martes, 12 de diciembre de 2006

¿POR QUÉ LOS ANTIGUOS CEMENTERIOS ESTÁN AL NORTE DE LA CIUDAD Y TAN CERCANOS ENTRE SÍ?

El investigador histórico Benjamín González Carrera, ha comentado alguna vez que los ingenieros antiguos de Chile tenían mejor conocimiento y sensibilidad con la realidad en su trabajo, que los actuales calculadores del oficio. Pone como ejemplo el que los principales cementerios antiguos de la capital, se encuentran todos en el lado Norte de la ciudad, justamente en lo que representaba la periferia santiaguina en los tiempos en que se los construyó.
Aunque a muchos les siga intrigando la proximidad de estas necrópolis entre sí, la explicación de ello sería bastante sencilla: se las puso fuera de la ciudad por razones de salud social, mismos argumentos que eran bien conocidos por la vieja sociedad capitalina. Razones que, curiosamente, en nuestros días muchos ingenieros pasan totalmente por alto a la hora de proyectar rellenos sanitarios, vertederos, plantas químicas, planes de descontaminación ambiental y hasta nuevos cementerios plantados en ciertas urbes. Toda una curiosidad digna de meditación, sin duda.
Quizás, era excesiva la importancia que por entonces se le asignaba a los cementerios sobre la salud pública, como lo comenta José Zapiola en sus "Recuerdos de Treinta Años". Sin embargo, conviene destacar la relevancia que se le otorgó en aquel entonces al asunto sanitario. Ya en los tiempos del Capitán General Ambrosio O'Higgins, éste tuvo interés por resolver tales problemas sanitarios provocados por los enterramientos dentro de la ciudad, y solicitó al arquitecto italiano Joaquín Toesca proyectar en los planos un establecimiento de este tipo, el 12 de octubre de 1793, fuera de Santiago. Tuvieron que pasar 30 años para que esta idea se concretara, sin embargo.

El primero de estos cementerios "republicanos" fue habilitado por un proyecto iniciado a comienzos de la Patria Nueva. Por entonces, el Senado estudió la construcción de un camposanto donde se diera sepultura a los muertos y que no estuviese dentro de la ciudad, como sucedió con las fosas al Sur de la avenida Santa Rosa o la antigua necrópolis de la caridad en el llano de los Dominicos junto al Mapocho, sino en sus márgenes o más allá, decisión tomada deliberadamente por las autoridades por las razones sanitarias que hemos dicho. De esta manera, tras los estudios y ya pasada la Reconquista, el 26 de agosto de 1819, el Senado presentó un proyecto definitivo a la Dirección Suprema del General Bernardo O'Higgins Riquelme, estableciendo lo que sigue:
"En consideraciones de respeto al Ser Supremo y al Culto, se prohíbe la sepultación en las iglesias, y por razones de salud pública, se crean los cementerios comunes como único sitio para sepultar."
Como el Catolicismo era la religión del Estado aún, este primer cementerio que se inauguró, en 1821, no recibió protestantes ni laicos hasta cuando se le habilitaron sectores especiales para ellos, en una decisión que no estuvo exenta de cierta polémica con la Iglesia. Es el Cementerio General, de avenida Recoleta, situado donde antes estaban los parques frutales de los dominicos chimberos, a espaldas del Cerro Blanco.
En diciembre 1871, la legislación reafirmó la sepultura general de cristianos y laicos en general, sin condiciones. Sin embargo, como el decreto de marras establecía también la sepultación sectorizada, en áreas destinadas a cada credo, la Iglesia Católica se organizó para levantar su propio y exclusivo camposanto: el Cementerio Católico Parroquial de Santiago, situado al lado del General, cruzando Recoleta, en la actual calle Monseñor Valdivieso. Pero no bien entraba en funcionamiento, el Gobierno del Presidente Domingo Santa María ordenó su clausura, en agosto de 1883. Sólo hacia 1890, durante el Gobierno de José Manuel Balmaceda, el Arzobispado de Santiago logró un acuerdo con el Estado para reabrir las puertas del Cementerio Católico, que entró en funciones hasta nuestros días. Paradójicamente, había sido el mismo Balmaceda quien había firmado el decreto de cierre del recinto, cuando era ministro de Santa María.
Todavía quedaba la misma conciencia sanitaria con respecto a los campos de sepultación, hacia los albores de la Segunda Guerra Mundial. En 1932, la comunidad judía residente en Chile comenzó a buscar un terreno para instalar su propio cementerio, y ese mismo año compró uno en el sector de calle Pedro Donoso, en el barrio El Dorsal, también por avenida Recoleta y a relativamente poca distancia de los dos anteriores. Inmediatamente, se colocaron cercas y se iniciaron los trabajos del Cementerio Israelita de Conchalí (hoy llamado Puerta del Cielo) aunque no sin controversias: un diario muy "gentil" de la capital, por ejemplo, comentaría molesto sobre el cementerio algo más o menos en el tono de que "esta gente no soporta ni muertos a los no judíos". Irónicamente, la masiva migración de ciudadanos judíos provenientes de la convulsionada Europa, poco antes de la gran conflagración mundial, terminaría dando la razón a quienes habían escogido su propio lugar de descanso eterno.
Tres grandes cementerios, para católicos, para judíos y para los que somos la chusma general. Y los tres en la avenida Recoleta. La proximidad de estos cementerios, así, no es casual ni azarosa. La particular cercanía del General y del Católico ha hecho, inclusive, que la estación del Metro que desemboca entre ellos sea bautizada como Cementerios, precisamente.
Antigua imagen del Cementerio Católico.
Se cuenta que la primera razón de colorar estos complejos en la entonces marginalidad del ex barrio de La Chimba, habría sido la dirección de los vientos en la cuenca del Mapocho, en el valle de Santiago, cercado en todos sus costados por altos montes.
Aunque la dirección de las brisas capitalinas tiende a ser dispersa, desde temprano los ingenieros y observadores de la ciudad habrían podido advertir un patrón general de repetición en las orientaciones de estos vientos. Se ha precisado, por ejemplo, que hacia las 9:00 horas tiende a presentarse el viento Sureste, mientras que, hacia las 15:00, es el Sureste y el Sur, llegando a desplazarse incluso a Suroeste. En la noche, descienden drásticamente si no hay condiciones climáticas que determinen otra cosa. Esto lo notaron hace muchos siglos las veletas de nuestros ancestros, según nos comenta González Carrera: advertían la facilidad, por ejemplo, con que podía encenderse un fuego en la noche, contrastada con la dificultad con que se prende una pajuela en el día, apagándose con más facilidad al soplido natural del aire.
La mayoría de estos vientos de la cuenca mapochina alcanzan velocidades de 10 a 20 kilómetros por hora, aumentando entre septiembre y diciembre. Estos mismos permitirían ventilar la cuenca cercada por todos lados, como si se soplara sobre un plato hondo para sopa, con salida o leve escape también donde están los cementerios, por lo que fueron colocados intencionalmente lejos del área urbana y con eso reducidos en su posibilidad de contaminar el aire a través de las corrientes de viento. Esta es la razón, sin embargo, de que el smog y las partículas en suspensión de nuestro poluto aire actual se queden concentradas a altura relativamente baja y fuera de un rango de ventilación de la ciudad, sin alcanzar a ser empujados por estas brisas ligeras que cruzan Santiago, salvo cuando se desplaza la contaminación hacia sectores más periféricos, lo que resulta peor para la ciudad, como veremos.
Por cierto, cabe señalar que la bajada de aires tibios y secos sobre la ciudad contribuye más aún al efecto de atrapar los contaminantes ambientales dentro de Santiago. La construcción de rieles del metros en altura, como la Línea 4, por ejemplo, ha permitido a todos los residentes del sector observar en vivo, durante las mañanas de invierno y luego de alguna lluvia purificadora de ambiente, cómo la nube negra que emerge desde el sector Centro-Oriente de la ciudad, se levanta como una masa amenazante y comienza a avanzar lentamente hasta sectores como Santiago Centro, Estación Central y Pudahuel, hacia el Poniente. Al parecer, esto sucede cuando la vaguada costera excita los vientos del Este, desde el sector cordillerano hacia el Oeste. Cuando sube la vaguada costera, suben también las nubes de las costas y avanzan con viento Oeste hacia Santiago, lo que también ayuda a ventilar la ciudad.
Según parece, entonces, nuestros tatarabuelos ya habían notado buena parte esta situación desde hacía siglos antes, incluso sin contar con todas las herramientas y conocimientos para explicársela, así como otro detalle interesante: los vientos Norte, menos frecuentes, hacen su aporte también al intervenir en la lluvia, indicio que aún es reconocido en nuestros campos y por algunos viejos de nuestros barrios históricos en la ciudad. En zonas rurales del Centro y Sur del país, de hecho, aún existe el dicho "Norte claro, Sur oscuro, aguacero seguro", y se indica que el cielo está "norteando" cuando comienza a cargarse de nubes o corren vientos hacia en Septentrión que anuncian chubascos, lenguaje adoptado también por pescadores y deportistas de mar.
Así pues, sea con los vientos dominantes del Suroeste (resultantes de las influencias del anticiclón subtropical del Pacífico Sur) o los menores del Oeste y del Sur, la capital podría estar libre la mayor parte del tiempo de los humores malignos provenientes de los cementerios, precisamente gracias a su inteligente ubicación apartada de la urbe.
Dicho de otro modo, los ancestros nos ganan 1 a 0, hasta aquí.
Mi ex compañero universitario Miguel, con quien tomé algunas de las imágenes del Cementerio General que acá muestro hacia 1993. Aparece parado junto a una tumba con su propio nombre y apellido.
Otro sector de la necrópolis del Cementerio General, hacia 1993.
El segundo objetivo de haber levantado en este lugar tales cementerios, deriva del interés de mantenerlos lejos de los principales cursos hídricos del valle de Santiago, con el Río Mapocho como referencia de la cuenca, pese a que ya era entonces un caudal muy poco salubre en el tramo central de la ciudad, tanto por razones naturales como por la intervención humana en el mismo.
Aunque algunos canales de regadío se habían extendido antaño hasta Conchalí, con estas precauciones se evitaron las filtraciones, escurrimientos subterráneos o contactos de elementos sanitariamente perniciosos con los brazos hídricos de la cuenca que proveían la alta demanda de agua para trabajo, ganadería y uso doméstico. Las salidas de madres del Mapocho, además, escurrían por la llamada Cañadilla de la actual calle Independencia, por haber sido ésta un viejo brazo seco del río, mientras que las aguas de los turbiones o crecidas no solían ingresar muy al interior de calle Recoleta, por lo que este sector del barrio de la Chimba estaba relativamente protegido de inundaciones.
Al apartar tan notoriamente a los muertos de estos recursos (y en conflicto con criterios anteriores que se habían tenido con respecto al uso del río, especialmente durante las pestes coloniales), quizás se buscó garantizar la salud poblacional de todas las generaciones siguientes y se mantuvo resguardado en su aislamiento, por ejemplo, al sector alto de confluencia Mapocho-El Arrayán, donde se suministraba el recurso desde la colonia a lo que hoy es Ñuñoa. Lo mismo sucedía con las canalizaciones del agua de Tobalaba conocidas como Agua de Ramón y las que abastecían los surtidores del Santa Lucía y la Plaza de Armas, lejos del posible influjo de los campos de sepulturas. Así, los muertos no podrían perturbar la sed de los vivos.
Hasta ahora, entonces, los ancestros nos ganan 2 a 0, a nosotros, sus descendientes.
El tercer motivo para aislar los cementerios en la periferia recoletana hoy absorbida por la urbanización, estaría directamente asociado a las otras dos razones anteriores y es por todos deducible: los terremotos, mismos que habían dejado al descubierto varios enterramientos en las viejas catedrales de Santiago, motivando buena parte de la norma de 1819 para sacar o concluir las criptas sepulcrales desde los terrenos de las iglesias.
Por supuesto, eran los tiempos en que los profesionales del urbanismo sabían meter las experiencias y el conocimiento empírico en sus cálculos de ingeniería. A la sazón, para principios del siglo XIX, la cantidad de sacudones telúricos que habían agrietado a Santiago no era poca, como el terremoto de mayo de 1647, que dejó la capital virtualmente en el suelo; o el gran temblor de julio de 1690, que produjo serios daños estructurales. El terremoto de julio de 1730, seguido de un angustiante enjambre de nuevos temblores menores, había echado abajo varias iglesias y dejó al descubierto las sepulturas de los recintos.
Es decir, nos ganan ya los ancestros por 3 a 0.
Imagen de algunas de las galerías de nichos ubicadas en uno de los sectores más antiguos del Cementerio General de Recoleta.
¿Y qué hemos hecho nosotros, los santiaguinos de hoy, enfrentados a los mismos desafíos ingenieriles? Tenemos notables ejemplos en nuestro currículo reciente...
En 1998, se propuso el proyecto de instalación de un vertedero de relleno sanitario del consorcio Santa Marta S.A., sector de Lonquén, Talagante y de Rinconada de Maipú. El proyecto se rechazó pero, en extrañas circunstancias (o quizás no tan "extrañas", ya), fue autorizado a fines de 2001 por los mismos miembros de la Corema que antes lo habían descartado. El botadero se completó sin ninguna consideración de rigor a la situación geográfica de la Quebrada El Boldal, donde está.
Conclusión: líquidos percolados infecciosos y altamente tóxicos, se filtraron y escurrieron contaminando todo el terreno, alcanzando las napas subterráneas de agua y amenazando así a residentes y agricultores. La Corte de Apelaciones de Santiago ordenó cerrarlo en marzo de 2003, pero la orden fue resistida a ejecutarse por el Servicio de Salud Metropolitano del Ambiente. Como era de esperar, por su parte, la Contraloría expuso una serie de ilegalidades cometidas por la Comisión Regional del Medio Ambiente (Corema) y la Comisión Nacional del Medio Ambiente (Conama) al autorizar la apertura de los ocho núcleos del vertedero, sin que se cumplieran las exigencias ambientales, señalándose también responsable al entonces Intendente de Santiago don Marcelo Trivelli, por esta calaverada.
Otro ejemplo ilustrativo en nuestra actual hoja de vida: El desmantelamiento del Aeropuerto de los Cerrillos, uno de los crímenes políticos bajo influencia de intereses privados más viles y abominables contra el futuro chileno, concretado a partir del año 2006, dejó sembrada una virtual bomba de tiempo ambiental gracias a nuestras autoridades que, a diferencia de los ancestros, ya no pueden reconocer la dirección y valor del comportamiento de los vientos de la región metropolitana. Según informes presentados por arquitectos como Jonás Figueroa y Mathias Koltz, el cierre de las áreas llanas en Los Cerrillos para ser levantado allí ese engendro llamado Ciudad Portal Bicentenario y las edificaciones que surjan alrededor como consecuencia del objetivo real de este desmantelamiento (que era cambiar las restricciones de altura para los proyectos inmobiliarios del entorno), obstruirán la única vía de ventilación baja que tiene esta zona de Santiago, de Sur a Norte, incrementando los niveles de contaminación a grados inciertos.
En otras palabras, desde ahora, Santiago comenzará a asfixiarse también desde su lado Surponiente hacia el centro, privado precisamente de parte de los vientos en que confiaban ancestros que instalaron nuestro primeros grandes camposantos.
Esta clase de perlas de desarrollo urbano no sólo merecen un nuevo cero a nuestro récord, sino también un bonus especial para nuestros antiguos abuelos con sombreros y ojotas, calculando vientos y trazados de aguas cuando querían instalar recintos de potencial insalubridad y contaminación biológica.
En conclusión, en este punto en particular (y no en muchos otros que podrían usarse como empate), los ancestros nos ganan por una paliza de 1.000 a 0 con sus cementerios perfectamente instalados, mientras nosotros ni siquiera sabemos donde apilar nuestra propia basura, ni las consecuencias de saquear un histórico aeropuerto que pertenecía a la aviación civil y no al arrogante Estado plutocrático.
Cosas de las generaciones, será: unas con más talento, otras con menos... Y otras sin nada (en orden cronológico, se entiende). Al final, a todos nos entierran juntos.

1 comentario:

francisco dijo...

como puedo demandar al cementerio católico?

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