jueves, 15 de noviembre de 2007

EL SANTIAGO DE LUIS CORNEJO: LA BRAVA AUSENCIA DE UN ESCRITOR AL MARGEN

Coordenadas: 33°26'17.22"S 70°39'3.99"W
 
Quienes conocieron bien la Plaza de Armas de Santiago y su entorno durante los años ochentas, seguramente recordarán con cariño la figura de ese peladito narigón y de sonrisa en los ojos vendiendo libros de su propia autoría, por allí cerca de donde se encuentra la estatua del Cardenal Raúl Silva Enríquez que vigila altivo y sereno la plaza del kilómetro cero de la Chile.
Se llamaba Luis Cornejo Gaete, probablemente el único escritor-juglar-pregón de nuestra historia, además de uno de los personajes más queridos de nuestro Santiago tradicional e histórico. Doblemente importante para nuestro estudio sobre la tradición cultural capitalina: tanto por el escenario de sus relatos, como por lo que fue su propia presencia física vendiendo por años sus libros en la Plaza de Armas.
Aún recuerdo cuando mi padre llegó a casa con la edición sexta de “Barrio Bravo”, comprado directamente a don Luis, en octubre de 1985. Tras mucha insistencia, se me permitió acceder a ese grupo de cuentos narrados en un lenguaje crudo y directo, mostrándonos a los santiaguinos una realidad sobre nuestra propia ciudad que parece sacada de la fantasía y de la exageración obscena. Casualmente, ese año comencé a asistir a la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, cruzando la barrera social del río Mapocho, en los tiempos en que un quinceañero podía andar sólo por allá incluso con una gruesa y tentadora mochila encima. Esto me dio oportunidad de confirmar la existencia de una parte de los ambientes descritos por el autor, casi como una guía.
Ahora sé, por mis propios medios, que a sólo unos cuantos pasos de esa misma Plaza de Armas donde Cornejo vendía sus joyitas, por allá por barrio Mapocho, sobrevive hasta nuestros días la sombra de marginalidad y de dimensión paralela retratada en sus obras como “Barrio Bravo”, “Show Continuado” o “Ir por Lana”.
Cornejo presentó un ambiente siniestro y tenebroso pero con el atractivo de los colores chillones de hongos y ranas venenosas. Su querida Vivaceta fue el principal origen y lugar de sus historias, aunque reflejen muchos otros sitios de la ciudad. Prudentemente, he inspeccionado parte de ese Santiago desconocido que se plasma en sus obras, escondido en los barrios con casas de cornisas clásicas y puertas con dinteles, allá en San Diego, en Avenida Matta, en General Velásquez, en Independencia, en Recoleta, en los ex barrios de La Chimba que visitara Diego Portales, etc.
Según quienes le conocieron, Luis Cornejo nació en 1924 o 1925. Según confiesa la biografía de sus libros, sin embargo, vio la luz en 1930. Lo seguro es que su infancia fue modesta y esforzada de barrio Vivaceta, inspiración del reflejo que años más tarde aparecería en sus cuentos y novelas, como hemos dicho. A los trece años debió abandonar los estudios para dedicarse a las labores que aprendió con su padre, albañil, jornalero y colocador de baldosas, retomándolos más tarde en jornada vespertina. Tres años después, comenzaba a incursionar en la actuación participando del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, saltando desde allí a una audición para todo tipo de jóvenes de distintos orígenes y estratos sociales, que le permitió ingresar directamente en la actuación más profesional.
A veces me salta la duda de si don Luis fue envuelto de tanta marginalidad y miseria como muchas veces aseguró al recordar que trabajó largo tiempo como obrero de la construcción, pues en su juventud, en los cuarentas, luego de sus pasos por el teatro amateur ingresó a la carrera de Cine de la Universidad Católica junto a su amigo y compañero Hugo Müller, algo difícil de imaginar tanto para el interés como para el presupuesto de un pelusita de barrios bajos. Llegó a ser alumno de Pedro de la Barra. Su breve autobiografía de solapa en sus libros confiesa también que trabajó como actor a partir de 1950 (para Carlos Salazar, de “El Guachaca”, fue a partir de 1944), llegando a dirigir el deslucido largometraje “El Fin del Juego”, que según Internet Movie DataBase, coescribió en 1970 con Fernando Cuadra y en él actuaron Calvin Lira, Héctor “Tito” Noguera, Raquel Parot y Lucy Salgado. La obra recibió una avalancha de críticas de los propios autores izquierdistas, horrorizados con la descripción que allí se hacía de las clases proletarias y de los bajos fondos desconocidos por la sacrosanta intelectualidad, pero muy en conocimiento de Cornejo.
En este período también fue libretista del recordado programa de terror “La Tercera Oreja”, de Radio Agricultura, único que pudo hacerle competencia al clásico radial "Doctor Mortis". En la misma fuente de IMDb, puedo verificar también que Cornejo escribió el guión de “Un Viaje a Santiago” de Hernán Correa (1960) y trabajó como productor en “Érase un niño, un guerrillero, un caballo” de Helvio Soto (1967). Se sabe que operó cámaras, actuó como extra, asistente y cuanto se pudo hacer en el precario cine chileno de aquellos años. Incluso apareció en un famoso comercial de la época para un popular ungüento, lo que le valió el apodo de “Pelao del Mentholatum”.
Cuando salió publicado en 1955 “Barrio Bravo” desde los humildes talleres de una imprenta ubicada en calle Coronel Alvarado, libro motivado por ardor de la participación de Cornejo en el Encuentro Internacional de las Juventudes Comunistas en Varsovia aquel año, sus cuentos acabaron devorados en pocas semanas por los compradores y fueron reconocidos nada menos que por autores de la talla de Ricardo A. Latcham en “El Diario Ilustrado” y por Hernán Díaz Arrieta (Alone) en “El Mercurio”. Leo por ahí también que su inspiración directa habría provenido de la pluma de Nicomedes Guzmán. Como sea, “Barrio Bravo” completaría unas 13 ediciones más (unos 40 mil ejemplares) en sólo dos décadas, cuando muchos de sus más acérrimos críticos no llegaban ni a dos, a pesar de contar con el respaldo de importantes casas editoriales poniéndoles el cuño.
De "Barrio Bravo" se dice también que el otrora popular personaje humorístico La Cuatro Dientes, habría sido inspirado por uno de los cuentos de este libro, titulado con el mismo nombre y con una protagonista para mi gusto parecida sólo en su sonrisa de calabaza de Halloween con la caricatura personificada por Gloria Benavides a partir de los años setentas, que representa a uno de los estereotipos de la chica "pop" de los estratos modestos de Chile: "rucia", flaca y con piezas dentales alternadas, mientras que La Cuatro Dientes del cuento de Cornejo es una lavandera muy corpulenta, agresiva y con un final para nada gracioso.
En 1960, Cornejo publicó la novela “Los amantes de London Park”, obra que no alcanzará el impacto que su predecesora, pero que por sí misma constituyó un nuevo hito del autor. Distraído con el trabajo en el cine, sin embargo, Cornejo pasará por una larga sequía literaria, prefiriendo escribir para guiones de cortometrajes y películas. Según se dice al respecto, participó en el equipo de “El Chacal de Nahueltoro” de Miguel Littin, en “Estado de Sitio” del griego Costa Gavras y en "Aborto" de Pedro Chaskel y Héctor Ríos. Por encargo de la Universidad de Chile, en 1963 filmó el documental "La Universidad en la Antártica". Luego, en 1966, rodó el cortometraje “El Angelito”, inspirado en uno de sus propios cuentos, donde presenta a una mujer que pide prestado un hijo a una vecina para pedir limosnas fuera de la Catedral de Santiago.
Al devenir el fracaso de “El Fin del Juego”, Cornejo se refugió frustrado en las reediciones de “Barrio Bravo”, presenciando el abrupto fin de la Unidad Popular y el advenimiento del Régimen Militar que acabó de sepultar las posibilidades del proyecto social en el que tanto había creído y que tanta influencia inspirara en su trabajo. El cierre de Chilefilms terminaría por desprenderlo definitivamente de su relación con el mundo del cine.
En 1986 regresa al mundo narrativo con “El Último Lunes” y, al año siguiente, “Show Continuado”, para algunos su mejor novela, donde el protagonista es un romántico calvo enamoradizo que usa peluca y también se llama “Lucho”, características que, inevitablemente, reflejan a su creador. Antes de terminada la década, alcanza a publicar “Tal Vez Mañana”, los cuentos reunidos en “La Silla Iluminada” y, a continuación, “Ir por Lana”. Demás está insistir en la clase de retrato que hace de la ciudad de Santiago a través de estas obras.
Pero a diferencia de los tradicionales escritores de militancia izquierdista, generalmente atrapados en la narrativa hostigosamente proselitista, Cornejo no se obcecó en arrastrar sus relatos hacia la plantilla general de los cuentos sociales, ni obligó a los protagonistas a idealizarse asumiéndolos como banderas de lucha o causas populares. Por el contrario, sus personajes son imperfectos, impuros, zigzagueando entre la villanía y la redención, como quizás sólo lo hizo antes “El Roto” de Joaquín Edwards Bello y como lo ha hecho también en nuestros días el escritor nortino Hernán Rivera Letelier, proveniente de las mismas sombras urbanas que nuestro querido Luis Cornejo. A él le bastaba escoger un allegado, una lavandera, una bailarina de topless o un delincuente para construir una historia llena de interés y atractivo, de esas que comienzan a asustar al lector cuando siente que las páginas empiezan a acabarse. No recurre a ambientes rebuscados, o situaciones forzadas que sacan al dirigente social que los intelectuales progresistas creen ver potencialmente en todo obrero hambriento; para Cornejo es suficiente un club nocturno, un conventillo, un prostíbulo o un cité, todos ellos espacios que aún son reconocibles en el Santiago de nuestros días, tras la cáscara de fachadas tipo Far West que decora la realidad de la ciudad de adoquines reflejando neones pecaminosos y misteriosas jornadas nocturnas. Sólo sus contemporáneos Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco, quizás, hayan podido retratar con tanto esmero y rusticidad los pasajes de los barrios bajos de Santiago de mediados del siglo XX.
Pero lo más insólito de don Luis es que, a diferencia también de otros escritores correligionarios suyos que se sentaban a esperar los pedidos de autógrafos y que sus obras se convirtieran solas en best-sellers, él prefirió salir personalmente a vender sus libros a la calle, dejando las soberbias y las altanerías, en un sorprendente caso de autogestión y autoproducción literaria. Las portadas de sus impresos, artesanalmente compaginados por Cornejo, eran concebidas a tinta por su hija Muriel, y tenían un encanto casi cándido pese a retratar parte de lo rudo y violento del contenido de las páginas interiores.
Modesto y bonachón, Cornejo no estaba seguro de su popularidad en la ciudad de Santiago. Si bien en un principio los compradores se le acercaban para comprarle un libro al “Pelao del Mentholatum”, ya a fines de los ochentas muchos lo reconocíamos y le saludábamos al pasar junto a su pequeña mesita de libros. Recuerdo su cara de sorpresa cuando, siendo yo un adolescente, le comenté que con sus libros había llegado hasta “Show Continuado”. Quizás nunca esperó que alguien en edad escolar fuera lector de sus trabajos y conociera los títulos. Él mismo insistía en ofrecerlos recalcando ser el autor de los mismos, cuando la verdad es que casi todos los que por allí trasitaran lo identificaban fácilmente y sabían que eran de su autoría.
Cornejo alcanzó a sacar a la luz un libro más en 1991: “La Tormenta”. Pero lamentablemente, un narrador más alto había decidido que ésta sería su última obra.
Don Luis Cornejo falleció el 11 de noviembre de 1992, perdiendo la guerra contra el cáncer, que incluyó incluso terapias alternativas y consultas con magos en su desesperación por vencer tan cruel enfermedad. Aunque algunos de sus admiradores insisten en que mantuvo siempre el optimismo y la esperanza por salvarse, se sabe que estaba escribiendo un libro que quedó inconcluso con su muerte, y que suena desde su título a despedida: "Memorias de un Canceroso". Un párrafo del mismo reproducido en una página web que dedica líneas al autor, dice: "Siempre he escrito sobre la gente pobre que es rica en esperanzas y tiene tesoros de vivencias. Nunca estuve alejado del pueblo, que es mi raíz”.
Dejó tras sí un gran vacío en la Plaza de Armas, como si parte de su propia esencia le hubiese sido arrancada de pronto. También lo provocó en la cultura nacional. Su esposa Carmen, que le acompañaba en sus últimas visitas al lugar vendiendo libros y que atendía con regularidad el kiosco de ambos en calle San Diego, continuó por su propia cuenta la venta de las obras de don Luis en un puesto de Mac Iver con Alameda, hasta un tiempo después de su fallecimiento.
En el pasado, muchos escritores profesionales, incluyendo algunos de los propios “compañeros” de Cornejo según me han confidenciado, se burlaron de su método de impresión y venta de libros. Hoy, sin embargo, cada ejemplar usado y color sepia ya de sus trabajos, se vende proporcionalmente a cinco, seis y hasta diez veces el valor que tenía en la humilde mesita donde su propio autor los ofrecía.

3 comentarios:

  1. fantástica la nota, concoí en la Plaza de Ramas, justamente a don Luis...y en casa (Ovalle) también existe una edición de Barrio Bravo...en Santiago, me autogarfió EL Último Lunes, que se lo regalara a mi pareja de ese entonces, la rica -no existe otro epiteto- alejandrita Díaz, "porteña buenamoza"...gracias por contarnos un poco más del gran "pelao"..

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  2. Me gusto mucho la nota, muy bien escrita y con mucha soltura. Estpy averiguando sobre Cornejo para un proyecto que quiero realizar, en concreto queria saber si al igual que tu, existe alguien que recopile sobre la historia de este autor. Por ejemplo saber aquella pagina web que mensionas en donde "dedica líneas al autor". Cualquier respuesta sera bienvenida. Mi correo es andresgmelendez@gmail.com por si me quieres escribir alli. Muchas gracias y nuevamente felicidades por la nota.

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  3. Me gusto mucho la nota, muy bien escrita y con mucha soltura. Estoy averiguando sobre Cornejo para un proyecto que quiero realizar, en concreto queria saber si al igual que tu, existe alguien que recopile sobre la historia de este autor. Por ejemplo saber aquella pagina web que mensionas en donde "dedica líneas al autor". Cualquier respuesta será bienvenida. Mi correo es andresgmelendez@gmail.com por si me quieres escribir alli. Muchas gracias y nuevamente felicidades por la nota.

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