lunes, 20 de noviembre de 2006

MEMORIA PERSONAL SOBRE UNA JORNADA DE LUCHA OLVIDADA EN EL LICEO BARROS BORGOÑO

Coordenadas: 33°28'1.17"S 70°38'56.71"W (edificio histórico) /33°27'46.24"S 70°38'13.91"W (edificio provisorio)
No puedo negarlo: me tocó una feliz y enérgica adolescencia, a pesar de los tiempos... Empero, en 1988 tomarse "por asalto" el liceo era considerado una especie de abierto y criminal desafío al poder, más aún si esto se hacía un grupo de chiquillos cortando con un napoleón los gruesos candados que la municipalidad había colocado en nuestras pesadas rejas herrumbradas de calle San Diego; nuestra vieja casa del Liceo Manuel Barros Borgoño, abandonadas desde el fatídico terremoto del 3 de marzo de 1985 y con varios chupasangres civiles del Régimen Militar intentando quedarse con el recinto a merced de zalamerías y adulaciones rayanas en lo más bajo de esta cínica sociedad chilena.
¿Y cómo sucedió todo esto en mi vida? Me lo sigo preguntando ahora, tantos años después. Y concluyo solamente que estuve en el lugar indicado, en el momento preciso: llegué a abordar la etapa final de una lucha que ya venía sosteniéndose desde mucho antes en la célebre comunidad borgoñina, desesperada por regresar a su histórico edificio de San Diego, mismo que por su ubicación le valiera el título coloquial de Universidad del Matadero.
Ya he contado en otras ocasiones lo mucho que significó en mí la llegada al Liceo Manuel Barros Borgoño, una mañana de ese mismo 1988, probablemente el año más importante de Chile en los últimos anales históricos de la política nacional, pero también el más olvidado. La lucha estudiantil no difería demasiado de la que se ve en estos días, o al menos así lo recuerdo; no obstante, el contexto tóxicamente politizado de fines de los ochentas había contagiado a las movilizaciones secundarias, muy posiblemente manipuladas desde los oscuros vertederos del partidismo político. Cosas nada decorosas sucedían en esos días y todos lo sabían, por lo mismo, pero fingían ignorarlo.
La saturación del ambiente era extrema, y a veces sentía el peso de este período encima de mi insignificancia. A la sazón, de hecho, me sentía agotado de todo lo que había visto ya en mi propio hábitat escolar. Casi me vuelvo a agotar ahora, tantos años después, por el sólo esfuerzo de recordarlo. Por momentos del día, me atacaba una terrible náusea por lo que ocurría en mi país y en mi propia vida: como convencido opositor, no puedo creer que el Régimen Militar haya iniciado su propia cuenta regresiva con el paso fundamental del plebiscito de ese año y, de pronto, esto hasta me asusta, pues todo se ha convertido en una dualidad insospechada... Todo lo que sucedía, todo, era nuevo para mi generación.
Desde esa misma oposición al régimen, me queda claro que ha sido el propio General Pinochet quien ha creado de la nada un conglomerado disidente fuerte y sólido: la Concertación de 17 partidos políticos en aquellos días, al dividir a todo Chile en sólo dos alternativas plebiscitarias: SI o NO, sin matices. Y aun estando entonces en esa convencida oposición antidictatorial, casi no consigo imaginar a Chile sin las Fuerzas Armadas en el poder, pues no conozco otro cuadro político, salvo si hago caso del mundo de ensueños que nos propone la democracia de los concertacionistas. Éste fue un punto determinante en la falta de aceptación del régimen entre los jóvenes, quizás, pues se le comparaba en opuesto a situaciones idealizadas, de un Chile ficticio, supuestamente cercano y posible a corto plazo: un Chile perfecto y lleno de esperanzas sólo por la sacrosanta llegada del ángel de la democracia. En esa competencia, cualquier mandatario real perdería, más aún una dictadura que intentaba zafarse torpemente de semejante anatema.
Y los estudiantes no estábamos lejos de tales influencias, por supuesto. La fatal municipalización de la educación fiscal de 1981 a 1986, terminó de hacer el resto a nivel de estudiantado y unificó el discurso de sus educadores. En los recreos, los alumnos reconocidamente izquierdistas se reúnen a discutir (fanfarronear, en realidad) en una masa que, para mi gusto, procura lucirse ante la mirada de los demás allí en los amplios patios, con fingidos aires de intelectualidad. Los he apodado "La Sociedad de la Igualdad", aludiendo al famoso movimiento que promoviera Bilbao, nombre que causó gracia y se difundió rápidamente terminando corrompido en "La Suciedad de la Igualdad" entre sus adversarios. Hasta hacía unos meses, discutía mucho con esos miembros de "La Sociedad"; sin embargo, a esas alturas del año ya discutía con todos: de un lado o de otro, pues siento que no soy aliado de nadie.
Por primera vez me interpreto como un completo desadaptado... Al menos, descubrí allí que lo era, de una vez, y para siempre.  O soy también una consecuencia del ambiente de esos días. No lo sé ya.
Por la noche duermo dos o tres horas; a veces más, a veces menos, y todos los días llego exhausto a clases. Veo televisión hasta tarde y después leo, para continuar divagando en la oscuridad de mi cuarto durante largo rato, antes de pegar los ojos. Es como una catarata de ideas y de recuerdos tomados durante el día, hasta lo inverosímil. Series inglesas de misterio y terror acompañan mis últimas horas de cada día con transmisión televisiva, desde donde paso a algún libro o pasquín esperando la llegada del sueño esquivo.
No duro mucho diariamente distraído por la pantalla catódica, sin embargo: las noticias del canal nacional se convertirán paulatinamente en una extensa y tediosa cadena de propagandismo oficialista, mientras que los programas políticos muestran situaciones conflictivas, como el famoso “dedo” de Ricardo Lagos Escobar increpando a Pinochet, lo que produce roces que repercuten entre todos los chilenos irritando más aún las relaciones entre ambos bandos, porque cualquier conflicto de las “cúpulas” -como les gustaba decir a muchos- tenía una progresión de ecos y encadenamientos pero hacia abajo, decantatoria, donde estábamos la inmensa mayoría. Parecíamos una involuntaria caja de resonancia de enanos que corren histéricos pegándose codazos con cada alarma.
En mi insomnio veo un desfile de todas estas situaciones, y de pronto me parecen tan, tan ajenas, como si no pertenecieran siquiera a mi época. Se me figura que, de un momento a otro, el Régimen Militar retirará su decisión de hacer un plebiscito y todo volverá a esa única normalidad dictatorial que había conocido hasta entonces. Paso agotado en el liceo, además. No aprendo... Sólo pienso, y pienso a la deriva, naufragando aferrado a las tablas flotantes de mi circunstancia orteguiana.
Siguen sonando las trompetas escabrosas de todo esto en nuestras cabezas: la Federación de Estudiantes Secundarios (FESES), ordenó armar "barretines" aquel año y nuestro liceo fue uno de los seleccionados. Esta orden venía de seguro desde los tronos de los partidos opositores, que miraban sobándose las manos la disponibilidad de chiquillos ingenuos pero virtualmente útiles a sus enteros caprichos. Los "barretines" debían estar celosamente ocultos, disponiendo de material para bombas molotov, saquitos de pólvora, pañuelos para encapucharse, palos de asalto, bombas de humo (hechas con papel y salitre), bombas de ruido y hasta granadas artesanales según se comentaba (nunca vi una, en realidad), todo listo para recibir la orden de tomarse al liceo y ejecutarla de inmediato. Sin embargo, el escondrijo fue hallado (afortunadamente, pienso hoy) y desarmado rápidamente. Nunca se supo bien quiénes lo implementaron, escondido en un cuarto condenado tras el gimnasio-auditorio y un pequeño escenario. Tampoco se supo quiénes denunciaron su existencia.
En fin: así -ni más ni menos- estaban las cosas en ese Santiago del año de 1988.
Hoy no puedo culpar de todo este iluso y cándido afán subversivo a los izquierdistas: me consta que estudiantes de la Democracia Cristina también participaron de la fundación de estos peligrosos "barretines" escolares, escondidos en los lugares más insospechados de los recintos educacionales. Siempre fueron cómplices del trabajo sucio al que me he referido. A mí me pareció que lo hacían de muy buena gana y con mucho entusiasmo, además, salvo algunas excepciones. Lo hicieron en mi liceo y han de haberlo hecho en todos los demás establecimiento que contaron con estos pseudo polvorines, como el Valentín Letelier, el José Victorino Lastarria y sospecho que hasta el Instituto Nacional.
Estaba participando allí, además, la Izquierda Cristiana, grupo reducido y casi sin fuerza ya entonces. A los miristas (militantes del MIR), en tanto, les llamamos sarcásticamente como los "miricones", aunque sólo dos o tres estudiantes que conocía en esos años admitieron alguna vez ser "miricones": el resto era sólo especulación y suposiciones nunca confirmadas, o simplemente fanfarronadas y bravatas de frustrados. Por entonces había también un cliché entre los socialistas inverso al afán de verse subversivo: hablar y defender afanosamente el concepto del "socialismo renovado", que se suponía muy bien representado en Chile por la figura prometedora de Lagos. Era una novedad en esos días y hasta yo caí en este entusiasmo, aunque efímeramente. Pocos habrían creído que sería la cara formal del socialismo post caída de los regímenes bolcheviques, a partir del año siguiente, pues este replanteamiento no resultaba por entonces más que un intento desesperado por adaptarse a nuevos y adversos tiempos o acaso a los tiempos de siempre, cambiando lo menos posible el discurso y la acción en torno a la ideología que se venía estrepitosamente abajo, lo que era el verdadero problema de marras. Los nuevos tiempos -reales o inventados- habían demostrado por sí mismos la incapacidad del marxismo clásico y monolítico por adaptarse al progreso, volviéndose en nuevas camadas socialdemócratas cada vez más lejanas al discurso original del mal llamado "socialismo científico".
Así pues, para 1988 y como muchos otros, ya estaba hartado de todas estas academias de politiquería y politicastros. No quería saber más de política ni de políticos, y no quiero meterme en problemas que ahora me parecían de otros, cuando ni siquiera puedo resolver los míos, como mis dificultades de sueño en la cabeza. Así, durante el día, duermo todas las horas que no logro conquistar durante la noche, de modo que me hice esclavo de la siesta. Los ojos me arden todo el día y hasta el sabor de mi boca ha cambiado desagradablemente en algunas tardes. Todo marcha mal en mi vida... ¿Sería en sincronía con lo que le estaba pasando a mi liceo Barros Borgoño y, en la mayor de las instancias, a mi propio país? Todo esto se ha vuelto un horrible reflejo de la realidad, y vivimos en ese espejo maldito.
Será en las siestas, justamente, que he de soñar llegando sólo allí al letargo profundo, algo que ya no me ocurría en las noches donde hasta el vuelo de las polillas me despertaba. Y entre esos sueños, una insoportable pesadilla se me repite de modo enfermizo: estoy corriendo desesperado por unas calles que no conozco, fatigado y casi exhausto, entre unas casas de estilo muy similar a las de Barrio Matadero. Corro, corro y corro, escapando no sé de qué ni por qué. Hago siempre el mismo trayecto y veo difusamente las mismas casas, doblando por las mismas esquinas de las mismas calles estrechas y las mismas cuadras, por las que no se ve ni una sola persona o vehículo. Es como un lugar paralelo, un reflejo del mundo real, donde todas las cosas se repiten siendo las mismas. Pero -por sobre todo-, domina esa sensación de fatiga extenuante. Despierto entonces sobresaltado, bañado en un sudor frío y con un agotamiento extraño, similar al sentido durante mi maratón onírica, con la oscuridad de la tarde asomada ya por la ventana de mi cuarto y la duda de si estoy en horas de la madrugada o del atardecer... Ya estaba fuera del tiempo, inclusive.
1988 parece ser todo mentira; todo es un fraude. ¡Lo enfrento tan cansado como en mis pesadillas! Ya no me interesan las actividades del comando del “No” ni nada que tenga que ver con la Concertación de Partidos por el No, ni socialismos, ni democristianos, ni comunachos, ni nada. Soy un opositor solitario, probablemente el más eremita de aquella época: nada se ajusta a la realidad que otrora me había tentado y todo está lleno de paradojas, de elementos extraños y de situaciones sospechosas... Todo está sucio, salpicado de aguas negras. Hoy sé que esto tiene un nombre: política partidista; juego de poder... Puedo sentir el olor, aunque no consigo descubrir el rincón dónde está el ratón podrido.
Otros compañeros están en situación parecida: uno de apellido Silva, alias "El Mono", era conocido por su a veces exagerada simpatía por el Partido Humanista, que entonces contaba con muchos adeptos entre estudiantes universitarios, algo que jamás ha vuelto a tener; no al menos en esa cantidad. Un día llegó colmado y apático, aún cuando siguió en algunas actividades politiqueras por un tiempo más, en las que estuvimos juntos. Ya no hablaba del mentado partido, no dibujaba el cursi emblema con el ocho infinito y sus cuadernos dejaron de tener tales desvaríos gráficos. Le pregunté en varias ocasiones por su notorio cambio, pero nunca se sinceró. Sólo dijo que, a pesar de ser simpatizante, había decidido alejarse. ¿Por qué?, nunca lo supe. "El Mono" tuvo ingenio para evadir mis preguntas, sin embargo: de pronto volteó y, en lugar de responder, me desafió a quitarle del dedo un anillo de plata que lleva puesto desde siempre. Asegura que no conseguiré hacerlo y, en efecto, jalo por varios minutos y durante varios intentos sin hacer que la pieza se desplace de su dedo un milímetro siquiera, a pesar de que me parece que de un momento a otro voy a arrancárselo con hueso y todo, aunque él no demuestra dolor. Sonríe sintiendo el gusto de haber ganado su gordiano desafío y me comprueba que el anillo no está soldado a la falange quitándoselo ante mis ojos con increíble facilidad, sin revelarme el truco.
Pero, de pronto, algo me sacará del letargo, casi jalándome los cabellos... Redespertaré.
Hemos descubierto entre el alumnado, que el edificio de San Diego de nuestro Liceo no ha sido restaurado en lo más mínimo, a diferencia de lo que se había prometido. La irritación comienza a hervir ante la posibilidad de pasar el próximo año en las malditas condiciones “provisorias” en que estábamos en el edificio de calle Tocornal desde que el terremoto de 1985 sacudiera con toda su furia los viejos muros de la histórica casa del Manuel Barros Borgoño. La conclusión evidente es que las autoridades se habían sentado sobre todo lo que se prometió a mis compañeros durante el año anterior y tras las movilizaciones realizadas antes de mi llegada al Liceo.
Mientras tanto, como no podía ser de otra forma, continúo teniendo mis pesadillas de escapes y fatigas, además de mis problemas para conciliar el sueño. Ahora hasta empieza a aparecer el Liceo en ellas, como escenario tortuoso. Le conté de esto a varias personas, pues ya empiezo a creer que mi pesadilla representa el deseo de desprenderme de todo ese contexto, cuya cara sucia ya había podido a conocer desde iniciado el año, pero que a casi todos los estudiantes les había abrazado con los tentáculos de promesas e ilusiones difusas, que impedían evaluar objetivamente cualquier aspecto de la realidad que me toca vivir día a día. Como en el sueño, también, siento deseos de escapar de esa pesadilla política. Quiero enajenarme de todo lo que está ocurriendo, pero ya es tarde... ¡Y eso que aún no empezaba el clímax del inminente asunto plebiscitario!
Para peor, la sombra fantasmal de la pérdida del Edificio de San Diego, nuestro santuario, sigue rondándome: tiñendo de negro el ambiente, casi quemando lo que cubre. ¡Justo ahora! ¡En el peor momento! No puedo abstraerme de esta urgencia.
Así, de pronto, me veo metido en medio de tomas y disturbios en el centro capitalino, en los que caigo sin querer como tantos peatones de entonces. Al principio se disfruta con curiosidad adolescente el estar en un campo de batallas urbanas; pero a la larga, se vuelve una situación desagradable. Otras veces, estoy en enfrentamientos callejeros o en recintos de funciones politiqueras sin que alguien me haya obligado, por mi propia y confundida voluntad, en momentos que la borrachera ética vuelve a tomas posesión de mí. Ése era el ambiente de aquellos días, entonces; y ese era, por lo tanto, el ambiente que dominaba también en los sectores escolares de la sociedad, activamente movilizados y disponibles para todos los caprichos del partidismo.
Pero seguía ardiente nosotros, los alumnos del Barros Borgoño, algo más grave aún que el propio contexto político del país en esos días, capaz de distraernos completamente de lo que sucedía afuera de las aulas del liceo. Porque adentro, las cosas también están que estallan.
Y así, la comunidad de estudiantes del Barros Borgoño que ocupaba provisoriamente un precario edificio de la cuadra de calle Tocornal con Sierra Bella, descubre gracias a inspecciones furtivamente realizadas por los mismos alumnos, justo en la víspera de las vacaciones de invierno, que la casa central de San Diego donde se nos había prometido regresar, definitivamente sigue tal cual la dejó de destruida el terremoto, sin reparaciones. Alguien está mintiendo, entonces, y los terrores por la posibilidad de perderla prenden como el pasto seco entre todos los uniformes que llenan el recinto.
Los estudiantes más astutos organizaron una curiosa investigación, a través de contactos y creo que hasta algún nivel de nexo con autoridades del oficialismo, aparentemente de rangos municipales. Se rumorea insistentemente que nuestro edificio de ladrillos rojos no podrá ser reparado, por lo que resulta muy probable que la Municipalidad de Santiago lo ponga en venta. Todos los recursos públicos estaban encausados por entonces, a provocar efectos positivos en el electorado que decidiría del destino político del país en el próximo plebiscito, fechado para el 5 de octubre.
El asunto pone furioso a todo el alumnado y, a mediados de año, ya se advierte una especie de euforia ambiental, casi cólera, lo que hace prever más tomas y más enfrentamientos para lo que queda de 1988. Pero ahora es distinto: esta vez es personal, pues estaba comprometida nuestra insignia azul de líneas amarillas, y no chapas de hojalata con un “No” y un arco iris. De un día a otro, estamos todos de cabeza: vencimos a la politiquería, le ganamos al espectro de la impostura y vamos al rescate de lo nuestro.
Pablo, "El Maño", uno de mis más leales compañeros de curso y fallecido en trágicas circunstancias años después en manos de semianimales delincuentes, me confesaría por entonces de una extraña precognición: aunque tiene los modales y la apariencia de un ser carente de grandes dotes intelectuales, hizo el esfuerzo de escribir una obra dramática durante el año anterior para presentarla en proyectos de teatro escolar. Me la mostró tal como era: en ella, los protagonistas estaban integrados por un grupo de alumnos y un académico, todos del Barros Borgoño, que al descubrir que el edificio en ruinas de San Diego iba a ser rematado, organizaban una campaña con mucha alusión a la temática interna a nuestro contexto de alumnos borgoñinos. Tal como ocurría ahora en la realidad, en su obra la Municipalidad aparecía poniendo en venta las dependencias al decidir que no había suficiente presupuesto para iniciar las reparaciones, a pesar de que para cualquier historiador o arquitecto ese edificio es todo un símbolo histórico, algo confirmado por su reciente elevación a la categoría de Monumento Histórico Nacional.
Quizás, hasta ese punto, más que una profecía mi amigo escribía sobre un terrible temor: un pánico que existía en el alumnado desde mucho antes de mi ingreso al Liceo y de mis episodios más audaces e intrépidos en él. Pero el primer interesado en adquirirlo, según la fantasía dramática de mi compañero, era el Ballet Folklórico Nacional, el BAFONA, que pretendía establecer en él su sede. Una extraña sorpresa aguardaba en relación a esta referencia.
Debo vivir y cumplir mis roles bajo ese ambiente de angustia explosiva, con ribetes de entusiasmo impetuoso, de ese que sólo se siente en la adolescencia. Por si esto fuera poco, debo coordinar mis ya desordenadas actividades diarias con visitas periódicas al sicólogo, a cuya consulta asisto obligado por mis padres por razones que, honestamente, nunca podré saber del todo, pues no guardaban relación con los problemas que aquí he descrito sobre sueño y malestares interiores. De cualquier modo, me niego a contarle al facultativo sobre esta pesadilla repetitiva, pues temo que la interprete bajo un cursi sentido psicoanalítico que siempre deja mal parado al soñador: “Usted está arrancado del resto del mundo”, “su posición ante la vida es bla, bla, bla"... No quería oír nada de eso.
Y ocurre, finalmente, lo que todos se temían... Nos llega un dato asombroso a través de nuestras ingeniosas "cadenas" de informantes: el edificio del Barros Borgoño en San Diego 1547, no está siendo reparado ni lo será. No hay planes al respecto. Peor aún, se pretende venderlo. Ahora es oficial.
Algunos alumnos, más suspicaces todavía, han logrado filtrar desde algún lado más información con un detalle escalofriante: según ellos, es una entidad artística ligada al oficialismo, y muy posiblemente el mismismo Ballet Folclórico Nacional (BAFONA), la que estaría interesada en ocupar las dependencias del liceo para repararlas de su bolsillo y establecerse ahí como su sede, dato jamás confirmado pero que fue compartido por apoderados que habían realizado sus propias "consultas" sobre este asunto... Es decir, lo mismo que describía en su obra mi compañero, desde hacía dos años antes... ¡"Maño", por todos los cielos! ¿Eres un adivino, o qué?
Si el rumor era cierto, estábamos liquidados: por mucho que los artistas chilenos hoy intenten presentar un panorama de persecución generalizada y represión sistemática hacia sus actividades durante la Dictadura, las simpatías y dependencias de casos como el BAFONA con el régimen eran claras, garantizándoles un espacio de todas las temporadas en el Festival de Viña, archipolitizado desde entonces. Creo que su director había debido salir volando cuando habló demasiado sobre el régimen, fundando luego el Ballet Folclórico de Chile (BAFOCHI), que participaría activamente en las campañas del “No” y las presidenciales del año siguiente en favor de la Concertación.
¿Qué podíamos hacer un grupo de ineptos muchachos frente a la amenaza de un monstruo dotado de prestigio e influencias inimitables, en caso de existir éste? Pues lo único que aprendieron a hacer bien todos los alumnos de la enseñanza media de aquellos años: una toma aliñada de disturbios.
Tomar "por asalto" el liceo era entonces -como dijimos- una especie de abierto y temerario desafío al sistema que siempre sería interpretado como un desafío al poder, sin importar razones ni justificaciones. Esto era recuperar lo nuestro, sin embargo, o al menos exigirlo de regreso. Debíamos pelear por ello, o lo perderíamos. Nadie eligió esa vía, pues no había posibilidades de elegir: el viejo edificio esperaba; no teníamos opción.
Se decide rápidamente un día en el calendario para tomarlo y atrincherarse en el interior. Era, quizás, la primera toma realmente justificada de todas aquellas que vio pasar ese barrio antiguo de Avenida Matta en esos años post municipalización. Había comenzado así, la etapa final de aquella larga guerra de los alumnos del Manuel Barros Borgoño: la guerra que le permitió al Liceo recuperar y conservar como institución su castillo rojo de San Diego. Lucha, que, sin embargo, ha sido olvidada, desdeñada, incluso hasta por los actuales alumnos de esta misma casa.
Aquella mañana, estábamos todos reunidos en la Plaza General Gacitúa, de calle Tocornal, formando una caravana que marcharía hacia San Diego. Aunque el director del liceo no lo reconoció después a la prensa, éramos la tremenda mayoría de los alumnos, llenando de uniformes grises las calles de alrededor, desde muy temprano. Todo está listo.
Habían pasado varios minutos desde que sonara la señal de entrada al establecimiento, tras la cual las puertas metálicas se cerraban agresivamente sin darle otra oportunidad a los rezagados del tiempo, entre los que me encontré yo más de una vez. Don Juan Morales, el querido portero del liceo por más de treinta años y más conocido como Moralito, miraba confundido sobándose su bigote charro ante la escasa cantidad de alumnos que aparecían por la entrada del establecimiento esa mañana. Irónica e infelizmente, él fallecería sólo un tiempo después, causando un nuevo gran dolor irreparable a la comunidad borgoñina.
De pronto, cerca de la turba de pingüinos, aparece un furgón de carabineros desde el otro lado de la cuadra y avanzando velozmente hacia nosotros por calle Tocornal. Si alguna vez existieron los famosos “sapos” al servicio del régimen entre los estudiantes, sus "terribles" actividades perjudiciales se remitían a meras entregas de información sobre datos tan abiertos como los horarios y las fechas de actividades contraoficialistas, similares a la que protagonizábamos esa mañana -y a pesar de que no era ése su espíritu-, a cuyo aviso llegó la fuerza pública antes de que empezaran siquiera los verdaderos desórdenes. Yo mismo fui "sapeado" en una oportunidad a un inspector, por arrojar en el patio y entre la falsa seguridad de una multitud, un turro de panfletos con alusiones al director del establecimiento, situación que no pasó de una dura amonestación verbal, para suerte mía y la de mi cómplice.
Al ver el furgón bicolor (y todo lo que eso significaba entonces) se desató la estampida al instante y en todas direcciones. Más que el miedo a caer detenido, nos impulsaba el terror de ser expulsados de nuestro querido Liceo, al enterarse la dirección de nuestras poco doctas pero altruistas actividades de aquella mañana. Esa participación jamás la podríamos negar acusando un resfrío justificativo, al día siguiente, si caíamos detenidos.
Corro cortando la plaza hacia el poniente, tan rápido como puedo hacerlo, al punto de que no veo por donde voy ni advierto a tiempo que la ruta que improviso se cruzará de un momento a otro muy cerca de la que traería el propio furgón de carabineros, que ha doblado contorneando la cuadra. Podré sentirlo, sin embargo, al notarlos tras mi espalda y darme cuenta que estoy entre un reducido grupo de compañeros que han quedado atrasados en el escape por elegir una vía poco apropiada.
La lógica nos decía que, en estas situaciones, lo conveniente era correr contra el tránsito para eludir el vehículo. Pero en esos solitarios callejones vacíos de las mañanas de Barrio Matadero, esta técnica resultaba inútil. Por esa época, no bebía ni fumaba: tuve este último vicio por menos de cinco años, pero a partir de 1991. Mi estado físico era, no obstante, peor que el de cualquier vicioso, o al menos así lo sentí, pues a poco de empezar a correr ya estaba fatigado, sudando frío y con una horrible punzada bajo mis muy agitados pulmones. Pero el deseo de eludir la fuerza pública, que por primera vez sentía tan encima fue, afortunadamente para mí, más fuerte.
Me encuentro así en los primeros instantes del escape, cuando descubro, para colmo de males, que me he metido en unas callejuelas desconocidas: un sector que nunca había cruzado antes en mis caminatas diariamente adaptadas a la exploración del barrio... Efectivamente, era un muy mal momento para advertir que aún me quedaba un sitio sin conocer en este barrio mágico que engalanaba mis mañanas.
Desde calle Carmen corro hacia Rosaura Acuña, y desde allí bajo, creo que por Santa Elvira. El cansancio me tiene aturdido, pero veo con sorpresa que escapo por un paisaje ahora conocido... Sí, lo es, asombrosamente: ¡Eran las calles de mis sueños, esos mismos que me atormentaban incluso en las horas de siesta!... Las mismas casas, los mismos postes, las mismas esquinas vacías, las mismas veredas, y el mismo pavimento sin vehículos, aunque con el aspecto real y actualizado que en mis sueños se veía originario y vetusto. Y tal como en mi pesadilla, corro por ellas extenuado y temeroso de detenerme en cualquier momento ante la imposibilidad física de continuar mientras suenan las sirenas a mi espalda. Antes de llegar a cada cruce sé lo que me espera a la vuelta, pues estoy siguiendo ese camino que tan insistentemente he soñado: y cuando consigo llegar al lugar en donde mi sueño se acaba y me despierto, salgo de súbito a avenida Santa Rosa, cerca del hospital.
Estoy a salvo y puedo detenerme, entonces. Busco normalizar mi respiración, pues he logrado escapar.
Me pregunto si habré captado la magia esencial de la identidad del barrio y si ésta me ha regalado alguna información necesaria para mis ojos, aunque nunca antes la habían visto. De alguna manera que no podré explicar, algo me había conectado con las fuerzas que circulaban por sus casas antiguas y sus veredas angostas, llenas de fantasmas y de recuerdos. Nunca volví a tener aquel sueño que se reiterara como una advertencia del día que venía. He tenido otros de escapes, pero ninguno tan vivo y detallado como ése.
Pasa un largo, largo rato de incertidumbre y dispersión total. Más tarde nos volvemos a reunir poco a poco, y ahora estamos todos ya en las grandes puertas abarrotadas de San Diego. Siento deseos de contarle a mis compañeros la experiencia, detalles de lo que acaba de ocurrir, pero prefiero mantenerlo en secreto hasta que llegue una oportunidad más tranquila y propicia. Acabará siendo un secreto, hasta ahora.
Me veo hablando con alumnos cuyos nombres no sé, pues no son de mi curso. Comparten -sin embargo- la insignia y el espíritu que nos identifica, lo que nos haría conocidos y comprometidos a todos los que estábamos aquella mañana frente al viejo edificio, cuyo frontis lucía como el de un palacio neoclásico en ruinas, sobre el que revolotean pájaros negros de aspecto siniestro, cual escenario de un cuento de Poe. Se ve frágil, aunque alto como un zigurat... Está suspendido prácticamente sólo sobre su orgullo; sobre los durmientes del recuerdo. Es claro a la vista, clarísimo, que la crueldad del terremoto del 3 de marzo de 1985 se ensañó con el anciano recinto.
El napoleón corta al fin la gruesa cadena que cierra la entrada, tras grandes esfuerzos de brazos juveniles operando la pesada y tusca herramienta. Al abrir el portón suena el quejido doloroso de los años o acaso la risa del rencuentro, chillido del no olvido.
Estamos todos allí en los jardines; muchos de mis compañeros por vez segunda o tercera vez desde que comenzaron las campañas de protestas por recuperar el recinto. Pero mi situación es distinta: yo sólo conozco este lugar, tan mío y querido, sólo desde afuera y por imágenes. Estoy accediendo a una experiencia singular y única, probablemente irrepetible en aventuras análogas, por lo tanto.
Llegará de pronto un vehículo de prensa, del diario "La Tercera", en esos precisos instantes en que entramos casi en procesión hacia el edificio agrietado. Los reporteros nos piden amablemente que les expliquemos lo que sucede y sacan una fotografía de la masa de alumnos con el dañado edificio de fondo, para luego retirarse deseándonos suerte. Al otro día apareció esta imagen, acompañada de comentarios muy sui generis como que interrumpimos el tráfico de San Diego con barricadas como parte de nuestras manifestaciones, cosa que nunca ocurrió.
Los que entramos primero atravesamos el jardín y luego las altas y pesadas puertas de madera que dan al interior del edificio, enmarcadas en un contorno blanco y polvoriento, en cuya parte más alta, sobre el dintel, vigila el perfil hosco y austero del catedrático y médico Manuel Barros Borgoño, junto a los números del año 1902, en que se fundó el liceo que ostenta su prestigioso nombre.
Permítanme un acápite: por alguna extraña coincidencia, ese mismo año de 1988 también me tocó transitar varias veces por la conocida plaza que también lleva el ilustre nombre de nuestro liceo, situada a la salida de la estación del metro Manuel Montt, en Providencia. Y, hasta principios del año anterior, había vivido en una calle de San Bernardo (hoy pertenece a El Bosque) con el nombre de su hermano, el célebre político conservador don Luis Barros Borgoño, a un lado de las dependencias generales de la Fuerza Aérea de Chile. Cosas de la Gran Voluntad, pienso ahora.
Me quedé un rato contemplando la majestuosa palmera del jardín: una hermosa palma chilena, tan alta como lo serían acaso los silenciosos gigantes guardianes del mayor secreto del mundo, que con sigilo pasan por nuestro lado llevando a cuestas toda su magnitud pero sin que logremos advertirlos jamás, a causa de las distracciones domésticas, de las demandas del mundo pedestre. Miles de vehículos pasan aún por ahí en la avenida, sin advertir esta belleza botánica. En tanto tiempo de abandono desde el terremoto, la palma había desparramado por el suelo montones de "coquitos" que fueron rápidamente devorados por los revoltosos, casi como coctail de bienvenida. Como nadie la ha regado, se ven sus ramas sedientas, mustias, y llego a creer que si ha permanecido viva, es quizás porque ha esperado por nosotros. A decir verdad, acá parece ser lo único vivo que ha esperado por nosotros, a diferencia de las cucarachas, las ratas, las palomas, los gorriones y probablemente hasta los murciélagos que nos esperaban adentro y que se habían apropiado de nuestro sitio rogando que jamás volviésemos, tal como otros congéneres querían hacerlo también desde posiciones influyentes.
Al entrar por su portal de madera hacia el zaguán del edificio, sin embargo, siento de golpe todo el hechizo y el espíritu secular de este sitio, nuestro Barros Borgoño. Es, definitivamente, un núcleo áureo del popular Barrio Matadero, y me parece estar en le corazón más esencial del mismo: en su médula de poder, por decirlo así. El tiempo, la historia y la propia existencia comienzan a correr en un sentido distinto a partir de ese instante. Los relojes profanos no sirven pera referenciar lo que sucede en estos instantes de viaje hacia una época perdida, extinta.
Camino por sus pasillos abandonados, tristes, pero llenos -tan llenos- de la magia urbana; del romanticismo de las eras humanas ya pasadas. Hasta el menos sensible de los que ahí estábamos pudo haberla captado, llenando el lugar de un respetuoso silencio interrumpido sólo por tímidos murmullos y el crujir de los pasos sobre vidrios rotos o pisos de madera. Era casi como un sentimiento maternal el que nos acogía, y así todos avanzamos lentamente, o solemnemente, mirando y callando, ante el efecto devastador del abandono y del paso del tiempo enfatizado ante los ojos testigos. Ahora puedo comprender que el terremoto de 1985 había sido sólo el punto de partida de esta tragedia, pues el descuido y el olvido habían hecho el resto.
Casi siento deseos de soltar alguna lágrima, pero logro contenerlo. Es el mismo sentir que me invade cuando redacto estas líneas, tantos años después: una mezcla de sensaciones nada pueriles ni forzadas, pero que no se pueden describir ni aproximar con fluidez, particularmente aquella que me estranguló al ver sus otrora suntuosas y hermosas escalas, sus elegantes vitrales rotos y sus finas puertas caídas de los marcos, como ejecutados aún amarrados al poste de su fusilamiento. Quizás era algo parecido a lo que mostraron las imágenes del "Titanic" en su sepultura oceánica, tiempo después, con la diferencia de que acá, en el edificio rojo retinto de San Diego, algo seguía vivo: las tablas crujen a cada paso y el viento susurra penas por esos cristales rotos... Algunas pisadas sobre los trozos de materiales de casi un siglo, retumban en un eco suave que parece venir del alma orgánica de esta construcción histórica. Las almas de este castillo lloran; nos piden auxilio.
Todas esas sensaciones de una mañana nos marcaron, y se irán con nosotros, pues son intransmisibles, por más que me esfuerce en describirlas.
Estoy sumido en el asombro y en el encanto por lo que me parecieron horas de naufragio sublime en la línea racional del tiempo. Esa magia que había creído sentir en las calles del mismo barrio, aquí se multiplica por cien, y se vuelve en sensaciones puras, esenciales. Sólo un poeta podría decir lo que yo intento con tan burdos resultados: todo cobra sentido y simbolismo desde el momento en que una marea de polvo se levanta -acaso un éter espiritual, o un ectoplasma que busca penetrar los cuerpos de los que ahora la invaden- hasta los olores del encierro y la decrepitud que llegan a la nariz y hasta sus corazones agitados, invadiéndonos, poseyéndonos y haciéndolos suyos en el trance de la contemplación y del rencuentro con lo que, por rondas y rondas, había sido nuestra casa y lo seguirá siendo si todo lo que nos hemos propuesto hoy resulta.
No estamos sólo en el edificio antiguo de un colegio o un liceo: sus muros fracturados, las maderas en el suelo y las molduras de la decoración son el eje del poder casi místico que envuelve a este barrio. Un pequeño Walhalla para los espíritus de tan viejo enclave santiaguino. Más bien me parece un castillo templario... Y si no un castillo, será un santuario.
Paso así por sus habitaciones oscuras, con techos derrumbados y cuartos misteriosos. Haces de luz solar penetran con agresividad piezas totalmente sombrías, y una red de pasillos marean el sentido de ubicación de quien recién llega a este lugar ruinoso. Y paseamos por él casi buscando algo, sin saber exactamente qué. Largo rato llevamos en este concentrado trance... Es como si de un momento a otro, alguien fuera a gritar exaltado: "¡aquí está, aquí está!", al encontrar el cofre con un tesoro milenario; o como si en los hoyos del suelo, profundos y oscuros, temibles, se encontrara una de las entradas a una ciudad perdida tipo Agarthi, o bien el sendero hacia trono del mismo Príncipe de Príncipes esperando el día de la liberación de los ángeles condenados al exilio... Como si de improviso, además, al mirar las grietas de los muros, se viera la luz dorada de una copa reluciendo medio escondida, como en un siniestro cuento de Lovecraft combinado sin conflictos con la belleza del brillo de un Santo Grial.
Al salir al patio abierto, casi sintiéndome herido por la luz del Sol otra vez encima, observo los edificios exteriores: el gimnasio y las altas salas del segundo piso, tapizadas de corrosivos excrementos de aves y de sus plumas. Una verdadera covadera completa parece haberse dado vuelta encima de los techos de esta parte del recinto, hacia atrás del edificio.
Por algunos momentos, mientras exploro estos espacios, siento que han transcurrido largos lapsos sin un solo ruido, en el absoluto silencio. La distancia empática entre lugar e intrusos parece haber llegado a un acuerdo de aceptación y acogida, y el silencio celebra nuestro arribo. "Caminito sonoro de pasos" sonaba en nuestro himno ahora desde el silencio de otra era; desde otras memorias. Parecía que, si cerrábamos los ojos, se escucharían sólo los murmullos de una ruidosa juventud escolar de otros años, de otras épocas; los campanazos del recreo y toda la actividad de un lugar vivo, ahora abandonado. Los fantasmas de tantas y tantas décadas paseaban por las aulas, los pasillos y las oficinas vacías, para luego salir, dar unas vueltas en torno a la sólida columna de la palma, y a continuación retornar a nosotros dictándonos un susurro al oído: "Volved"...
Publicación de "La Tercera" anunciado el término de los trabajos que se iniciaron en 1988 en el edificio rojo del Liceo Manuel Barros Borgoño, precisamente a consecuencia de las protestas y la gran toma realizada en el segundo semestre de ese mismo año por los estudiantes borgoñinos.
Aún quedan sorpresas que no anticipé en esta experiencia... Al entrar a las dependencias del laboratorio, descubro el verdadero salón de un alquimista escondido allí dentro: tubos de ensayo, pipetas, mecheros, vasos precipitados, termómetros; filas de antiguos frascos con extraños líquidos que se enfilan en repisas y vitrinas, como lo harían en el sótano de una película clásica de Vincent Price. Mesas con instrumentales irreconocibles a mis ojos aparecen ahí; piezas silenciosas, con todos sus elementos desparramados, como si la necesidad de dejar todo botado hubiera sorprendido de improviso a sus usuarios en plenas tareas. Es como el cuarto de infancia de Paracelso: imágenes colgando de los muros, con sus vidrios empañados en capas pegajosas de polvo. Sólo faltan los retratos de Alberto Magnus, de Cornelius Agripa o quizás de Santo Tomás de Aquino en esta postal de un laboratorio alquímico, donde impera un terrible desorden lleno de misterios, enigmas y claves para alcanzar los opus de la transformación aurífera. En algún lugar de esa habitación, bajo unos libros viejos o quizás entre sus frascos con fetos u otras piezas morbosamente sumergidas en formalina y alcohol, debía estar oculta la Piedra Filosofal, el milagro de la Transmutación que reencuentra al hombre con la Gran Voluntad; y creo que debió ser en un laboratorio francés como éste que Denis Zachaire transmutó mercurio en oro durante la Noche de Pascua de 1550, llevándose el secreto hasta la tumba tras su asesinado en Alemania. Y en un lugar como éste, pero del siglo XVII, debió haber descubierto el fósforo Brand de Hamburgo; o bien aquí escribió sus libros el gran Wei Po-Yang, fundando la alquimia china.
El tránsito por este laboratorio de mis delirios alquímicos es difícil y casi riesgoso. En cualquier paso se arriesga una caída por tropiezo o, cuanto menos, quebrar algún objeto valioso. Está lleno de piezas curiosas y hasta animales disecados, entre los que destaca un viejo y apolillado cóndor, otrora amenazante con sus majestuosas alas abiertas, símbolo de la conquista y de la enormidad de la naturaleza andina, pero ahora polvoriento y mudo, con sus ojos de vidrio opacados y sostenido sólo desde su rigidez de alambres interiores.
En otra sala, un gran piano negro de cola duerme en más profundo silencio. Permanece sucio y desafinado, reacio a soltar cualquier armonía a quienes dejan caer sus dedos sobre las teclas con infantil curiosidad, aunque casi parece comenzar a teclear los arreglos de nuestro himno, de un momento a otro, tocado por dedos de ánimas en pena. Está solo, en esa habitación propia, como estaría un viejo huraño y cascarrabias olvidado por todos sus seres querido. Me han dicho que antes había dos e incluso tres pianos, pero ése es el único que se salvó de los robos.
En el segundo piso, en tanto, hacia el lado de calle Zenteno, mi compañero Yoyo Ramírez entra a una sala alta y fría, totalmente en ruinas, parcialmente derrumbada al final del pasillo y también semi-sepultada por los excrementos secos de generaciones de palomas. Lo sigo contemplativo tras ascender por las escaleras, pero Yoyo se devuelve rápidamente sobre sus pasos, con un rictus asustado: una gran turba de palomas grises que escapan de su presencia por encima de su propia cabeza, alertadas por nuestra presencia en esos lugares que creían tan suyos.
Pasa un rato. Bajo al frío gimnasio, allá en los subterráneos: las tinieblas más profundas de todo el recinto. Están los camarines en este lugar, dominados por la total oscuridad. Se hallan tan sumidas en esa densidad tenebrosa, absoluta, que tropiezo dolorosamente sobre una mesa invisible, colocada cual trampa a la altura de los muslos, en la que varios más caerían ese día víctimas de su curiosidad.
Me siento parte integral de este lugar, en este rato transcurrido. He sido de aquí siempre: puedo percibir los ecos espirituales de su pasado vivo, de sus chiquillos jugando y peleando en los patios, de los apoderados en reunión cuando ya cae la noche temprana del invierno, y el eco de sus maestros, cuando los profesores eran eso: maestros, guías de vida.
Caminito sonoro de pasos
agitados en ansias de rumbo
Mano abierta tendida al milagro
claridad de semilla en el surco
Así versa el himno del liceo, cuyas palabras se cumplían al pie de la letra esa mañana. Y así, siguiendo el "caminito", llegué hasta allá en busca de mi propio destino: abrí mis manos al milagro de la magia y del espíritu, entre los pasos retumbantes de los espectros de ayer y de los que estábamos carnalmente ahí ahora, para luego recibir la semilla en el surco fértil del alma.
En fin: ésta es la vuelta a casa; una castillo rojo en el que ya he estado mil veces, pero por primera ocasión en carne y hueso aquella inolvidable mañana. Es el regreso... El caleu del alma: retorno y reencuentro. Un círculo más se cerró en mi vida aquel día, abriendo otro más amplio aún. Estamos en una encrucijada histórica en la semblanza de nuestro liceo Barros Borgoño. Y una importante runa wotánica he descubierto en esos momentos, sin tener conciencia real de ello, sino hasta mucho tiempo después. Es, acaso, la primera de las Nueve Noches que depara la vida a los atormentados, a los que caen en nuestra propia crucifixión buscando esa Verdad que la Gran Voluntad alcanzó a construir en su época gloriosa y de plenos poderes. Aquellos que he llamado ya como los señores del Nox, los cultores y devotos de la noche.
Luego de varias vueltas regreso a la entrada del liceo. En las rejas han colocado lienzos y carteles, algunos hechos por mí, acusando al director y al alcalde de lo que ocurría. Algunos de mis "afiches" hechos a plumón, pasarían fugazmente por la televisión durante las noticias de la noche. Y me encontraba discutiendo con un alumno que colocaba un cartel atacando infantilmente a Pinochet -cosa que no tenía nada que ver con lo que reclamábamos- cuando llegó de improviso y con inusitada violencia la fuerza pública, armados de palos negros, bototos y mucha ira bajo sus cascos y escudos, el equipo usado para reprimir las frecuentes revueltas y disturbios estudiantiles de aquellos días.
Fue un jalón abrupto y traumático a la realidad: un golpe formidable contra el sueño epifánico y su falta ilusión de perpetuidad.
De un solo par de bototazos, volaron lejos todas las barreras que intentaban contener la abarrotada reja metálica y, por segunda vez en el día, estaba en medio de una estampida humana, pero ahora dentro de un recinto cerrado... Grave situación.
Me parece que los carabineros ni siquiera miraron los carteles de la entrada acusando nuestro verdadero sentido de toma no política. No tenían por qué hacerlo, además. Lo que importaba a ellos, comprensiblemente bajo órdenes, era aplastar cualquier manifestación de este tipo, no autorizadas y cuya disolución era urgente ante el clima político que imperaba entonces. Todo se derrumbó en esos momentos: el escenario fue revuelto por un huracán intempestivo, o acaso un terremoto devastador.
Unos corrieron hacia arriba, por las escalas estremecidas; otros, a los pasillos laterales, lo que fue un craso error. Y yo, entre la turba de uniformes (escolares y, más atrás, policiales), paso raudo por el patio principal hasta un costado. Ya no habían allí fantasmas poéticos, ni recuerdos melancólicos, ni almas enternecidas: sólo una masa de estudiantes rebeldes queriendo salvarse el pellejo. Estábamos, sin embargo, dispuestos al sacrificio de una paliza y de un día en detención si el destino así lo quería... Porque "caminito sonoro liceo, a conquista mayor por ti vamos..." Y fuimos. Lo hicimos.
A causa de la desesperación, muchos terminaron encerrándose a sí mismos en cuartos o acorralándose en salas o pasillos cerrados, por lo que pasaron a integrar la larga lista de detenidos de aquella sacrificada mañana. Pero eso era lo de menos... Habíamos vuelto a casa: se había cumplido el objetivo.
¿Podría explicarse "económicamente" bajo los perfiles del rito "científico" un acto de entrega como éste? Nuestra cruzada por recuperar el castillo de nuestra orden no resiste un análisis bajo el crisol enano y enmohecido de la lucha de clases o la devoción por los mercados. Era un problema de cuerpo y alma, no de materialismo histórico ni de oferta-demanda. Hubo, de hecho, tantos argumentos de espiritualidad aquella mañana, que sólo los he podido abstraer tiempo después y tomarme el trabajo de intentar explicarlos, llegando a resultados recién ahora.
Y así, en el capítulo final de este viaje misterioso y arcano, llego corriendo hasta el fondo del patio del recinto. Al mirar sobre mi hombro no veo más que la turba de escolares seguida de los temidos uniformes verdes. Ahí comprendí que la famosa "toma" había llegado a su fin: el círculo se había cerrado, abriendo ahora otro más oscuro e incierto. Esto ha concluido.
Alguien logró abrir las puertas de la salida posterior que da a calle Zenteno, paralela a San Diego, por suerte no conocida por los carabineros encargados de darnos una buena zurra. Varios salimos por ella; todos los que felizmente no optamos por escondernos en los oscuros escondrijos del edificio en ruinas ni en sus dos patios interiores. Afuera continuaban algunos enfrentamientos a cantos y palabrotas, hasta que hacen su aparición las represivas bestias mecánicas destinadas a restaurar el orden: el "zorrillo" y el "guanaco".
Salir de golpe del edificio me frustró, entonces. Fue un chapuzón frío y golpeado en la luz profana de la realidad, afuera de nuestro refugio. En mi corazón quería seguir adentro, captando su fuerza, su energía. La luz del día casi me ciega. Permanezco cerca del castillo sin poder ceder a la idea de dejar abandonada las inmediaciones del edificio de San Diego, pues le pertenezco; soy uno de sus satélites desde el momento en que entré a sus enigmas. Es mi casa y yo soy de ella... No puedo irme.
Existen en Chile muchos lugares, como plazas y cités, en los que un ángel nostálgico vuela entre sus muros añosos, y he visto algunos espléndidos, como los de Irarrázabal, Mapocho, La Chimba o de Diez de Julio. Todos son lugares que le pertenecen al Santiago Oculto, al Santiago que desaparece irremediablemente, pero también a la ciudad a la que pertenezco: esa cuya comprensión fue sólo secreto de maestros, alguna vez. Pero mi primer contacto profundo y trascendente con ese Santiago enigmático la recogí quizás ese día de 1988, en mi edificio rojo de San Diego. Se me entregó como un cetro, un recuerdo perpetuo: un hermoso delirio -para dejar contentos a los psiquiatras- que actúa además, como un imán que guía en el Círculo del Destino a lugares y situaciones como aquellas.
Pasado un rato, cuando ya se estaban retirando las fuerzas de orden público, los "sobrevivientes" volvemos y nos reunimos frente al castillo de San Diego, ahora con todas sus puertas abiertas. Fingimos ser alumnos del local de calle Tocornal que han venido a curiosear sobre lo que han hecho sus compañeros. De vez en cuando pasa algún carabinero, entra y sale tranquilamente sin preocuparle el resto de los alumnos que observan desde dentro o desde afuera, pues los ánimos se han calmado. Los periodistas apuntan sus cámaras en todas direcciones, procurando no evadir detalle. La cordura reina otra vez: cesan los temores y los amagos incendiarios de odios hasta nueva orden, y sólo queda esperar lo que viene.
Ya estamos más tranquilos. Me adhiero a un grupo de alumnos que van hasta la comisaría de calle República, en donde están los detenidos, procurando saber los nombres de nuestros infortunados compañeros. Nos atenderá en la puerta una simpática muchacha, una paquita como les dicen popularmente, aunque evade todo el rato nuestras solicitudes  y consultas. Unos minutos después saldría una uniformada visiblemente mayor en edad y jerarquía (aunque no pude identificar su rango), debiendo retirarnos luego de oír sus poco sutiles amenazas. Esa misma tarde, le estaba explicando los aspectos más generales de todo lo sucedido al psicólogo al que mis padres me obligaban a asistir, omitiendo por supuesto todas las palabras comprometedoras como "espíritu", "fantasmas" y "magia". Sólo me concentré en narrar hechos y pasé la prueba de blancura sin problemas en su consulta.
El resto del grupo de alumnos que pretendían gestionar la pronta salida de los detenidos, partió a la famosa Vicaría de la Solidaridad que funcionaba tras el Sagrario de la Plaza de Armas, en dependencias contiguas a la Catedral del Santiago, en donde se creía prestarían ayuda a los detenidos. Pero los mandaron caballerosamente a la punta del cerro. Sólo les interesaban las escandalillos de corte político y favorables a los intereses de la oposición de esos días. Sin quererlo, me hicieron recordar cómo, en una oportunidad, alguien me enseñó un atrevido panfleto del Partido Comunista editado por la imprenta clandestina y dando instrucciones precisas de cómo hacer una barricada callejera, cómo defenderla y cómo atacar al "enemigo"; resulta pues que el impreso agregaba un número telefónico que proporcionaría ayuda y abogados a los compañeros que resultaran apresados y este número correspondía, justamente, al de la Vicaría de la Solidaridad. Educanditos luchando por la más justa de las causas, como es recuperar su sede histórica, no estaban en su cartera de clientes.
Volverían a haber varios conflictos y protestas por el estilo de parte del estudiantado del Barros Borgoño en pro de la misma causa que nos llevó al edificio de San Diego, nuestro santuario. Sabíamos que se habían activado las palancas necesarias para retornar a ese lugar donde el espíritu del Liceo había quedado, jugando con los espectros del pasado. A las pocas semanas comenzaron los trabajos de reconstrucción, se desoyó la ambición de quienes todavía querían darle otros destinos a nuestro edificio, y por fin volvimos a clases al inicio del año escolar siguiente, de 1989. Empero, muchos alumnos tuvieron la desgracia de no haber alcanzado a estar en el Liceo antes ni después de su exilio en los establecimientos de calle Tocornal, quedando afuera de dicha de estudiar aunque fuera un sólo año en San Diego 1547, como sucedió al Galleta Cáceres, uno de los ilustres organizadores de la "toma" de marras, que a la sazón ya cursaba el cuarto medio.
Han pasado los años... He asistido a las comidas organizadas en el Liceo para el Día del Ex-Alumno del Barros Borgoño, el 22 de noviembre de cada año. Allí las almas nostálgicas vuelven a revivir relatos y memorias que parecen de otra época irrecuperable. Pero nuestra epopeya de 1988, modestamente, supera por mucho la mayor parte de las historias de mi querido Liceo. ¿Sabrán algo de esto los alumnos de hoy? ¿Tendrán alguna idea de lo que fue todo este episodio, de toda la aventura que significó recuperar ese edificio que ahora ocupan cómodamente, ignorantes de lo ocurrido? ¿Se darán cuenta que el castillo rojo es un santuario tal como el descrito, o que al menos lo fue alguna vez, con sus fantasmas, sus misterios y sus acertijos que, en calidad de alumno, cada miembro resolvía realzando esa conexión sobrenatural que mi generación logró con el Liceo y con sus emblemas?
Cuando veo las cosas como están hoy, creo que mis memorias del Barros Borgoño son sólo una sombra difusa, deslavada, a su vez sobre una nube que se disipa inexorablemente en el olvido. Quizás sólo valen para mí, por ser experiencias personales de las que naturalmente tendemos a hacer hipérbole en relevancia e interés histórico, pues son las nuestras; somos nosotros los protagonistas... Mas, me preocupa ver cómo el escándalo es lo único que hace noticia hoy sobre el castillo: muchachos de Liceo que humillan sexualmente a un grupo de jovencitas en un vagón del metro, justo para el aniversario 95 del Barros Borgoño; y que, tras ser expulsados, sus compañeros se toman el edificio rojo ya no para causas emblemáticas, ya no para recuperarlo y entregarse a su destino generacional, sino que para reclamar por lo "exagerado" de la sanción. Y como broche de oro de esa misma temporada, uno de ellos apuñala a un estudiante de otro liceo arriba de un microbús, creyendo que con eso defiende el honor de su insignia.
Esa es ya la sociedad del presente y anticipo de una del futuro: jóvenes mimados, casi afeminados por la sobreprotección y la permisividad matriarcal "con derecho a todo". Es un asunto casi de gustos o de casualidad su pertenencia al Barros Borgoño, como quien elige un club de fútbol para hacerse fanático y salir a descalabrar cabezas igual de rústicas y huecas que la suya. ¿Quedará algún vestigio de superación y fortaleza, cuando aparece el nombre de nuestro liceo a veces comprometido de tan odiosas maneras, como sí lo hubo en las juventudes a las que pertenecimos, con nuestros infinitos defectos pero haciendo lo imposible cuando las cosas realmente eran difíciles? ¿O acaso e habrán entregado ya todos ellos a estos nuevos mismos tiempos de siempre, a los tiempos de la impostura?
El Liceo Manuel Barros Borgoño ha tenido una actuación destacada en las formidables movilizaciones estudiantiles que recientemente han cesado y con la expectativa de alcanzar grandes objetivos pendientes en nuestra imperfecta sociedad. Quiero creer, entonces, que hoy llena sus aulas una generación nueva y luchadora, comprometida también con su santuario de ladrillos rojos y custodiado por la alta palma, como lo estuvimos nosotros en aquellas inolvidables jornadas de 1988, también condenadas a la memoria y al olvido.

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