos el honor de conocer… Y aún lo recuerdo riéndose de mí, cuando le mostré el triste estado de los dos pañuelos que traía entre mis ropas, ambos sucios y arrugados como repollos, tan lejos de la elegancia hidalga del suyo.
"A la mujer se la respeta -recalcaba inquisitivo-, sea princesa o prostituta... Cualquiera de las dos pudo llegar a ser tu madre. Y además, todo hombre se casa con la mujer más linda y pura del mundo".
Condenaba, por lo tanto, el machismo:
"No usaré la palabra de ustedes emplean -nos dijo en otra oportunidad, muy serio-, pero seguramente más de una vez han dicho algo así como 'mira, a esa mina le gusta el pene'... ¡Pues cómo no le va a gustar, si es mujer! Piensen un poco, piensen de verdad y preocúpense mejor cuando a ustedes les guste el pene".
En fin, así venía Espejo cada semana, el "espejo" de nuestra probidad y altura, para convertirse en otro de esos fantasmas, de esos entes extintos de lo que alguna vez fuimos. El maestro de generaciones de borgoñinos, y sin lugar a dudas uno de los profesores más importantes que haya tenido este establecimiento, en una nómina que comparte con don Pedro Aguirre Cerda y Francisco Frías Valenzuela, entre otros célebres ex docentes del mismo. Sus últimos años allá los pasó trabajando como inspector y gozando del merecido respeto que reportaba su propia leyenda.
Sólo la salud le impidió continuar con su enseñanza de vida, su profesión del alma. El espejo de la rectitud se nos quebró, ante la desdicha y la congoja de quienes fuimos sus discípulos. Hacia el año 2000 debió dejar los ladrillos retintos del Barros Borgoño, en esa casa de San Diego que con tantos esfuerzos recuperáramos más de una década antes, para acogerse a su retiro y lidiar con las crueles complicaciones que lo llevarían a la tumba, unos siete años después.
“Somos contemporáneos, muchachos, pero no de la misma generación”, nos decía. Cierto: su generación se había sentido privilegiada con Neruda; pero la nuestra, esa pequeña camada entibiada en el liceo de tiempos tan grises y estériles, lo fue sin duda con Domingo Espejo, el poeta y maestro de los pasillos enladrillados del Liceo Barros Borgoño.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Muchas gracias, por el cariño que aun profesan al maestro DOMINGO FRANCISCO ESPEJO CANDIA, un hermoso hombre, que se entrego sin excusas, sin permiso, sin medidas por construir más humanidad.

FRATERNALMENTE.

DOMINGO ESPEJO ARELLANO

Anónimo dijo...

Gracias, tuve el honor de ser alumno del profe Espejo en esa época, tus palabras lo trajeron de vuelta y me alegra saber que hay muchos a los cuales hizo mejores personas. Ronald Troncoso

Cuatro Patas...Imagina lo que quieras. dijo...

Mi viejo, notable tus palabras para enaltecer a alguien notable.

Cuatro Patas...Imagina lo que quieras. dijo...

Gracias por recordarlo y revivirlo. Él era consecuente y siempre defendió eso: la consecuencia.

Cuatro Patas...Imagina lo que quieras. dijo...

Mi viejo, notable tus palabras para enaltecer a alguien notable.

Anónimo dijo...

Tengo el honor de haber sido alumno de este notable maestro. Muy solemne y cariñoso, de una sencillez magestuosa. Sus palabras me llegaban al alma. Se extrañan los de su tipo.
Tengo 37 años y fui su alumno contando los 16, y jamás lo he olvidado, su voz penetro fuerte en mi roca bruta.....
Claudio Espinoza A.

Anónimo dijo...

Emocionado hasta las lágrimas, he recordado la diferencia entre un profesor y un maestro, este último es un guía, un referente humano e intelectual. Domingo Espejo ha marcado muchas generaciones, recuerdo con gran orgullo su discurso de despedido del Liceo, oportunidad en el cual se le hizo un homenaje, en sus palabras se sentía el dolor de dejar algo muy amado, pero su vocación lo acompaño siempre, no me cabe duda que aun en el Cielo hace clases con su impecable intelectualidad junto a su humor y picardía característica, con la cual aprendí con alegría y rigurosidad.

Un abrazo a todos mis compañeros-amigos borgoñiños de Corazón…

Anónimo dijo...

gdf

Anónimo dijo...

llkugtgt

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