miércoles, 5 de diciembre de 2007

TIERRA DE NADIE EN RECOLETA: TRISTE REALIDAD DE LA PLAZA DEL MONUMENTO A LOS HISTORIADORES DE LA INDEPENDENCIA

 
Imagen del monumento en la Plaza Tirso de Molina, antes de que los medallones de bronce con los rostros de los homenajeados fueran sustraídos (Fuente: Monumentos.cl).
Coordenadas: 33°25'55.32"S 70°38'57.68"W
Hace un par de años, cuando bullía la escandalera peruana contra Chile y contra de los videos turísticos hechos por unos gringos mostrando la ciudad de Lima sin omitir las peores partes y que eran exhibidos en aerolíneas Lan Perú de capitales chilenos, una periodista de una conocida cadena de televisión del país incásico vino a Santiago con un asistente y, picada como ella sola, intentó hacer una descripción sumamente peyorativa y agresiva contra nuestra capital.
Patéticamente infantil, y mal aconsejada por la ira, al no poder encontrar acá empate con lo que el aventurero inglés veía en la ciudad limeña (por razones obvias, no podía ir a buscarlas en la “Pequeña Lima” al lado de la Catedral), terminaba metiéndole la cámara en la cara a los peatones del centro para provocar reacciones odiosas; luego, partió a los carros del metro para reclamar que “nadie le sonrió” mientras la hacía ojitos a los pasajeros (era más o menos no más, para ser franco) y, finalmente, terminó parada en una casa en ruinas y llena de basura pretendiendo que ésa era la imagen que Santiago de Chile le esconde al mundo. Fue lo peor que pudo encontrar.
Sin embargo, si el par de reporteros peruanos enviados a esta elogiosa y alta "misión" chilenófoba hubiesen tenido algo de talento y capacidad investigativa para denostar a la misma ciudad en la que viven cerca de 100 mil o más paisanos suyos (pasemos de largo eso de que lo hacen en calidad de inmigrantes legales e ilegales), les habría bastado con visitar el apocalíptico escenario ofrecido por la Plaza Tirso de Molina, llamada también Plaza de los Historiadores de la Independencia, a un costado del barrio de la Vega Chica y Vega Central y en el cruce de las avenidas Recoleta y Santa María, en la entrada de la Comuna de Recoleta cruzando el Río Mapocho.
Allí habrían encontrado un panorama digno de los últimos días de Berlín cayendo ante la invasión aliada o bien del peor momento de Sarajevo o de cualquier lugar “donde las calles no tienen nombre”, como dice la conocida canción de "U2".
Imagen del elegante conjunto escultórico y conmemorativo de la Plaza Tirso de Molina, en 1953 (fuente imagen: álbum Flickr de "Santiago Nostálgico").
Pasé por allí después –no antes, por suerte- de una panzada de pescado frito en el local donde atiende un simpático compadre de la Vega Chica que trabaja con su novia dueña del local y bastante buenaza, debo reconocer. A la hora que paso antes, seguramente pierdo el apetito y me paso de largo el almuerzo.
La “plaza” es una pesadilla al lado de la Feria Tirso de Molina. Luce arrasada, devastada por la atrocidad, como lo haría un bombardeo, seguido de un incendio y finiquitado con una plaga devastadora. Salvo por uno que otro arbusto sobreviviendo a la sequedad, casi nada verde se ve hacia su interior. Sólo hay algo verde y con aspecto moribundo más bien en los árboles de sus contornos… Mejor dicho, no se ve nada verde que esté vivo. Casi atemoriza. No puedo creer que exista este enclave del infierno en medio de la civilización. Es una fosa; o peor, una cloaca. Unos días después la miré desde la altura, desde la extendida y cómoda terraza de mi amigo y ex jefe Manolete, que tiene su residencia por allí cerca. Confirmé todo: este lugar es horrible por donde se le mire, arriba, abajo, de costado y diagonal.
El obelisco que otrora se alzara como orgulloso monumento “A los Historiadores de la Independencia”, según reza en su estructura, ahora se ofrece pobre, miserable, ruinoso, tan gris y abandonado que sólo algunos malditos grafiteros le han dedicado algo de atención. Está cubierto de algo negro y espeso que sospecho también alojado en mis pulmones tras algunos buenos años viviendo acá cerca.
Casi da pena leer los nombres de los historiadores indignamente grabados bajo el espacio vacío que hay en donde otrora se encontraban las efigies de sus respectivos rostros: Antonio García Reyes, Salvador Sanfuentes, Diego José Benavente y Manuel Antonio Tocornal.
A sus pies, sobre el pasto reseco, yace tirado un anciano supongo que totalmente borracho, bajo un sol incandescente de más de 30 y tantos grados. El olor agrio y nauseabundo de todo el entorno me impide descubrir si el calor sólo lo está chambreando o si definitivamente le está acelerando su descomposición. No se mueve y parece no respirar, pero al menos no tiene moscas, aunque su posición en el suelo es típica del borrado derrumbado. Un fragmento del tajamar colonial encontrado en los trabajos de la Costanera Norte y ubicado al lado de la plaza por calle Artesanos, también se encuentra en este deplorable estado: convertido en basurero.
Un tipo joven que se lava los pies en un gran tarro plástico con agua por el lado que da hacia la Vega, se ríe mientras miro curioso al viejo desparramado en el suelo. Le acompañan un niño y otro hombre que se ve un poco mayor que él. A veces estas personas terminan siendo la mejor fuente de documentación cuando uno quiere investigar sobre esta clase de lugares.
- Se robaron todas las caras, una por una –me comenta con sorna antes de que alcance a preguntar nada, mientras apunta al lugar donde debían estar los retratos de los historiadores, soltando una risotada-. Lleva no sé cuánto tiempo ya así. ¡Ahora sí que llama la atención!
El otro tipo que le acompaña también me mira con curiosidad mientras saco las fotografías que aquí acompaño. Se ríe con una expresión burlesca. Presiento que algo va a decirme de forma sarcástica.
- ¡Mire la fuente tan linda del señor Cornejo! –Me grita aludiendo al Alcalde de Recoleta y señalándome la parte trasera del monumento- ¡Esas fotos sí que se van a ver bonitas!
Le hago caso y descubro de inmediato un espectáculo aún más denigrante y decadente. ¡Ya ni la guerra sería suficiente para explicar esto! Es un basural, o algo peor, infrahumano.
Mientras veo atónito este paisaje, una mujer de pelo corto vestida con restos de vestidos sacados de la basura camina cerca de mí, con total indiferencia levanta sus faldas descubriendo sus nalgas y comienza a orinar sin pudor alguno por mi presencia o por mi cámara. La vería algunos días después nuevamente, pero por el lado de Alameda Bernardo O’Higgins, con esa misma vista perdida y sus mismas prendas armadas con harapos.
 
Noto también que varios indigentes han convertido la plaza en su refugio, levantando casuchas de cartón y restos de madera. Me miran con hostilidad. Uno de ellos, de bigotes y rostro agresivo me observa muy, muy desconfiadamente, y no responde a mi saludo. Evito tanto como puedo darle la espalda. Veo otro lavando ropa hacia el lado de la Avenida Recoleta, en un grueso tubo roto del que cae un hilo de agua que seguramente alimentaba antes la fuente que me han invitado a observar. Ancianos y gente joven completan esta visión siniestra de un enclave surrealista en medio de la ciudad, en medio de la urbanidad misma. Unos microbuses con los infames colores del Transantiago parecen abandonadas unos metros más allá, por el lado de avenida Santa María, estilando aceite oscuro sobre el suelo yermo y estéril.
Miro finalmente la “fuente”, que alguna vez estuvo antecedida por gallardas cuatro estatuas de hierro que ya no existen. Está tan destruida y contaminada que cuesta reconocer sus formas, como de piscina baja. La basura de años se mezcla con excrementos humanos fermentados y fétidos al sol. El hedor a fecas y a orines se hace insoportable. Apenas puedo caminar entre este campo minado de heces para acercarme a la cara oriental de este monumento. Esto es irracional, inexplicable. Miro sin poder convencerme de que la postal de esta plaza sea real, que en verdad exista en el Santiago del siglo XXI.
Me retiro pensando que he visto una imagen de degradación urbana y de la peor escena de decadencia humana que probablemente me haya tocado observar desde hace muchos años, y que creía inexistentes ya, al menos en este lugar de la capital. La peste me acompañará por todo el resto del día, pero desaparece al avanzar la noche. El recuerdo, en cambio, lo sigue haciendo hasta hoy.
Actualmente, existe un Plan Maestro de Renovación del Barrio Mapocho con plazo de cumplimiento al año 2012, sustentado por las Municipalidades de Recoleta y Santiago, además de los Ministerios de Obras Públicas, de Transportes, de Bienes Nacionales, de Vivienda y Urbanismo, de Salud y el Servicio Nacional de Turismo. La primera etapa visible de este plan son los actuales trabajos en Avenida La Paz, que han provocado más de un reclamo, pero que a la larga serán tremendamente positivos para la ciudad. Aún así, leo en un boletín oficial de la Intendencia de Santiago recientemente publicado, que entre las muchas etapas del proyecto, algunas de las cuales llevan el título de “Remodelación” directamente de los espacios del barrio, la correspondiente a la Plaza de los Historiadores de la Independencia sólo contempla un “Mejoramiento”. No puedo concebir la idea de arreglar este recinto si no es remodelándolo por completo, pues insisto en que sólo la destrucción de un bombardeo o una catástrofe de proporciones podría ser comparable al estado en que hoy se la encuentra.
Como muchos de los casos que he intentado estudiar en estos escritos, también tendrá que quedar en manos del tiempo el destino de este trozo del Pandemonium enclavado directamente en la ciudad de Santiago que, a diferencia de otros casos, recomiendo encarecidamente no visitar, por ahora.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Menos mal que recién la vengo a conocer hace algunos meses, nunca me imaginé que pasó por ese estado.

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